domingo, 3 de julio de 2005

Viejas palabras que nadie enseña

Les hablaba la semana pasada de gente indeseable, como esos fulanos que dejaron paralítico a un mozo de escuadra y luego, sorprendiendo a una pareja de novios en un descampado, lo mataron a él y la violaron a ella. Pero hubo un aspecto del asunto que me sigue haciendo runrún en la cabeza. Decía en el artículo que no es lo mismo ser un delincuente que se busca la vida en los límites de ciertas reglas, que un cabrón desbocado al que todo le da igual. Y al releerlo me di cuenta de que la mayor parte de amigos y conocidos a los que mencionaba, o en los que pensaba mientras describía el primer grupo –los malandrines que mantienen ciertos códigos–, casi todos son gente mayor o están muertos. Y lo que abunda, cada vez más, es gentuza a la que se le fue la olla, capaz de hacer daño sin el menor escrúpulo. Escoria indeseable. 

Pero claro. Ahí radica la cosa. Desde las cavernas hasta la fecha, toda sociedad genera su basura. En los tiempos que corren es absurdo exigir límites éticos a unos delincuentes que se mueven en una sociedad carente de ellos. Una sociedad movida por el afán desenfrenado de lucro inmediato, la ausencia de cultura, de ideales, de memoria histórica. Toda esa gentuza desquiciada no es sino la propia de tal sociedad, llevada a extremos de perversión y disparate. Entre la clase delincuente, que en otro tiempo curraba ciertos registros para mejorar su vida, ganar dinero y salir adelante, la droga, la jeringuilla, el bicho del sida, lo destruyeron todo, sustituyendo la palabra futuro por el aquí te pillo aquí te mato, por la desesperación del callejón sin salida y la huida a toda leche hacia el vacío, el rencor desesperado que se lleva por delante cuanto puede antes de estrellarse contra la pared. Y todo con esa maldita, inmoral televisión como referencia: no hay en la historia de la Humanidad instrumento tan maravilloso en sus posibilidades y tan dañino en su uso, en manos como está de sinvergüenzas sin escrúpulos. En vez de ser vía de salvación y de lucidez, se ha convertido en motor de ambición y de locura, en escaparate hacia el que convergen todas las pasiones insatisfechas, todos los sueños imposibles, todas las mentiras, todas las frustraciones que, ya desde niños, nos están volviendo enfermos y locos. 

Pongan la oreja, rediós. ¿Cuánto hace que no oímos pronunciar palabras como honradez, honor o decencia? ¿Quién habla de eso en la escuela, o en la casa de cada cual? Contaminadas en otro tiempo por una derecha hipócrita, analfabeta y estúpida, desgastadas por meapilas que confunden decencia con longitud de falda, aborto y preservativo, denostadas por imbéciles oportunistas que se dicen de izquierdas, todas ellas suenan rancias, reaccionarias, y son abucheadas por quienes se benefician de lo opuesto: los políticos decididos a destruir lo que obstaculiza el negocio continuo donde viven y medran, predicando un mundo virtual, falso, inexistente; creando conflictos para vivir del cuento mientras meten el cazo en el mundo real. Aquellas viejas palabras han sido sustituidas en el lenguaje de hoy por la demagogia de los lugares comunes, por la esquizofrenia de hacer compatible la murga de lo socialmente correcto con una sociedad dislocada donde los auténticos valores, los únicos reales, son ganar dinero, fanfarronear, exhibirse. Es lo que se enseña ahora en los colegios: un mundo virtual, ajeno a la realidad, desmentido cada día por los adultos. Algo que se destruye en cuanto le da la luz, pero sin mecanismos morales para sobreponerse al golpe. Sin armadura ética. De ese modo, lo que en realidad formamos a largo plazo es gente egoísta, insolidaria, comprometida mientras no cueste mucho esfuerzo mantener la postura social vigente. Y claro. Luego, cuando el joven educado en la milonga sale indefenso a la calle, o se vuelve majareta, o traga para sobrevivir, o se corrompe para medrar. 

Cuando hace años murió alguien muy cercano y querido para mí, en el momento de bajarlo a la tumba alguien, entre sus amigos, comentó: «Era un hombre honrado y un caballero». Y qué quieren que les diga. Me pareció el mejor epitafio que un hombre puede desear para sí mismo, pero temo que nadie dirá eso en mi funeral. No porque pueda o no pueda serlo, que ése es asunto mío y no viene al caso; sino porque dudo que alguien aprecie todavía el valor de esas palabras. Ahora, honrado es sinónimo de tonto, y en la puerta de los servicios de los bares llaman señora y caballero a cualquiera. 

3 de julio de 2005 

lunes, 27 de junio de 2005

Un lector indeseable

Acabo de leer que un jambo al que han juzgado en Barcelona por un sucio asunto de violación, lesiones y asesinato, me hace el dudoso honor de citar párrafos de una novela mía, entre otras, en una especie de diario que ha escrito en el talego sobre su última peripecia. Y la peripecia fue que el fulano, aprovechando un permiso carcelario, fue a los juzgados, tiroteó a los mozos de escuadra que trasladaban a un colega, y dejó a uno tetrapléjico y en silla de ruedas. Los dos choros emprendieron la fuga; y al poco, sorprendiendo en un descampado a una pareja de novios, el colega le pegó seis buchantes al novio y acto seguido, sin despeinarse, violó a la novia. Tal cual. En calentito y sin que le temblara el pulso. Al menos eso afirma el diario de mi lector, que le echa toda la culpa a su consorte. El caso es que, como guinda, uno de los dos fulanos, o los dos, que de eso no estoy muy seguro, tienen el bicho: el sida. Así que el episodio puede inscribirse en toda la mierda de esa España marginal, cutre, oscura, tan miserable y cruel que se te clava en la boca del estómago; la España real que sigue ahí al apagar la tele aunque sólo salga en la sección de sucesos, y de refilón, cuando historias así destapan la cloaca. Una España negra y perra que nada tiene que ver con esa donde se hacen afotos los políticos: la europea, la civilizada, la socialmente correcta hasta echar la mascada, que según Rodríguez Zapatero y su peña –y hasta hace dos días Aznar y la suya– funciona de cojón de pato. Quiero decir que va bien. 

El caso es que, volviendo a mi lector taleguero y a su colega, me gustaría precisar un par de cosas. Más que nada por si, al leer ciertas novelas mías o alguno de estos artículos, alguien se confunde un poquito. El hecho de que a veces, cuando se me pone, puche el golfaray o les haga homenajes a pájaros ilustres como a mi paisano el Maca –«Le tiré cuando se iba»–; al gran Pepe Muelas, virtuoso de la estafa, que en paz descanse; a mi plas Ángel Ejarque, rey del trile; a ese querido Juan Rabadán del que nunca más supe –uno de mis viejos remordimientos– y a otros cuyos nombres no derroto porque siguen en activo, no significa que sea un julandra que no sabe distinguir a un casta legal de un resabiado cabrón. Tampoco el hecho de que en mis novelas aparezcan personajes que viven en el lado oscuro de la vida y de la calle, gente de mala lengua y peor espada, o fusco, o chaira, significa que me trague las milongas sin masticar. Una cosa es la chusma brava, a mucha honra, y otra la escoria. Una cosa es que la vida te haga caer en el lado malo, y buscártela incluso con muescas de palmados en las cachas del baldeo, y otra que seas una alimaña sin escrúpulos ni conciencia. Porque hasta entre los hijos de puta hay clases; o más bien ahí es precisamente donde las clases son más claras. A dos políticos, a dos especuladores o a dos sinvergüenzas con corbata no los distingue más que el color del Bemeuve. Pero entre la gente del bronce, a menudo las diferencias te saltan al careto. No es lo mismo un gitano camello sin conciencia de Las Barranquillas –me importa un huevo que se reboten los gitanos que no lo son: vayan y miren– o un payo hijo de puta como el Anglés y sus colegas de Alcásser, o el murciano basura y miserable que abusaba de bebés para ponerlos en Internet –lástima que se hayan perdido viejas y bonitas tradiciones del maco, y yo me entiendo–, que un fulano a quien la jodía vida ha puesto en mal sitio y se lo monta como puede, pero sin olvidar que hasta para buscársela hay reglas. Que incluso un asesino a sueldo como el capitán Alatriste, un matarife como Sebastián Copons, un ex presidiario como Manolo Jarales Campos, un tipo duro como Santiago Fisterra, una pinche narca cabrona como Teresa Mendoza, tienen sus códigos. Sus límites. Y que sin esos límites, serían –seríamos todos– una puñetera mierda. 

Así que, por si ese fulano de Barcelona o su maldito colega el violeta de gatillo y bragueta fácil no lo han entendido, se lo explico clarito. Dije alguna vez que todo lector es un amigo, pero ahora lo matizo. Las citas literarias del zumbado de Barcelona demuestran que no todo lector lo es. Cada artículo que publico en esta página, cada novela que echa a rodar por el mundo, es una botella con mensaje dentro, que uno tira al mar confiando en que llegue a buenas manos. Resulta imposible elegir a los lectores, pero los amigos son otra cosa. A cierta clase de amigos sí que los elijo yo. Y por el mismo precio, también a ciertos enemigos. 

26 de junio de 2005 

lunes, 20 de junio de 2005

Canutazos impertinentes

Nunca me gustó hacer el payaso, ni que los payasos ganen su jornal a mi costa. Quizá por eso me irrita cierta clase de periodismo basura que se hace en televisión, a base de reporteros provocadores que se plantan en actos oficiales o en situaciones más o menos serias y, bajo pretexto de una divertida y sana informalidad, impertinencia tras impertinencia, procuran dar un tono grotesco a la información. Eso, que en el mundo rosa tiene un pasar –quien vive de dar espectáculo, con su pan se lo coma–, se extiende también, sin escrúpulos, a asuntos más serios como la cultura, o la política. Rara es la tele que no dispone de un programa donde sus reporteros ponen la alcachofa, no para solicitar información, sino para el intercambio de supuestas ingeniosidades o tonterías a palo seco, siendo el objetivo real ridiculizar al entrevistado. Siempre que me toca estar en público eludo prestarme a ese tipo de canutazos, que rara vez favorecen a nadie, y sólo sirven para que el reportero se apunte haber logrado una chorrada más y que la gente pueda reírse a gusto. Ni siquiera en la etapa pionera de esa clase de programas, cuando Wyoming y su brillante equipo realizaban Caiga quien caiga con humor y extrema inteligencia, fulanos simpáticos como Pablo Carbonell o Sergio Pazos consiguieron arrancarme más que un saludo cortés. A veces, ni eso. 

