domingo, 24 de abril de 1994

El vil metal


Uno abre los diarios y se entera de que España o para ser más exactos la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, aspira a imprimir el tengue que es la nueva moneda que sustituye al rublo en la república de Kazajistan. Está bien eso de que seamos agresivos en materia de contratos extranjeros, y si además del Kazajistán conseguimos el Beluchistán y el Azerbaiyán, y en los ratos libres le seguimos dando a la manivela y salen unos cuantos marcos alemanes, para qué les voy a contar. Los billetes de banco hechos en España suelen ser bastante bonitos y se pueden enseñar por ahí con la cabeza muy alta, incluso los de 2.000 pesetas, que llevan a la derecha la efigie de José Celestino Mutis, patriarca de la Botánica hispana, y a la izquierda la firma de Mariano Rubio, ex gobernador del Banco de España. (No sé si sitúan ustedes a don Celestino, pero seguro que se acuerdan de don Mariano).

Es bueno eso de imprimir moneda extranjera, porque proporciona ingresos al Tesoro y trabajo a dibujantes y operarios. También da prestigio, y justo a eso iba. Porque si además de papel este asunto incluye acuñación metálica, aviados están los kazajos. Si algo distingue a nuestras monedas en los últimos doce años, es su carácter perfectamente horroroso dentro de la más estricta anarquía.

Desconozco los criterios que la FNMT aplica a la hora de elegir dibujantes y diseñadores de tan pésimo gusto, pero me los imagino. Y no me gusta nada lo que imagino. En este país cualquiera vale para cualquier cosa, y todo el mundo tiene un amigo -yo un primo segundo, sin ir más lejos- que dibuja, y diseña, y toca de oído, y lo mismo guisa un estofado que le saca brillo al copón de Bullas. Los estofados y las procesiones de Semana Santa nos salen de maravilla, es cierto. Pero tenemos, con mucho, las monedas más feas y variopintas de Europa, hasta el punto de que el muestrario nacional parece la ventanilla de cambio de una casa de putas.

Échenle un vistazo al bolsillo y vean si exagero. Cada vez que viene un amigo de afuera y lo llevo a tomar unas cañas, manifiesta su desconcierto ante dos hechos capitales: que no haya dos españoles que pidan el mismo café, y el caos de monedas que en España consideramos de curso legal.

Por ejemplo: en el momento de teclear estas líneas, el arriba firmante posee una peseta minúscula de níquel, otras más grandes del Mundial de Fútbol y otra con la cara del Rey en el anverso y la gallina imperial en el reverso. En cuanto a duros, tengo tres: un duro enano y confuso en el que se descifra con dificultad un 5 -creo que en algún sitio pone pesetas-, otro del Rey joven con una pelota de fútbol, y otro de Franco en edad provecta. En cuanto a monedas de cinco duros también dispongo de amplia variedad, en la que destacan una cosa con agujero donde pone Expo, otra con otro agujero que reza País Vasco, y otra de Barcelona 92. Amén de las piezas grandes con el escudo real, una, y el Generalísimo -de perfil, cincuentón, en plena forma- en la otra.

Pero no crean que para ahí la cosa. Porque estaba yo con las 100 pesetas -la dorada con el escudo constitucional y el Rey me parece la más correcta de todas- cuando me tropiezo con un Camino de Santiago que incita abiertamente a elegir otro camino. Después aparece a traición, con el mismo tamaño, una de níquel de 2 pesetas de 1982 que no me atrevo a usar por si resulta que es falsa. Y en cuanto a las de 50 -el Mundial, Franco, el Rey, la Biblia en verso-acabo de estar a punto de tirar una moneda de color plateado, creyéndola machacada en los bordes por algún desaprensivo. Pero resulta que me fijo y es pieza de 50, nuevecita, con un singular cuño de misteriosas muescas alrededor, que reza Extremadura y me pregunto qué habrán hecho los extremeños para merecer tan cruel venganza.

Tampoco tiene otra explicación el turbio ajuste de cuentas con la Institución monárquica que me echo a la cara con otra pieza enana de doscientas, que luce -es un decir-una efigie regia perpetrada por indudable mano republicana. Moneda, por cierto, que convive en mi bolsillo con otra de idéntico valor, donde un oso y un madroño nos aseguran, bajo su exclusiva responsabilidad, que Madrid fue en el 92 capital europea de la Cultura.

Es como para volverse majara. Imagínense ser ciego en España y tener que identificar todo eso al tacto, día tras día, en un quiosco de la ONCE. Nunca pareció tan vil el vil metal.

24 de abril de 1994

domingo, 17 de abril de 1994

Sobre analfabetos y cafés


El viejo café Zurich de Barcelona está condenado a muerte, y esta vez la sentencia es inapelable. Ciertos lugares y establecimientos resultan incompatibles con el tiempo en que vivimos, y el Zurich pronto seguirá la triste suerte del Oro del Rhin, La Luna, el Lyon de Madrid y tantos otros: convertirse en hamburgueserías o bancos. Símbolos de la convivencia de tertulia, reductos cosmopolitas de la tradición y la cultura, los antiguos cafés españoles siguen muriendo uno tras otro, y no se puede cruzar el umbral de los últimos supervivientes -el Gijón de Madrid, el Ca'n Tomeu de Mallorca, el Novelti de Salamanca- sin la incómoda sensación de que también sus días están contados.

Si la conservación de cafés antiguos fuese un criterio de nivel cultural, en España seríamos analfabetos. El enunciado, brillante, no es mío, sino de un amigo. El amigo se llama Jean Schalekamp, y es uno de esos hombres del norte, escritor por más señas, que un día deciden adoptar la patria mediterránea y se quedan en ella para siempre. Vive desde hace muchos años en Mallorca y allí, en la soleada paz de su estudio, me hace el honor de traducir mis novelas al holandés. A Jean le gusta sentarse en las terrazas y en los cafés a ver pasar la vida, y en los últimos tiempos dirige una particular cruzada: una asociación en defensa de esos viejos recintos contra la especulación y la piqueta. Se llama Amics deis Café y es una causa perdida, por supuesto. Pero ninguna causa tendría encanto sino peleáramos por ella hasta quebrar el sable, incluso poseyendo la certeza de que estamos vencidos de antemano.

La idea de Jean es que los cafés españoles con larga y noble tradición, aquellos que han sabido conservar su casticismo y su sentido histórico, sean declarados patrimonio cultural bajo la protección de los ayuntamientos o el Estado. Y que a cambio se les impongan estrictas normas de conservación, decoración y ambiente. A fin de cuentas, un café es un microcosmos denso y cálido, un foco intelectual de comunicación humana, que forma parte de la cultura viva de una ciudad tanto como los teatros, los museos, o las salas de conciertos.

Esto, que para sorpresa de mi amigo holandés es necesario explicar a todo el mundo en España, en otros lugares de Europa resulta tan obvio que nadie plantea siquiera la cuestión. París, como puede atestiguar el señor De Vilallonga unas páginas más adelante, no sería París sin el Flore, La Paix o Les Deu Magots. En el Greco de Roma tomaba café, entre otros, Stendhal, y ése es motivo suficiente para que siga abierto y cuidado como un santuario. En cuanto a Viena, que tiene los más hermosos cafés del mundo, el Sacher, el Braüenerhof, el Schwarzer, el Dommayer y los demás se miman y conservan como lo que son: auténticos tesoros del patrimonio nacional. Un patrimonio que se inscribe en el ámbito europeo y en el de la cultura universal, como comprende uno cuando ve a 400.000 japoneses que, en la puerta, con reverencial respeto, mueven la cabeza y dicen hai mientras hacen fotos.

Decir que somos unos notorios imbéciles no supone, a estas alturas, descubrir el Mediterráneo. Los españoles nos estamos ganando a pulso el café en vasos de plástico y las camareras con gorrito multicolor en vez de viejos, sabios e impasibles camareros de toda la vida. Aquí confundimos demasiado fácilmente tradición con reacción, memoria con inmovilismo, y pendientes del eterno que dirán y del no vayan a creer que yo, aceptamos alegremente la orfandad estéril a que nos condenan los políticos que aspiran a que su mujer parezca Hilary Clinton, los ministros de Cultura que gastan millones en campañas de diseño en vez de mandar libros a los colegios, la televisión que recurre a modelos ajenos, los bancos, las cadenas de hamburguesas, las pizzerías a la americana, las gilipolleces que estamos obligados a escuchar cada día. Y justo cuando miles de turistas norteamericanos acuden a la vieja Europa en busca de sus raíces y los ecos de su antigua cultura, nosotros nos vestimos de neón y colorines para imitar, sobre los escombros de lo que fuimos aquello de lo que precisamente ellos huyen.

¿Saben lo que les digo? Me encanta ser español. Me encantan las terrazas al sol y las tertulias entre humo hasta la madrugada. Por eso rompo hoy esta lanza por los antiguos cafés, que son, como mi amigo Jean Schalekamp y yo, carne y sangre y semen del Mediterráneo y de la vieja Europa. Y a las hamburgueserías y a los bancos, que les vayan dando.

17 de abril de 1994

domingo, 10 de abril de 1994

El filo de la navaja


Tuvo que ser la pera. Y confieso que al principio no lo comprendía. En el colegio, cuando estudiaba Historia de España, y más tarde como lector adulto, siempre me acerqué desconcertado a los vaivenes y querellas internas que salpican -pleitos, contiendas civiles, sangre de amigos y vecinos- nuestros siglos de existencia. Al tierno infante que yo era le resultaba odioso y extraordinario que, por un quítame allá esos agravios, el tal Don Julián le abriese a los moros la puerta de atrás para reventar al rey don Rodrigo y, de paso, poner la Península patas arriba. Me escamaba tanto antiguo castillo demolido, no por los enemigos, sino por orden del rey. Y me extrañaba mucho que jefes y capitanes con nombres sonoros, gentes ilustres que habían dado a la Corona tierras, riquezas y gloria, terminasen acuchillándose entre sí allá en las Indias, cuando no arcabuceados por la espalda o ahorcados por sus propios monarcas.

Pero después uno se hace mayor y comprende. Igual que la Historia esclarece el presente, también nuestro presente explica los sucesos del pasado. Basta echar un vistazo alrededor, leer los diarios, escuchar las tertulias de la radio, tender un poco la oreja en la calle, en la oficina, para captar las claves del asunto. Hemos sido lo que somos, y también somos lo que fuimos, en este país donde el pecado capital no es el orgullo, ni la pereza -erraban los turistas románticos- , sino la envidia y su brazo armado, la maledicencia. En este país donde, para el sol, es pura rutina perfilar la sombra de Caín. En este país que se reconoce no en los lienzos de Velázquez sino en los de Goya, donde las espadas siempre terminan fundiéndose para forjar navajas cachicuernas. En este país que prefiere perder un ojo con tal de que el vecino pierda dos, y donde lo grave no es el insulto, la descalificación o la calumnia, sino la cantidad de hijos de puta que se lanzan sobre ello como una jauría, encantados de que pudiera ser cierto.

