domingo, 25 de junio de 1995

Cuestiones de honor


Hace un par de semanas puse la tele y me encontré al ex presidente Suárez acudiendo a un juzgado, porque alguien dijo que trincó trescientos kilos de Banesto, cuando Mario Conde y todo eso. Suárez llegó, dijo que eso era una bola como el sombrero de un picador, miró al soslayo, fuese y no hubo nada. Supongo que a estas alturas todo habrá quedado en eso. Algo de lo que el arriba firmante se alegraría infinito; pues la persona de Adolfo Suárez, Ucedés aparte, me cae bastante bien. Tanto por esa pinta que tiene, con su perfil de torero grave y veterano, como por los morlacos que lidió, como por ese silencio magnífico en el que ha sabido atrincherar, cual muy pocos en este país, su digna salida del Gobierno y su decoro como político jubilado.

Y pensaba yo: ojalá que no. Deseo que éste de verdad no tenga nada que ver, y que en tal caso no me lo llenen de mierda como a los demás, porque no sé qué carajo iba a quedar entonces como referencia política decente de los últimos veinte años. Y en ésas me decía: hay que fastidiarse. En un país donde los partidos de oposición ganan esgrimiendo titulares de periódicos en vez de programas de gobierno, donde tantos jueces se acojonan o se muestran implacables según el tipo de repercusión social del asunto, donde todo el mundo tiene una piedra en la mano para el linchamiento previo, cualquiera puede permitirse acusar a otro de cualquier cosa, mentarle la madre o llamarlo maricón de playa, así, por el morro, y si cuela cuela. Y si no, oye, pues vale, pues me alegro. Pero empuerca, que algo queda.

Insisto en que ignoro si Adolfo Suárez fue más o menos honrado que otras joyas del oficio. Pero, aparte la simpatía personal -que es asunto mío porque me da la gana que su careto me sea simpático-, mucho me guardaría de cuestionar su honorabilidad si no tuviera un buen legajo de papeles con todo allí, incluidos los afotos del antedicho en el momento de trincar. Y aún así, averiguaría antes en qué condiciones, y para qué. A fin de cuentas, con todos sus errores y todos sus defectos, que los tuvo, incluida la cuerda de mercachifles, correveidiles y meapilas que nutrió parte de sus huestes, don Adolfo Suárez hizo una transición que le salió bordada. Faena que remató levantándose a defender la democracia, encarnada en un anciano general a quien un torpe teniente coronel intentaba zancadillear y tirar al suelo. Y eso merece un respeto.

Yo, entre nosotros, a lo de Gutiérrez Mellado no le doy mucho mérito. Sospecho que más que impulso democrático, lo que lo cabreó y puso tan flamenco fue que allí entró un teniente coronel con escopeta y no se le cuadró. O sea, que al abuelo le saltó el automático. El mérito de verdad se lo adjudico al de Ávila. Y cuando los sesientencoño empezaron a agujerear el techo, don Adolfo se quedó erguido, chuleta, de perfil ante España y ante la Historia y ante los anales de la vergüenza torera, mientras todo el personal, incluido el actual presidente del Gobierno y numerosos prohombres de su partido y la actual oposición -salvo Carrillo, que fumaba allá al fondo, a lo suyo-, se lanzaba a bucear bajo la moqueta en plena cagalera. Y a mí, que soy muy primitivo, pues qué quieren que les diga. Esas cosas me impresionan.

Pues eso, dejando ya la anécdota de Suárez aparte, a veces uno lamenta que ciertas antiguas costumbres, como el duelo, hayan caído en desuso. Antes, alguien te miraba mal y podías mandarle los padrinos, y la cosa se solventaba a pistoletazos o sable, y al menos tenías una oportunidad real de volarle al otro los cuernos. Ahora, un fulano afirma, es un suponer, que lo que a ti te gusta es tocarles el culito a los nenes en las guarderías, y tú demuestras que es mentira, que lo que te gusta de verdad, por ejemplo, es ir los jueves a un meublé con la señora de ese fulano, y aquí no pasa absolutamente nada, ni nadie rectifica, y todo queda como así, en el aire. Si por una parte vas y planteas demanda judicial para recuperar tu honor, resulta que el honor anda muy devaluado -hasta los políticos juran por su honor, háganse idea- y el juez te toma a pitorreo. O, como en este país la Dura Lex Sed Lex (Duralex) a menudo se parece a la bonoloto, depende de qué juez te toque en suerte para que te restituyan la honra o, por el contrario, quedes como pedófilo para los restos. Y tampoco es cosa de que vayas y le des una estiba al otro fulano, pues no puedes andar a bofetadas, como los gañanes. Además, puedes romperle algo, y entonces sí que los jueces te empapelan vivo. O rompértelo él a ti. Con lo que, además de la fama, te llevas un par de hostias.

25 de junio de 1995

domingo, 18 de junio de 1995

JASG


Me gusta ver los anuncios de la tele. A menudo hay en ellos más talento que en la mayor parte de los programas, o en las comedias de situación, o en lo que sea. Al fin y al cabo, tras la publicidad se adivina a un montón de inteligentes hijos de puta calentándose la cabeza para hacerte comprar tal o cual cosa, y si mantienes cierto distanciamiento crítico siempre terminas aprendiendo cantidad de trucos útiles. No sobre lo que anuncian, que eso es lo de menos, sino sobre por qué lo anuncian, cómo lo hacen y a quién se dirige el intento de comerle el tarro.

Hay, sin embargo, una variedad publicitaria que al arriba firmante le quema la sangre. Me refiero a esos anuncios que, como muchos de los políticos de este país, se empeñan en venderte una España irreal, ficticia, que sólo existe en su manipulación canalla de los hechos, y que nada tiene que ver con la otra, la de la calle, la realmente real. Existen perlas legendarias en este registro. Desde la taimada infiltración de marcas de tabaco en anuncios deportivos hasta la felicidad cifrada en bonolotos, cupones, cuerpos danone, compresas que ni se notan ni traspasan, Lulú semuá, o ese putón verbenero que iba por las carreteras en descapotable, buscando a Jack's. Pero mi Oscar del cinismo galopante se lo llevan las campañas destinadas a convencer a los jóvenes de la necesidad absoluta, vital, que tienen de comprarse tal o cual marca de automóvil. Eso es que ya es la leche.

Lo que más me fascina de tales anuncios es la verosimilitud con que sus creadores trazan el retrato, clavadito, del joven español medio. Llevo doce años trabajando como un hombre de color, dice el apuesto guaperas. Curro veintitrés horas diarias en el periódico sin cobrar. Estudio Económicas e Historia de la Filosofía. En los ratos libres hago ala delta en los Alpes, windsurfing en Florida, y toco el clarinete en un club de jazz de Manhattan. Además he escrito Historias del Kronen II, y leo a Heidegger, Peter Handke y Adorno. Soy un JASG -Joven Aunque Sobradamente Gilipollas- preparado para la vida moderna, y usted va y me dice que aún estoy verde para hacer un programa como el de Isabel Gemio. Como dijo Kant, hay que joderse. Y por cierto, la cita no es de Kant. Es de Marcial Lafuente Estefanía.

Otro ejemplo. Bella joven, elegante, con clase, prototipo de la veinteañera española media, reflexiona sobre un hecho terrible: llega un momento en la vida en que tienes que elegir entre trabajar en la empresa de papá o hacer un máster en Harvard. Usar vaqueros Liberto o minifalda de Versace. Vivir con tus padres en el chalet de la Moraleja o mudarte sola a un apartamento del Barrio Latino de París. Salir en el Hola como candidata al príncipe Felipe, o en el Diez Minutos jugando al golf con Alessandro Lecquio, Lo único que tienes claro es que te acabas de comprar un GTI de 16 válvulas. Que mola un pegote.

La verdad es que echo en falta una tercera versión en ese tipo de anuncios. Cualquier joven de cualquier sexo que llega a casa a las tantas de la noche, hecho polvo después de haber estado ocho o doce horas de pie tras el mostrador, o en la gasolinera, o la moto de mensaca, o en la cola del paro, y pone un rato la tele, y zapea, y se encuentra a San Lobatón, o a Nieves Herrero, o a Jesús Puente ganándose el dinero más vergonzoso que ha ganado en su vida, o a Felipe González con esa cara que se le ha puesto -a cierta edad todos tienen la cara que se ganan a pulso-, o al otro mienteusté prometiendo atar los perros con longaniza con su programa, programa, programa. Y de pronto llega la publicidad y a nuestro exhausto joven se le llena la pantalla de JASG sobradamente preparados, vestidos como él tiene que vestirse, con las maneras y aficiones que él, o ella, tienen que tener. Con unos coches que te cagas, como el que él o ella tienen que comprarse pero ya mismo, si no quieren ser unos mierdecillas y unos matados y tipos desgraciados de la vida.

Entonces, él, o ella, miran a la cámara, y dicen: Hay un momento en la vida en que tienes que elegir entre el desempleo o trabajar diez horas diarias en el mostrador de una charcutería. Entre salir a bailar el sábado por la noche o quedarte en casa estudiando hasta las cuatro de la madrugada. Entre despreciar a tus padres o compadecerlos. Entre ayudar a tu hermano yonqui o pasar mucho de él. Entre dejar que el jefe te mire las tetas o irte a la cola del paro. Entre maldecirlo todo y pegarle fuego a la vida, o apretar los dientes y luchar por salir adelante y tener una casa, y una familia... Y por cierto: ¿Cómo se las habrán arreglado los del anuncio para que sus padres les firmen el aval y las letras del puto coche?

18 de junio de 1995

domingo, 11 de junio de 1995

El hombre que salvó a Jorge Negrete


Antonio tiene sesenta y cinco años, y entre caña y caña cuenta que sus padres lo engendraron en la cabina de proyección de un cine, mientras en la pantalla John Barrymore le tiraba los tejos a Greta Garbo en Gran Hotel. Y si los orígenes marcan destinos, el de Antonio estaba cantado. Proyeccionista desde que tuvo uso de razón, por sus manos han pasado, en su mágico estado original de celuloide y luz, todas las películas importantes que en el mundo han sido. También los ratos libres los dedicó al cine, y fue portero, acomodador, y extra en un montón de películas americanas de los sesenta. Incluso, de cuando las salas aún se usaban como teatros, conserva recuerdos que lo hacen sonreír a medias, evocador, torciendo el bigotillo por encima del vaso de cerveza. La elegancia de Amparito Rivelles. Las piernas de Celia Gámez. O la paliza que una vez le dio a Manolo Caracol con un garrote, porque el maestro estaba mamado y llamó ladrón al empresario.