Comparados con algunos de sus epígonos en los tiempos que corren, aquellos caraduras eran exquisitos. Algunos hasta se cortaban un poco ante la gente respetable. Ahora, quienes practican el género entran a saco sin el menor escrúpulo; y lo que es peor, sin hacer distinciones entre lo respetable y lo otro. Por supuesto, la culpa no es suya –a fin de cuentas hacen un trabajo con el que se ganan la vida–, sino de las cadenas que se lucran con esa clase de esperpentos, del público bajuno que los disfruta, y sobre todo de quienes se prestan indignamente, con tal de aparecer treinta segundos en la tele, a las más peregrinas idioteces. A uno se le cae el alma a los pies cuando ve a gente en principio respetable, políticos de fuste o personalidades de las ciencias, las artes o las letras, dar cuartel en ese tipo de emboscadas groseras, deteniéndose en mitad de un acto oficial a responder, con una sonrisilla forzada y buscando desesperadamente una palabra o frase ingeniosa, a las incongruencias que plantea un entrevistador irreverente que mira a la cámara de soslayo mientras guiña un ojo al teleespectador, como diciendo: a ver por dónde nos sale ahora este gilipollas. 

Sobre todo tratándose de políticos, la cosa no tiene remedio. Ahí son todos iguales, sin distinción de sexo o ideología: ven una cámara y se les hace el culito gaseosa. Hasta los más brillantes se prestan al juego al verse interpelados micrófono en mano. Asistí a una demostración práctica el otro día, durante un acto de la Real Academia Española. Nos disponíamos a inaugurar una placa conmemorativa en la casa donde murió Cervantes. Se trataba de un acto solemne, con los académicos allí congregados, y el alcalde de Madrid, Ruiz-Gallardón, había anunciado su asistencia. En ésas, un reportero televisivo, que llevaba un rato haciendo el gamba por los alrededores, pegó bajo la placa cervantina una foto de la presidente de la comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, con quien el alcalde de la ciudad tiene, como sabemos, ciertas diferencias. Yo estaba entre los académicos con traje oscuro, corbata y toda la parafernalia; y como nadie intervenía, me acerqué al reportero, le pasé amistosamente un brazo por los hombros para apartarlo de la cámara, tapé con una mano la alcachofa, y le dije al oído: «Éste es un acto muy serio de la Real Academia, no del alcalde. Así que, como lo envilezcas, te pego una hostia. Personalmente». Algo desconcertado, mirando la insignia académica que yo llevaba en la solapa, el reportero inquirió, perspicaz, si lo estaba amenazando. Respondí: «Evidentemente», y volví junto a mis compañeros. Llegó entonces el alcalde, el reportero le metió el micrófono en la boca, el alcalde pareció encantado con que hubiera periodistas divertidos y cachonduelos que aliviasen la formalidad de aquel acto cultural, y yo, discretamente, me fui a tomar una caña. Al rato, desde el bar, vi pasar el cortejo con mis compañeros camino de la segunda parte del acto, hacia la iglesia de las Trinitarias. Delante iban la cámara, grabando, y el alcalde de charla con el reportero como si fueran compadres de toda la vida. Y qué quieren que les diga. Pedí otra caña. 

19 de junio de 2005 

lunes, 13 de junio de 2005

El caso de La Niña

La Niña Rodicio, que anda en líos laborales desde que TVE la quiso echar a la calle por meter presuntamente mano a la caja –allí aseguran que se gastaba el dinero de la corresponsalía de Tel Aviv en ropa cara y artículos de lujo–, ha publicado un libro autojustificativo en el que, creyendo que la mejor defensa es el ataque, describe el mundo de los reporteros de guerra como un cuento de hadas donde ella, valerosa e incomprendida Cenicienta, se enfrentaba con mucho coraje e independencia ideológica a una chusma de colegas españoles mercenarios, machistas, cobardes, embusteros, fantasmas y sin escrúpulos, que no la soportaban por lo guapa y lo inteligente y lo buena periodista que era y sigue siendo. Casualmente, los únicos de quienes habla bien y dice que la apreciaban, Julio Fuentes y Ricardo Ortega, están muertos. Que ya es mala suerte. En cuanto al resto, la Niña desvela lo malos periodistas, lo vagos, lo mentirosos y lo perros que son todos; por ejemplo, tipos tan sospechosos de toda la vida como los veteranos Alfonso Rojo, Márquez y Fran Sevilla. A mí también me incluye en la relación aunque me jubilé hace once años, supongo que para agradecerme haberla citado con poco afecto en Territorio Comanche. Contando lo que dice que otros le han contado que les contaron, afirma que pasé veinte años pagando a soldados para que disparasen y presumir de tiros, y que en mis tiempos mozos fui, simultáneamente, agente de la CIA y del KGB. 

La verdad es que no pensaba ocuparme del asunto. No cazo ratoncitos a estas alturas, y bastante tiene ya la Niña encima. Pero el otro día abrí El Semanal y encontré cinco páginas con entrevista dedicadas a promocionar el libro de la honrada tragafuegos, con una foto «en su minúsculo y dos veces hipotecado apartamento de Madrid». Y lo del minúsculo y dos veces hipotecado apartamento me conmovió tanto que leí la entrevista entera mientras movía la cabeza y pensaba: pobre chica. La acusan injustamente de robar una pasta gansa, y ya ves. Vive en la miseria. Sedotta, calumniatta y abandonatta, la pobre, por razones políticas, por supuesto, después de lo difícil que es salir en la tele compitiendo en plena guerra con hombres sudorosos y machistas, mientras una va bien maquillada, con pashmina de seda, ropa superfashion y tacones, pagando todo eso del exiguo sueldo de la tele, sin plus de peligrosidad que, a diferencia de los otros ávidos Rambos, ella asegura nunca quiso cobrar. Cómo se han cebado con su acrisolada honradez, en vez de atacar a otros reporteros ladrones como los que saquearon los museos de Bagdad, de donde ella admite haberse llevado sólo pequeños recuerdos: «Un par de fotos del museo de Sadam y un pedazo de cuerno de marfil y creo que fui la que menos se llevó. Mucha gente cayó en la tentación, me consta que hay colegas que lo hicieron. A mí jamás se me hubiera ocurrido». 

Como dice la sabiduría popular, a la pájara se la conoce por la cagada. Eso mismo es lo que le dije a Márquez cuando telefoneó desde Israel para decirme alucino, colega, esa tía cuenta que la echaron por independiente y objetiva, cuando aquí los palestinos no la podían ni ver porque pasaba de ellos, y no iba a un campo de refugiados ni a una intifada aunque se lo pidieran de rodillas. Ni trabajaba ni dejaba trabajar. Tiene huevos que precisamente ella acuse a la gente de trabajar desde los hoteles. Así que, oye, no sé qué harán Alfonso, Fran y los otros, pero yo le voy a meter una demanda judicial que va a escupir las muelas. Eso dijo Márquez; pero mi respuesta fue déjala estar, hombre. No merece la pena. La Niña Rodicio es una desventurada que se vio metida, jovencita y demasiado verde, en un mundo muy duro que le venía grande. El día que su directora de Informativos la mandó al extranjero, la hizo polvo. La megalomanía se le disparó con los viajes, los hoteles caros, el dinero, el presunto glamour del reportaje de guerra, la gente diciéndole: huy, hija, qué hace una chica con esa voz de pito en sitios como éste. Todo eso hizo que al final se le exaltara la olla. Encima, la Tribu nunca la tomó en serio: recuerda sus histerias de diva ultrajada y sus aviones B-52 bombardeando en picado. Así que dejadla tranquila, que va apañada. Teclear un libro paranoico se le antojó mejor terapia que un psiquiatra. En realidad deberían olvidarse del dinero, readmitirla en TVE y devolverla a una mesa de redacción o a un despacho, de donde esa pobre infeliz nunca debió haber salido. 

12 de junio de 2005 

domingo, 5 de junio de 2005

Exterminio en el mar

Detesto esas sucias jaulas: los campos de concentración y exterminio de atún rojo. Han proliferado como basura en la costa de Alicante y Murcia. Instaladas además, con el mayor desprecio para quienes navegan, en medio de las rutas habituales. Bajas a la camareta a hacerte un café, y cuando subes a cubierta te ves en un laberinto de redes y jaulas. De noche pueden convertirse en una pesadilla, sobre todo cuando se funde la luz de alguna baliza. Son siniestras. Se distinguen de las piscifactorías normales, de los criaderos de otras especies, en que las jaulas de atún rojo huelen a muerte y a dinero fácil. 

Se llaman así, criaderos o viveros, pero quien conoce el mar sabe que es mentira: el atún no se cría cautivo. Como ya conté alguna vez, el atún es un pez que no puede dejar de nadar, porque entonces no respira. Un atleta que necesita aguas libres. Lo que ocurre es que los grandes bancos de atún se cercan, sin importar peso ni edad, se meten en jaulas de engrase, se atiborran de pienso, y cuando están gordos, se matan. Así, oficialmente, no se le llama pesca sino cría de vivero. Y a nadie interesa demostrar lo contrario: las autoridades siguen mostrándose sospechosamente pasivas, los políticos dicen que eso crea puestos de trabajo, y los pescadores, principales perjudicados, se ponen al servicio de los empresarios, cobran y callan. Que España sólo conceda cuatro licencias para el atún rojo no es problema: se traen barcos franceses o italianos. Y nadie rechista. Ante las cifras –500 millones de euros de exportación anual– no hay ecología que valga, aunque suponga pan para hoy y hambre para mañana. En eso vivimos al día, como en todo. Y quien venga detrás, que se busque la vida. 