Si a todo eso sumamos, amén los correveidiles y los parásitos que viven de mirar, el hecho de que nuestra cepa abunde en noventa y nueve Sanchopanzas por cada Quijote que alumbra, vemos perfilarse claro el panorama. A esa luz puede uno, con los años, entender muchas cosas. Desde Viriato acuchillado en su tienda por los capitanes vendidos a Roma -y seguro que el oro fue lo de menos en el asunto- hasta Tarik y Muza, Riego metido en un cesto del suplicio, los Copons, Fornet, Mañas y Balcells de las compañías almogávares acuchillándose entre sí cuando no tenían turcos o bizantinos que les despertaran el ferro, o las tropas nacionales ganando batallas mientras, en la retaguardia, anarquistas y comunistas , por ejemplo , se fusilaban unos a otros con ese particular esmero que siempre ponemos los españoles , en la hora de nuestras íntimas carnicerías.

En cuanto a lo de América, aquello tuvo que ser como para sacar nota. Imagínense ustedes al personal, esos segundones castellanos o extremeños, bravos como toros de lidia, sin nada que perder y buscándose la vida lejos de autoridades y reyes. Esos Pizarro, Almagro, Cortés, Núñez de Balboa, aliándose y traicionándose unos a otros, montándoselo a su aire, escribiendo cartas a España a ver quien llegaba antes que el adversario, delatando a quien les hacía sombra, tendiendo emboscadas, entre virreyes y emisarios que iban y venían con orden de prisión para uno, de libertad para el otro, de confiscar los bienes de aquel o ahorcar sumariamente a Mengano. El rey Nuestro Señor trincando el oro y la plata con una mano y firmando la prisión o la ejecución con la otra, con los consejeros susurrándole al oído que si el tal Cortés se pasaba de listo, que si el tal Pizarro ya me entendéis, Majestad.

Sin embargo, también eso es España. También eso tiene su especial grandeza, aunque a veces sea retorcida e infame. Siempre dispuestos a disparar el trabuco, es precisamente ese ciego encono, nuestra flagrante mala sangre de emboscada y navajazo, la que nos hace tan duros y peligroso. Lo que talla a golpe de hacha -a menudo de verdugo- los peldaños de nuestra Historia, que no es sino un largo ajuste de cuentas. Los españoles no hemos estado jamás a gusto en nuestra piel, y por eso envidiamos y apuñalamos tanto: para desquitarnos. Quizá no sepamos vivir, pero seguimos -miren alrededor- sabiendo odiar y matar como nadie. Que recuerden eso los aprendices de brujo; los irresponsables que juguetean con la tapa de la caja de la truenos y se pasean alegremente, como si esto fuera Suiza, por el filo de la navaja.

10 de abril de 1994

lunes, 4 de abril de 1994

Perfume de mujer fatal


Ahora le ha dado a todo el mundo por llamarlos grandes superficies, quizás porque suena más técnico, más profesional. A mí, llamar grandes superficies a lo que siempre fueron grandes almacenes me parece una chorrada notoria; pero en este país oímos tantas al día, que da lo mismo. Hace una semana escuché a un ministro hablar de la filosofía del partido. Si hubiera sido más imaginativo, habría podido por ejemplo, acuñar el término filosofía operativa, y en el acto todos los políticos y los empresarios dinámicos, los banqueros y los sindicalistas, se habrían lanzado sobre el término, y a estas alturas tendríamos filosofía operativa hasta en las declaraciones de los entrenadores de fútbol: Nos metieron cuatro a uno porque Juanita no asimiló la filosofía operativa. Y cosas así.

Respecto a los grandes almacenes, vaya por delante que nada tengo contra su existencia. Me gusta perderme por ellos, mirar cosas, observar a la gente y a las dependientas de las secciones de perfumería, que siempre huelen a mujer fatal. Antes, incluso me divertía mucho haciendo gestos sospechosos con las bolsas para que llegaran los de seguridad y metieran la pata al decirme oiga usted; lo que pasa es que ahora les suena mi careto y ya no pican. Con todo esto quiero decir que los grandes almacenes son divertidos y conoces gente. A mí me caen simpáticos, y compro en ellos los tejanos, las cintas de vídeo, los disquetes de ordenador y cosas así. Pero no me ciega la pasión.

En España, la competencia de algunos grandes almacenes estrangula a los pequeños comerciantes. Crecen y crecen y se multiplican como en las películas de terror y ciencia ficción, mientras los pequeños, incapaces de competir ni en precios ni en el aspecto visual de la oferta, palman uno tras otro o sobreviven a duras penas. No hay zonas delimitadas como las antiguas reservas comanches, ni cascos históricos ni barrios tradicionales a respetar. El asunto escuece, sobre todo, en los centros tradicionales de las ciudades, donde el pequeño comercio local, amén de dar de comer a las familias que a él se dedican desde hace años, proporciona vida a las calles. Y cuando el pequeño comercio desaparece, ya saben lo que nos queda. Desoladas manzanas de oficinas y bancos con muchos vigilantes jurados en la puerta. Un paisaje frío, hostil, muy de nuestro tiempo.

Mienten como bellacos quienes sostienen que eso es inevitable. Uno se da una vuelta por Lisboa, por algunos barrios de París, por cualquier ciudad italiana con cierto sentido del orgullo local, la estética y la vergüenza torera, y comprende que no en todas partes cuecen las mismas habas. En muchos sitios la implantación de grandes locales comerciales se concede de modo racional, con cuentagotas, en las afueras, o no se tolera en absoluto, precisamente para evitar que las calles y barrios tradicionales pierdan su ambiente, su sabor y su vida. Nadie verá un cartel de hamburgueserías norteamericanas en el casco antiguo de Venecia, aunque las haya, ni unos grandes almacenes en la plaza de Vosgos de París. Mientras que en España, cualquier japonés, cualquier francés o cualquier fulano le sugiere a un alcalde montar un híbrido de Disneylandia y Galerías Lafayette en la plaza Mayor de Madrid o en el barrio de Santa Cruz de Sevilla, y las corporaciones municipales y los ministros y consejeros de industria se abren de piernas en el acto porque eso suena a inversión, sin que nadie se moleste en hacer estudios de las repercusiones a largo plazo, turismo, economía local o puro buen gusto que la cosa va a traer consigo.

Nos quejamos de que los viejos barrios, las hermosas calles de nuestras antiguas ciudades, se mueren cada día. Pero somos nosotros quienes tenemos la culpa. En vez de seguir también fieles a los ultramarinos de la esquina, comprar algunos libros en la librería de toda la vida, o seguir encargándole chuletas al carnicero Manolo, damos nuestra particular exclusiva al supermercado, a los grandes almacenes, a la tienda de moda de tal o cual cadena internacional, porque es más cómodo, más divertido.

Porque tiene más filosofía operativa. Y los ultramarinos, y la librería, y el carnicero acaban cerrando para que, a cambio, las acciones de Supertodo coticen en bolsa. O, lo que es peor, para que Jean-Louis Lechón, director general de Alosanfán S.A., se compre un yate en Niza, Tadamichi Juribayasi cambie de residencia en Osaka, o Douglas Morris sea elegido hombre del año por la revista Time. Y a mí, que quieren que les diga, eso me pone de muy mala leche.

3 de abril de 1994

lunes, 28 de marzo de 1994

El insulto


En España ya no se insulta como antes. Aquí, en otro tiempo, el insulto consistía en un desahogo, un acto de violencia verbal donde se vaciaban el estómago y el corazón. Un español tomaba aire y vaciaba en una frase, en una palabra restallante como un latigazo, toda la inquina y la mala leche acumulada en siglos de degüello y odios fratricidas, de impotencia, opresión, ignorancia, envidia, orgullo y barbarie. Cuando en este país alguien insultaba lo hacía de modo solemne, consciente de que se jugaba el tipo y aquello podía terminar en el juzgado de guardia, en el hospital o en el cementerio. El español que recurría al insulto lo hacía de verdad. Y a ninguno interesaba insultar por frivolidad.

Uno se percataba de eso al oír a los guiris insultarse en su lengua. Un súbdito de Su Graciosa Majestad, por ejemplo, discutía con otro y cuando le decía stupid era ya el colmo. Hasta el fuck you de los yanquis sabía a poco. En cuanto a Europa, dos franceses se liaban, es un suponer, porque uno le había echado al otro ceniza de Gitanes en el fuagrás, y se decían el uno al otro cretin, con cocu y cosas así. Cocu, por ejemplo, sonaba a perfecta mariconada en comparación con aquel sonoro cabrón español. Y en cuanto a Italia, qué les voy a contar. Un milanés sorprendía a su legítima en el catre con un oficial de carabinieris y todo lo que se le ocurría era decirle a ella puttana, que convendrán conmigo ni suena a insulto ni suena a nada, mientras que en castellano podía elegirse sin problemas, entre un amplio repertorio: pendón, mala zorra, chocholoco. O cacho puta, sin ir más lejos. Prueben ustedes a decir eso en francés y comprenderán de qué les hablo.

Y es que antes, en España, todo aquello tenía paladar, como los buenos riojas. Aquí el insulto era algo sonoro e inapelable; una declaración de principios que te llenaba la boca. Le mentabas la madre a alguien y te quedabas en la gloria, porque en ese acto ajustabas cuentas con él y con el Universo. No es casual que las otras lenguas españolas, a la hora del insulto, sigan recurriendo a menudo al castellano como arma ofensiva más eficaz que las correspondientes palabras vernáculas.

Pero en los últimos tiempos también eso se ha devaluado. Basta tender la oreja para comprobar que esa agresión verbal tradicional y castiza ya no es lo que era. A fuerza de uso, las palabras pierden sentido y se convierten en caricaturas de lo que fueron; en ecos inertes de lo que, antaño, hacía que la sangre llegara al río por un quítame allá esas pajas o eso no me lo dices en la calle.

Denle si no, para comprobarlo, un repaso a la lista. Uno escucha a diario intercambios verbales que antes habrían terminado, cuando menos, en la comisaría más próxima, y que ahora dejan a la gente tan tranquila. Hasta no hace mucho, cuando alguien decidía llamar imbécil a otro estaba dispuesto a encajar las consecuencias inmediatas del asunto. Ahora cualquiera puede llamarte cualquier cosa, cabrón por ejemplo, con un alto porcentaje de impunidad, y hasta tu mejor amigo puede saludarte con un hola, gilipollín. En este país nos han descafeinado hasta los insultos de toda la vida.

En cuanto al epíteto español por excelencia, qué es voy a contar. Aquí ya no se da nadie por aludido. Un conductor de un automóvil se oirá llamar hijoputa media docena de veces al día, sin por eso bajar del coche y liarse a guantazos en los semáforos -pasividad, por cierto, que resulta loable y civilizada, aunque aburridísima-. Para que el insulto aún surta efecto, ahora no hay más remedio que pronunciarlo despacio y claro, dándole trascendencia en el tono, y a ser posible con la preposición de. Porque ya no es lo mismo decirle a uno hijoputa así, de corrido, como quien no quiere la cosa, que vocalizar bien hijo de puta, o mejor hijo de la gran puta, con una pequeña y precisa explosión labial en la p, que es donde está el nudo de la cuestión.