Pero es el cine, la materia de que están hechos los sueños, lo que llena la vida de Antonio. A veces, cuando te toma confianza, imita a Cantinflas de un modo tan asombroso que si cierras los ojos imaginas al fulano allí, contigo. Y no sólo eso. Tantas veces ha visto las películas, dos o tres sesiones diarias semana tras semana, que es capaz de recitar diálogos enteros de sus secuencias favoritas. Tú estás, es un suponer, pelando una gamba, y de pronto Antonio te mira a los ojos y te suelta un parlamento de cinco minutos en el que Ben-Hur le menta la madre al malvado Mésala. O te habla como si fueras Grace Kelly -una estrecha, apostilla interrumpiéndose un momento- y él Clark Cable en Malambo. O te sacude a palo seco la secuencia final de Los siete magníficos, tiros incluidos, empalmándola sin transición con el diálogo entre Burt Lancaster y Jack Palance en Los profesionales. Aunque mi momento favorito es cuando Antonio levanta el vaso de cerveza como si fueran los Diez Mandamientos, e imita la voz de Charlton Heston en lo del becerro de oro, con el Sinaí echando chispas y aquel terremoto que, calcula, al Cecilbedemille tuvo que costarle una pasta, de mujeres, claro. Antonio entiende más que nadie; no en balde ha pasado su vida entre las más hermosas del mundo, Y lo cierto es que ninguna tiene secretos .para él, pues las poseyó a todas una y otra vez, en la intimidad de su cabina de proyección. Greta Garbo era elegante, sin más. Kim Novak una especie de ternera guapa, con buenas tetas. María Félix, bellísima pero frígida -Antonio se detiene un momento, medita- o fría, que en cine viene a ser lo mismo. Ava Gardner sí era toda una hembra, de ésas como los Victorinos, que hasta dan miedo. Pero mujer, lo que se dice mujer, la Marilyn Monroe de La tentación vive arriba, o de Niágara. Aquélla -Antonio moja el bigotillo en la espuma de cerveza y suspira, absorto en sus recuerdos- era la leche.

Cuando le preguntas por la censura, te cuenta de los años cincuenta y sesenta, cuando le proyectaba las películas al arcipreste, y éste marcaba con tiras de papel los planos a eliminar. Después él obedecía o no, porque cargarse algunas secuencias -el baile de Kim Novak y William Holden en Picnic, por ejemplo- era una atrocidad. Así que luego el arcipreste le echaba unas broncas espantosas:

-«Te voy a descomulgar, Antonio», me decía el jodío.

Sin embargo, después era el propio Antonio quien practicaba la censura por su cuenta. Mesas separadas resultaba muy larga para su gusto, así que la aligeró sin consultar con nadie, acercando un poco las mesas. En cuanto a Guerra y Paz, la retirada de Rusia se le hacía interminable, de modo que le pegó un tijeretazo, haciendo que Napoleón pasara directamente de Moscú a París, ahorrándole el paso del Beresina y 300.000 muertos. Pero su obra maestra fue El peñón de las ánimas. Cuando Antonio vio que aquella película no tenía final feliz, se llevó un disgusto. Jorge Negrete y María Félix no podían morir, porque el público iba a salir del cine hecho polvo. Así que metió cuchilla, eliminando la última escena, cuando el abuelo les dispara, y dejó a la pareja cabalgando hacia el horizonte antes de la palabra Fin.

Ya ven lo que son las cosas. Vas y lo atribuyes todo a la censura franquista, por ejemplo, o al arcipreste de guardia, y resulta que al proyeccionista no le gustaba que mataran a Jorge Negrete. Así se escribe la Historia. De todas formas -le digo siempre a Antonio-, qué suerte, compadre, poder escoger final. Y que todos los recuerdos de uno sean hermosos.

11 de junio de 1995

domingo, 4 de junio de 1995

La puntita nada más


A eso se le llama vestir a un santo y desnudar a dos. Resulta que en la primera edición del nuevo mapa de España, elaborado por el Ministerio de Administraciones Públicas para que los españoles sepamos por fin que las islas Canarias están en el Atlántico y no en el Zaire, a alguien se le olvidó incluir Ceuta y Melilla como parte del territorio nacional, dejándolas como simples municipios del norte de África. O sea, Marruecos. Así que, como era de esperar, ceutíes y melillenses han puesto el grito en el cielo, denunciando lo anticonstitucional de la chapuza y exigiendo que se repare el olvido o el error. Pero el arriba firmante tiene sus ideas al respecto, y cree que en este caso no procede hablar de error. En vista del paño que se corta en el patio de Monipodio, uno juraría por sus muertos que no se trata de olvido, sino de prudencia. Porque sí algo hay que reconocer a quienes empuñan el timón de la nave, o de lo que de ella va quedando, es una prudencia inmensa, compacta, sin poros. Una prudencia inasequible al desaliento.

Lo que, por otra parte, resulta lógico. Vivimos en un país donde la ambigüedad es siempre, y más en estos tiempos, una virtud política rentable cuando se ejerce el poder, o a él se aspira. Aquí, y a la vista está, las únicas alegrías de palmeros finos vienen cuando uno se cree impune, a la hora de meterle mano a la viruta de los fondos reservados y a la información confidencial de los compadres de la biutiful. En todo lo demás, la pumita nada más. Qué van a decir en las municipales. O en las otras. O en Washington, Bruselas, Rabat, si se nos ve el plumero, por Dios. Lo más seguro es no ir hasta el final de nada, por si las moscas. Uno llega, amaga, gallea, se hace la foto, y después se quita de en medio e intenta pasar inadvertido para los restos.

Pero las cosas como son. También es verdad que el sistema no lo inventaron los de ahora, y que en este país constan ilustres precedentes. En 1975, Arias Navarro, Pepito Solís Rute y sus compadres le regalaron el Sahara, bien atado de manos y por la cara, a Hassan II y al Departamento de Estado norteamericano. Y cuando Teodoro Obiang le dio matarile a papá Maclas y pidió una compañía de la Legión para reforzar lazos con España y de paso asegurarse la supervivencia, los diplomáticos de UCD llenaron de cagaditas el arroz diciendo, oig, cielo santo, antes morir que pecar. Que pueden llamarnos neocolonialistas en la Osnu. Y entonces los franceses, que son demócratas de aquí a Lima pero tienen sin complejos aviones y legionarios y paracaidistas en toda África, mandaron a sus primos marroquíes y se hicieron amos del cotarro. Y así nos va ahora con el amigo Teodoro, ex cadete de Zaragoza y presidente de nuestro club local de fans.

Lo demás, para qué les voy a contar. La estrategia del qué dirán, y del cómo pretendes que yo haga eso, cariño, y del no vayan a irritarse Francia, o Inglaterra, o Alemania, o Marruecos, o los sherpas himalayos, ha terminado por convertir nuestra diplomacia en el chichi de la Bernarda, capaz de tragar de todo con tal de seguir llevando el botijo en el afoto. Me juego un labio incorrupto de Ava Gardner a que, es un suponer, si en uno de esos viajes altamente operativos del grupo de contacto, los serbios nos secuestraran y estupraran, no sé, a un ministro de Exteriores, por ejemplo, siempre habría alguien capaz de ofrecer una explicación apropiada en el telediario. Lo malo es que cuando los serbios, o los canadienses, o los marroquíes, o los ingleses, o el lucero del alba, nos estupran -o como se diga- a alguien, nunca es al ministro de Exteriores, sino a pobre gente indefensa que en este país nuestro acostumbramos, demasiado a menudo, a abandonar a su suerte con una larga cambiada, Y después, cuando descubre el engaño y se cabrea, le mandan los antidisturbios a repartir estiba.

Así va a terminar corno va a terminar, barrunta uno, lo de Ceuta y Melilla; que sí no las liquidan como si se tratara de un lote en oferta de Pryca será porque la diplomacia marroquí no plantea en serio el problema o porque aquí, a mis primos, no les va a dar tiempo a vender todo el solar antes de irse. Antes se recurría al quijotismo o al interés nacional corno coartada, pero ya no quedan ni esas excusas. Por no atreverse, los hileros que desde hace doce años nos marean con los cubiletes y la borrega, ni se atrevieron a asumir el GAL ni se atrevieron a indultar a Amedo y Domínguez cuando aún podía esgrimirse la razón de Estado, que entonces aún igual colaba. Ahora, descubierto el trinque y los parneses, el argumento ya no vale, y se les ha hecho tarde. En eso, como en casi todo, son víctimas de su propia jindama.

4 de junio de 1995

domingo, 28 de mayo de 1995

A despecho del inglés


Históricamente me caen muy gordos los ingleses. Sé que tras esta afirmación no tendré más remedio que batirme en duelo con Javier Marías, pero un caballero debe sostener sus palabras en el campo del honor. Aunque después la vida lo lleve a uno por otros derroteros, y lo convierta más bien en caballero de fortuna, el arriba firmante fue educado, cuando jovencito, para caballero a secas. Así que tendré que tirar de florete, o de sable -la pistola es una vulgaridad- cuando mi vecino de página, que es anglófilo hasta el tuétano, me envíe los padrinos. Como ambos tenemos más o menos la misma graduación y hemos servido en el mismo Cuerpo de Ejército, no habrá impedimentos técnicos, espero. Aún no sé quién hará de teniente Candy y quién de teniente Kretschmar, pero eso lo iremos viendo sobre la marcha. A primera sangre.

Me desvío del tema. Les contaba que, para quienes somos mediterráneos y de Cartagena, por aquello del mar y de la Historia el inglés siempre ha sido el enemigo. Ya saben: Mahón, San Vicente, Gibraltar y todo eso. Tampoco me gusta cómo escriben sus libros, cuando van y te cuentan que en Trafalgar lucharon contra la escuadra francesa y contra algún barco español que también pasaba por allí; o que durante la guerra peninsular fueron ellos quienes se comieron sin pelar a los franchutes, mientras las guerrillas españolas se limitaban a llevarles el botijo. Tampoco me gustan sus películas de piratas, ésas que les hacían los mamporreros de Hollywood, con mucho filibustero elegante y patriota, y los españoles siempre de gobernadores malos con sobrina guapa y pinta de mexicanos.

Eso sí, reconozco una cosa: saben ser soldados y pelear. Lo que no es bueno ni malo, sino un hecho objetivo. Y no sé cómo se las arreglan los generales y los políticos y Su Majestad la Queen, pero cada guerra la toman todos a modo de asunto personal, como el fútbol. Crueles e implacables, denunciando el juego sucio cuando no son ellos quienes lo practican, con las novias agitando los sostenes a modo de despedida cuando se van a las Malvinas, o al Golfo, o a defender a la madre que los parió. Supongo que la cuestión estriba en que saben hacerse respetar. Cuando cubría la guerra de los Balcanes, los únicos cascos azules que se la jugaban por mi acreditación de Naciones Unidas eran los británicos, que me llevaron a través de Vitez y Gorni Vakuf pegando cebollazos a diestro y siniestro, mientras los españoles se disculpaban diciendo que en Madrid les habían ordenado que no se mojaran ni por periodistas ni por nadie.