Así que dentro de unas semanas se reanudará la matanza. El cimarrón, el atún rojo que emigró en primavera al Mediterráneo para desovar, intentará regresar a las aguas frías del Atlántico. Es lo que los pescadores llaman atún de revés: bancos de atunes nadando cerca de la costa, en busca del Estrecho y el mar abierto. Durante tres mil años, fenicios, cartagineses, romanos, visigodos, árabes, andaluces, se dedicaron a su captura con las tradicionales almadrabas. El equilibrio ecológico pudo mantenerse durante treinta siglos; pero las cosas han cambiado. Además de los cercos masivos con avanzada tecnología para llevar el atún a las jaulas de engrase, donde el confinamiento impide la inmigración y el desove, las redes de deriva, los palangres kilométricos, la localización aérea, casi han exterminado la especie. Ahora van a buscarlo hasta Sicilia. Hace veinte años, las almadrabas artesanales del Estrecho, embudo natural del atún rojo hacia el Atlántico, conseguían setenta toneladas a la semana. Hoy, con suerte, tres o cuatro. En el último medio siglo, las existencias de atún disminuyeron un noventa por ciento. Pero todo tiene su intríngulis. Este pez, que puede llegar a cuatrocientos kilos de peso, no se considera adulto hasta que alcanza los treinta kilos; pero la ley sólo prohíbe capturar ejemplares de peso inferior a seis kilos. El resto es barra libre. Y según cuentan mis amigos de Torrevieja –en cuyo Club Náutico se encuentran algunos de los mejores pescadores deportivos del Mediterráneo–, hoy es raro hacer una captura de más de diez kilos. 

El hecho de que en Japón, principal importador y consumidor de pescado del mundo, se pague el atún rojo a casi cuatrocientos euros el kilo, explica muchas cosas. Explica, por ejemplo, que las asociaciones ecologistas presenten cada año dos mil denuncias que nadie atiende, mientras el Gobierno y las autonomías correspondientes califican de empresarios modelo a los magnates de la industria atunera. Explica también que en el mes de julio, además de los devastadores operativos puestos en pie por los que controlan el negocio, todo cristo en las costas española y marroquí se lance al menudeo, a ver si consigue un atún rojo para los importadores japoneses, cuyos agentes compran a pie de playa y cuyos barcos frigoríficos rondan con total impunidad. Explica, en fin, que cuando me tropiezo en el mar con una de esas siniestras jaulas, se me ponga una mala leche espantosa. O que cuando avisto un remolcador que lleva a rastras, camino del presunto criadero, la red o jaula en la que acaban de meter el penúltimo banco de atunes rojos, lamente mandar un simple velero, y no un submarino con el que torpedear a esa gentuza.

5 de junio de 2005 

lunes, 30 de mayo de 2005

Una de almogávares

De ese centenario se ha hablado poco, pues nadie puede hacerse fotos a su costa. Hace setecientos años justos, además de salvar el imperio bizantino del avance turco, los almogávares arrasaron Grecia. Fue un episodio sólo comparable a la conquista de América por bandas de aventureros sin nada que perder salvo el pellejo –que se cotizaba a la baja– y con todo por ganar si salían vivos. Pero en esta España donde los libros escolares no los determina la memoria, sino el pesebre donde trinca tanto sinvergüenza periférico y central, esas historias han sido eliminadas, o manipuladas en beneficio de los golfos que organizan el negocio en plazos de cuatro años: los que van de una urna a otra. El resto importa un carajo. De los almogávares, como de lo demás, no se acuerda casi nadie. Eran políticamente incorrectos. 

Madrugando el siglo XIV, el emperador de Bizancio pidió ayuda para frenar el avance de los turcos, y la corona de Aragón envió sus temibles Compañías Catalanas. Lo hizo para quitárselas de encima. Estaban integradas por almogávares: mercenarios endurecidos en las guerras de la Reconquista y en el sur de Italia. Sus oficiales, de mayoría catalana, eran también aragoneses, navarros, valencianos y mallorquines. En cuanto a la tropa, el núcleo principal procedía de las montañas de Aragón y Cataluña; pero las relaciones mencionan apellidos de Granada, Navarra, Asturias y Galicia. Feroces y rápidos, armados con equipo ligero, combatían a pie en orden abierto, con extrema crueldad, y entraban en combate bajo la señera cuatribarrada de Aragón. Sus gritos de guerra eran Aragón, Aragón, y el terrible, legendario, Desperta, ferro. 

La historia es larga, tremenda, difícil de resumir. Seis mil quinientos almogávares recién desembarcados en Grecia destrozaron a fuerzas turcas muy superiores, matando en la primera batalla a trece mil enemigos, sin dejar con vida –eran tiempos ajenos al talante, al buen rollito y al diálogo entre civilizaciones– a ningún varón mayor de diez años. En la segunda vuelta, de veinte mil turcos sólo escaparon mil quinientos. Y, tras escaramuzas menores, en una tercera escabechina los almogávares se cepillaron a dieciocho mil más. Eran letales como guadañas. Además, entre batalla y batalla –españoles a fin de cuentas– pasaban el rato apuñalándose entre sí por disputas internas, o despachando a terceros en plan chulito, como los tres mil genoveses a los que por un quítame allá esas pajas acuchillaron en Constantinopla, durante una especie de botellón que terminó como el rosario de la aurora. 

A esas alturas, claro, el emperador Andrónico II se preguntaba, con los huevos por corbata, si había hecho bien contratando a semejantes bestias. Así que su hijo Miguel invitó a cenar a Roger de Flor, que era el jefe, y a los postres hizo que mercenarios alanos los degollaran a él y a un centenar largo de oficiales. Fue el 4 de abril de 1305. Después de aquello los griegos creyeron que la tropa almogávar, sin jefes, pediría cuartel. Pero eso era desconocer al personal. Cuando apareció el inmenso ejército bizantino para someterlos, aquellos matarifes oyeron misa y comulgaron. Luego gritaron: Desperta ferro, Aragón, Aragón, y se lanzaron contra el enemigo, pasándose por la piedra a veintiséis mil bizantinos en un abrir y cerrar de ojos. Lo cuenta Ramón Muntaner, que estuvo allí: no se alzaba mano para herir que no diera en carne. 

No quedó sólo en eso. Enterados los almogávares de que nueve mil mercenarios alanos –los que aliñaron a Roger de Flor– volvían a su tierra licenciados y con familia, les salieron al paso, hicieron picadillo a ocho mil setecientos y se quedaron con sus mujeres. Después, durante una larga temporada y pese a estar rodeados de enemigos, se pasearon por Grecia saqueando y arrasando, por la patilla, cuanto se les puso por delante. Fue la famosa venganza catalana. Y cuando no quedó nada por robar o quemar, fundaron los ducados de Atenas y Neopatría: estados catalano-aragoneses leales al rey de Aragón, que aguantaron durante tres generaciones hasta que con el tiempo, el sedentarismo y el confort, se fueron amariconando – hijo caballero, nieto pordiosero– y quedaron engullidos, como el resto de Grecia, por la creciente marea turca que había de culminar con la caída de Constantinopla. 

Y ésa, colorín colorado, es la historia de los almogávares. Admitan que es una buena historia. Vive Dios. 

29 de mayo de 2005 

lunes, 23 de mayo de 2005

La perra color canela

El perro estaba suelto en la autovía, solo, desconcertado, esquivando como podía los coches que pasaban a toda velocidad. Cuando reaccioné, era tarde. Mientras consideraba el modo de detenerme y sacarlo de allí, lo había dejado atrás. Estacionar el coche con ese tráfico era imposible, así que no tuve más remedio que seguir adelante, mirando por el retrovisor, apenado. Algo más lejos se lo conté a una pareja de motoristas la Guardia Civil: kilómetro tal, perro cual. El cabo movió la cabeza. Nada que hacer, señor. Ocurre mucho. Además, aunque vayamos a buscarlo, no se dejará coger. Nos pondrá en peligro a nosotros y a otros automóviles. Y usted habría hecho mal en detenerse. Además, a estas horas se habrá ido, o lo habrán atropellado. Mala suerte. 

Sin duda el guardia tenía toda la razón del mundo, pero yo seguí camino con un extraño malestar, las manos en el volante y la imagen del perro entre los automóviles grabada en la cabeza. Su desconcierto y su miedo. Sintiendo, además, una intensa cólera. Supongo que mientras los automovilistas esquivábamos a ese pobre animal de ojos aterrados que no sabía cómo franquear las vallas y quitamiedos de la carretera, algún miserable regresaba a su casa o seguía camino de su lugar de vacaciones, satisfecho porque al fin se había quitado de encima al maldito chucho. No es lo mismo un cachorrillo en Navidad, en plan papi, papi, queremos un perrito –cuántos perros condenados a la desgracia por esas palabras–, que uno más en la familia al cabo del tiempo: veterinario, vacunas, dos paseos diarios, vacaciones, etcétera. Entonces la solución es quitárselo de encima. Posiblemente así lo decidió el dueño del perro que estaba en la autovía: una parada en el arcén y ahí te pudras. También es lo que hizo, tiempo atrás, un canalla en una gasolinera de la nacional IV: el dueño de una perra color canela a la que no olvidaré en mi vida. Llevo doce años escribiendo esta página, y no recuerdo si alguna vez hablé aquí de ella. Ocurrió hace tiempo, pero lo tengo fresco como si hubiera ocurrido ayer. Y aún me quema la sangre, porque es de esos asuntos a los que me gustaría poner un nombre y un apellido para ir y romperle a alguien la cara, aunque eso no suene cívico. Me da igual. Con chuchos de por medio, lo cívico me importa una puñetera mierda. Ningún ser humano vale lo que valen los sentimientos de un buen perro. 

Les cuento. Mientras repostaba en una gasolinera de la carretera de Andalucía, una perra color canela se acercó a olisquear mi coche, y después volvió a tumbarse a la sombra. Le pregunté al encargado por ella, y me contó la historia. Casi un año antes, un coche con una familia, matrimonio con niños, se había detenido a echar gasolina. Bajó la perra y se puso a corretear por el campo. De pronto la familia subió al coche y éste aceleró por la carretera, dejando a la perra allí. El encargado la vio salir disparada detrás, dando ladridos pegada al parachoques, y alejarse carretera adelante sin que el conductor se detuviera a recogerla. Al cabo de una hora la vio regresar, exhausta, la lengua fuera y las orejas gachas, gimoteando, y quedarse dando vueltas alrededor de los surtidores de gasolina. De vez en cuando se paraba y aullaba, muy triste. Al encargado le dio tanta pena que le puso agua, y al rato le dio algo de comer. Cada vez que un coche se detenía en la gasolinera, la perra levantaba las orejas y se acercaba a ver si eran sus amos que volvían. Pero no volvieron nunca. 