Como tantas otras cosas, insultar en España se ha vuelto ya un quiero y no puedo. Hasta para insultar hemos perdido la imaginación, la originalidad y la memoria. Quizá por eso me inspiran tanta simpatía el trasnochado lenguaje, los rotundos vocablos que José María Ruiz-Mateos esgrime como armas arrojadizas en sus agresiones varias. Esos infame, canalla, malandrín, bellaco, que con tan precisa soltura maneja, me reconcilian un poco con el personaje. Ruiz-Mateos es el único que, en estos tiempos de anestesia, devaluación y vulgaridad, sigue insultando en España como Dios manda.

27 de marzo de 1994

lunes, 14 de marzo de 1994

Odio a ese niño


Es una cuestión de pura estética, lo sé. Quizá lo mío se trate de un trauma inconfesable, de un síndrome de modernidad no asumida. Pero odio a ese niño. Se lo tropieza uno en cualquier cadena de la tele, cada vez que la publicidad campa por sus respetos. Es un enano de aspecto anglosajón, vestido con camisa a cuadros, tejanos, zapatillas deportivas y una de esas absurdas gorras americanas de béisbol que, desde hace tiempo, uno encuentra hasta en la sopa. La lleva, por supuesto, como la debe llevar un niño de ahora, o al menos la imagen de niño de ahora que se empeñan en colocarnos los que saben de imágenes y de niños: con la visera no hacia adelante, sino hacia atrás, o preferiblemente ladeada, tal que así, como el que no quiere la cosa. Cuidadosamente informal, cual corresponde a esos vástagos de papas dinámicos y guapos que bailan en el garaje junto al supercoche o viajan felices -permitan que me parta de risa- en la nueva Business Class de Iberia.

Pero de un tiempo a esta parte, ese infante de mis pesadillas que antes sólo me perseguía al hacer zapping de una cadena a otra, empieza a aparecérseme en los lugares más insospechados. En las telecomedias españolas, por ejemplo, cada vez que el guión requiere la aparición de un niño entre los siete y los catorce años, allí está él, inasequible al desaliento, con su calzado deportivo y los faldones de su camisa a cuadros por encima de los tejanos. Y por supuesto, con esa gorra para atrás o ladeada, al bien, sin la que hoy en día ningún dinámico jovencito es dinámico, ni es jovencito, ni es nada de nada. A veces, para reforzar su carácter infantil o juvenil, no sea que los telespectadores vayan a confundirlo con un adulto o un chico fuera de onda, lleva bajo el brazo alguno de los instrumentos imprescindibles al efecto: un monopatín, un radiocasete, un balón de baloncesto e incluso un bate de béisbol, que como todo el mundo sabe es un deporte popular y ampliamente extendido en Europa. (No sé si captan la fina ironía. Béisbol. Europa. ¿Entienden?)

En fin. Capten o no capten, lo grave es que el niño de las narices empieza a aparecérseme también por la calle, y eso es algo más de lo que están acostumbrados a soportar mis nervios. El otro día me lo encontré en un semáforo, cruzando por delante con la maldita gorra, una mochila color verde fosforito a la espalda y una cazadora naranja y azul cobalto rotulada Arkansas Lakers, Bullshit Brokers, o algo por el estilo. Y he de confesar que sólo la presencia próxima de una pareja de la Policía Nacional me disuadió de saltarme el semáforo en rojo y llevármelo por delante. Menos mal que al día siguiente pude desquitarme, un poco, cuando volví a encontrarlo en la cola de Pryca. Esta vez era mucho más bajito, y la gorra de color butano iba rotulada US Marine Corps, pero estoy dispuesto a jurar que de él se trataba. El caso es que mientras la madre pagaba con la tarjeta de crédito, aproveché para darle media docena de collejas disimuladas justo debajo de la visera, y eso tuvo la virtud de relajarme un poco.

Todo el mundo sabe, a estas alturas, que para ser feliz en la vida hay que tener físico y estilo anglosajón estadounidense de América. Los papas deben parecerse a Kevin Kostner -Mario Conde ha dejado de ser una buena referencia- y las mamas han de optar entre el modelo rubia elegante y el de morena atractiva. En todo caso, cualquier tipo de felicidad resulta impensable si el papá mide 1,60 y usa boina con rabito, o si ella tiene aspecto de haber nacido en Triana en vez de en el seno de una familia acomodada de Nueva Inglaterra o entre limones salvajes del Caribe.

En cuanto a los niños, hasta ahora los modelos válidos eran dos: nórdicos para bebés, rubios y con ojos azules, y travieso-pecoso-anglosajón para los más creciditos. Todo iba bien, e incluso habían logrado acostumbrarnos a eso, hasta el punto de que conozco familias de yuppies, o como se diga ahora, que consideran una auténtica desgracia tener hijos con aspecto meridional, porque el fin de semana, junto a la barbacoa, desentonan.

Pero lo de la gorra es excesivo. Tanto, que a veces sospecho -es imposible, lo sé, pero lo sospecho-que ese niño de mis pesadillas no es uno, sino varios. Es decir, que no se trata de un solo pequeño cretino haciendo oposiciones a futuro gran cretino cuando sea mayor, sino de varios niños, todos y cada uno con su gorra de béisbol, atravesada con idéntica, desenfadada, informal y picarona gracia. Una gracia sólo comparable a la de la madre y el diseñador que los parió.

13 de marzo de 1994

lunes, 7 de marzo de 1994

Morito, paisa


De vez en cuando se salen de una curva y se matan quince, y por la cuneta se desparraman las sandalias, la cazuela del cuscús y la bicicleta para el sobrino Hassanito. Antes iban siempre así, quemando etapas hacia el norte, o rumbo a Algeciras por vacaciones. Ahora muchos se quedan aquí: albañiles, basureros, peones en los campos o los invernaderos del sur. Buena parte de ellos son ilegales, pero temo decepcionar a los lectores. Hoy no me pide el cuerpo hacer demagogia barata sobre el pobre morito que se ahoga en el Estrecho y el malvado español que le restriega su opulencia por el morro. Eso se lo dejo a los cantamañanas que tienen la Verdad sentada en el hombro y siempre saben quiénes son los buenos y quiénes son los malos de todas las películas.

Pero volvamos al moro. A quien, por cierto, nadie se atreve a llamar en público por ese hermoso y antiguo nombre histórico, sino con los eufemismos norteafricano, musulmán, magrebí -que es moro dicho de otra forma y cosas así, que suena todo mucho más solidario y menos xenófobo. Aunque de puertas adentro todos los sigamos llamando moros. Como mi amigo Ángel, que fue timador callejero durante casi cuarenta años de su vida, y suele quejarse amargamente, entre caña y caña de cerveza, de la cantidad de morisma que se tropieza ahora en su antiguo oficio, desplazando a los manguis nacionales en modalidades como distribución de chocolate, tirones de bolsos y atracos a punta de navaja.

Yo, fíjense, estoy de acuerdo con Ángel. En esto de que me atraquen soy de lo más xenófobo, y prefiero que me ponga la navaja en el cuello un chorizo nacional antes que uno de afuera. Sobre todo por el idioma. Así que me parece muy bien que a los magrebíes, norteafricanos, moros, o lo que sea, que deciden resolver por su cuenta y a las bravas la distribución de riqueza norte-sur, los agarre la policía por el pescuezo y los reexpida a Tánger. Donde -allí sí- me parece de perlas que atraquen a sus turistas. Porque los turistas, sobre todo algunos que conozco, están exactamente para eso. Para ser atracados e ir a quejarse y complicarles la vida a los cónsules y a los secretarios de embajada, que suelen ser bastante capullos.

Pero la mayor parte de los moros que uno se cruza por la calle no son así. Vienen, lejos de su tierra, a buscar una vida mejor a costa de soledad y de humillación. Los vemos con sus raídas chaquetas y sus gorros de lana, oliendo a hambre, a miedo y miseria. Soñando con volver a su tierra conduciendo un flamante coche de segunda mano, con regalos para deslumbrar a la familia y los vecinos, con esa bicicleta de Hassanito que a veces se queda tirada en la cuneta. Uno se los cruza como fantasmas solitarios el día de Aid al Faír, la noche del Cordero que es su Nochebuena, con la certeza de que esa noche darían lo poco que poseen, el jergón en el semisótano, los cuatro ahorros y la mitad de sus sueños, por estar en Xauen con la familia, rodeados de padres, críos, parientes y vecinos, con calor en el corazón, y no en esta tierra fría, hostil, donde para comer hay que ser el morito bueno que dice sí, jefe, sí, paisa. Donde te basta mirar a los ojos de cualquier cristiano, de cualquier español, para leer en ellos el desprecio y la desconfianza. Donde, ya en la misma frontera, los policías se dirigen a ti con el más grosero tuteo, como si en Marruecos los hombres fueran siervos o delincuentes, y las mujeres fueran putas.

Sin embargo llevamos la misma sangre, hecha de historia y de siglos, de mutuo conocimiento, guerras, matanzas, olivos y sal mediterránea. Buena parte de los españoles, incluido el arriba firmante, estamos más en nuestra casa, el sol nos calienta más los huesos y el corazón, en un cafetín de Tetuán o un mercado de Nador que en la plaza mayor de Bruselas o en los cafés de Viena. Ustedes piensen lo que quieran, pero a menudo me reconozco en mi paisa, el moromierda, más que en esos bastardos anglosajones que se ponen ciegos de alcohol para destrozar bares, o esos alemanes que se me antojan marcianos, o esos mingafrías escandinavos que se suicidan porque se aburren.

Prefiero Marruecos a esa Europa pulcra y bien afeitada que trabaja por sentido del deber, que procrea sin pasión, que mata sin odio. Nada de todo eso vale la mirada de Mohamed, o Cherif, cuando, con sólo tres palabras pronunciadas en su lengua -la Paz, hermano-, consigues que el rostro se le ilumine en una sonrisa radiante y agradecida.

6 de marzo de 1994

domingo, 27 de febrero de 1994

Los ladrones eran gente honrada


Hay quien se va a un monasterio del Tíbet o se apunta a un curso de recuperación del Yo con un psicólogo argentino. La terapia del que suscribe consiste, de vez en cuando, en encerrarse en casa un fin de semana con el vídeo y buena provisión de películas españolas de mediados de siglo, o sea, los años cincuenta hasta el sesenta y pocos, más o menos. La frontera suele trazarla la aparición del color en el cine de la época, pues la España que busco encaja más con el sobrio blanco y negro. Hace un par de días me administré un tratamiento intensivo: Historias de la radio, Plácido, Los económicamente débiles y El tigre de Chamberí.