Todo esto viene a cuento para que las cosas queden claras, ya que voy a recomendarles un libro. En realidad no es uno, sino varios, de cuya lectura he obtenido -y espero seguir haciéndolo mucho tiempo- un placer inmenso. Se trata de una serie sobre las aventuras de la Armada inglesa, escrita por el irlandés Patrick O'Brian, que en Gran Bretaña y Estados Unidos, creo, lleva una docena de títulos de los que en España, hasta ahora, hay publicados dos: Capitán de mar y guerra y Capitán de navío. Y se los voy a recomendar por varias razones. La primera es que siempre he considerado el mejor regalo descubrir a otros un libro hermoso que no conocen. La segunda, porque son novelas escritas a la manera de antes, como siempre se escribieron, con batallas navales y el Mediterráneo en tiempos de Nelson, y temporales y abordajes, y astillas que saltan por cubierta, y buques corsarios, honor y brutalidad, con el capitán Jack Aubrey y su amigo, el doctor Maturin, convirtiéndose, página a página, en personajes entrañables e inolvidables. En amigos eternos para lectores de limpio corazón, como d'Artagnan, Ned Land, Emilio de lioccanera, Ojo de Halcón, Jim Hawkins, Sherlock Holmes y el doctor Watson o los Pardellanes. Nombres e historias que son puertas abiertas a la aventura más accesible del mundo: la que se alcanza con sólo pasar las páginas de un buen libro.

Hay una tercera razón, más personal. Descubrí esas historias hace poco, y en ellas reencontré un placer que creía agotado: sumergirme en la pasión de una historia fascinante y que aún no me había contado nadie. He sido muy feliz con las dos novelas del capitán Jack Aubrey, y deseo seguir siéndolo. Y como leo fatal en inglés, quiero que tengan éxito, y las compre mucha gente, y la editorial haga que se traduzcan y publiquen aquí todas. Y que yo pueda, durante mucho tiempo aún, amanecer tiritando de frío en el puente la Sophie, dando caza a una vela enemiga que corre bajo un chubasco, en el horizonte, mientras el viento silba en la jarcia y los artilleros destrincan los cañones para el combate.

28 de mayo de 1995

domingo, 21 de mayo de 1995

De color (negro)


Estaba el arriba firmante sentado en Recoletos, cuando pasó un negro. Era un negro normal, con buena pinta, que iba con su bolsa del Corte Inglés en la mano. Cerca de mí jugaba un niño de seis o siete años, con una pistola y una enorme placa de sheriff. Y cuando pasó por delante el fulano, el zagal se fue detrás pegándole tiros. Pum. Pum. El negro se partió de risa y siguió camino, a lo suyo. Entonces, la madre del crio, que estaba cerca, le dijo al enano: «Álvaro, no molestes a ese señor de color».

No dijo a ese negro, ni tampoco a ese señor. El pequeño pistolero obedeció, no sin antes dedicarle al paseante un último tiro, el de gracia, y yo me quedé mirando al niño y a la madre mientras pensaba: ahí la tienes, compadre, una madre responsable, o sea, nada racista en absoluto. Irreprochable, educada. Moderna, con sus matices y todo. Seguro que además es de las que se indignan cuando matan a Lucrecia y compadece a los ilegales que sacan en la tele con su patera, como conejos asustados. Una buena mujer y una limpia conciencia.

Y es que vivimos en el tiempo del eterno marear la perdiz y no llamar a las cosas por su nombre. Del mismo modo que procuramos desterrar el dolor y lo feo de nuestras vidas, inventando un mundo artificial donde no vamos a morir nunca y donde todos seremos eternamente guapos y jóvenes, andamos por ahí soslayando cuanto no encaja en el esquema, o pintando las motos de verde. Supongo que todo radica en que ésta es una sociedad que mira continuamente su ombligo y el del vecino, y donde todo cristo anda pendiente del qué dirán, del vete tú a saber, y del no vayan a pensar que yo, etcétera.

Pero lo grave es que, con tanto abusar de ello, incluso los eufemismos y los circunloquios terminan gastándose, pierden sentido o se devalúan, y hay que buscar otros nuevos, Es así como nos pasamos la vida rizando el rizo de lo idiota. Un maestro, título hermoso y absolutamente digno, se convierte en un docente o un enseñante, término del que algunos cantamañanas del gremio estarán orgullosísimos, pero que al arriba firmante le parece una solemne soplapollez. Las chachas de toda la vida son empleadas de hogar -lo que no impide que sigan sirviendo la sopa o barriendo la salita de doña Trini-, y menos mal que no cuajó la propuesta de llamarlas colaboradoras domésticas. Sin olvidar aquel inefable productores con el que el régimen del Generalísimo quiso elevar el paripé a la categoría de arte, esterilizando las enjundiosas palabras trabajador y obrero. O el más reciente personas especiales para los minusválidos -llamarlos inválidos suena ya casi a insulto-, o ese niños diferentes con el que ahora nos ha dado por bautizar a los chiquillos subnormales, como si la deficiencia mental, que no es un término peyorativo sino una circunstancia desgraciada, fuese algo vergonzoso, o la única diferencia a señalar.

Ustedes me van a perdonar, pero el arriba firmante tiene la impresión de que ese miedo a las palabras en el fondo esconde muy mala conciencia. A mí, sin ir más lejos, todo el mundo me ha llamado blanco en África, a veces como insulto y a veces como mera definición de mi apariencia física, porque en África, como en todas partes, también hay de todo: gente normal sin complejos y perfectos hijos de puta. Resulta muy significativo que los que menos importancia dan al carácter socialmente negativo de tal o cual color de piel sean precisamente los niños. Ningún renacuajo se apartará de otro o dejará de jugar con él porque su raza sea distinta, sino al contrario; la curiosidad natural lo empuja siempre a acercarse, y tocarlo, y estar en contacto. Sólo a medida que nos hacemos mayores, y perdemos la inocencia, la sociedad correspondiente nos impone sus filias y sus fobias, que asumimos para congraciarnos con nuestra tribu. O -estadio más sofisticado- ejercemos su misma demagogia barata, cuando lo que está bien visto no es la xenofobia, sino todo lo contrario.

Lo malo no es admitir que hay otras razas, sino creerse superior a ellas. Por eso me queman la sangre todos los mingafrías que no se atreven a pronunciar la palabra negro por culpa de su mala conciencia, y la disfrazan con la jujana del color, como si así le suavizaran el tinte. En color negro, evidentemente, porque por muchas vueltas que le des, ninguna piel negra es color rosa. O llaman, que ésa es otra, con el estúpido paternalismo que no sé de dónde diablos sacan ciertas mulas de varas y comentaristas deportivos varios, morenito a un licenciado en Filosofía o Química Nuclear. O a un fulano de dos metros que juega al baloncesto y cuando sonríe parece el teclado de un piano.

21 de mayo de 1995

domingo, 14 de mayo de 1995

Los artistas del spray


Un día palmaré en la carretera. Esta vez no pienso echarle la culpa a nadie, porque tenemos unas carreteras y unas autovías excelentes. Lo malo es que lo que ganas en seguridad lo pierdes en aburrimiento. O por lo menos a mí me pasa. Será cosa de los años y el metabolismo, pero la facilidad en la conducción implica menos necesidad de maniobra, la atención se relaja y entra el sueño, y ya ni soy capaz de advertir los coches de afotos de Picolandia que hace unos días, por fin, me cazaron de marrón total (20 km/h de exceso, a un talego el km= 20.000). Así que para retrasar el fatal desenlace, el arriba fimante recurre a dos tácticas de supervivencia: paro a echar un sueño y/o tomar un café, o me distraigo leyendo las chorradas escritas en los carteles indicadores del MOPT.

No me refiero al texto oficial, por supuesto. Nada tengo que objetar a que se me advierta de que estoy a ciento veinte kilómetros de San Roque o entrando en Las Pedroñeras, capital del ajo manchego y universal. Todo eso es útil y necesario. Lo que me revienta son los rotulistas espontáneos, empeñados en utilizar esa señalización rutera para reivindicaciones y mensajes propios. Porque viajar en automóvil por España es hacer un recorrido increíble por un museo nacional de la estupidez a base de spray, pintura y rotulador.

Echen un vistazo, si no. Uno lleva cincuenta kilómetros, verbigracia, preguntándose cuánto le queda para, no sé, San Serenín de la Sierra, y cuando por fin pasa ante un cartel indicador, la cosa es ilegible porque un capullo partidario de la inmersión lingüística del andaluz ha pintado encima Zan Zerenín de la Zierra. O en vez de kilómetros ha puesto la distancia en leguas, o millas náuticas. O ha escrito que don Cosme es un ladrón y un corrupto, cosa que puede ser muy cierta en el pueblo del tal don Cosme; pero que a mí, que voy de Madrid a Reus, me importa un carajo.

Muchas de esas reivindicaciones o consignas resultan, no lo dudo, legítimas. E imagino que, planteadas en los lugares apropiados, despertarían sin duda mi solidaridad, en vez del estado de cabreo en que me sumen cada vez que me saltan a la cara. Una pintada en un monumento, en un edificio o en un lugar de utilidad pública siempre es detestable porque afea las cosas, y se borra mal, y da una impresión de desaliño y suciedad muy poco agradable. Y además -esto ya es opinión más personal, pero la comparto conmigo mismo- creo que no sirve para nada. Pero si además destruye el servicio original del soporte sobre el que se escribe, carteles indicadores de carreteras nacionales que utilizan los ciudadanos tras haberlas pagado, y muy caras, con el dinero de sus impuestos, la cosa ya entra en el terreno de la agresión directa. Así que los del spray podrían guardárselo donde les quepa, Y creo sospechar exactamente dónde les cabe.

El otro día, sin ir más lejos, viajé de Cartagena a Orense, por carretera. Y el viaje se convirtió en una sucesión alucinante de tachones, pintadas, burdas modificaciones y hasta insultos en los carteles indicadores. Un tal FRC, o algo así, pretende declararle la guerra a Murcia. Por La Mancha hay de todo, incluidos mensajes de los quintos del 93 y la abyecta afirmación de que una tal Isabel es ligera de cascos. En otro tramo, los vecinos de un pueblecito cercano deciden incorporar el nombre de su localidad al cartel de la autovía bajo los de Valladolid y La Coruña, a la que por otra parte un integrista riguroso convierte en A Coruña tachando la L con un borrón negro enorme, aunque el cartel está en Arévalo. En el límite entre Castilla y León, grandes chorreones de pintura roja sobre la palabra Castilla. Más arriba, áspera división de opiniones entre Bierzo gallego o Bierzo leonés. Un poco más lejos han sustituido con enormes y burdas X todas las jotas de un cartel que informa al turista (que no suele ser nativo de Galicia) sobre el carácter monumental de Monforte. Y de postre, durante ciento y pico kilómetros, alguien parece muy interesado en nacionalizar lingüísticamente los avisos de peligro por hielo; con objeto, imagino, de que todos los que no leemos gallego nos rompamos los cuernos al tomar las curvas.