La perra se quedó aquí, contaba el encargado. Mis compañeros y yo le fuimos dando agua y comida. El dueño nos dejó tenerla, porque vigila por las noches. Además, hace compañía. Es obediente y cariñosa. Al principio la llamábamos Canela, pero a una compañera se le ocurrió que era como la mujer de la canción de Serrat, y la llamamos Penélope. El caso es que ahí sigue. ¿Y sabe usted lo más extraño? Cada vez que llega un coche, la perra se levanta; y en cuanto se para, se asoma dentro a olisquear. Los perros son listos. Tienen buena memoria y más lealtad que las personas. Fíjese que nosotros la tratamos bien, no le falta de nada y hasta collar antiparásitos lleva. Pero ella sigue pendiente de la carretera. Los perros piensan, oiga. Casi como las personas. Y ésta piensa que sus amos vendrán a buscarla. Cada vez que llega un coche, se acerca a ver si son ellos. Sigue creyendo que volverán. Por eso lleva tanto tiempo sin moverse de aquí. Esperándolos. 

22 de mayo de 2005 

domingo, 15 de mayo de 2005

Somos el pasmo de Europa

También vamos a tener una de las leyes antitabaco más severas y radicales de Europa. O eso dicen. Que luego se cumpla, es lo de menos. Lo que cuenta, acabo de oírle en la radio a un político de fuste, es que España está en vanguardia de toda iniciativa que se encamine a la salud, la educación, la felicidad y el buen rollito. Para pioneros, nosotros. Se acabó la caspa fascista. Se dan lecciones de mus de diez de la mañana a cinco de la tarde. Pero en algo discrepo de mi primo: a ser asombro del mundo no hemos llegado por las buenas. Sólo con esfuerzos históricos prolongados es posible mantenerse en tan espectacular vanguardia. Hace año y pico, por ejemplo, éramos pasmo de Occidente con lo de Iraq. De todos los presidentes europeos, el nuestro era el único a quien Bush permitía poner los zapatos sobre la mesa en las fotos: el amigo Ansar. Y en lo espiritual, calculen. Nadie tocó la guitarra ante el difunto Juan Pablo II como nuestras amigas Catalinas y Josefinas. Por su parte, la conferencia episcopal siempre hizo encaje de bolillos condenando al mismo tiempo el aborto y el uso del preservativo, aparte de recomendar la castidad como revolucionario tratamiento contra el Sida. Comparado con algunos de los doberman de Dios que tenemos aquí –que además predican desobediencia civil sin que nadie los meta en la cárcel–, el papa Ratzinger es mantequilla blanda. Un osito Mimosín. 

En milicia también somos vanguardia a tope. El mérito no es de la nueva administración, ojo, porque ya el anterior gobierno consiguió que el español fuese el único ejército del mundo, por delante incluso del norteamericano, donde las mujeres están en unidades de combate de primera línea; detalle que confiere a nuestras fuerzas armadas una despiadada ferocidad. Además, hemos inventado el concepto brillantísimo de fuerzas armadas desarmadas, con soldados que no son para la guerra –que está mal vista por la sociedad– sino para atender a niños huérfanos en maremotos o cosas así. Sobre el pacifismo combinado con la integración de extranjeros, ni les cuento. En Melilla, donde si un día hay enemigo éste será moruno, casi el cuarenta por ciento de los soldados en algunas unidades es de origen marroquí: más integrados y pacíficos a la hora de combatir, imposible. De momento le queman el coche al sargento cuando hay discrepancias tácticas. A ver qué se han creído estos españoles racistas de mierda. 

En lo demás, lo mismo. Punteros que echas la pota. Tenemos unos derechos y libertades tan sólidos y avanzados que, desde el humilde navajero al mafioso internacional, todos vienen a España a disfrutarlos. Y nuestros jóvenes, no es que estén protegidos: están acorazados. Si un maestro llama tonto a un alumno, los padres pueden demandarlo por violencia escolar y por insultar al colectivo de disminuidos psíquicos. Pero ni los padres tienen bula: a una madre acaban de caerle seis meses por maltratar salvajemente con dos bofetadas a su criatura de quince años. En cuestiones de paridad hombre-mujer también somos faro del universo: mitad y mitad en todo, haya o no haya, por decreto; el caso es que cuadren las cuentas. Sin olvidar los asuntos lingüísticos: somos el único país culto –es una clasificación, no una definición– donde el BOE prescinde del diccionario, de las academias, de los filólogos y de los clásicos, y el Gobierno se mofa de la lengua española a medida que a cada ministro o ministra le sale de los huevos y huevas. En materia de uniones y adopciones homosexuales, nuestra legislación superará también cuanto nadie ha legislado nunca; de modo que toda España está loca por salir del armario, a ver si trinca algo: una adopción de niños, un buen puesto de trabajo, un marido. En el ámbito escolar, no sólo hemos logrado que cada comunidad autónoma eduque como le salga del ciruelo, sino que poseemos el fastuoso récord de diecisiete sistemas educativos distintos. Que además estamos a punto de enriquecer con la francofonía, la portuguesía, la iparraldía y la magrebía; hasta el punto de que la UNESCO alucina con lo nuestro y le pide la fórmula a Harry Potter. Encima, de postre, vamos a pasar a la historia de las ciencias políticas inventando el Estado Monárquico de Naciones Plurilingües Federal y Republicano Según y Cómo, antes llamado España y ahora marca Acme. Más avanzados, imposible. Cómo será la cosa, que ya ni bandera usamos. No hace falta. Se nos conoce en seguida por la cara de gilipollas. 

15 de mayo de 2005 

domingo, 8 de mayo de 2005

La delgada línea gris

Mientras el 21 de octubre se acerca despacio, con viento flojo del nornoroeste, te apoyas en la barra del bar de Lola, que hoy se llama La Gallinita de Cai y está en el barrio de la Viña, con el Atlántico y el Estrecho ahí mismo. Y en la barra, a tu lado, hay compadres que entran y salen, piden esto o lo otro, preguntan cuánto se debe y pagan como hombres cabales, de esos que puedes dejar tranquilamente a tu espalda sabiendo que por ahí nadie te la endiña. Y te miras en el espejo donde pone Coñac Fundador y piensas: qué suerte tienes, colega, de que esta tropa te llame amigo. El caso es que estás, como digo, con una manzanilla y una tapita de jamón, mientras Fito Cózar cuenta el chiste del burro y el león, y Juan Eslava sonríe guasón, leal, como un armario lleno de historias. Junto a ellos, el joven Fran, de Casas Viejas, se emociona recordando cómo Seisdedos y sus paisanos dijeron hasta aquí hemos llegado y se liaron a tiros con la Guardia Civil, Dani Heredia pone ojos de soñar con libros y con un mundo de gente que lea, y Óscar Lobato, el viejo zorro con memoria de linotipia y esa cara tallada por los siglos y por la vida, te cuenta la prosapia, con nombre y apellidos, de quien plantó la viña que alumbra la manzanilla que te bebes. 

Siguen entrando, y cada uno paga una ronda. Mientras el fantasma entrañable de Carlos Cano le cuenta a Javier Collado, el piloto del Pájaro, la historia de María la Portuguesa, Antonio Marchena, el de la Caleta, viene de darse un remojón en el bajo de la Aceitera y cuenta, mirándote con ojos de bronce tartésico, que las cuadernas de los setenta y cuatro se distinguen todavía, a pesar de que los cabrones de los ingleses de Gibraltar lo han expoliado todo mientras aquí las autoridades se tocaban la minga. España, pisha. Etcétera. Y al rato entra Paco Molero, con veintiséis tacos y ese corazón que le salta en el pecho cuando mira hacia el mar y la historia, con la cabeza ocupada por el proyecto histórico-pedagógico-textil que tiene entre manos, esas camisetas conmemorativas de una batalla perdida para las que se ha entrampado hasta las cejas. Y mientras se toma un vino de Jerez, a su lado Miguel Galeote pone sobre la barra, para que la admiremos, la reproducción perfecta, a escala, del almirante Gravina. Que sólo le falta hablar. 

El caso, como digo, es que estás entre ellos y dices: son mis compadres y la siguiente andanada de a 36 libras la pago yo. Entonces ves al final de la barra un periódico con los titulares llenos de esa otra España virtual, divorciada de la real. De ese zoco moruno de golfos encorbatados y sin encorbatar que te agría la leche, quieras o no quieras, a cada paso que das en este país desgraciado que tan mala suerte tiene. Y piensas: hay que ver. Tanto sinvergüenza donde siempre, que para eso no pasa el tiempo. Tanto oportunista, tanto demagogo, tanto cretino arrogante, tanto analfabeto, tanto insolidario, tanto irresponsable gobernando u oponiéndose, turnándose en la infamia desde hace siglos. Devolviéndonos al pozo cada vez que estamos a punto de sacar dignamente la cabeza, y lavándose luego las manos diciendo yo no sabía, no era mi intención, yo sólo pasaba por ahí. Entiéndaselas con el almirante francés, o con el maestro armero. Siempre salió barato hacer el destrozo y escurrir luego el bulto en este país con tan mala memoria, donde ningún culpable paga los tiestos rotos. Y sin embargo, pese a todo, tan siniestros fulanos no consiguieron acabar nunca con los Nicolás Marrajo que estaban de turno, con la delgada línea gris que todavía vertebra lo que nos queda. Con la gente que apechugó junto a la Aceitera, o donde fuera, y que hoy aguanta cada día en el trabajo, en la vida, en los sueños que ni siquiera nuestra nauseabunda clase política ha podido truncar. Tataranietos, nietos, hijos de aquellos pobres héroes sacados de hospitales, cárceles y tabernas, que pagaron, como siempre, por los que no pagan nunca. Reflexionar sobre todo eso cabrea mucho, claro. Pero también salva un poquito. O un muchito. De pronto echas un vistazo alrededor, miras los caretos honrados que tienes cerca, te asomas la calle y piensas, bueno. Menos mal que existe el bar de Lola, y ahí se te quita el frío. Si uno se fija, aún queda gente, y ganas. Y dignidad. Quizá, después de todo, esos hijos de puta no puedan con nosotros. Y esta vez no me refiero a los ingleses. 