Aquel cine, salvo raras excepciones -Plácido y algunas otras-, no era del todo real. Se inventaba una España inexistente y mojigata donde triunfaban las virtudes del trabajo, la sumisión a la autoridad, la familia, el municipio y el sindicato; donde los ladrones se volvían honrados, los novios se casaban por la iglesia, los huerfanitos encontraban una monja buena y los pecadores iban al cielo en el último minuto, como el Tenorio. Aquellas películas mentían igual que siempre mienten el cine, la sonrisa de los políticos y la letra de los boleros. Y ocultaban, bajo sus historias con final feliz, una realidad más oscura: la España de los sinvergüenzas y los mercachifles triunfando sobre la otra de alpargata y pobreza: la de los eternos vencidos con o sin guerras civiles. La España de quienes cada mañana se levantaban a partirse el lomo para llegar a fin de mes y ponerles por Reyes unos juguetes a los críos; dispuestos a encajar, resignados, una nueva humillación y una nueva derrota, en esta tierra ingrata en la que Dios, como dijo aquél, nos dejó el hambre y se llevó el pan.

Sin embargo, aunque esa España de celuloide rancio fuese ficticia, sus protagonistas no lo eran. Aquellos españolitos peinados hacia atrás y vistiendo camisa blanca demasiado ancha, el cura o el boxeador encarnados por José Luis Ozores, el golfo chuleta Tony Leblanc, el pobre repartidor Cassen, los vividores José Luis López Vázquez o Manolo Gómez Bur, la dulce Gracita Morales, sí eran reales; existían de verdad. Cierto es que la censura encorsetaba las historias, pero no pudo hacer lo mismo con los personajes. Su picaresca, sus sueños, vocabulario y talante sí eran auténticos, como lo eran la amistad, la ternura, el humor o la tristeza, la desesperanza del pobre diablo que intentaba salir adelante, sobrevivir.

Eran simples y entrañables aquellos españoles de a pie, trabajadores de sol a sol siempre acogotados por la autoridad competente; desgraciados buscándose la vida, endomingados para el fútbol o los toros, soñando con el billete de veinte duros que les permitiera deslumbrar a la novia, pagar una letra, comprar una muñeca de cartón o una bicicleta.

Aquel cine ocultó y manipuló muchas cosas, pero tengo la sospecha de que en alguna forma nos hacía mejores como individuos. Alentaba en sus personajes, hasta en los más golfos, un fondo de honradez y bondad. Había curas paternales, comisarios honestos, guardias civiles comprensivos, vecinos solidarios, usureros que descubrían tener buen corazón. Había más piedad hacia los semejantes, solidaridad en el dolor o la desgracia; y eso no siempre era fruto del guión, sino que estaba en los actores, en los personajes, porque también estaba en la calle. Aquellos infelices ingenuos que hoy, al verlos en el vídeo, nos arrancan una sonrisa de desdén o ternura, eran quizá mucho mejores de lo que somos ahora nosotros. Porque tenían corazón y tenían alma.

También el público era mejor, porque en realidad estaba compuesto por los mismos personajes que desfilaban por la pantalla, y en ellos se reconocía. O lo que es más importante, deseaba reconocerse. Ese público lloraba la desgracia y reía con las risas, y aplaudía el triunfo de la bondad y el fracaso del mal. Algo que en este tiempo de adultos lúcidos, de gente mayor de vuelta de todo, ya ni siquiera hacen esos monstruos resabiados que en España disfrazamos de yanquis de telecomedia y seguimos llamando niños.

Ésa es mi deuda con aquellos viejos actores que encarnaron, a menudo sin proponérselo, la vida cotidiana, los sueños y las esperanzas de la generación de mis padres y mis abuelos. Gracias a ellos puedo percibir todavía lo más entrañable que hubo en ellos y en aquel mundo suyo que, con lo bueno y lo malo, desapareció para siempre. Llevándose con él una España sombría, en blanco y negro; pero también hermosas palabras que hoy nadie pronuncia porque carecen de sentido.

27 de febrero de 1994

domingo, 20 de febrero de 1994

El héroe jubilado


No supo morir a tiempo como deben morir los marineros: agarrados a un obenque del barco en pleno temporal, de un navajazo en Rotterdam o de coma etílico en una casa de putas de Puerto España. Acaba de cumplir sesenta y cinco años y es un triste jubilado que vendió su orgullo y su libertad por un plato de lentejas. Porque en este tiempo en que todo se manipula, todo se esteriliza y se convierte en materia comercial, cuando uno no sabe morirse a tiempo se expone a jubilarse como patética sombra de lo que fue. Eso, para decepción de los niños que una vez fuimos y que todavía, en ocasiones, sobreviven con un reproche en nuestra mirada de adultos. Porque los héroes deben morir o permanecer eternamente fieles a sí mismos, pero no deben cambiar nunca. Cierto es que el cansancio y la vejez son lógicos. Pero nadie les ha pedido a los héroes que sean lógicos. Sólo que sean héroes.

Popeye nació a finales de enero de 1929. Su autor, Elzie Segar, lo creó rudo y ácrata, con un carácter lúcido, seguro de sí mismo, siempre listo para pelear, y tanto él como los personajes de su entorno disparaban, en sus palabras y actitudes, sarcasmo, acidez, críticas más o menos veladas contra una sociedad en la que no terminaban de sentirse a sus anchas. Era una banda peculiar, llena de singulares relaciones y equívocos que le daban a todo mucho picante.

Olivia —nuestra Rosario— tenía un novio llamado Ham, pero era Popeye quien la ponía como una moto. Y Olivia terminó por ser la novia eterna del marinero, en una unión larga y tormentosa, llena de celos, peleas y reconciliaciones, que se mantuvo durante sesenta años sin que mediase en ella el sagrado vínculo del matrimonio. En cuanto a los otros personajes, tampoco eran precisamente lo mejor de cada casa. Como Wellington Wimpy, flemático y amoral, siempre dispuesto a vender a su mejor amigo por una buena pila de hamburguesas. O Cocoliso, el hijo de Popeye, cuya aparición original en una caja de zapatos no bastaba para disimular, sino que acentuaba, las sospechas sobre su origen. O Poppy, el descastado padre del héroe, que también era marino y lo abandonó de pequeño, y que después, al ser hallado por su hijo, resumía sus ideas sobre la progenie y la familia con un No me gustan los parientes del que estaba ausente cualquier remordimiento.

A fin de cuentas todos ellos eran individuos fieles a sí mismos, consecuentes y honestos en sus actitudes: no disimulaban sus inquinas ni defectos, no contaban milongas ni se disfrazaban de hermanitas de la caridad, como tantos otros personajes de acrisolada y estomagante virtud. No eran buenos ni malos. Simplemente eran lo que eran, y les importaba un bledo escandalizar a los mojigatos o que la sociedad biempensante les negase el derecho a mojar los dedos en agua bendita.

¿Eres hombre o ratón?, le preguntaba Rosario a Popeye cuando él se negaba a implicarse en un acto heroico. Soy marinero, respondía éste. Y quedaba zanjado el asunto. Popeye era eso, un marinero que veta el Mundo con la lucidez tolerante y distanciada del hombre de mar al que todo lo de tierra firme resulta un poco ajeno, y sólo se echaba al coleto una lata de espinacas y sacudía estopa cuando a él le parecía oportuno hacerlo. Era él quien elegía sus amigos, y sus enemigos.

Después pasó el tiempo y Popeye se convirtió en estrella del cine y la televisión. En un personaje para público infantil. El y sus singulares compadres terminaron como todo suele terminar hoy en día: producto de consumo general, papilla indiferencia a base de puñetazos y musiquitas. Y en 1987, los censores y los meapilas que criticaban el rechazo de Popeye a la institución familiar obtuvieron su revancha: Popeye casado con Rosario Y Cocoliso inscrito en el Registro Civil.

Sesenta y cinco años después de que apareciese por primera vez en la tira diaria del Thimble Theatre, Popeye llega a la edad de la jubilación con un chalecito en Hollywood, entre el de Aladino —que ahora se llama Aladdin, el mentecato— y otro donde la Bella y la Bestia, también casados por la iglesia, son felices y comen pastel de manzana. Y lo imagino apoyado en el marco de la ventana, mirando pasar las nubes que le recuerdan otros cielos y otros mares, cuando él era solo un marinero curtido, duro y ácrata. Cuando, a la vuelta de un viaje, en las noches de puerto y botella de ron, estrechaba a Rosario hasta el amanecer en sus brazos varoniles, tatuados con el ancla de los hombres libres.

20 de febrero de 1994

domingo, 13 de febrero de 1994

Personajes de opereta


Los cascos azules españoles destacados en Bosnia los llaman japoneses porque llegan, se hacen una foto y se van. Los hay de todo tipo, de variopinto pelaje y procedencia: parlamentarios, intelectuales, ministros, presidentes de gobierno, periodistas que pasaban por allí, tontosdelculo en general y media docena de etcéteras más. Sus incursiones bélicas duran entre uno y tres días, pero a ellos les basta ese corto período de tiempo para captar las claves esenciales del asunto. Al cabo cogen el portante y se largan, dispuestos a explicarle al mundo los horrores y los entresijos de una guerra que ellos han vivido -con grave riesgo de sus vidas- en primera persona del singular.

A veces uno llega, es un suponer, de Mostar, o de Sarajevo, sucio como un cerdo, y cuando se baja del Nissan blindado y cruza el vestíbulo del hotel de Medjugorje o Split, en busca de una ducha y una comida decente de retaguardia, se los encuentra allí, con chaleco antibalas y casco y expresión intrépida, jugándose la vida a treinta o cincuenta kilómetros del tiro más cercano. Es curiosa la obsesión que demuestran todos y cada uno de ellos por creerse en peligro, viviendo arriesgadamente los azares de la guerra y la aventura, aunque allí donde suelen ir, o los dejan ir, el peligro no exista en absoluto.

Recuerdo, por ejemplo, la imagen ralentizada en la tele de un ingenioso humorista bajito, caminando por las calles de Sarajevo -donde estuvo diez minutos- con un chaleco antimetralla mimetizado, con el fondo de una canción tierna que hablaba de niños y de vamos a querernos todos y demagogias así. Y recuerdo al mismo fulano amenazando con ir también a Somalia, donde ignoro si terminó yendo o no, porque no he seguido muy de cerca las apasionantes peripecias de su curriculum. Recuerdo entre otras cosas -en mis pesadillas- a cierta defensora del pueblo vestida de casco azul de la señorita Pepis diciéndoles a los soldados: «Cuando volváis a España, si es que volvéis, estáis todos invitados a mi casa». Lo dijo así, literal, en plan yupiyupi chicos, de modo que imagínense el choteo del respetable, con las conchas que te da una mili en Bosnia. Como recuerdo también la decepción de un conocido presentador televisivo -hasta esa fecha buen amigo mío- cuando, después de que me narrase sus excitantes sensaciones tras hallarse por primera vez bajo el fuego, le expliqué que los disparos que había estado oyendo toda la noche eran tiros al aire de los croatas borrachos de rakia que celebraban la Nochebuena, y que la guerra de verdad se hallaba cincuenta kilómetros al norte, en Mostar. Lugar al que, por cierto, no mostró deseos de desplazarse en absoluto.