Hay gente que se pasa mucho, tanto en A Coruña, como en Gasteiz, Truxillo, Garnata y Lleida. Uno comprende que, en los tiempos que corren, y con tanto cacique local sacando partido del río revuelto y subiéndose a los trenes baratos, el tenue paso que va del honesto nacionalismo a la gilipollez galopante resulta difuso, y fácil de franquear. Pero no hay que mezclar las ovejas churras con las merinas. A mí déjenme conducir tranquilo.

14 de mayo de 1995

domingo, 7 de mayo de 1995

Vergüenza torera


Estaba el arriba firmante viendo pasar la vida en una terraza de la esquina de la calle Sierpes de Sevilla, frente a la Peña Bética y el puesto de periódicos de Curro. El limpiabotas que había enfrente era flaco, agitanado, pasada ya la cincuentena larga. Un fulano de esos muy patanegra, con brazos chupaillos y morenos llenos de tatuajes, un laucados en la oreja y rizos de caracol bajo un sombrero cordobés donde lucía una insólita insignia metálica de la Legión. Ya se pueden imaginar la firma: ceceo cerrado y voz rota de aguardiente, todo el día arriba y abajo por la calle, el banco de betunes y cepillos bajo el brazo, con parada y fonda puntual en todos y cada uno de los bares del barrio. Que si una coñás aquí, que si vaya una caló que base, que si un sigarrito allá, maeztro, O sea. Hecho polvo total.

EI caso es que estaba yo tomándome un café en La Campana sin quitarle ojo al personaje. En ese momento, el limpia se secaba con el dorso de la mano manchada de betún el sudor que le caía por la nariz mientras lustraba los zapatos de unos guiris, ingleses me parece que eran, que estaban allí, todos rubios y eso, abrevando en grupo y con la mesa llena de botellines de cerveza vacíos. Para ser exactos le limpiaba los zapatos a dos de ellos, porque los otros tres llevaban zapatillas de tenis y uno iba en bañador, detalle simpático e informal que aprovechaba para rascarse cómodamente la entrepierna. La cosa no dejaba de tener su aquel simbólico, pues precisamente en el periódico que yo tenía sobre la mesa había una foto del ministro Solana, ese tigre de Bruselas, bajándose los calzones en lo del fletan negro (bueno, los calzones no se veían porque la foto era un primer plano; pero la sonrisa y el gesto eran de bajárselos). Y uno pensaba hay que ver, para eso nos van a dejar aquí, mis primos, antes de irse. Para limpiarle los zapatos a los holligan de Manchester o de donde sean, a toda la chusma de Europa cuando vengan a ponerse ciegos de cerveza, a romper bares y discotecas, a jalear a sus equipos de fútbol, o a rascarse. Y nosotros, reconvertidos en putas, limpiabotas y camareros. (Dicho sea con todo el respeto que me merecen los camareros, los limpiabotas y las putas, a quienes he tratado mucho en el ejercicio de su actividad profesional y de la mía).

El caso es que me ocupaba yo, como ven, en tan alegres reflexiones, cuando los ingleses, o lo que fueran, le pagaron al limpia sus cuarenta u ochenta duros, y después les dio por hacerse unas fotos limpiándose unos a otros los calcos con los utensilios del betunero. Debía de parecerles muy turístico fotografiar el paripé para luego enseñarle, supongo, las fotos a sus madres cuando éstas volvieran a casa de madrugada, tras la dura jornada laboral en las calles de Birmingham, o de Hamburgo, o de donde resultasen naturales las dignas señoras. Uno -el del bañador- hasta había cogido el cepillo y, mientras sus compañeros colocaban los pies en el banco del limpia, hacía ademán de arrodillarse para el afoto. Pero el limpiabotas dijo que ni hablar, y que verdes las habían segado. Que con sus chismes no se fotografiaba nadie. Le ofrecieron entonces un billete de mil, y el hombre se los quedó mirando tieso, erguido, torero, con sus brazos flacos llenos de tatuajes y su pinta de hecho polvo, y les dijo, alto y claro:

- Ezto e un trabajo mu zerio, míster. Y tiene zu dignidá.

Con lo que recogió sus trastos y se fue muy flamenco, la cabeza alta, con su paso inseguro de vino tinto y carajillo, mientras Curro el de los periódicos y los camareros de La Campana lo jaleaban con palmas medio en guasa medio en serio. Y todavía, antes de alejarse, se detuvo un segundo ante mi mesa y, vuelto a medias hacia los guiris, de perfil, añadió, entre dientes:

- Hihosdelagranputa.

Sin duda le dolía lo del billete de mil, pero ya no era cosa de echarse atrás. Así que se tocó el ala del sombrero cordobés con la insignia del Tercio, y se perdió calle Sierpes abajo, tarareando una copla. Y yo volví a mí periódico y a lo del fletan y el bacalao inglés, y la sardina moruna, y lo que aún esté por venir. Y a la foto del ministro Solana y del otro que no sé cómo carajo se llama, el de la pesca; los que gracias a Europa y a la madre que la parió iban a comerse a las patrulleras canadienses sin pelar y a ponemos un piso en Terranova o en los caladeros de Rodolfo Langostino. Y me dije: hay que joderse con el patio, Arturín. Un país condenado de por vida a ser el buen vasallo que fuera si tuviese buen señor. Una tierra donde tienen más dignidad y más vergüenza los limpiabotas que los ministros.

7 de mayo de 1995

domingo, 30 de abril de 1995

La bandera de Annecy


Hay un lugar en Francia, en el valle de la Lozere, con una placa que contiene los nombres de noventa y tres maquisard franceses y veintitrés guerrilleros españoles que murieron el 28 de mayo de 1944 combatiendo contra tropas de élite alemanas. Como ese lugar hay cientos repartidos un poco por aquí y por allá, con placa o sin ella, en la Europa que ardió de punta a punta hace cincuenta años, A estas alturas, el bando en el que lucharon me da lo mismo. Hubo aragoneses defensores de Stalingrado con el Ejército Rojo, andaluces de la División Azul peleando en las orillas heladas del lago limen, legionarios gallegos y asturianos que murieron en los fiordos de Narvik o entre los pedregales de Bir Hakeim, anónimos voluntarios de las Waffen SS entre los últimos defensores de Berlín, guerrilleros catalanes y valencianos exterminados en el maquis, vascos asesinados en Mathausen. No hubo vencedores en los combates que libraron al morir, porque en cualquier guerra los muertos son siempre los vencidos. Y sobre sus huesos indiferentes pasan ahora carreteras, crecen campos y ciudades, languidecen viejos cementerios de una Europa siempre egoísta, desmemoriada e ingrata.

De todos ellos, que eran compatriotas, paisanos o parientes, tal vez sean nuestros republicanos los que más me conmueven, pues son los que más sufrieron. Pelearon tres años por sus ideas o porque no les quedaba más remedio y luego, derrotados y exhaustos, cojeando de sus heridas, temblando bajo mantas raídas y a veces llevando con ellos a sus viejos, sus mujeres y sus zagales, se internaron en Francia con un poco de tierra española en el puño que llevaban en alto hasta que los gendarmes de los campos de concentración les obligaron a soltarla a culatazos. Pasaron miseria en Argeles, construyeron fortificaciones o se alistaron en la Legión Extranjera y los batallones de marcha. Luego vinieron los alemanes y toda Francia se fue a tomar por saco y se encontraron fugitivos, entre dos fuegos, sin otra salida que echar mano a los fusiles que tiraban los soldados en retirada y vender cara su piel. Lucharon en el maquis, escaparon a Inglaterra cuando Dunker que, fueron detenidos por los alemanes o entregados por los mismos franceses, murieron en los campos de exterminio nazis, liberaron Francia y combatieron en suelo alemán, y algunos, una pequeña parte de los que cruzaron los Pirineos en 1939, aún quedaron para contarlo.

Tengo delante, en el momento de escribir estas líneas, un mazo de viejas fotografías. El cadáver del jefe de la 15ª brigada de guerrilleros franceses, el español Miguel López, fusilado en Baradoux. Los vehículos blindados Madrid, Teruel, Belchite, Guadalajara y Don Quijote de la División Leclerc entrando en París. José Crespillo, piloto de la aviación soviética, derribado sobre Rusia en agosto de 1944. El capitán Dronne con dos oficiales españoles. Granell y Bernal, preparando el asalto a una central telefónica ocupada por los alemanes. Los legionarios Salvador Gutiérrez y Manuel Sánchez, que sonríen a la cámara horas antes de morir en la toma de Colmar. Tres guerrilleros, dos soviéticos y uno español, del destacamento Medvédev. Américo Brizuela y Facundo López, partisanos españoles muertos en el combate del río Drave, en Yugoslavia. Y dos anónimos guerrilleros españoles con armas capturadas a los alemanes, arrastrando una bandera nazi por las calles de Annecy.

No hay nada glorioso en la guerra. Sólo dolor, sangre y mierda. Los monumentos y los homenajes y las banderas y las fanfarrias los barajan aquellos hijos de puta que nunca estuvieron en un agujero lleno de barro, con el miedo en los ojos y la boca seca, ni jamás tuvieron que salir de allí para correr ladera arriba en nombre de vaya usted a saber qué, con la metralla zumbando por todas partes, cuando no te importa ni el lugar de dónde vienes ni el lugar adonde vas, y sólo ansias correr, y correr, y correr hasta que todo termine de una puñetera vez. Pero, incluso sabiendo todo esto, cuando repaso las fotos de esos fulanos bajitos, morenos, mal afeitados, que me miran desde el papel amarillento y la distancia de cincuenta años, no puedo evitar un estremecimiento, y que me venga a la boca una sonrisa agridulce, quizá tierna. Una sonrisa instintiva, de orgullo solidario. A fin de cuentas eran mis paisanos, y no se dejaron degollar por ahí afuera como borregos. Estaban solos, abandonados, fugitivos, nadie daba un duro por ellos, y España y el resto del mundo miraban hacia otro lado. Ya no tenían ningún sitio adonde ir, así que se quedaron de pie y pelearon. Con la colilla en la boca y un par de cojones.