8 de mayo de 2005 

domingo, 1 de mayo de 2005

Esa rayita chunga

Vamos a poner las cosas claras, tío. No te voy a decir nada que no sepas. Pero tu madre me pide que te resuma la película. Según ella, con veinte años te pones de perico hasta las cejas. ¿Quieres que te lo diga con sus mismas palabras? Sin pegas te lo repito: «Mi hijo está hundiéndose en el mundo de la coca y nos está arrastrando a nosotros al infierno». ¿Te reconoces en el retrato? Fíjate lo acojonada que estará, la pobre, para contarme eso. Y contármelo así. También cuenta que me lees desde hace tiempo. Lector acérrimo, te llama. Y ahí me pilla por los huevos, porque de eso a llamarte amigo mío no cabe el canto de un euro. ¿Comprendes? Me implica y me compromete. Un amigo tuyo se está jodiendo la vida con la puta coca, viene a contar –en traducción libre, claro, porque tu vieja no habla así ni de coña–, así que dile algo. Y aquí me tienes, oye. Diciéndotelo. 

Vaya por delante que comprendo lo fácil que es. Te vas de fiesta con tu churri el sábado por la noche, empiezas la marcha, pillas un ciego entre música y baile, y siempre hay un amigo, o tú mismo, que tiene a mano treinta mortadelos para medio gramo; y como en este país de mierda todo cristo trapichea con perico sin que pase nada, te basta mirar alrededor y encuentras suficiente para empolvaros tú y tu cari, y encima aún queda para un nevadito como postre. Eso también lo comprendo. Las pirulas, como a estas alturas sabe todo dios –menos los retrasados mentales que aún las engullen–, tienen muy mal rollo y te hacen polvo; y cuando mezcla, la peña palma que te rilas. Por otra parte, si te emporras te vas abajo y se acaba la fiesta. Así que el perico parece lo adecuado. ¿Verdad? Te pones hasta las patas de alcohol, luego te metes una raya, y acto seguido te comes el mundo, tan lúcido y despejado como si acabaras de salir de la ducha. Pero tiene truco, tío. Te lo juro. Es como jugar al póker con el diablo de tahúr. A la larga siempre pierdes. 

Puedes perder, sin más, en la primera mano. Que pasa mucho, por cierto. A tu edad uno se cree inmortal. Invulnerable. Metes a tu pavita en el Focus o el Ibiza, lo pones a ciento ochenta y te crees lúcido y despejado. Yo controlo, dices. Nos vemos en tal sitio para seguir la fiesta. Y donde te ven al día siguiente es en las páginas de sucesos, colega, con la gente que mueve la cabeza y dice: otro gilipollas que no sólo palmó él, que todavía, sino que palmó con la novia, con dos amigos y con un pobre hombre que venía en dirección contraria, camino del trabajo, a las seis de la mañana. Otro cretino irresponsable que, ignorando el valor de la vida, la derrochó estúpidamente y se la quitó a unos cuantos más. Un tiñalpa cutre que, como decía Clint Eastwood en Sin perdón, perdió cuanto tenía y también cuanto podría llegar a tener. Y ese será tu epitafio, amigo. Todos nos iremos un día. Sí. Pero tú te habrás ido mucho antes. Como un carajote, que dicen los andaluces. Como un imbécil. 

También queda la segunda posibilidad, y no sé cuál es peor. Puede que tengas suerte y sobrevivas. Te harás mayor, tendrás un curro, te casarás o lo que sea. Y aunque eres un tío seguro y dices que controlas, que sólo es de sábado en sábado y etcétera, llegará un momento en que no podrás hacer nada importante sin cantar línea en ese bingo. De eso dependerá la concentración, la lucidez, la energía. Serás un esclavo toda tu vida, o la vida que te quede por vivir. Porque ésa es otra. La coca rompe los sesos, colega. Ese anuncio del gusano que se mete por las napias es, por una vez, verdad de la buena. Cuando de tanto dejarlo para más tarde tengas el tabique nasal hecho polvo, cuando sangres como un gorrino y te pases el día sorbiéndote los mocos con la gente mirándote entre compasiva y asqueada, y necesites empericarte, no ya con medio gramo un fin de semana, sino con un gramo diario, y se te vaya la viruta en pagarte las dosis –echa cuentas en euros y acojónate, colega–, lamentarás no haberte conformado aquellos sábados con unas cervezas. Si no reaccionas a tiempo, te habrás convertido en una piltrafa. Y lo que es peor: lo sabrás cada vez que te mires al espejo. Para entonces puede que me sigas leyendo, si aún le doy a la tecla. Igual sí, igual no. Pero si quieres que te diga la verdad, me importa un bledo que a esas alturas me leas o no, porque ya no serás ni sombra de lo que eres. Ni yo estaré orgulloso de llamarte amigo, ni lo mío te servirá para nada. Serás un perfecto mierdecilla, tío. ¿De verdad vas a hacernos a tu madre y a mí esa putada? 

1 de mayo de 2005 

lunes, 25 de abril de 2005

Déjenme morir tranquilo

He escrito alguna vez que vienen tiempos duros, predicción para la que tampoco hace falta ser muy perspicaz. Nunca hubo tantos imbéciles imponiendo su dictadura, ni tanta gilipollez elevada a la categoría de norma obligatoria. Nunca al qué dirán y a lo socialmente correcto se le dio tanto cuartelillo. Nunca condicionó tanto nuestras vidas el capricho de las minorías, la demagogia de los oportunistas, la estupidez de los tontos del culo. El ejemplo de cómo ese delirio vuelve a las sociedades enfermas e irreales lo tenemos en aquellos países que nos preceden en el asunto; pero en vez de ponérsenos los pelos de punta al advertir los riesgos y el abismo, nos adherimos con el entusiasmo desaforado del converso. En esta España a menudo escasa de cultura y de criterio, cuando se pone de moda una estupidez, en vez de llamarla por su nombre y ocuparnos de cosas más urgentes, nos ponemos a considerarla con toda seriedad. Ninguno de nosotros se la traga de verdad, pero miramos de reojo a los otros, vemos que nadie protesta y que todos –que a su vez nos miran de reojo a nosotros– parecen aprobar la novedad. Así que, haciendo de tripas corazón, nos resignamos a esa enésima vuelta de tuerca. 

No deja de tener siniestra gracia que Europa, que alumbró palabras como democracia y derechos del hombre, y que pese a lo que está cayendo permanece como referente moral de lo que aún llamamos Occidente, en sus comportamientos sociales tenga como referencia las actitudes, los valores de una sociedad tan enferma e hipócrita como la norteamericana. En materia de sanidad, por ejemplo, y me refiero a hospitales, dolor, muerte y todo ese cuello de botella por el que, tarde o temprano, la mayor parte de nosotros termina pasando, sospecho que vamos a terminar como en los Estados Unidos, donde nadie se atreve a poner una inyección si no es delante de su abogado, porque en cuanto le irritas un poro a un paciente, te denuncia y te saca una pasta flora, en un país donde un fulano se fuma tres paquetes diarios durante cincuenta años, y encima, cuando palma, su familia le trinca una millonada a las tabacaleras. De ayudar a bien morir, ni te digo. Y no hablo de eutanasia, sino de que te alivien el trámite cuando estás listo de papeles. Pero allí, con semejante presión, teniendo en la chepa a los meapilas, a los que buscan pasta y a los bobos de nacimiento, no hay médico que se atreva a tomar una decisión de ese tipo. Que los alivie su padre, dicen. Y me temo que en España vamos camino de lo mismo, con toda la cobertura mediática de la Schiavo aquella a la que le daban matarile o no se lo daban, como a la Parrala; y las consejerías de Sanidad suspendiendo a médicos por sedar a pacientes en las últimas, como si lo ético fuese que palmes aullando y nadie haga nada. Al final van a poner esto difícil de narices. Y cuando me llegue el turno, seguro que me joden vivo. Ni aspirinas me van a dar. Para que todos esos capullos en flor puedan alardear de socialmente correctos, voy a terminar echando espumarajos, como un perro. Mentándoles a la madre. 

Así que aprovecho para ponerlo negro sobre blanco, y que esta página de El Semanal valga como documento notarial, llegado el caso. Si cuando me toque decir hasta luego Lucas no consigo organizarlo a mi aire, si el mar no colabora espontáneamente en el asunto, o el Alzheimer no permite que me acuerde de dónde está el gatillo de la pistola, y por mi mala estrella termino en un hospital, con las limpiadoras afiliadas a Comisiones Obreras –las del folleto feminista del otro día– pisándome el tubo del oxígeno, háganme un favor. No es lo mismo acortar la vida que acortar la agonía, así que no me fastidien. Tampoco vengan a darme la murga con gorigoris, velitas encendidas y pazguatos arrodillados en la acera con los brazos en cruz bajo pancartas proclamando que mi vida es sagrada. Mi vida –lo dice el propietario titular– no es más sagrada que la de mi labrador Mordaunt o la de los millones de seres humanos que, como el resto de los animales y las plantas, han pasado por este mundo cochambroso a lo largo de los siglos y la Historia, y seguirán pasando. A ver quién puñetas se han creído que somos. Por eso, el médico que, con mi consentimiento o el de los míos, decida aliviarme el trayecto ahorrándome sufrimiento inútil, nunca será un asesino, sino un amigo. Mi último amigo. Que otros hagan lo que quieran con sus vidas, pero a mí permítanme no perder la compostura. Déjenme morir tranquilo. 

24 de abril de 2005 

domingo, 17 de abril de 2005

El ombligo de Sevilla

María José, la telefonista del hotel Colón, me va a echar una bronca, como suele, en plan: esta vez se ha pasado varios pueblos, don Arturo, de Dos Hermanas a Lebrija, o más lejos, a ver quién le manda a usted meterse con la Sevilla de mi alma. Pero uno debe ser consecuente; y la semana pasada, al socaire de Matanza cofrade y la parafernalia blasfemo-judicial que arrastra cual bata de cola, se me calentó la tecla y prometí hablar hoy de cultura sevillana. De manera que cumplo, arriesgándome a que me quiten los premios que en esa ciudad me dieron por la cara, a que el director de ABC –allí y en Madrid El Semanal sale con ese diario– se acuerde de mis muertos, a que los amigos dejen de mandarme aceite, y a que Enrique Becerra diga que el cordero con miel o la carrillada de ibérico me los va a poner la madre que me parió. Pero uno tiene derecho a hablar de lo que ama. Y el caso, como dije que diría, es que con la palabra cultura ocurre algo extraño. Cuando la pronuncian, cinco de cada diez sevillanos piensan en la Semana Santa o la Feria de Abril. A lo más que llegan algunos es al barroco de las iglesias. Mi compadre Juan Eslava cuenta lo del turista que va en carruaje por la Alameda, y cuando pasa ante una estatua y pregunta si se trata de un pintor, un escritor, un músico o un poeta, el orgulloso cochero responde: «Qué va, hombre. Es Manolo Caracol». 