Entre los domingueros de la guerra hay también militares de alta graduación que se dejan caer por allí en visita de inspección, del tipo hola qué tal, chavales, y todo eso. Se les reconoce en el acto por el aire paternal, la cámara de fotos y por el uniforme, casco y chaleco antimetralla, que llevan impecablemente limpios y nuevos. Son los que se ponen de pie en las trincheras para que les expliquen dónde está el enemigo, o los que pisan las cunetas de las carreteras y los caminos de tierra por si queda allí alguna mina sin estallar. Hace un mes vi cómo por culpa de uno de ellos que se empeñó en hacerse una foto en los puentes de Bijela, los francotiradores estuvieron a punto de cargarse a uno de los paracaidistas que le daban escolta.

Después, cuando se largan con su circo y sus fotos a otra parte, uno cree que se ha librado por fin de semejantes cantamañanas, pero esta en un error. A tu regreso a España abres los periódicos y te los encuentras a todos allí, explicándole al mundo los horrores de la guerra. Algunos incluso escriben libros que compro y hojeo con manos temblorosas y atención suma, a ver si me entero de una puñetera vez de lo que ocurre en Bosnia. Pero la guinda del pastel la puso cierto programa televisado, cuyo conductor estuvo exactamente tres días muy lejos de cualquier disparo real o imaginado, y que mostraba las imágenes de un charquito de sangre, argumentando que había dudado mucho en ofrecer esa imagen, pero que decidía emitirla -tras consultarlo con su conciencia porque era algo que no solía verse en los informativos españoles. Mi cámara y amigo José Luis Márquez, que lleva tres años cubriendo la guerra de los Balcanes y a veces se despierta soñando con la morgue de Sarajevo o las calles de Mostar, todavía se está partiendo de risa con la horrorosa imagen del charquito.

13 de febrero de 1994

domingo, 6 de febrero de 1994

Mi amigo el espía


No es uno de esos fontaneros chapuzas a los que pillan siempre pinchándole el teléfono a Mario Conde, o que salen con nombres, apellidos y alias en los ajustes de cuentas entre grupos de poder que utilizan los periódicos como campo de batalla. No es un espía corrupto, ni chismoso, ni de los que harían chantaje y fotos a la amante del ministro si en este país los ministros se atrevieran -que no se atreven, por si las moscas- a tener amantes. Ni siquiera es un ex sargento o algo así de la Guardia Civil. Mi amigo es un espía de verdad, un profesional que ejerce su oficio para el organismo oficial correspondiente desde hace la pila de años. Tiene su correspondiente graduación militar, que a estas alturas y por escalafón es muy respetable, aunque no ejerce de tal en su vida pública, sino que viaja bajo diversos nombres y oficios, como en las películas y las novelas de John le Carré. Novelas que, por cierto, lee.

A veces, cuando salta un escándalo sobre espionaje nacional y se nos llena la olla de basura, de husmeadores de andar por casa tipo Pepe Gotera y Otilio, de bocazas que se van de la lengua por cuatro duros, de tercería en mezquinos ajustes de cuentas entre políticos y banqueros, o periodistas, pienso en mi amigo y decido que todo esto resulta injusto. Esa imagen de confidentes de tren de cercanías, de chivatos de a veinte duros, de escoria oliendo a calcetín usado que suele difundirse a raíz de estos asuntos, no se corresponde con la realidad. O a toda la realidad. Porque, aparte el indudable menos con elenco de golfos, mangantes, correveidiles, fantasmas y personal vario que los servicios secretos -CESID, Benemérita, etcétera- recluían para trabajar en las diferentes, entrecruzadas y complejas cañerías y desagües varios del Estado hay otras gentes a las que no podemos meter en el mismo cazo.

Por esos azares del oficio y de la vida, de vez en cuando se encuentra uno, en lugares perdidos de la mano de Dios, a compatriotas cuya edad, talante y algún detalle adicional permitirían situar por su nombre en las relaciones del escalafón militar, si dispusiéramos de un nombre auténtico al efecto. Así conocí a media docena de ellos: uno en cierto lugar insólito entre las fronteras de Malawi y Mozambique, otro en el Líbano -donde nos mataron a un amigo común, el embajador Pedro de Arístegui-, un par en los Balcanes y otro en un país caluroso y tropical cuyo nombre me callo. Eran tipos normales, individuos que trabajaban por su país -por ese concepto para unos difuso y para otros muy claro al que llamamos España- y lo hacían a menudo en condiciones difíciles, incluso peligrosas. Un par de ellos se convirtieron en amigos y uno, especialmente, en muy amigo mío. Ése es mi amigo el espía. Amistad que proclamo aquí, con la cabeza muy alta, en estos tiempos en que la palabra espía -Quevedo lo fue, por ejemplo- es sinónimo de tanta mugre y de tanta mierda.

Mi amigo y el que suscribe vivimos juntos un par de peripecias divertidas, a las que asistí como testigo: desde una incursión nocturna en territorio enemigo, africano y ecuatorial, en compañía de una hermosísima joven de piel oscura, hasta el día en que, muerto de risa, vigilé la puerta del despacho de cierto embajador mientras él fotocopiaba, entre pasos de baile, documentos confidenciales que al día siguiente viajaban a España en valija diplomática. El azar y su habilidad, combinados, lo colocaron entre los protagonistas de algunos acontecimientos históricos de la última década, cuya confianza ganó y utilizó al servicio de su país. Durante estos años bebí martinis con él, escuché sus neuras y sus problemas conyugales, y llegué a apreciar a ese vagabundo inteligente, caballeroso y patriota, con un profundo sentido del humor y una extraordinaria lucidez sobre la condición humana.

Ahora está en un lugar donde se juega la vida a menudo, y ni siquiera tiene derecho a lucir medallas. Por eso, a veces, cuando miro el telediario o las páginas de los diarios y veo que el mundo se agita y que ocurren cosas, creo reconocer, a veces, su mano o su presencia en ellas. Entonces levanto un vaso y brindo a la salud de mi amigo, el espía tranquilo. Sé que un día volverá, y lo harán general o -lo más probable- lo enviarán a un despacho de chupatintas, como suele hacerse en nuestra ingrata tierra para premiar los servicios prestados. Pero nadie le quitará aquella noche de gloria que vivió junto a la valiente princesa de piel oscura.

Ni nadie podrá quitarle mi amistad y mi respeto.

6 de febrero de 1994

domingo, 30 de enero de 1994

Matar la gallina


Ocurrió hace unos días, en un conocido restaurante de esos de toda la vida, con mucho lujo y tenedores, donde tienen el cinismo de cobrarte mil doscientas pesetas por unos huevos fritos con morcilla. Era una comida de trabajo y estábamos preocupados porque el organizador no había tenido tiempo de reservar mesa, y aquello solía estar de bote en bote. Llegamos a las tres y cuarto, mas para nuestra sorpresa no había ni un alma. La entrada fue como el Santo Advenimiento: los camareros parecieron despertar de pronto para tirarse en plancha a nuestro paso, toda cordialidad y sonrisas. Y un detalle: cuando una de las damas se quitó el abrigo y volvió a ponérselo porque tenía frío, la encargada -elegante, falda corta y medias negras, muy profesional y siempre al quite- acudió solícita, para disculparse porque acababan de encender la calefacción hacía sólo unos minutos. Es decir, a nuestra llegada.

No es una anécdota. Cualquiera a quien su trabajo lleve a visitar de vez en cuando cierto tipo de restaurantes, conoce la crisis que les está sacudiendo en mitad de la cresta. Mientras que hace sólo un par de años era preciso reservar con mucha antelación, ahora uno puede dejarse caer por cualquier sitio con la certeza casi absoluta de que dispondrá de las mejores mesas. Eso, naturalmente, siempre y cuando siga dispuesto a pagar las atroces cifras que, con crisis o sin ella, los citados locales siguen escribiendo, contumaces hasta el suicidio, en el margen derecho de su infame carta de precios.

Lo de la crisis, y los parados, y todo eso, no es un cuento chino. Hay crisis de verdad, crisis general en la economía de los españoles, aunque sólo la aceptemos de boquilla y sigamos empeñados en vivir a todo trapo, a base de rebotar letras y hacer juegos malabares con el final de mes y la familia. Hay crisis, pero bloqueamos las carreteras con los Audis y los Bemeuves y los Opeles en todos y cada uno de los trescientos puentes anuales que se hacen en este país de irresponsables, y formamos colas en los grandes almacenes, en las gasolineras, en el día de los Enamorados -permitan que me chotee con las efemérides-, en las compras de Navidad, en los viajes a Estambul todo incluido en paquete turístico, en la tapadera Jurásica o en cualquier otra película de moda que Hollywood y sus sicarios locales hayan decidido obligarnos a ver, por el morro, este invierno. Pero esos signos externos son falaces. El peón del tablero, quien no tiene otro remedio que bailar con la música que le tocan, sabe que hay crisis. Lo sabe en primera persona de indicativo mientras oye tocar a degüello alrededor, en el puesto de trabajo ajeno o en el propio, cada vez más claro y más cerca. Pero sigue intentando vivir como si nada, empeñado en emular a los alfiles, los caballos y las torres tal y como aparecen, o cree verlos aparecer, en las revistas ilustradas y en los anuncios de la tele.

Y mientras tanto, los reyes y las reinas, los que dirigen de verdad el juego, han ordenado a sus administradores, a sus directores generales y a sus machacas, entre despido y despido, recortar gastos y dejarse de tanta comida y tanto gasto absurdo. Y cuando en este país que vive para que lo vean, para pintarla en el fin de semana, para envidiar y ser envidiado, las empresas les dicen a sus altos ejecutivos que la tarjeta oro ni tocarla, es que las campanas doblan a muerto. Y que además doblan en serio.

De todos modos, lo de los restaurantes caros sólo viene a cuento como anécdota significativa, no porque sus problemas vayan a quitarnos especialmente el sueño. Porque una cosa es lamentar los apuros económicos del comercio en general, sobre todo de los pequeños industriales que, acosados por todas partes, se ven obligados a cerrar, y otra muy distinta solidarizarse con la crisis de los templos gastronómicos de muchos tenedores, esos que a veces tienen al lado otro más modesto, de la misma empresa, para que puedan comer los chóferes de sus clientes. Los que durante años fueron un excelente negocio, merced a la estupidez y el esnobismo de quienes podían permitirse, con cargo a la empresa, pagar cuatro mil pesetas por un lenguado y veinte mil por una botella de vino. Los restaurantes que convirtieron ese sector de la hostelería española en uno de los más caros de Europa y que han conseguido, con tanto estirar la cuerda, retorcerle el pescuezo a la gallina de los huevos de oro.