30 de abril de 1995

domingo, 23 de abril de 1995

Patatas


Total. Que el otro día fui a hacer la compra, y me cobraron cuatrocientas y pico por tres kilos de patatas. Y entonces recordé, hace un par de años, a grupos de agricultores españoles regalando tubérculos en las carreteras porque a ellos se las pagaban a duro el kilo, Naturalmente, dejaron de plantar patatas y cultivaron coles de Bruselas, marihuana en macetas o se fueron a las oficinas del INEM. El caso es que ahora no hay patatas. Y las que hay cuestan un ojo de la cara, porque son raras como pepitas de oro o las traen, yo qué sé, de la Mongolia Citerior.

Vaya por delante que no tengo la más remota idea de agricultura o de economía, salvo que las plantas crecen hacia arriba (no todas, creo) y que un fantasma recorrió Europa hasta que el fantasma se volvió tan canalla como los demás, o le pegaron dos tiros. Pero en su indigencia técnica, el arriba firmante cree que durante toda la vida (me refiero a los últimos quince o veinte siglos) el agricultor siempre anduvo plantando lo que estimó conveniente. Después se equivocaba o no, y pagaba el precio de su error unido al ya terrible precio de la sequía, el pedrisco, los recaudadores del rey y demás gajes del oficio. Pero era él quien se equivocaba. Ahora resulta que quien siembra tomates en Mazarrón, por ejemplo, tiene que sembrar exactamente treinta y siete matas un año sí y dos no, aunque sus hijos tengan que ir al cole y comer caliente, porque a unos fulanos en Bruselas les sale esa cuota del disco duro.

Insisto en que toda mi ciencia económica se queda en las tres reglas -hay otra, la de multiplicar, pero ésa los españoles la usamos poco-. Así que en esto resulto muy analfabeto, casi primitivo flamenco. Por eso agradecería que alguien experto en macroeconomía y en parámetros, o como se diga, me lo explicara despacito. Porque habrá sin duda muy poderosas razones para que yo haya pasado media vida oyendo que los españoles teníamos que matar vacas, cerrar los altos hornos tal y las factorías cual, arrancar nuestras vides, desguazar los pesqueros, renunciar a los contratos de trabajo estables, costearnos pensiones de jubilación, seguros de enfermedad alternativos, y pagar unos impuestos de la madre que los parió. Una vez hecho todo eso, los alemanes nos iban a invitar a cerveza gratis, los franceses dejarían de quemarnos camiones y los ingleses nos darían besos a tornillo poniéndose esos ligueros negros de encaje con los que, de vez en cuando, encuentra Scotland Yard asesinados a sus ministros y jueces y gente respetable de Oxford.

Y ahora resulta que no. Que hemos matado las vacas, arrancado las vides y todo lo demás (también hemos plantado girasoles en todas partes; que no sé si tendrá que ver, pero ya aborrezco hasta los de Van Gogh) y ahora comemos filetes de ternera normanda, freímos huevos peruanos importados por Bélgica, conducimos coches franceses con piezas fabricadas en Taiwan, exportamos caballa moruna pescada por Greda, y hasta echamos una cana al aire, quien la echa, con lumis ucranianas que traen proxenetas alemanes, Además estamos en Schengen, sin fronteras interiores, y eso facilita la movilidad de las personas y las mercancías facilita, por ejemplo, que las mafias húngaras que sobornan a aduaneros austríacos puedan traernos heroína en los camiones TIR sin más problemas, y que los traficantes de arte puedan llevarse a Londres o Rotterdam ese retablo barroco o ese Goya al que tienen sentenciado hace años. Pero ojo. Que a mi vecina no se le ocurra plantar una hierbecita de albahaca más de la cuenta en la terraza de su casa, porque entonces cualquier mamporrero comunitario, o cualquier canadiense con redaños y mala leche, le dirá oiga usted, señora, que se está pasando. Y la CEU, y la OTAN, y su puta madre, mirando mientras hacia otro lado ante la sonrisa inalterable del ministro Solana, siempre dispuesto a defendernos con el coraje de un tigre de Bengala.

No me cabe duda de que todo eso tiene una explicación, porque es imposible que nuestra vida haya estado en manos de imbéciles y/o cobardes durante tanto tiempo. Lo que creo es que están tan ocupados luchando contra la corrupción y afianzando la democracia con firme pulso e impasible el ademán, que no tienen tiempo para explicar nada. Y lo comprendo. Pero que ellos también comprendan que me impaciento. Veo que se van a ir de un momento a otro, con prisas y de mala manera, y me preocupa quedarme con tantas dudas; sobre todo porque tampoco lo tengo claro con ese gachó (¡mienteustésornzález!) que viene de relevo. Quizá el último, el que se quede a apagar la luz. Si es que alguien apaga la luz.

23 de abril de 1995

lunes, 17 de abril de 1995

Muerto en intento de fuga


Tengo un amigo que es funcionario de prisiones, o sea, boquera del talego. Y un día, hace algún tiempo, me invitó a tomar un café y puso encima de la mesa un paquete de viejas fichas de cartulina de los años cuarenta.

-Échate un vistazo a esto- me dijo.

Y se lo eché.

Resulta que mi amigo había estado clasificando antiguos archivos carcelarios de los años siguientes a la guerra civil, de prisiones que ya no existían y cosas así, y a la hora de mirar los legajos procedentes de la antigua cárcel de Talavera se había encontrado con algo curioso. Fui pasando fichas, una tras otra. Siempre un nombre, profesión y demás datos, y acto seguido: Muerto en intento de fuga. Seguí mirando fichas, y todas terminaban con la misma coletilla: Muerto en intento de fuga. Había treinta o cuarenta, y todas terminaban igual. Lo extraño es que la fecha siempre era la misma, que lamento no recordar con exactitud. Un día de otoño, me parece, del año 42. Mi compadre el boqui me observaba muy serio:

-Ese día se quiso escapar demasiada gente, ¿no?

Miré las profesiones. Casi todos eran campesinos, obreros, gente muy humilde, con largas condenas o cadenas perpetuas por su actuación en la guerra civil. Había tres fichas con el mismo apellido, hermanos, supongo, de profesión jornaleros. Otro que recuerdo bien porque me llamó la atención el oficio que figuraba en la ficha: aprendiz alpargatero. Justo ese tipo de infelices que nunca tiene quien le eche una mano, ni hable con el jefe local de falange o el coronel amigo de la familia, o cosas así. Anónimos don nadies sin pena ni gloria. Algunos eran muy jóvenes, y tampoco faltaba la gente mayor, labradores y peones con cincuenta o más años. En algunos de los motivos de prisión figuraba haber sido militantes socialistas, comunistas o anarquistas, aunque la mayor parte de las veces sólo se registraba su participación en tal o cual hecho. Ninguno de los cargos era extraordinario, ni vi delitos de sangre. Supongo que ese tipo de presos ya estaban fusilados a tales alturas del año triunfal.

De aquellos infortunados fuguistas y sus atrocidades, recuerdo especialmente a uno: participó en la quema de una imagen sagrada. En el apartado profesión no figuraba nada, su origen era extremeño y andaba por los cuarenta años. La ficha llevaba grapado un papel que le habían hecho firmar a su viuda cuando fue a visitarlo y le dijeron que su marido estaba muerto.

El café me supo amargo, como a menudo le sabe a uno el café cuando hurga en los rincones más sombríos de este país desgraciado, donde durante siglos y siglos tanta pobre gente se ha estado fugando de cuarenta en cuarenta. Miraba nombres e imaginaba rostros quemados por el sol y arrugados de miseria, sin afeitar, con el miedo y la resignación que a un hombre, acostumbrado a sufrir desde que nace, se le pone en los ojos cuando mira el cañón negro de un máuser. Después, mi amigo reordenó el mazo de fichas y se lo metió en el bolsillo.

-¿Qué vas a hacer con eso? -pregunté.

-Nada -se encogía de hombros-. Devolverlo a su sitio, supongo. Intentar olvidarlo.

-Pero alguien firmó esas órdenes -protestó mi viejo instinto de periodista-. Detrás de cada una de esas fichas hay una mesa de despacho, un escritorio, un asesino. Igual anda todavía por ahí, viejecito honorable, flaco de memoria.

Mi amigo el boqui se echó a reír:

-No seas idiota. Los asesinos somos tú y yo. Es este país. Somos todos nosotros.

Después cogió sus fichas y se fue, y me dejó sabiendo cosas que habría preferido no saber. Cada uno tiene sus propios agujeros negros, sus personales fantasmas que vienen de noche a tirarle de los pies; y a partir de cierto momento, maldita la falta que hace aumentar el peso de la mochila. En cuanto al boqui, nos hemos visto en alguna ocasión después de aquello, y nunca volvimos a mencionar el tema. Pero por su culpa, en esos ratos que te quedas mucho tiempo despierto en la oscuridad, veo ahora a veces el rostro de un aprendiz de alpargatero, o el de un pobre hombre sin oficio que quemó una imagen sagrada cuando la República, o el de una viuda obligada a firmar el expediente de su marido muerto, o las sombras de treinta o cuarenta infelices a los que alguien, hace cuarenta y tres años,decidió aplicar silenciosamente la ley de fugas, en Talavera.

Y nunca le perdonaré a mi amigo haber unido sus fantasmas a los míos.

16 de abril de 1995

lunes, 10 de abril de 1995

Siempre nos quedará París


Hoy le toca a la dulce Frans. Hace un par de semanas se celebró el Salón del Libro de París, que este año los gabachos tuvieron el detalle de dedicar a España, y por allí anduvo una veintena larga de nombres de la vida literaria española, más o menos traducidos al francés. Esos días era posible encontrarse, por ejemplo, a mi vecino de página Javier Marías cogiendo un taxi en el bulevar Saint Michel, a Arrabal y Nieva discutiendo de teatro en la Puerta de Versailes, a José Luis Sampedro con su osamenta quijotesca en las librerías de Montparnasse, a Vázquez Montalbán en cualquier restaurante de la orilla izquierda, o a Antonio Muñoz Molina y al arriba firmante paseando bajo la lluvia por el Luxemburgo, en peregrinación hasta la Closerie des Lilas para rezarle un padrenuestro imaginario a la estatua de don Miguelito Ney, el bravo entre los bravos, fusilado después de aquella metida de gamba de Walerloo.

Y como los franchutes esto de la cultura se lo toman en serio, pues la verdad es que se volcaron en el asunto. Hubo especiales de las revistas literarias, interés de la prensa y la tele, entrevistas y cosas así. Lo curioso es que un salón que es el más importante de Europa después de Francfort, con España como ojito derecho -son lo que son para sus cosas los franceses-, haya tenido escasa repercusión en los medios informativos de aquí, salvo honrosas excepciones entre las que se contó Canal Plus. Tenía su guasa ver por allí a televisiones francesas, alemanas y suecas, y que los españoles estuviésemos todo el día largando en los telejournales o como se llamen, mientras que a la TVE, que tiene corresponsalía en París, rué de Courcelles, nadie la vio ni de lejos. Claro que a lo mejor también estaban en Sevilla, movilizados con lo de la infanta.