Pese a los esfuerzos, casi suicidas, de heroicos paladines locales por romper la burbuja en que esa ciudad vive ensimismada, el grueso de los esfuerzos culturales sevillanos pasa por el embudo de las cofradías locales, estructura social en torno a la que se ordena la vida pública. El resto es secundario, no interesa. Los museos languidecen, las exposiciones llegan con cuentagotas –y sólo si está Sevilla de por medio–, las librerías cierran, las bibliotecas no existen o se ignoran. Si se tratara de una ciudad donde imperase la modestia, uno creería que ésta se avergüenza de cuanto la hizo hermosa e inmortal. Pero no es modestia sino egoísmo autocomplaciente, indiferencia a cuanto no sea arreglarse el Jueves Santo para salir con la medalla de la cofradía al cuello, a pintarla en la Feria, a tomarse una manzanilla en Las Teresas o en Casa Román, mirando alrededor mientras se piensa, o se dice, que Sevilla es lo más grande del mundo, y qué desgracia la de quienes no nacieron sevillanos. 

Siempre que viajo allí me pregunto lo que podría ser esa ciudad si dejara de mirarse en su espejo autista y se abriera al mundo con la cultura como reclamo y bandera. Hablo de la cultura de verdad, no de la caduca soplapollez de diseño que pretenden vendernos políticos y mangantes en busca de la foto y el telediario del día siguiente, o del folklore demagógico y sentimental con el que quienes manejan el cotarro pretenden –y lo consiguen desde hace siglos– llevarse al huerto a la ciudadanía. Hablo de la Sevilla que va más allá de los retablos barrocos en misa de doce, de los bares de tapas, de los pasos de Semana Santa, de la Feria de Abril y los carnets del Betis o del otro, de los apresurados rebaños de chusma guiri que el sevillano necesita tanto como desprecia. ¿Imaginan ustedes parte de la pasta invertida en cofradías y casetas de feria, empleada en hacer de esa ciudad un verdadero polo de atracción, no sólo del turismo, sino de la cultura internacional? ¿Calculan lo que supondría aprovechar el clima, el fascinante escenario, la abrumadora riqueza de palacios, atarazanas, lonjas e iglesias, para proyectar la ciudad hacia el exterior, celebrar conciertos de renombre internacional, organizar ferias y exposiciones que atrajeran a artistas, críticos y público culto de todo el mundo? ¿Imaginan una gestión cosmopolita, lúcida y eficaz, de tanto arte, arquitectura y belleza, con la extraordinaria marca registrada de Sevilla como argumento? Es desolador que una ciudad así no se haya convertido –la ocasión perdida de la Expo se esfumó con los mediocres y los catetos que la gestionaron– en sede anual, bianual, quinquenal o lo que sea, de acontecimientos culturales que pongan su nombre, a la manera de Venecia, Salzburgo, París o Florencia, en la vanguardia de la cultura internacional. En lugar de eso, Sevilla sigue resignada a ser una pequeña ciudad onanista y a veces analfabeta, que no llora por las cenizas perdidas de Murillo, pero sí cuando pasa la Virgen; y que emplea el resto del año en discutir sobre si los arreglos florales de la Esperanza Macarena eran mejores o peores que los de la Esperanza de Triana. 

17 de abril de 2005 

domingo, 10 de abril de 2005

Matando cofrades

Acabo de ponerme ciego a matar cofrades y nazarenos de Semana Santa, pistola en mano, con el fondo de La Macarena, el Gran Poder y el Cristo de San Bernardo. Bang, bang, bang. Todo eso, por supuesto, en la pantalla del ordenata. Pistola virtual, claro. Matanza cofrade, se llama el juego. Matanza uno y matanza dos, porque tiene segunda parte. La mano guasona de un amigo sevillano me lo envió todo ayer. Un juego cutre y de pésimo gusto, por cierto. Más que para matar cofrades de la Semana Santa, el juego es para darle patadas en la boca al patoso que lo parió. Pero la cuestión es otra. Al patoso que lo parió, que por lo visto es un informático de Utrera, las cofradías sevillanas le piden un año de cárcel y ocho mil mortadelos de multa. Como lo oyen. O leen. Cuando Matanza cofrade 1 apareció en Internet –la segunda parte es de otro fulano que se sumó por su cuenta y en plan solidario al escabeche–, las cofradías, que en Sevilla mandan más que un capitán general cuando los capitanes generales mandaban algo, hicieron detener al autor por la Guardia Civil, la fiscalía intervino, y un juzgado dictó auto de apertura de juicio oral, que aún está pendiente. Resumiendo: al pazguato de la matanza lo pueden meter en la cárcel por atentar «contra los sentimientos religiosos y contra la propiedad industrial». Como ustedes, supongo, yo también aluciné una miaja con eso de la propiedad industrial, hasta que me informaron de que las imágenes del Gran Poder y la Esperanza Macarena están registradas como marcas. Para entendernos: si usted se aplasta un dedo con un martillo y blasfemando en arameo se cisca en algo, ojo. Puede estarse ciscando en una marca registrada. El siguiente paso puede ser la Menetérica, que decía Chiquito de la Calzada, llamando a su puerta. Así que cuidadín, pecadores de la pradera. Con la Semana Santa de Sevilla no se juega. 

Uno comprende ciertas cosas, y se le eriza el vello con otras. Lo del vello no es de oír el paso racheao de los costaleros, precisamente. Se puede estar, sin pegas, de acuerdo con el asunto base: Matanza cofrade es una cutrez. Lo que le reprocho al informático de Utrera, que ni sé cómo se llama, ni me importa, no es que haga un juego para liquidar cofrades; cosa que puede tener, incluso, su puntito si se hace con gracia y talento. A veces también a mí me entran ganas –virtuales, por supuesto– de moverme con cartuchos de postas entre algunas tonterías y ciertos excesos, cuando las cosas rebasan lo razonable y se vuelven cursilería meapilas y capillita exagerá. Lo que le reprocho al autor del juego es que lo haya perpetrado de una manera tan mediocre y desabrida. Tan chapucera. 

En cuanto a las cofradías de marras, en fin. Es asunto de los sevillanos, y con su pan se lo coman, que allí el principal fenómeno social y cultural –casi el único– sea la Semana Santa, y que todo cristo cifre en las cofradías el pulso de la ciudad, el prestigio ciudadano, la razón de su existencia y la gloria de su madre. Lo que ya no veo claro es que esas cofradías hayan convertido sus imágenes religiosas en símbolo de una determinada Sevilla, la que ellos manejan, marcas registradas incluidas, pero no estén dispuestos a comerse las duras tanto como las maduras; a encajar críticas que en realidad no van contra imágenes que a cualquier no creyente –variedad humana tan respetable como la del creyente, incluso en la tierra de María Santísima– le importan un carajo, sino contra esa determinada Sevilla, que a unos gusta mucho y a otros repatea el hígado, que utiliza tales imágenes como pretexto, escudo o bandera. El punto es delicado, y sólo los muy ecuánimes podrían trazar la línea que separa la blasfemia gratuita de la crítica social. Cuando uno se apropia de símbolos, ejerce el poder y medra gracias a ellos, se expone a que esos símbolos, como él mismo, se vean cuestionados, criticados y atacados. No encajar las reglas del juego con deportividad –al final me voy a creer, como dice Antonio Burgos, que el humor lo tienen en Cádiz– difumina la distancia que media, por ejemplo, entre este estúpido asunto y aquellas multas y detenciones de hace medio siglo por blasfemia, o aquellos prisioneros fusilados después de la guerra civil por destruir imágenes religiosas cuando la quema de conventos. 

Y ya que estamos metidos en faena, la semana que viene hablaremos de la cultura en Sevilla. Si Dios quiere. 

10 de abril de 2005 

lunes, 4 de abril de 2005

La niña del pelo corto

Además de los perros, me gustan los críos pequeños. Me refiero a los de cuatro, cinco años, o así. Apurando mucho, llego hasta los de siete u ocho. A partir de ahí empiezan a parecerse demasiado a los adultos en que tarde o temprano se convertirán. Deberíamos liquidarlos a esa edad, dice un amigo mío que no destaca por su filantropía. Herodes vio la jugada: habría que despacharlos cuando carecen de currículum y aún no son estúpidos, malvados o peligrosos. Antes de que se desgracien y nos desgracien a todos. Antes de que dejen de ser deliciosos animalitos para convertirse en basura y azote del mundo. Eso es lo que dice mi amigo, que es algo drástico. Yo no llego a ese extremo, pero denme tiempo. Es verdad que a veces me pregunto para qué crecerán. Para qué diablos crecemos. 

El caso es que me gusta observar a los críos. Son fascinantes. Como los adultos somos imbéciles, creemos que funcionan sin ton ni son, en plan majareta; pero en realidad actúan y razonan según una lógica rigurosísima de la que sólo ellos poseen la clave. Son metódicos e implacables como un filósofo alemán. Cuando asistes a una discusión entre un niño pequeño y un adulto, al fin descubres, aterrado, que el más consecuente y lúcido siempre es el niño. A veces te miran con una fijeza tan extraordinaria, escrutándote los adentros, que terminas enrojeciendo, inseguro y confuso. Son jueces implacables y honrados; por eso resultan tan tiernos en sus afectos, tan crueles en sus combates, tan cabales en sus sanciones. Son lo que los adultos deberíamos ser un día, o siempre, y al cabo dejamos de ser y ya nunca somos. 