Si tan mal les va, que bajen los precios. Y si no, que las mil doscientas por esos huevos fritos las pague su padre.

30 de enero de 1994

domingo, 23 de enero de 1994

Los nuevos padrinos


He de confesar que me caían bien. Al principio llegué a atribuirles una especie de halo romántico, ya saben, hombres intrépidos al margen de la ley, burlando las tasas fiscales y la legislación establecida. Algunos de ellos se convirtieron en amigos míos, y era emocionante salir a cazarlos en noches sin luna con las turbolanchas o el helicóptero del Servicio de Vigilancia Aduanera por la bahía de Algeciras o las rías gallegas, conociendo, a menudo, los rostros y la vida de quienes pilotaban las pequeñas planeadoras que nos cegaban con el aguaje de su estela a cuarenta nudos sobre el mar.

Resultaba imposible evitar cierta retorcida admiración por su imagen de proscritos, o su valor. Eran como los herederos de aquella casta de hombres morenos de sol y mar, los contrabandistas de coplas y leyenda. Me hacía gracia su forma de vida, sus peculiares relaciones y el mutuo respeto que se detectaba entre ellos y sus adversarios de la Benemérita y de las lanchas fiscales. A fin de cuentas se trataba de matar el paro y el hambre dándoles una dentellada a los impuestos del Estado, que en sitios dejados de la mano de Dios no adopta la imagen de padre, sino de enemigo. Después de todo, se trataba de tabaco.

Pero de aquello hace diez años, y los tiempos han cambiado. Donde cabía una caja de rubio americano, cupieron muchos kilos de hachís y ahora cabe una fortuna en cocaína. Algunos, los más avispados o con menos escrúpulos, lo descubrieron pronto. Poco a poco todo se hizo más turbio, más sucio. Ya no eran familias que se buscaban la vida, sino traficantes en busca de amasar una fortuna. Ni siquiera daban ellos la cara, sino jóvenes mercenarios sin nada que perder y todo por ganar.

En las rías gallegas, el silencio de los bares se hizo hostil. En el campo de Gibraltar dejó de sonar la guitarra de la copla, y los viejos contrabandistas se bebieron el último carajillo con los viejos guardias civiles que los habían combatido y comprendido a un tiempo. Y llegó una nueva generación, y empezaron a circular los Porsches y los Mercedes con alerón deportivo y cristales tintados, y a los pueblos que habían vivido del contrabando con dignidad empezó a pudrírseles el alma.

Ahora, a pesar de las Nécoras y los Bogavantes, son ellos quienes mandan, o están en camino de serlo. Ahora son ellos quienes reparten dinero, dispensan favores, se ganan las voluntades y, poco a poco, tejen la tela de araña de los servicios mutuos y la interdependencia que es la madre de todas las mafias que en el mundo han sido. Ahora son ellos quienes compran las mejores casas, quienes blanquean el dinero en negocios de fachada respetable, quienes mandan a sus hijos a los mejores colegios para que de mayores sean abogados economistas, conozcan todos los trucos del oficio, y sigan imponiendo, a base de tener a sueldo a la escoria de la navaja y la paliza fácil, su ley ante la impotencia o la pasividad cobarde, interesada o cómplice, de no pocas fuerzas vivas locales.

Porque eso de las fuerzas vivas tiene su tela. Molestaban al principio sus aires de analfabetos ascendidos a nuevos ricos, sus mujeres de chándal, tacones y joyas caras, que iban a la compra del supermercado con el Bemeuve nuevo de trinca y sus Vanesas y Jonatanes cayéndoseles los mocos. Que si dónde vamos a parar, se decían de tienda a tienda. Quién ha visto a esta chusma y quién la ve, apedreando a los guardias y sin ningún respeto a la autoridad ni a la decencia. Y con esos aires que se dan en la peluquería, ellas que no saben ni deletrear el Diez Minutos.

Pero después llegó la crisis, y resulta que los clientes que tenían viruta de verdad, al contado, eran ellos. Y de pronto todo fueron pase usted por aquí, y sonrisas de directores de sucursal bancaria, y palmaditas en la espalda, y los gremios de comerciantes locales mirando para otro lado y poniendo el cazo. Y los vendedores de coches y de fuerabordas doblando el espinazo como si acabaran de ponerles bisagras en el lomo. Y ciertos prohombres y padres de la patria locales, por eso del paro, y los votos, haciendo la vista gorda y dando cuartelillo, y denunciando las pérfidas campañas de prensa contra la pacífica comunidad local, e insinuándoles a los delegados del Gobierno y a la Guardia Civil que, bueno, que vive y deja vivir. Que donde se mueve dinero, la economía funciona y mejor no meneallo.

Mientras tanto en las playas, con cajas de Winston vacías, los críos juegan a contrabandistas y guardias. Y ninguno, salvo el tonto del pueblo, quiere ser guardia.

23 de enero de 1994

domingo, 16 de enero de 1994

Los Balcanes


Nunca intento explicarlo. Quizá porque soy, ante todo, un reportero, y resulta más fácil narrar hechos que analizarlos. Ya saben: aquí una bomba, aquí un muerto, aquí un hijo de la gran puta. Lo que pasa es que estoy cansado de que me lo pregunten y poner cara de ignorancia mientras encojo los hombros, como si eludiera la responsabilidad.

Imagino que, en el fondo, lo que ocurre es que no llego a diferenciar esta guerra de las otras, porque en realidad es la misma barbarie. Desde Troya a Mostar, o Sarajevo, siempre se trata de la misma guerra. Cuando lo de Troya yo era todavía muy joven, pero en los últimos veinte años he visto unas cuantas. No sé qué les contarán otros. Pero yo estaba allí, y les juro que siempre es la misma.

Los Balcanes fueron zona de frontera. En ese lugar estaba la línea de confrontación entre los imperios austrohúngaro y turco, y las poblaciones de uno y otro lado fueron, durante siglos, verdugos y víctimas en las diversas tragedias que deparó la Historia. Soldados y funcionarios imperiales, fugitivos que se refugiaban en el otro lado, musulmanes cristianizados, cristianos islamizados. Eran guerras a la manera clásica, con esa escuela oriental siempre eficaz y devastadora: represalias, pueblos pasados a cuchillo, mujeres violadas, cosechas incendiadas. Ya saben. Lo han visto en las películas y lo recordarían ustedes —aquí también lo hubo— de no ser porque el paso del tiempo cerró heridas que allí, en la extinta Yugoslavia, sangran todavía. Al fin y al cabo, hace sólo cien años Sarajevo era todavía turco.

Quizás ahí esté la madre del cordero. En Europa, las hogueras de la Inquisición, la toma de Granada, el tributo de las cien doncellas, la noche de San Bartolomé, la conjura de los Boyardos, Crécy, Waterloo, los náufragos de la Invencible asesinados en las costas de Irlanda, el dos de Mayo, son asuntos lejanos, tamizados por el tiempo, asumidos como parte de un pasado que ya no tiene vínculo físico con el presente.

El actual hombre europeo, bien porque comprende la Historia o bien porque la ignora, no suele respirar por heridas abiertas. Pero en los Balcanes la memoria es más reciente. Los bisabuelos de quienes ahora combaten, aún se acuchillaban en nombre de la Sublime Puerta o de la Viena imperial. La cuestión serbia encendió la Primera Guerra Mundial, y durante la Segunda, las atrocidades de ustachis croatas por una parte, y de chetniks serbios por otra, dejaron bien fresca una tradición de agravios y de sangre. No es casual que en esa tierra, incluso antes de la guerra -de esta guerra-, las mujeres fueran tristes y los hombres tuviesen ya muy mala leche.

Pero hay que entenderlos. Después de todo, cada familia cuenta con un bisabuelo degollado por los turcos, un abuelo muerto en las trincheras de 1917, un padre fusilado por los nazis, la ustacha, los chetniks o los partisanos. Y desde hace tres años, a eso hay que sumarle una hermana violada por los serbios en Vukovar, un hijo torturado por los croatas en Mostar, un primo hecho filetes por los musulmanes en Gorni Vakuf.

Y ése es el problema. Que allí cada fulano lo tiene todo muy fresco, muy reciente. Por eso los Balcanes entraron teñidos en sangre en el siglo XX y entrarán del mismo modo en el XXI. El nacionalismo serbio, todos esos intelectuales que ahora pretenden lavarse las manos tras parir criminales como Milosevic y Karadzic, manipularon esos fantasmas para enfrentar entre sí a un país que no deseaba la guerra y que, a pesar de ello, fue empujado a hacerla a sangre y fuego. Los métodos más sucios fueron impuestos en práctica, ante la pasividad cómplice de una Europa incapaz de dar un puñetazo a tiempo sobre la mesa y frenar la barbarie. Esa diplomacia europea sin pudor y sin redaños, gratificando la agresión serbia con la impunidad, hizo que primero croatas y después musulmanes bosnios se subieran al carro de la limpieza étnica y el degüello. Puesto que la canallada es rentable, se dijeron, seamos canallas antes que víctimas.

Por eso los Balcanes están anegados en la sangre y en la mierda, y van a seguir estándolo mucho tiempo. Esa es la causa de que uno sienta tanto malestar y tanta vergüenza cada vez que se ve en la necesidad de explicar el tema. Respecto a los Balcanes, prefiero ser reportero y limitarme a contar lo que pasa. Mejor eso que analista lúcido y desengañado. O que ministro de exteriores comunitario, camuflando el cobarde fracaso de Europa con risitas idiotas y absurdos mensajes de esperanza.

16 de enero de 1994

domingo, 9 de enero de 1994

Conozco al asesino

Es rubio, con ojos claros, bien parecido. Tiene nueve años y es muy posible que su padre, un querido y viejo amigo, me retire el saludo después de leer esta página. La última vez que lo vi -al hijo- estaba arrodillado sobre la alfombra, con el mando de la videoconsola en la mano, pendiente de la pantalla del monitor como si le fuera la vida en ello. Y estoy seguro de que, para su percepción del mundo exterior, lo que le iba en ello era, sin duda, la vida.

Jugaba serio, concentrado, prieta la mandíbula, con un rictus de tensión acumulada que de vez en cuando liberaba con una inclinación de hombros, hacia adelante, coincidiendo con la pulsación de cada disparo. Me impresionó la seriedad, la concentración profunda con la que encaraba el juego. Pero sobre todo me impresionaron sus ojos. Tenían una expresión helada, fija; una determinación homicida que ni siquiera se alteraba cuando, en la pantalla del monitor, un enemigo saltaba en pedazos. Realizaba su labor de exterminio con sistemática aplicación, y ésta no parecía responder al placer de jugar, sino a un impulso interior, a una necesidad más oscura y profunda.