Y en cuanto a la embajada de España, qué les voy a contar. Ni al agregado cultural ni al embajador se les ocurrió, no digo ya decir hola buenas, sino mandar una botella de vino. Tampoco es que nadie necesite que la gente del ministro Solana le pague una copa, pues el que más y el que menos puede rascarse el bolsillo para un Beaujolais en cualquier tasca parisina. Yo me refería a la cosa del detalle, habiendo allí gente de respeto, con canas, como Sampedro o Nieva. Como anécdota, contarles que a Fernando Arrabal y señora no les pasaron invitación, y estaban haciendo cola en taquilla cuando un responsable del salón los reconoció -«momieur Aggabal, ¡nais c'est terrible, quesqtíevufé id, mondieu»- y se hizo cargo de lui. O sea que, resumiendo, los de la embajada de España en París quedaron como unos guarros. Dicho sea con ánimo de ofender.

Porque los franchutes son como son, o sea, muy suyos de vez en cuando; y en las entrevistas siempre sacan a relucir el olé-olé y te preguntan cómo pudimos aguantar a Franco cuarenta años (el arriba firmante siempre responde que igual que ellos cinco a los alemanes, con la policía de Vichy deportando judíos). Pero hay que hacerles justicia: cuando está de por medio la palabra Cultura, siempre la pronuncian así, con mayúscula. Quizá por eso, incluso en un país donde el taxista que te trae del aeropuerto es vietnamita, el camarero que te atiende es magrebí y el gendarme que te detiene es camerunés, la gente (y eso incluye al taxista, al camarero y al gendarme) sigue hablándose de usted. En Francia, cultura es sinónimo de patrimonio nacional; y eso incluye literaturas extranjeras, adoptadas como propias a partir del momento en que se traducen al francés. Aquélla es una república donde ni siquiera la infame pirámide de cristal que Mitterrand le endilgó al Louvre pudo impedir que a ese museo siga llamándosele, con orgullo, La Maison du Roí. Un país donde todos tienen muy claro qué es el arte de toda la vida y qué es la farfolla, y donde un crítico habla de libros que ha leído, a la luz de otros que también ha leído, en vez de sentar doctrina a base de ojear solapas con un bagaje literario que no va más allá de Mortimer el minimalista de Arkansas y la madre que lo parió. Porque hay cosas muy serias que no se improvisan; y entre ellas, la cultura entendida como palabra escrita o hablada, el arte como huella de la historia en común y la memoria, son el cimiento verdadero de lo que se entiende como patria; y no algo coyuntural a repartirse entre buitres, analfabetos locos por epatar al prójimo, y sopladores de vidrio. O de diseño.

A veces uno se pregunta si no terminará de viejecito exiliado, paseando en invierno por la orilla del Sena con boina, abrigo zurcido y un viejo libro en el bolsillo. Porque a los españoles, cuando todo se va al carajo, siempre nos queda París.

9 de abril de 1995

domingo, 2 de abril de 1995

Sobre actores y actrices


Si no van nunca al teatro, ustedes se lo pierden. El arriba firmante estuvo el otro día viendo con un amigo Don Gil de las calzas verdes, dirigido por Marsillach con una docena larga de miembros de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Es un montaje delicioso, Heno de humor y de talento, en torno a uno de los más divertidos enredos de Tirso de Molina; hasta el punto de que, en varios momentos de la obra, todo el público reíamos a carcajadas. Es una lástima que en este país nuestro los teatros no se vean muy frecuentados, pues nada es tan fascinante y acogedor como una buena representación sobre un escenario, con la penumbra del patio de butacas y el decorado iluminado, las entradas y salidas, y el encanto mágico, casi infantil, de asistir a una trama que se desarrolla en vivo, ante tus ojos.

El culpable es la ignorancia, supongo. Imagino que el miedo a toparse con un plomazo aburrido, que los hay, mantiene a muchos de nosotros lejos de un patio de butacas o de un palco en familia. Y del mismo modo que en el cine y en la literatura, en el teatro hay nombres y apellidos culpables de los polvos que trajeron estos lodos. Me vienen a. la cabeza unos cuantos, entre toda la tropa de caraduras y trileros empeñados en identificar profundidad con aburrimiento, disfrazando con retórica, y oscuridad, y mucho trascendente marear la perdiz, el hecho de no tener nada que decir, y sin embargo, volviendo al escenario, cuando una obra teatral está hecha con inteligencia, ir a ella supone siempre un rato agradable. Por eso, aquella noche, el perfecto montaje del Don Gil hizo aún más intenso ese placer. Después, al terminar la función, mi amigo estuvo dándole vueltas al café hasta que se volvió de pronto y dijo: «¿Te has dado cuenta de que, incluidos los jóvenes, todos los actores eran buenos?».

Y es que ésa es otra. Porque hablamos de la crisis del cine español; pero resulta que, salvo una docena de honrosísimas excepciones, la mayor parte de nuestros buenos actores hacen teatro, hacen doblaje o no hacen nada. En el cine y en la tele, como mucho, les caen papeles secundarios. ¿No les suena sospechoso que los actores extranjeros de una película doblada al español parezcan mejores, más creíbles, que buena parte de los españoles que hablan en su lengua original? ¿Y no es igual de sospechoso que tantas películas españolas ganen una barbaridad en su versión doblada para el extranjero? O sea. Convendrán conmigo en que es como para mosquearse.

En otros lugares, un actor es alguien especializado en teatro o en cine, pero a menudo intercambiable. Estrellas de la pantalla llenan salas de teatro, y viceversa. Mas resulta que en España, no. Aquí el divorcio es total. Y lo es, entre otras, por una razón miserable: un actor de verdad, de pata negra, hecho con estudio, esfuerzo y experiencia, es un profesional que debe ser pagado como Dios manda, y además no acepta cualquier cosa, y no tiene por qué andar tomándose copas en bares de diseño con los amiguetes para que le den cuartel, pues su talento debería bastar, en principio, como aval de su vida profesional.

Pero ya ven. En este reino de la improvisación y la chapuza, donde todo vale para cualquier cosa, cualquier tetona de concurso televisivo, cualquier mozo con cara simpática, cualquier niña guapita que pasa por ahí, se autocalifica como actor o actriz y además la gente hace como que se lo traga. Y los productores, encantados; porque les sale más barato y así contratan a tres por el precio de uno. Al final, lo de menos es la credibilidad, la modulación, la voz, el gesto, el cómo decir la cosas para que la ficción parezca realidad y nos conduzca al mundo mágico de lo imaginado hasta hacerlo más real que la vida misma. Un compadre mío, Antonio Cardenal, produjo hace poco una película muy divertida que ha sido un éxito y me alegro; porque el guión, ingenioso y bien desarrollado, consigue hacer olvidar la infame actuación de una primera y primeriza joven actriz -trasplantada de un concurso de la tele- que está tremenda, eso sí; pero que supone la negación absoluta de la palabra interpretar ante una cámara.

En fin. Valgan estas líneas como saludo y homenaje a todos ellos. A esos actores de verdad que desaparecen, o se refugian en el teatro ignorados por el gran público, o malviven en las comedias de la tele y en el cine dando la réplica a personajes protagonistas encarnados por niñatos y fantasmas cuyo papel, en otro tiempo, no habría ido más allá de decir: «La cena está servida». Eso, en el caso improbable de que alguien les hubiera permitido abrir la boca.

2 de abril de 1995

domingo, 26 de marzo de 1995

Una de infantas


Lo malo de esta página de El Semanal es que debes teclearla dos o tres semanas antes de que se publique, y nunca sabes qué diablos puede haber pasado entre una cosa y otra, imagínense que uno va y dice, por ejemplo, que el Titanic es un barco insumergible, estupendo, de pata negra, y el domingo correspondiente el comentario sale junto a la noticia de que el Titanic se ha ido a pique con mil quinientos pasajeros. Esto viene a cuento porque hoy -quiero decir hace tres semanas- la infama Elena todavía es soltera; pero cuando esto se publique, o sea, el domingo 26 de marzo, y a menos que en la catedral de Sevilla alguien se haya levantado a decir que tiene un impedimento -que no creo-, o que hayan proclamado la III República, la infanta Elena y Jaime Marichalar serán, presumo, marido y mujer amén de duques de Lugo.

Vaya por delante que a uno le gusta que se casen las infantas, si les apetece; porque las infantas son gente educada, que sabe estar, y además son unas señoras, y no como otras principitas aficionadas que yo me sé, chocholocos que terminan liándose con macrós de discoteca y con guardaespaldas. Y en el improbable caso de que las infantas de España no fueran como son, tampoco encontraría nada objetable a que se casaran a su aire, por la iglesia, por lo civil o por el rito malayo, si tal fuera su gusto. Esto puede parecer una perogrullada, pero conviene matizarlo en vista de la cantidad de opiniones, debates, comentarios, juicios y chorradas que desde el anuncio de la boda nos ha venido endilgando el personal que vive de darle a la mojarra en la radio, en la tele y en la letra impresa. Pero el premio a la guipo-Hez nupcial se lo lleva cierto comentarista que, al anunciar su retransmisión de la boda, lo hizo matizando que procuraría hacer un trabajo profesional y objetivo, incluyendo todas las opiniones, a favor y en contra.

Y es que este país es la teche, que comentaba el otro día, entre caña y caña, mi compadre el novelista andaluz Antonio Hernández (el de Sangrefría y Nana para dormir francesas, que el día que encuentre un editor como Dios manda se va a forrar). Ahora resulta que la objetividad consiste en buscar a quien le ponga pegas a que una infanta de España se case, y además de blanco y en la catedral de Sevilla, y llevarlo a su programa para que lo diga. Así todo queda más equilibrado, más compensadlo, y a uno no lo acusan de monárquico o de vayaustéasaber, en este patio de Monipodio donde todo el mundo le tiene tanto miedo a las etiquetas y al qué van a decir, cielos, si me ven con esta pinta.

Pero lo grave del asunto no es que haya idiotas de ese calibre; sino que, seguro, encuentran contertulios dispuestos a asumir alegremente el papel. Algo así como desde mi punto de vista me parece excesivo lo de la catedral, oiga, en estos tiempos de crisis, la casa real debería dar ejemplo de austeridad: una cosita en plan Rocío Jurado y Ortega Cano, como mucho. O un gesto solidario con el pueblo: una parroquia marginal, con el cura en zapatillas de deporte bajo la sotana. Porque los Reales Alcázares son un despilfarro, y más con Roldan y el Gal y todo eso. Además, sé de buena tinta que ella de quien estuvo enamorada fue del príncipe de Bel Air. Y el traje de novia es discutible, porque ha costado una pasta con la que se podrían construir escuelas en Las Hurdes. Además, a quién se le ocurre casarse en España en estas fechas, o en este siglo. Y a todo esto, con la hípica ya se sabe: ¿consta que ella sea virgen?