Ayer me detuve ante la verja de un colegio infantil. El griterío se oía desde el otro lado de la calle. Era la hora del recreo, y correteaban por el patio los zagales, con sus babis los más pequeños y sus jerséis de pico los mayores. Estuve un rato viéndolos alborotar en corros, reír, pasarse la pelota. Siempre me fijo más en los niños que van por libre; los que juegan solos o vagan a su aire. Me quedo mirando al que camina marcando muy serio el paso militar, como si desfilara, al que desliza pensativo la mano por los barrotes de la reja, a la niña que habla sola mientras hace extraños gestos con las manos, al que corre emitiendo indescifrables sonidos con la boca, al que salta pisando el suelo como si aplastara cosas que sólo él puede ver, y me pregunto qué tendrán en ese momento en la cabeza, a qué ensueño mental, a qué pirueta de su imaginación prodigiosa corresponden aquellas actitudes exteriores que para nosotros, adultos razonables que encerramos en manicomios a quienes hacen eso mismo con unos cuantos años más, constituyen un misterio. 

En aquel patio de recreo vi a la niña. Debía de tener cinco o seis años, llevaba el pelo muy corto y estaba sentada en un peldaño de la escalera con un libro ilustrado abierto sobre la falda. Leía con una concentración extraordinaria, ajena al griterío del patio, pasando las páginas enrocada en aquel rincón del mundo, en el refugio que el libro le proporcionaba. No leía con expresión plácida, sino obstinada; baja la cabeza, como si el esfuerzo de mantener a raya el bullicio circundante no fuera fácil. Se diría que aquella singular trinchera no se la regalaba nadie, sino que la conquistaba palmo a palmo, a golpe de voluntad. Enternecedoramente pequeña, sola y orgullosa, con su jersey de pico verde, su falda de cuadros escoceses y sus calcetines arrugados. Deliberadamente ajena a todo. Ella y su libro. 

Fue entonces cuando levantó la vista y me vio al otro lado de la verja. Sonreí como un Hermano de la Costa le sonríe a otro, cómplice; pero la niña me miró suspicaz, sin devolver la sonrisa, y comprendí cómo ella realmente me veía: adulto, extraño, intruso, inoportuno. Aquella francotiradora diminuta, deduje, no necesitaba mi presencia, ni mi sonrisa de aliento; estaba lejos de mí y de todos nosotros, en el mundo creado por las páginas de aquel libro y por sus particulares ensueños. Construía un espacio propio, íntimo, en el que mi sonrisa y yo estábamos de más. Así lo demostró bajando de nuevo la vista, ignorándome con el resto del universo hostil que ese libro mantenía a raya página tras página. Y mientras me apartaba con sigiloso respeto de la verja, pensé: Herodes se equivocó. Quizá ella se salve un día. Tal vez esa niña solitaria y tenaz nos haga mejores de lo que somos. 

3 de abril de 2005 

lunes, 28 de marzo de 2005

Maestros y narcos mejicanos

Si hay algo estupendo en Méjico, son los maestros. No enseñantes, ni docentes, ni esas gilipolleces que utilizamos aquí a modo de innecesario eufemismo. Se llaman a sí mismos maestros, y a mucha honra. Quien ha visitado sus modestas escuelas rurales o del extrarradio monstruoso del Deefe, sabe hasta qué punto su trabajo es heroico, hasta qué extremo llega su amor por la lengua española de la que tan orgullosos se sienten, y lo respetados que son por la sociedad a la que sirven. Tienen sus cosas, claro. Sus mafias sindicales y demás. Pero eso va en dos direcciones, y casi nunca es malo. Al contrario. Que un millón de maestros se pongan de acuerdo para pelear por ellos y por sus alumnos, me parece magnífico. Ojalá en España, en vez de héroes solitarios por una parte y abúlicos mercenarios de la tiza por otra, tuviéramos una mafia magistral como ésa, capaz de romperle la cara, metafórica o literalmente, a tanta Logse, a tanta idiotez, a tanto diseño, a tanta pseudocultura paleta y a tanto ministro analfabeto. Pero, en fin. Cada cual tiene lo que merece tener. 

El caso es que en los estados de Sinaloa, Michoacán y Tamaulipas, según me cuentan los amigos, se ha retirado de las aulas el libro Cien corridos mexicanos, que formaba parte de las bibliotecas escolares seleccionadas por doce mil maestros de allí. En Méjico son los profesores quienes deciden con qué libros trabajan sus alumnos, y uno de los elegidos había sido ése, pues el corrido fue siempre medio tradicional, popularísimo, para contar la vida real, tan ajena a los discursos oficiales: antes hablaba de revolución y delincuencia, y ahora de narcotráfico. El libro en cuestión incluye corridos narcos, y algunos senadores han puesto el grito en el cielo. Esas canciones, dicen, pervierten a la juventud y cuentan historias ilegales. Por eso está prohibida su difusión radiofónica o televisada, muy en la línea de la actitud oficial sobre el asunto: ya que no puede erradicarse el problema, que mucha gente vive de eso y que gente poderosa coquetea con el negocio, la solución es negar la evidencia y mirar para otro lado. Tuve ocasión de comprobarlo cuando publiqué en Méjico La Reina del Sur, y algunos políticos le hicieron una promoción eficacísima exigiendo que se retirase de las librerías. Así que les estoy muy agradecido a esos pendejos por ponerme un piso. 

Cada vez que voy a Méjico y me preguntan por la música narca, digo lo mismo: lo inmoral, lo censurable, es que el Gobierno permita la pobreza y la injusticia que empuja a la gente a buscarse la vida con el tráfico de droga, y que tanto alto personaje de la nación haya mojado en la salsa. Además, el narcotráfico es una realidad social. Ese mundo existe, tiene sus costumbres, su música y su literatura. Negarlo no soluciona nada. Los niños de las escuelas seguirán oyendo Carga ladeada, La banda del carro rojo o Regalo caro en casa, por la calle, en los centros comerciales, entre otras cosas porque esas canciones cuentan historias fascinantes y las cuentan muy bien, conectando con el sentir popular. En Méjico, la palabra Gobierno fue casi siempre sinónimo de enemigo –es herencia de familia, dice un corrido famoso, trabajar contra la ley–. En ciertos estados norteños, narcos y pistoleros son leyenda, y hasta tienen su patrón sinaloense: el bandido Malverde, santificado por el pueblo. Por eso, iniciativas como la de llevar esas canciones a las escuelas son oportunas e inteligentes. Permiten justo lo que no hace el pusilánime Gobierno: razonar, orientar, debatir el problema. Explicar el lado oscuro de ese mundo sucio a los jóvenes que, fascinados por leyendas falsamente idílicas, aspiran a convertirse en traficantes por poder y por dinero, soñando con música, mujeres y carros del año. A vivir, como cerveza Pacífico en mano decía mi compadre el Batman Güemes, «tres años como un rey en vez de treinta como un buey». 

Por eso dedico hoy esta página a los maestros de Méjico. Son ellos quienes tienen razón. El narcotráfico existe, luego debe explicarse. Lo que hace daño es lo inexplicable: que la televisión que censura una obra maestra como la canción Pacas de a kilo difunda sin escrúpulo programas de basura rosa, o idiotice a los jóvenes con la siniestra vacuidad de Gran hermano. E incluso, puestos a comparar, algunos de los valores que cantan los narcocorridos tienen su puntito en los tiempos que corren. Hablo en serio. Conozco a traficantes mejicanos más leales, fiables y cumplidores que algunas de las llamadas personas decentes. 

27 de marzo de 2005 

lunes, 21 de marzo de 2005

Sobre barcos honrados

Hace años, con motivo del intento de reflotar el Titanic y el espectáculo turístico-comercial que se organizó en torno al asunto, escribí aquí un artículo que se titulaba: No era un barco honrado. Recordaba en él la opinión de Joseph Conrad, que antes de ser escritor fue marino, cuando comparaba ese desastre con el hundimiento del vapor Douro. El Titanic se hundió despacio con 1.503 desgraciados, entre el desconcierto y la incompetencia de capitán y tripulantes, mientras que en el Douro, que se hundió en un momento, la dotación completa de capitán a cocinero, excepto el oficial al mando de los botes salvavidas y dos marineros para gobernar cada uno, se fue al fondo con el barco, sin rechistar, tras poner a salvo a todo el pasaje excepto a una mujer que se negó a abandonar la nave. Pero es que el Douro, concluía Conrad, era un barco de verdad, y no un hotel marítimo de superlujo, enviado, sin apenas marinos a bordo y con cuatrocientos pobres diablos como camareros, a vérselas con peligros que, por mucho que digan los ingenieros –Conrad escribió eso en 1912–, nunca dejan de acechar entre las olas. 

Todo esto me vino a la memoria con el asunto del Grand Voyager, el barco turístico que estuvo hace unas semanas a la deriva en el Mediterráneo con 474 pasajeros a bordo, sin máquinas, entre vientos muy duros y olas de quince metros. Cuando pisaron tierra, después de cuarenta horas zarandeados de mamparo a mamparo y echando las asaduras por la boca, los pasajeros pusieron el grito en el cielo. Con toda la razón, claro; aunque, antes de embarcar para un crucero, uno debería saber que, además de visitar islas griegas y cosas así, quien navega se expone a mojarse. Eso ocurre también en el Mediterráneo –«esa golfa disfrazada de niña bonita», decía Paco el Piloto, que en paz descanse–: una falsa piscina turística donde los temporales de invierno pueden ser aterradores. Cualquiera de los que estaban –estábamos– en el puente del petrolero Puertollano el día de Navidad de 1970, en lastre, con temporal de fuerza 11 frente al cabo Bon y mirando el rostro impasible del capitán don Daniel Reina como quien mira a Dios, puede dar fe de ello. 

Lo del Grand Voyager demuestra qué pocas cosas han cambiado en los noventa y tres años transcurridos desde el agrio comentario conradiano sobre hoteles a flote. La tecnología proporciona ahora mayor seguridad –siempre que no se estropee, claro–, pero el concepto del crucero moderno no encaja en la realidad de ese medio hostil que es el mar. Naturalmente, el azar manda: puede no pasar nunca nada malo. Pero cuando pasa, pasa. Y entonces, esas moles desaforadas demuestran que no tienen nada que ver con la honradez de un buen barco, ni con el carácter marino exigible a quienes las tripulan y gobiernan. 