En la pantalla, siguiendo los mandatos electrónicos que el niño le enviaba, el trasunto virtual del pequeño luchador, una especie de Rambo cruzado con guerrero ninja, daba saltitos por un estrecho túnel lleno de trampas mortales, esquivaba barriles que rodaban hacia él, disparaba con un arma contra enemigos que brotaban de innumerables puertas, lanzaba patadas y golpes de kárate contra sus enemigos al compás de una música monótona y obsesiva, una especie de tirurirulí que se aceleraba en los momentos de peligro y bajo cuya cadencia el niño inclinaba más los hombros y disparaba con mayor celeridad, con letal eficacia.

Lo estuve mirando largo rato, fascinado por la situación. Recuerdo que en un aeropuerto, observando a una especie de energúmeno corpulento de cinco o seis años, pelo cortado a cepillo, cuello de toro y manos como pequeños jamones, que empujaba haciendo caer al suelo una y otra vez a un hermano algo más pequeño, me dije que algunos tiernos infantes ya anuncian, desde niños, la futura mala bestia que serán con el paso del tiempo. Pero si en el pequeño monstruo italiano -el aeropuerto era el de Roma- el anuncio era de simple, directa brutalidad, el caso del hijo de mi amigo y su videoconsola resultaba más inquietante. En su gesto obstinado, en el pulso firme con que pulverizaba cualquier obstáculo que se interpusiera en la pantalla, no había pasión, ni odio. Ni siquiera brutalidad. Apretaba el gatillo, los botones del mando, y mataba -eliminaba electrónicamente- con tan intensa concentración, que me pregunté si para él habría diferencia entre el mundo ficticio de la pantalla y el mundo real en que respiraba.

Se lo hice notar a mi amigo. «Tienes un exterminador nato», le dije. Respondió casi halagado, con una broma, y ambos seguimos observando al crío que continuaba su juego ajeno a nosotros y a cuanto le rodeaba. Pero al cabo de un instante vi que el padre encendía un cigarrillo y me miraba de soslayo, incómodo.

Me pregunté qué ocurriría si en ese instante pusieran un arma real en las manos del niño y le dijesen: «Adelante, continúa. Es sólo un juego». Ahora que la guerra se lleva a cabo por control remoto y medios electrónicos, si sentaran a niños ante pantallas de ordenador y los invitasen a disparar sobre tanques, aviones y hombres de verdad, es muy probable que los jovencísimos artilleros no fuesen capaces de notar la diferencia. Resulta extraño que en estos tiempos de eficacia y bajos costos, a nadie se le haya ocurrido todavía utilizar a niños para operar ordenadores en la guerra real, pues su capacidad de reflejos y de aprendizaje los hace superiores a los adultos en el manejo de este tipo de armas. Aunque todo llegará, sin duda. Por muy estremecedor que sea, todo llega.

Reflexionaba sobre eso cuando de pronto, en la pantalla del monitor, el pequeño Rambo mezclado de ninja cometió un error, o quizá lo cometió el niño que manejaba los mandos de la videoconsola. El caso es que el héroe electrónico fue pulverizado a su vez, y el tirurirulí de la música se transformó en una melodía fúnebre. Entonces el niño crispó las manos sobre el mando y lo arrojó al suelo, sobre la alfombra, mientras sus ojos inexpresivos, claros y fríos se levantaban hacia su padre y hacia mí, como si buscaran un responsable.

Y yo pensé: hoy he visto a un asesino.

9 de enero de 1994

domingo, 2 de enero de 1994

Carta a un imbécil

Querido imbécil: No llegarás a comerte las próximas uvas, porque de aquí a un año estarás muerto. Y cuando digo muerto quiero decir muerto de verdad, criando malvas para los restos. No palmarás, te lo comunico, de forma heroica, ni útil, ni siquiera natural. Habrás fallecido estúpidamente, a ciento ochenta y en un cambio de rasante, o una curva, justo cuando pongas para ti mismo cara de duro de película y des gas, intrépido, jaleado por música imaginaria o real, creyéndote el rey del mambo.

Lo peor del asunto, discúlpame, no será tu pellejo; que al fin y al cabo -salvo para ti mismo y algún familiar- no valdrá gran cosa al precio a que lo vas a vender. Lo malo es que te llevarás por delante, quizás, a gente que ningún interés tiene en acompañarte en el viaje: acompañantes incautos, la familia que vaya de vacaciones en el coche opuesto, el peatón, el camionero que trabaja para ganarse la vida. Sería más práctico y más limpio, ya puestos a eso, que acelerases hasta doscientos y te estamparas en bajorrelieve contra una pared, que es un gesto más íntimo y considerado. Pero sé que no lo harás así, porque en lo tuyo no hay voluntad de hacerte pupita. Cuando llegue será de forma imprevista, y aún tendrás tiempo de poner ojos de esto no me puede ocurrir a mí antes de romperte los cuernos y quedarte, como dicen los clásicos, mirando a Triana para los restos.

Llevo varios años viéndote pasar a mi lado por carreteras y autovías, abonado al carril izquierdo, dándome las luces para que te deje, en el acto, franco el paso. A veces te pegas a un palmo del parachoques trasero, confiando siempre, ante mi posible frenada, en la sólida mecánica de tu sangre fría. En la intrepidez de tu golpe de vista y en el valor helado, sereno, que tanta admiración despierta a tu alrededor y, en especial, en tí mismo. Guapo. Machote. Que eres un virtuoso.

Mira, voy a confiarte un secreto. Somos tan frágiles que te temblarían las manos si lo supieras. Todo cuanto tenemos, que parece tan sólido y tan valioso y tan definitivo, se va al carajo en un soplo, en un segundo, al menor descuido nuestro y al menor guiño del azar, la vida, la condición humana. Basta un insecto, un virus, un trocito de metal en forma de metralla o bala, una gota de agua o aceite sobre el asfalto, un estornudo, una cualquiera de esas bromas pesadas con las que el Universo se complace en pasar el rato, y tú y todo lo que tienes, y todo lo que representas, y todo lo que amas, y todo lo que fuiste, lo que eres y lo que podrías haber sido, se va al diablo y desaparece para siempre sin que vuelva nunca jamás.

Así nos iremos todos, claro. Pero unos se irán antes que otros. Y a ti, querido, te toca en 1994 la papeleta. Claro que a lo mejor me mato yo antes. O a lo mejor me matas tú. Pero yo sé que eso puede ocurrirme cualquier día, en cualquier sitio, porque mi condición es mortal. Mientras que a ti ni siquiera se te ha pasado por la cabeza. Lamento no poder comunicarte las circunstancias exactas en que efectuarás -afortunadamente- tu último adelantamiento. Ignoro si tu nombre quedará sepultado en las estadísticas de operaciones retorno, puentes o fines de semana, o si merecerás tratamiento individual, tal vez con foto de hierros retorcidos y pies asomando bajo una manta -siempre se pierde un zapato, recuerda, no uses calcetines blancos- en las páginas de un diario o, incluso, con suerte, en un informativo de la tele. Pero las circunstancias de tu óbito me traen al fresco. Como ya sabes que no suelo cortarme en esta página, diré que ni siquiera me importas tú. Hay quien afirma que toda vida humana es sagrada, y puede que sea cierto. Pero no resulta menos cierto que ya he visto desaparecer unas cuantas vidas, y que algunas me parecen menos sagradas que otras.

En cuanto a la tuya, y me refiero a tu vida personal e intransferible -salvo que creas en la reencarnación-, allá cada cual si quiere pagar tan caro el dudoso placer de cabalgar caballos de hojalata que devoran a su jinete. Y no vengas con eso del amor al riesgo y el vivir peligrosamente. Conozco a mucha gente que sabe perfectamente, de grado o por fuerza, lo que es riesgo y la vida peligrosa. Gente que sí merece que derramen lágrimas por ella cuando le pican el billete, en lugar de lamentar la desaparición de fulanos como tú; de tipos incapaces de valorar la vida que poseen y que por eso la malgastan. Qué sabrás tú del riesgo, capullo. Y de la muerte. Y de la vida. Que tengas buen viaje.

2 de enero de 1994

domingo, 26 de diciembre de 1993

Manolo estuvo aquí


Lo vi escrito con rotulador grueso, hace unos días, en uno de los muros de El Escorial: Manolo y Miriam estuvieron aquí el 6-8-93. Ignoro quiénes son los tales Manolo y Miriam, y por qué el hecho de que estuvieran allí y no en otro lugar merecía ser inmortalizado ensuciando estúpidamente una fachada de piedras venerables. Sin embargo, basta echar un vistazo alrededor para comprobar que cantidad de personas armadas con rotulador, spray u objeto inciso-punzante, el hecho de estar en tal o cual sitio, o en un sitio cualquiera, les parece solemnidad suficiente como para que el resto de los mortales nos enteremos de su nombre o de sus opiniones.

Nada tengo contra la libertad de expresión, yo que además soy periodista. Ni tampoco contra la libertad de afirmación personal. Pero amo algunos edificios, algunas calles, algunas viejas piedras y algunos paisajes por conservarse tal como son y tal como fueron. Por eso me fastidia sobremanera, cuando voy a su encuentro, encontrarme sobreimpresos, a golpe de spray o rotulador, los nombres, los pensamientos o las chorradas de individuos, a menudo anónimos, que maldito lo que me importan.

Hay un ministro francés de la Francia que propuso en fecha reciente subvencionar una exposición sobre grafitis y pintadas callejeras, desde el metro hasta los monumentos históricos, argumentando que también eso es arte y es cultura. Y recuerdo haber oído en la radio glosar semejante gilipollez a un representante de cierto ayuntamiento español de la España, jaleando tímidamente la idea, prudente pero dispuesto a no parecer, por si menos moderno y dinámico que el franchute. Claro, sí. Reconozco que la contracultura también es una forma de cultura, farfullaba el fulano. Y ahí quedó la cosa.

Lo peor, se dice uno cuando escucha a semejantes sopladores de vidrio, no es la barbarie de los ignorantes o estúpidos, a quienes siempre es posible educar o inspirar sentido común. Lo malo en este tipo de cosas es la demagogia de whisky de medianoche -es rentable erigirse en apóstol de lo marginal desde la mesa de un bar caro y de moda- y el coro de cantamañanas que se apunta a un bombardeo con tal de salir en la foto, por si las moscas.

La cultura, creo, es un todo común que no se parcela en patrimonio de unos o de otros, y lo que atenta físicamente contra cualquiera de sus manifestaciones no se llama cultura, sino barbarie. No hay justificación alguna para el hecho de que unas piedras, un edificio, un cuadro, un lugar, hayan sobrevivido a los siglos y a los hombres, y de pronto llegue alguien con su spray y nos cuente con letras de dos palmos que a él Felipe González se la machaca, que Volkswagen está en lucha, que José Antonio presente, que si los curas y frailes supieran, que a Blackshit la sociedad le importa un carajo, o que el imbécil de Manolo y su prójima estuvieron aquí. Todas ésas son opiniones, pero no son cultura. Y que las pongan en mi conocimiento utilizando la fachada de la catedral de Burgos, un fresco románico, el Parque Güell o el pedestal de Felipe III, es algo que me repatea el hígado. En ese tipo de cosas, soy absolutamente conservador. Incluso reaccionario: suelo reaccionar con un profundo cabreo.