Decía Loewenstein, me parece, que el análisis del hecho termina por destruir el concepto. Aquel fulano, que era un economista serio, se refería, lógicamente, al análisis serio, científico, con argumentos de rigor en la mano. Imagínense entonces lo que va a quedar de los hechos y de los conceptos en esta pobre España, donde además de la tierra quemada que nos está dejando toda esta cuerda de picaros y de mangantes, cualquier imbécil o cualquier analfabeto con acceso a firma, cámara o micrófono, tiene cuajo suficiente para pontificar sobre lo divino y lo humano con una frivolidad y un aplomo que dan escalofríos. Aquí pegas una patada en el suelo y te salen de bajo la alfombra veinte líderes de opinión expertos en derecho internacional, politólogos, licenciados en antiterrorismo, censores de las monarquías, magos de las finanzas, críticos de fino paladar sobre cine, televisión, arte y literatura, dispuestos a puntualizar muy serios, y como quien no dice todo lo que sabe, si las infantas deben casarse de organdí, raso o tul ilusión, en la catedral de Sevilla o en el 13 de la rue del Percebe. Hay que joderse.

26 de marzo de 1995

domingo, 19 de marzo de 1995

La dama y el chivato


Uno ignora a menudo qué abismos de abyección esconde en el fondo de su alma. El arriba firmante, sin ir más lejos, odia a los delatores y los chivatos desde que, en el colegio, cierto hermano marista los premiaba con palmaditas en el culo y con el privilegio de asignarles la hucha más codiciada -la del negro- el día del Domund. Después, con el tiempo, el marista prevaricador se fue al seno de Abraham, y al chivato tuve ocasión de romperle la cara años más tarde, ya crecidito, so pretexto de un guateque, dos copas y una tal Maripepa. Pero me quedó el trauma. Sin ir más lejos, a Víctor MacLaglen, que me caía de maravilla porque era cuñado de John Wayne en El hombre tranquilo y sargento chusquero de plantilla en las películas del Oeste, lo odié profundamente cuando se berreó del IRA en blanco y negro por culpa de John Ford.

Pero ya ven lo que son las cosas. Nadie puede decir de este trinaranjus no beberé, ni a mí Madonna ni fú ni fá. El otro día, por primera vez en mi vida, denuncié a alguien. Era una de esas mañanas de tráfico madrileño en las que uno invierte cosa de hora y media en cruzar los bulevares, de semáforo en semáforo, primera-punto muerto, primera-punto muerto, etcétera. En ésas estaba, entre frenazo y frenazo, atento a dejar buena distancia con el vehículo que me precedía -cuyas pegatinas afirmaban llevar un bebé a bordo y que Asturias es la leche- cuando miré por el retrovisor y la vi. Era una señora de mediana edad, bien vestida, al volante de un coche grande, alemán, vistoso. Conducía con la mano derecha, mientras con la izquierda sostenía pegado a la oreja un teléfono portátil, celular, inalámbrico o como diablos se llamen, con el que mantenía intenso monólogo, Atenta más a la conversación que al tráfico, frenaba de pronto, para sobresalto de quien esto escribe, a escasos milímetros de mi parachoques trasero. La veía venir una y otra vez, dale que dale a la chachara, y en cada ocasión yo cerraba los ojos y apoyaba el cuello en el reposacabezas, diciéndome: ahora me la pega, ahora me la pega. Al cabo de un rato y de quince o veinte frenazos de la dama, yo tenía los nervios hechos polvo. Si en vez de marujona con BMW aquella individua hubiera sido artillero serbio, los bosnios se habrían rendido en Sarajevo hace la pila de tiempo, era demasiada tensión para el cuerpo.

Total. Que varios frenazos después, a pesar de mis intentos por cambiar de fila y quitármela de encima, seguía con la señora del teléfono pegada a mi parachoques con la contumacia de un Spitfire a la cola de un Heinkel durante la batalla de Inglaterra. V por fin me dio. Nada serio, es cierto. Sólo un toquecillo tipo capón, tac, sin consecuencias salvo para mi estado de nervios, que ya me salían de la piel doblándose por las puntas. Me volví a mirarla, pero ella se mantuvo imperturbable, charla qué charla. Y entonces vi que en la mano izquierda, la del volante, llevaba también un cigarrillo encendido.

Había un guardia mirando. Uno de esos uniformados que el alcalde Álvarez del Manzano tiene en las calles de Madrid para caotizar el tráfico cuando vienen a manifestarse los ovejeros extremeños o las cooperativas corchotaponeras de Villagarcía del Rebollo. Y si digo mirando quiero decir exactamente eso; mirando, como si nada de todo aquello fuera con él. Entonces, al llegar a su altura, no pude aguantarme más y franqueé, lo confieso, el límite que convierte al hombre íntegro en despreciable chivato. Como si yo fuese un alemán o un inglés cualquiera, dije algo así como verá usted, señor guardia, esa individua de atrás, o sea. Tengo entendido que hablar por teléfono mientras se conduce, en fin. ¿No hay nada que usted pueda hacer al respecto?

Lo que hizo, en efecto, el agente de la autoridad, fue sonreírme como si yo fuese idiota. Después miró al soslayo, fuese y no hubo nada; con lo que amén de abyecta, mi delación resultó inútil. Y mientras, la otra, a la que debió de parecerle que hablábamos de ella, sacaba la cabeza por la ventanilla, curiosa, sin dejar de hablar por el teléfono. Y como los coches arrancaron y yo me había quedado viendo irse al guardia con la boca abierta, aún me dio la torda un bocinazo, oprimiendo el claxon con lo único que tenía libre -el codo- para que espabilase.

Pero me vengaré. Pienso comprar un plátano y plantarme en la calle junto a cada capullo de los que encuentre caminando con el celular pegado a la oreja. No me esperes a cenar, le gritaré al plátano. Y después, muy serio, le diré al fulano que estoy hablando con Claudia Schiffer.

19 de marzo de 1995

domingo, 12 de marzo de 1995

Sobre toros y niños


Qué bonito y qué entrañable. La Asamblea Regional de Madrid anduvo debatiendo estos días una propuesta -de Izquierda Unida, me parece recordar- para que se prohíba, por ley, la presencia de menores de 14 años en las corridas de toros. Por supuesto, el asunto no tardó en convertirse en motivo de dimes y diretes y mienteustés. Así que cuando por fin se tome la resolución pertinente, que igual la han tomado ya, lo de menos habrán sido los intereses de los tiernos infantes y la cosa del trauma, sino más bien utilizar la proposición para hacer la púnela a los parlamentarios de la otra escudería, Y si además los niños van o no van a los toros, oye, pues vale, pues me alegro. Porque en esto de la esgrima política -quizá esgrimir sea demasiado elegante, ahora que lo pienso- nuestros prohombres y promujeres electos suelen plantearse el asunto más en términos de partido de fútbol que de otra cosa, «Les hemos metido otro gol», dicen, cuando aprueban o paralizan algo; como si lo importante fuera el marcador, y no el carácter de las pelotas.

Y es que eso de que los niños no vayan a los toros está muy bien. Podrían quedar traumatizados, como cuando se les regalan juguetes bélicos que los transmutan de inocentes criaturas en abyectos criminales, o sus papas los torturan salvajemente dándoles collejas. Así, prohibiéndoles los toros, se obliga a los padres a mantenerlos lejos de ese espectáculo sangriento, de esa España atrasada, esperpéntica, negra -me niego a poner esa chorrez de España prefinida que tanto les gusta a los faulknerianos y a ciertos sopladores de vidrio-, y podrán dedicar más tiempo a ser mejores personas y ciudadanos de provecho. Podrán, sin ir más lejos, tomar como modelos a los padres de la patria que cada día, sin distinciones de partido ni condición, nos edifican con su ejemplo, con su responsabilidad y con su culto verbo. O sentarse junto a sus papas, en familia, a ver a Isabel Gemio tartamudeando mientras le sonsaca a una pobre analfabeta cómo se lo hace al legítimo. O a citarse con la vida, con ese soplo de aire fresco que son Nieves Herrero y sus mariachis. O a enterarse de una vez de quien sabe qué, dónde, o cuando, según y cómo, y que a su Mariano, señora, lo vi yo hace dos meses en un bingo de Valencia. Que eso sí es moral, no traumatiza en absoluto, y cría nenes solidarios y de pata negra.

Bueno, iba a seguir así un folio más, en este plan, pero lo cierto es que mientras le doy a la tecla estoy empezado a cabrearme. Porque es inaudita la cantidad de tontería que te sirven con el café en este país. Algunos deben de tener mucho tiempo libre para perderlo en semejantes debates, sobre todo conociendo las dosis enormes de sangre, de violencia, de ejercicio canalla de la condición humana que los niños encajan a diario. Algo a cuyo lado las corridas de toros son el colmo del refinamiento, el buen gusto y la gloria de mi madre. Porque Jesulín de Ubrique es un cruce de Santa Gema Galgani y Luchino Visconti, comparado con algún elemento de los que ilustran las calles, las sesiones de tarde, los dibujos animados, el telediario o la primera página de los periódicos.

Uno de los recuerdos más nítidos y hermosos que tengo de mi infancia corresponde a tardes de toros, cuando mi abuelo, vestido de negro, con la cadena de oro del reloj sobre el chaleco, el sombrero y un cigarro en el bolsillo de la chaqueta, me llevaba de la mano hacia la plaza con la gente caminando detrás de las mulillas, envueltos en la música del pasodoble que tocaba la banda. Aquella luz, aquellos colores, el drama que se desarrollaba ante mis ojos en la arena, eran una lección fascinante de vida y muerte para los sentidos de un crío cuyos ojos descubrían el mundo. Era terrible, hermoso y trágico a la vez. Es decir: era vida. Vida de la que no te hace mejor ni peor, sino más lúcido. Y ahora resulta que quienes se pasan el tiempo decidiendo por mí lo que tengo que ver, que escribir que leer, que comer y que votar, pretenden quitarme, al niño que pude ser hoy, ese recuerdo-aprendizaje del que aprendí, sobre mi país y mi propia historia, más que de toda la demagogia barata que me ha calzado, a posteriori, tanto mercachifle de la patria.

En cuanto a otros respetables puntos de vista, cuando Carlota, que tiene once años, ve que pongo una corrida en la tele, ya se ocupa ella de decirme, hecha una fiera: «Papi, quita eso, porque es una vergüenza lo que le hacen al pobre toro». Y yo agacho las orejas y zapeo sin rechistar, porque buena es mi vástaga. Ella no necesita que ningún cantamañanas se ocupe de sus corridas de toros. Sabe cuidarse muy bien sola.