Una de las pocas medidas marineras que se aprecian al analizar el incidente del Grand Voyager es el acierto de situar al pasaje en los pasillos, protegiéndolo de los bandazos del buque. El resto parece un disparate, como la salida de Túnez con mal tiempo y el empeño en navegar con mar de proa y fuertes pantocazos, hasta que una ola alcanzó el puente, rompió un portillo, mojó el instrumental y dejó al barco, con su enorme obra muerta, atravesado a la mar, desvalido y sin gobierno. Mas lo peor, a mi juicio, no es que un barco de crucero sea tan vulnerable con tiempo duro, que su control se pierda por un cortocircuito en el puente, y que los muebles y los objetos de a bordo no están anclados para evitar, como ocurrió, que vayan de un lado a otro, máquinas tragaperras incluidas, amenazando la integridad física del pasaje. Lo peor es que pueden comprenderse muy bien los motivos del capitán del Grand Voyager. Estoy convencido de que salió de Túnez pese al mal tiempo porque, tal y como están hoy las cosas, un capitán de barco no es más que un empleado de empresa sin capacidad de decisión ninguna; un gerente de hotel, un conductor de autobús que debe estar hoy en Túnez, mañana en Barcelona y pasado en Génova si no quiere que su empleo se lo den a otro. Y de las dotaciones, mejor no hablar. Ignoro la proporción, pero mucho me sorprendería que entre esos 313 miembros de la tripulación, camareros, cocineros, limpiadores, azafatas, animadores, músicos y demás, hubiese veinte marinos cualificados y profesionales. Resumiendo: el Grand Voyager tuvo más suerte que el Titanic. Enhorabuena. Pero tampoco era un barco honrado. 

20 de marzo de 2005 

lunes, 14 de marzo de 2005

Los garrotazos de Goya

Acabo de leer un libro que todavía no está publicado. La amistad tiene obligaciones ineludibles; algunas se asumen con gusto y otras, a regañadientes. Ésta es de las primeras; de las que son un privilegio. Alguna vez he hablado aquí de mi amigo Juan Eslava Galán, uno de los novelistas más prolíficos y cultos que honran el paisaje. Juan es de los pocos escritores que conozco capaces de reivindicar sin complejos nuestra actividad profesional –dignamente mercenaria cuando se tercia y se cobra–, como trabajo honorabilísimo y estupendo, sin necesidad de aderezarla con justificaciones éticas, estéticas, psicosomáticas, y demás mariconadas al uso, tan del gusto de ciertos cantamañanas de la tecla. (Como, por cierto, un tal Álvaro Delgado-Gal, intelectual de oficio y sobre todo de beneficio, cuyo último libro-ensayo, Buscando el cero, les recomiendo encarecidamente que lean –no se quejará de que no le hago publicidad, mi primo–, pese al espantoso esfuerzo que supone, a fin de comprobar hasta qué punto se puede ser retórico y pedante en 265 páginas, y medrar en España a base de farfolla y cuento chino). 

Pero a lo que iba. El libro que acabo de calzarme y que todavía no pueden leer ustedes es el manuscrito recién parido de una historia de la guerra civil española. Un texto que no se parece a ninguno de los que conozco –los hay excelentes–, y cuyo título dice mucho: Una historia de la guerra civil que no le va a gustar a nadie. No sé cuándo saldrá. En primavera, supongo. Así que no consideren esto la promoción de un amigo por parte de un amigo; aunque también lo sea, claro, un poco adelantada. Se trata, en realidad, de confiarles mi satisfacción. Ya tenía yo ganas, en estos tiempos en que, pese a cuanto ha llovido, seguimos mirando hacia atrás con las orejeras puestas, de tropezarme con un relato de nuestra guerra civil donde el papel de hijo de la gran puta estuviese, como corresponde, puntual y equitativamente repartido por todos y cada uno de los rincones de nuestra geografía nacional. 

Mientras leía despacio y con ganas el manuscrito de Juan, pensé otra vez que el viejo Goya nos pintó mejor que nadie: dos gañanes enterrados hasta las corvas, matándose a garrotazos. La sombra de Caín es ancha en la triste España. Lo fue siempre, y aquella guerra fue prueba de ello. El error sería creer que pertenece al pasado. Cuando lees sobre la destrucción de la segunda república –ya nos habíamos cargado la primera y dos monarquías– en manos de los de siempre, te estremeces estableciendo siniestros paralelismos con la infame clase política de ahora, aún más arrogante, iletrada y bajuna que aquélla. Y así, Juan desgrana una actualísima historia trágica, violenta, retorcida en ocasiones hasta el esperpento, con esos trágicos quiebros de humor negro que también, inevitablemente, son ingredientes de nuestra ibérica olla. 

Todo estaba a punto, es la primera evidencia. Una república desventurada en manos de irresponsables, de timoratos y de asesinos, un ejército en manos de brutos y de matarifes, un pueblo despojado e inculto, estaban condenados a empapar de sangre esta tierra. Luego, prendida la llama, la chulería de los privilegiados, el rencor de los humildes, la desvergüenza de los políticos, el ansia de revancha de los fuertes, la ignorancia y el odio hicieron el resto. No bastaba vencer; era necesario perseguir al adversario hasta el exterminio. Murió más gente en la represión que en los combates; en ambos lados, analfabetos presidiendo tribunales gozaron de más poder que magistrados del Supremo. Hubo valor, por supuesto. Y decencia. Y lecciones de humanidad e inteligencia. Pero todo eso quedó sepultado por las pavorosas dimensiones de una tragedia que todavía hoy necesita reflexión y explicaciones. Este libro cuyo manuscrito acabo de leer se aventura a ello, y lo consigue con amenidad y con una extraordinaria, abundante y rigurosa documentación que –es su principal virtud– ni siquiera se nota. Juan lo ha escrito a su manera humilde, como suele. Como quien no quiere la cosa. Y, como decía antes, sin buenos ni malos. Las dos Españas mamaron veneno de la misma sucia leche. Abran los periódicos de hoy mismo y reconózcanlas. Estas páginas lo ponen de manifiesto de forma estremecedora. Por eso se trata de una historia de la guerra civil que no le va a gustar a nadie. Ya era hora. 

13 de marzo de 2005 

lunes, 7 de marzo de 2005

Lo que se perdió "La Codorniz"

Algunos aún recordamos La Codorniz, revista del humor más audaz para el lector más inteligente, desde cuyas páginas genios como Tono, Mihura, Serafín, Mingote –nuestro querido Antonio Mingote– y otros muchos hicieron la vida más soportable en tiempos de dictadura, delación, estupidez y cobardía. Yo hojeaba de pequeño aquella revista, que mi padre leía cada domingo. Y la echo de menos. O quizá a quien añoro es a la gente que escribía en ella, y a la gente capaz de leerla. 

Por suerte, España no pierde el humor. Surrealista, claro. Como cuadra al panorama. El último rasgo me tiene doloridos los ijares de tanta risa: un folleto de la federación de servicios y administraciones públicas de Comisiones Obreras. El autor de la redacción es un genio anónimo. O una genia anónima. Alguien se despertó chistoso o chistosa y decidió alegrarnos el día. Campaña de comunicación no sexista, se titula. Y lo de dentro está a la altura. Te partes. Humor fino e inteligente, como corresponde a la tradición del organismo. Salero. Guasa que La Codorniz habría acogido con aplausos. 

«¡Lenguaje genérico sin exclusiones! ¡Haz visible a las mujeres en tu lenguaje cotidiano! ¡Usa el genérico para todas y para todos!» Así empieza la cosa, signos de exclamación incluidos, a fin de provocar las primeras risas. De ponerte a tono, o sea, arrancándote la primera y grata mueca cómplice. Y a continuación del estupendo exhorto, el folleto entra en materia: «La utilización del género masculino como sinónimo de neutro y comprensivo de hombres y mujeres (…) es un error cultural impuesto en los tiempos». Y ojo. En este punto crucial conviene que el lector se seque las lágrimas de risa, a fin de que la vista vuelva a ser de nuevo nítida y no pierda una sílaba de lo que sigue. «Es necesario construir y normalizar un lenguaje genérico para todas y todos que, manteniendo la máxima claridad y legibilidad, contribuya a transmitir valores y conductas de igualdad.» 

Reconozcan que el redactor o redactora del folleto o folleta claro y legible estaba sembrado. Pero lo mejor viene luego, cuando recomienda, entre otras simpáticas ocurrencias, «emplear nombres colectivos genéricos en vez del masculino», «generalizar la utilización de abstractos» y, entre otras perlas de ingenio, dos hilarantes hallazgos. Uno es «evitar el uso del masculino para referirse a oficios cuando los desempeña una mujer». Como ejemplos señala los de autora y médica; que son poco originales, la verdad, porque el primero ya lo utiliza todo cristo y no pasa nada. De hecho no recuerdo a nadie, por machista que sea, que haya dicho nunca: la autor. Y en cuanto a lo de médica, conozco a unas cuantas doctoras que si las llamas así –tampoco a muchas jueces les gusta que las llamen juezas– se cabrean un huevo. Ahí, por tanto, la imaginación desasiste un poco a la humorista o humoristo. Otros habrían lucido más. ¿Qué tal soldada, cooperanta, albañila, amanta, alguacila, soprana, homosexuala? ¿O matizar guardia y electricista por oposición a guardio y electricisto? 

Pero donde ya te caes de la silla, tronchándote, es en los ejemplos prácticos de máxima claridad y legibilidad. Nada de niños, jóvenes o ancianos; lo recomendable es decir «la infancia, la juventud, las personas mayores». Palabras como padres, maestros o alumnos quedan proscritas; nos referiremos a ellos como «comunidad escolar», procurando no llamar padres a los padres, sino «progenitores». Buenísimo, ¿verdad? A los extremeños –se los cita expresamente, pues sin duda se trata de algún chiste regional como los de Lepe– se les llamará: «población extremeña o de Extremadura». No diremos parados sino «población en paro», ni trabajadores sino «personas trabajadoras». Los funcionarios serán «personal trabajador de las administraciones públicas»; los psicólogos, «profesionales de la Psicología»; los bomberos, «profesionales del servicio de extinción de incendios»; y los soldados –esto es sublime por su laconismo y sabor castrense–, «la tropa». Pero la alternativa más rotunda es la de lector –«persona que lee»–; y la más deliciosa, en lugar de españoles, «la ciudadanía del Estado español». Tela. 

Lo mosqueante es que, a ratos, sospecho que la secretaría de servicios y administraciones públicas de Comisiones Obreras puede haber publicado todo eso en serio. Luego muevo la cabeza. Imposible, concluyo. Se puede ser imbécil, pero no tanto. Cachondos, es lo que son. Unos cachondos. Y cachondas. 

6 de marzo de 2005