Lo que me deja atónito es la cantidad de gente que permite que ocurran esas cosas y no reacciona. Los respetables líderes del ejercicio intelectual, por ejemplo, que tan agudamente explican y justifican. Los jueces que consideran el asunto poco importante para sus togas. Los cagamandurrias que salen por la radio, o por donde sea, diciendo que sí, que claro, que hay muchos tipos de cultura. Y los cómplices pasivos: quienes vemos a Manolo manejar el rotulador o el spray, y no se lo quitamos de las manos con buenas razones o con una buena estiba de palos, por miedo a que nos llamen entrometidos, intransigentes o violentos. Éste es el país del miedo a que te llamen algo. Como si fuera lo mismo confundir la velocidad con el tocino.

No se trata de que le pidan a uno el carnet de identidad cuando va a comprar un bote de pintura, ni de que la Benemérita aplique la ley de fugas a los virtuosos de la rotulación callejera y clandestina. Pero sí me encantaría, por ejemplo, tropezarme un día a Manolo con lejía y estropajo de alambre, dale que te pego a la fachada de El Escorial. Sentenciado a un mes de trabajos forzados en una imaginaria -y deseable- brigada de limpieza por haber sido sorprendido, in fraganti, en el acto de comunicar al mundo que acababa de honrar el lugar con su presencia.

26 de diciembre de 1993

domingo, 19 de diciembre de 1993

Kalashnikov


Como tantas otras cosas, al Kalashnikov se lo cargó la perestroika. Ustedes saben que el Kalashnikov es un fusil de asalto comúnmente conocido en sus modalidades AK-47 o AKM, que sirve para disparar muchos tiros aunque llueva, haga calor, hiele o el arma esté llena de barro. El Kalashnikov es una especie de todo terreno de los artilugios bélicos, barato, simple y resistente, cuya imagen -recuerden su conocido y característico cargador curvo- se ha asociado, durante décadas, a los movimientos revolucionarios y de liberación, a las guerrillas de más de medio mundo.

La primera vez que lo vi en persona, al natural, fue en 1974. Lo empuñaba un guerrillero palestino y le hice una foto. Reconozco que contado así, en frío, suena fatal. Pero he de matizar en mi descargo que, por aquel entonces, un Kalashnikov era para un joven reportero lo que para un músico un Stradivarius. Añadiré, para los meapilas, que gustan de justificaciones morales y cosas así, que esa arma, por aquel entonces, era prácticamente el símbolo de los muchos pueblos que aún creían poder ganar su libertad a tiro limpio. Ignorantes, dicho sea de paso, de que las libertades se ganan a tiro limpio y se pierden después del último tiro, cuando los revolucionarios toman el palacio presidencial y llegan los truhanes, los mangantes y los mercachifles emboscados, Pasa jubilar a los de la escopeta y hacerse cargo ellos de la situación.

El caso es que, cuando todavía eran soviéticos, los rusos se forraron a base de inundar de Kalashnikov los mercados de armas internacionales. Salían en cajas rotuladas, por ejemplo, como maquinaria industrial, con destino oficial a Burundi, y luego aparecían en manos del Vietcong, los Tupamaros, la guerrilla angoleña o el Polisario. El Kalashnikov le puso fondo sonoro a la historia de medio siglo XX. Sostuvo utopías y perpetró atrocidades. Tradujo a su lenguaje brutal, inapelable, lo mejor y lo peor, el heroísmo y la barbarie del hombre, del ser humano a cuyas manos y pensamiento servía. Durante muchos años vi a innumerables hombres y mujeres dormir abrazados a su Kalashnikov como abrazados a un sueño: palestinos, sandinistas, farabundos, eritreos, mozambiqueños, muyahidines, bosnios. En la última imagen que se conserva de Salvador Allende, momentos antes de su muerte en el palacio de la Moneda, aquel presidente gordito, consecuente y valeroso lleva un casco de acero en la cabeza y empuña un Kalashnikov AK-47. A mi amigo Belali Uld Maharabi, saharaui, que había sido cabo del ejército español hasta que España le escupió a la cara, lo mataron en Uad Ashram en 1976 con un Kalashnikov en la mano. Y en algunas fotos que hice por ahí, por esos mundos, hay guerrilleros desharrapados y valientes que levantan el Kalashnikov en alto, como una bandera.

Y ahora abro un periódico y resulta que la factoría de Tula, una de las dos que fabricaban ese fusil en la antigua Unión Soviética, está en plena reconversión porque, en los últimos años, las ventas han caído en picado, de 200.000 a 40.000 unidades anuales. El fin de la guerra fría, la desmilitarización de la antigua URSS y su liquidación como gran potencia internacional les han dado la puntilla a las exportaciones masivas de antaño. No porque no haya guerras que absorban la producción, sino porque la fragmentación actual de los escenarios bélicos se nutre de otros arsenales más localizados: armas de antiguos ejércitos reconvertidos en milicias, intercambios entre vecinos, etcétera. O sea: yo te doy los fusiles de la antigua policía ucraniana y a cambio tú me das el monopolio del tráfico de heroína, y cosas así.

En cuanto al resto del mundo, casi todas las viejas revoluciones ya triunfaron; luego sería una estupidez hacerlas otra vez. Cierto es que en la mayor parte de los sitios muy pocas cosas han cambiado, y por algún curioso fenómeno físico sigue detentando el poder una cantidad increíble de hijos de puta. Pero la revolución, lo que se dice la revolución, ya está hecha y a menudo enterrada. Basta darse una vuelta y ver los monumentos al héroe desconocido, al soldado del pueblo, a la independencia. Ver, por ejemplo, a Pinochet ejerciendo de abuelito venerable; a los ejecutores de Ceausescu vendiéndonos una moto pintada de verde, como si no los hubiéramos visto a todos ellos jaleando al conductor igual que si fueran palmeros finos.

Me van a perdonar ustedes, pero siento nostalgia del viejo Kalashnikov. De aquellos tiempos en que se levantaba como una bandera de libertad y todos creíamos saber contra quién dispararlo.

19 de diciembre de 1993

domingo, 12 de diciembre de 1993

Cuento de Navidad


Erase una ciudad grande, como las de ahora, y la policía les había precintado el piso, y ya no tenían para pagar una pensión. Exactamente igual que en los cuentos de Navidad que tienen como protagonistas a desgraciados como ellos. Hacía un frío del carajo, dijo él mientras buscaban un portal en condiciones. Había un abeto iluminado al final del bulevar, donde El Corte Inglés y sus luces se confundían con los semáforos, con el destello frío y trágico de una ambulancia que pasaba en la distancia, demasiado lejos para que pudiera oírse la sirena. Una ambulancia muda, con destellos de tragedia urbana. Las ambulancias y los coches de policía y los de pompas fúnebres, se dijo él viendo desaparecer el destello, son igual que pájaros de mal agüero. Vehículos con mala leche.

Lo mismo aquella noche la ambulancia iban a necesitarla ellos. Porque, como ustedes ya habrán adivinado, la mujer, la joven, estaba fuera de cuentas, o casi. Caminaba con dificultad, entreabierto el abrigo sobre la barriga, llevando en una mano la Adidas llena de ropa para el que venía en camino, y en la otra una maleta de esas que, a fuerza de haber ido a tantos sitios, ya no tenía aspecto de ir a ninguna parte.

-Me cago en todo -dijo él. Y ella sonrió, dulce, mirándole el perfil duro y desesperado, el mentón sin afeitar. Sonrió dulce porque lo quería y porque estaba allí, con ella, en vez de haber dicho adiós muy buenas y buscarse la vida en otra parte, con otra chica de las que no se equivocan al anotar con lápiz rojo días en el calendario.

De vez en cuando se cruzaban con transeúntes apresurados, de esos que siempre aprietan el paso en Navidad porque tienen prisa en llegar a casa. Una mujer de edad se apartó de él, mirando con desconfianza su aire sombrío, la mugrienta mochila que cargaba a la espalda, los bultos atados con cuerdas, uno en cada mano. Después un yonqui flaco y tembloroso les pidió cinco duros y, sin obtener respuesta, los siguió un trecho por la acera, caminando detrás, con aire alelado y sin rumbo fijo. Un coche de la policía pasó despacio, silencioso. Desde la ventanilla, los agentes les echaron un desapasionado vistazo a ellos y al yonqui antes de alejarse calle abajo.

-Me duele otra vez -dijo ella.

Como era previsible desde que empecé a contarles esta historia, buscaron un portal para descansar. Había uno con cartones en el suelo y un mendigo, hombre o mujer, que dormía envuelto en una manta, bulto oscuro en un rincón que apenas se movió con su llegada. Entonces a ella le dolió otra vez. Y otra. Y él miró a su alrededor con la angustia pintada en la cara, y sólo vio al yonqui flaco que los miraba de pie en la entrada del portal. Entonces buscó en el bolsillo y le arrojó su última moneda de veinte duros.

-Busca a alguien que nos ayude -le dijo-. Porque ésta quiere parir.

Entonces ella empezó a llorar y gritar y él tuvo que cogerle la mano y ahuecarle un nido entre las piernas con su propio chaquetón y volver a mirar en torno con resignación desesperada. Y sólo vio la entrada del portal vacía y un semáforo con la luz roja fundida, alternando ámbar y verde, ámbar y verde. Y al mendigo que se levantaba debajo de la manta donde había estado durmiendo con un perrillo, un chucho pequeño y mestizo entre los brazos, y se acercaba a mirarlos con curiosidad, mientras el perro lamía con suaves lengüetazos una de las manos de la chica. Y él, sosteniendo la otra entre las suyas, blasfemó despacio y a conciencia, en voz baja, hasta que sintió sobre los labios la mano libre, los dedos de ella.

-No digas esas cosas -le susurró, crispada la voz por el dolor-. O nos castigará Dios.

Él soltó una carcajada seca y amarga. Entonces llegó el yonqui con un policía, uno de los que antes habían pasado en el coche. Y ella sintió, de pronto, una presencia nueva, cálida, un llanto pequeño y débil entre las piernas. Y exhausta, en un instante de lucidez y paz, se dijo que quizá a partir de ese momento el mundo sería mejor, distinto. Como en los cuentos de Navidad que leía cuando niña.

Él sacó un arrugado paquete de cigarrillos y fumaron los cuatro hombres, mirándola, mientras a lo lejos se escuchaba la sirena de una ambulancia aproximándose. Entonces ella se durmió dulcemente, agotada y feliz, sintiendo latir entre los muslos ensangrentados aquella nueva vida aún húmeda y tibia. Y alrededor, protegiéndolos del frío, les daban calor el perrillo, el mendigo, el yonqui y el policía.

12 de diciembre de 1993