12 de marzo de 1995

domingo, 5 de marzo de 1995

Cuánto cuento


Válgame Dios. Hay como diez mil, no sé, presos preventivos en las cárceles españolas, donde los enchiqueran desde toda la vida durante meses y años hasta que a un juez se le ocurre preguntar qué pasa contigo. Y resulta que, de pronto, a los analistas y a los tertulianos y a los líderes de opinión y a los políticos y a todo Cristo le da ahora por decir que si tal y que si cual, y que a ver si esto de la cárcel preventiva es un abuso, oiga. Al arriba firmante las tomas de conciencia siempre le parecen bien, por aquello de más vale tarde que nunca. Pero me mosquea, sin embargo, que el debate surja precisamente cuando está pasando por el talego tanto mangui de cuello blanco, o sea, gente con viruta afiliada al Club de los Favores Mutuos. De esos a los que les pides setecientos mil millones de fianza para mañana a las once y, oye, los tíos van y los encuentran.

Porque digo yo. La cárcel preventiva se establece en España para dos clases de fulanos; los que son muy peligrosos si andan sueltos, como Violadores recalcitrantes, psicópatas, homicidas malos de verdad y gente así, y los que pueden escaquearse del largo brazo de la justicia. O sea, que la prisión preventiva puede hasta considerarse socialmente higiénica, porque evita que haya mucho cabroncete suelto. Lo que pasa es que el asunto hace agua por varias partes. En primer lugar, porque en este país la Justicia es más lenta que una película de Carlos Saura, y si Miguel de Cervantes hubiera sido preso preventivo en Alcalá Meco, en vez de un Quijote le habría dado tiempo a escribir tres. En cuanto a la segunda pega, bueno, qué quieren que les diga. A Roldan nadie le aplicó la prisión preventiva, cuando hasta la foca Peluso sabía que iba a tomar las de Villadiego de un momento a otro. A Conde sí se lo calzaron bien, pero hay que tener en cuenta que Conde era objetivo a liquidar tanto por el Gobierno como por el líder de la oposición, así que estaba cantado. Lo de Mariano Rubio, no me digan: cuatro días mal contados por el qué dirán, cuando a fin de cuentas lo suyo es todo un gobernador del Banco de España compadreando con sus colegas de la Biuti. Es Javier de la Rosa quien se ha comido más marrón; pero es que lo de aquí, el Atila del Tibidabo, era -nunca mejor dicho- de juzgado de guardia. Y total, han sido cuatro meses. Entonces uno va y piensa: mira tú qué casualidad. Ahora están desfilando los tiburones de cuello blanco, y los eficaces y profesionalísimos cerebros de aquella perfecta máquina de presunto terrorismo estatal presuntamente antiterrorista, que se llamó GAL como podía haberse llamado PGO (Pepe Gotera y Otilio), o TPSA (Todo por la Pasta S.A.). Y nadie excluye que la próxima ronda de preventivos, que puede ser larga, incluya a varios de los mireusté que aún circulan con coche oficial y escolta. Y resulta que justo ahora, con ese panorama, y con tanto juez arrepentido de cambiar su virginidad por un plato de lentejas -capten la bonita perífrasis- y dispuesto a que brille la luz de la Dura Lex Sed Lex (Duralex), va y se pone de moda eso de criticar por excesivas las medidas cautelares penitenciarias, o sea, el talego por todo el morro. Como si tocaran a degüello y todo el mundo procurara ablandarse el catre, por si las moscas.

Y claro. Uno no puede menos que acordarse de los colegas. De Luismi, por ejemplo, al que le rompieron el culo en la Modelo cuando con diecinueve años lo entalegaron preventivo por hacerse una tienda de embutidos. O del colega Ángel Ejarque, que es casi mi hermano y estuvo treinta años de su vida subiendo por la cara cada vez que a un madero se le ocurría decirle estás servido. O de Salva Gracia Segovia, mi tronco del Puerto de Santa María, que lleva más maco a cuestas, preventivo y del otro, que el conde de Montecristo. O de Olimpia, mi reclusa favorita del penal de Brieva. O del Llanero Solitario y la Colina del Cuervo, el Colao y su patada al juez aquel en los piños, y sus celdas de castigo; Lourdes la novia del mensaca, juanito y sus monos a solateras, las chicas de Onda Mujer de Carabanchel, y tanta otra gente que se ha comido sus preventivas, y se las seguirá comiendo sin que nadie los nombre en una tertulia de radio, ni se preocupe por si los meses o los años que se jalan antes de que les salga el juicio son muchos o pocos. Ni nadie les haga, a la entrada o a la salida del talego, ninguna puta foto. Creo que fueron dos viejos maestros, los periodistas Pepe Monerri y Zarco Avellaneda, quienes me contaron, hace años, que el único periódico censurado en Cartagena durante la guerra civil fue uno que tituló en primera página: Cuánto cuento y cuánta mierda. Pues eso mismo digo yo. Cuánto cuento y cuánta mierda.

5 de marzo de 1995

domingo, 26 de febrero de 1995

Menos mal que fue allí


Estas semanas pasadas estuve viendo en la tele cómo se les encharcaba el paisaje a los holandeses, ya saben, que si los ríos y los polders y demás, con el agua por el techo y el personal remando en la calle. Como en Venecia, pero más rubios y más cabreados. Y se admiraba uno de la disciplina y la formalidad con que allí encaraban el asunto: los de Protección Civil arriba y abajo con sus zodiacs recién hinchadas y sus walkie-talkies que funcionaban, los militares poniendo sacos de arena a diestro y siniestro, las zonas de peligro debidamente señalizadas, los decenas de miles de damnificados atendiendo las indicaciones de las autoridades, pendientes de la radio y la televisión para recibir instrucciones, en filas ordenadas para la ayuda correspondiente, etcétera. Por no hablar del impecable alojamiento en limpios albergues, colegios y gimnasios, cada niño salvado con su perrito y su hámster, y los voluntarios de la Cruz Roja tirándose al agua para rescatar a las gallinas que se llevaba la corriente. O sea, que les salió de cine.

Yo no sé si la gente en los países del norte de Europa es más solidaria, o disciplinada, o responsable, ni maldito lo que me importa. La verdad es que tienen que aburrirse horrores con tanta asepsia y tanta formalidad, con los policías ayudando a las ancianitas, los niños en bicicleta, los canales con semáforo, y las putas sindicadas y haciendo calceta detrás de los escaparates con visillos primorosos y la pegatina de Visa y American Express en la puerta, Pero de lo que sí estoy seguro es de que, en las crisis, el sistema les funciona como un reloj. Lo mismo para gasear judíos, es un suponer, cuando la cosa les llega por conducto jerárquico y con todas las pólizas correspondientes, que para fabricar Volvos y premios Nobel, ponerle el sol por las bravas al imperio de los Austrias, o para organizarse en los túneles del metro cuando a un general gringo se le ocurre carbonizar Dresde para el cumpleaños de su hijita Jenifer. Al final, como en Holanda, siempre es la disciplina y la eficacia lo que los salva. Fíjense si no, en el detalle de que, a pesar de tantos cientos de miles de desplazados y tanto desparrame, en las inundaciones sólo hubo un muerto, creo. Y de casualidad. Y ahora imagínenselo aquí.

O sea. Que de tanto sacar santos y vírgenes en rogativas para que llueva, resulta que se desborda el Ebro, o el Mar Menor, y se va todo a tomar por saco. No vean qué telediarios. La gente chapoteando para salvar el Ford Fiesta de la riada mientras en TVE el pobre Matías Prats Jr. asegura que tranquilos, no pasa nada, con las gotas de sudor cayéndole como puños. Y Carrascal, en la otra y a lo suyo, gritando inmersión, inmersión, y esto se veía venir desde que Franco era cabo.

Eso, en lo que se refiere a la tele.

Ahora, sobre el terreno, el agua llevándose todas las ovejas de Extremadura, los bomberos de Comisiones en huelga y los de UGT en plan borde por lo de la PSV, los walkies de la Guardia Civil con las pilas sulfatadas -la última contrata de pilas la negoció personalmente Roldan-, y los soldados insumisos diciéndole al general que en el barro se va a meter su puta madre. El ministro Borrell ahogándose porque nadie le avisa de que ya no hay puente, y se caen al río él, cuatro escoltas y los ochenta y cuatro periodistas que casualmente lo acompañan ese día, cuando acude a solidarizarse con los damnificados, A todo esto, Sabino en plena tajada sugiriendo que se moje el rey -no sé si captan mi astuto juego de palabras-. Nieves Herrero haciéndose cargo del asunto.

Radio Nacional de España abriendo los informativos con la grave situación en Chechenia. Aznar con flotador de patito -«no queremos señalar, etcétera»- mientras nada y guarda la ropa. El honorable Pujol asegurando, en subtítulos, que estas cosas ocurren cuando la opresión madrileña mantiene su bota claveteada en el cuello de las autonomías, y aprovechando para exigir -y obtener- la declaración de zona catastrófica para Cataluña aunque la inundación haya sido en Albacete. Y un mazo de manijas con mochos de fregar y botas de agua cortando el tráfico para decir que la culpa de que se haya ahogado su Manolo la tiene el PSOE, mientras preguntan si viene Lobatón, Felipe, dimite, el clima no te admite. O sea, una vergüenza. Además, siete mil quinientos muertos, sin contar los trescientos turistas que pasaban por allí buscando el sol de España. Las indemnizaciones podrían cobrarse algo después de las correspondientes a la presa de Tous, o sea, hacia el año 2039 después de Cristo. After Christ, para los palmados guiris,

Menos mal que fue en Holanda.

26 de febrero de 1995

domingo, 19 de febrero de 1995

La noche de autos


El tic tac del reloj sobre la mesilla de noche lo mantenía despierto. Inclinó un poco la cabeza sobre la almohada, lo necesario para escuchar la respiración pausada de la mujer que dormía a su lado, y después estuvo un largo rato muy quieto, con los ojos abiertos en la oscuridad. Contó hasta trescientos tic tacs, y luego oyó sonar, a lo lejos, dos campanadas en el reloj del ayuntamiento. Eran las dos de la madrugada y, salvo el latir del despertador y la respiración a su lado, en la almohada, el silencio de la casa era absoluto. Todos dormían.

Se incorporó despacio, con toda la cautela posible en su cuerpo limitado por la artritis, la fibrosis pulmonar, las goteras de setenta y cinco años largos. Setenta y seis en noviembre, si llegaba. Sintió el frío del suelo en la planta de los pies y buscó las zapatillas a tientas en la oscuridad. La tensión le hacía batir la sangre en los tímpanos como el parche de un tambor cuando, con un último esfuerzo, se levantó centímetro a centímetro de la cama. Crujió el somier mientras la mujer se removía, inquieta, y pronunciaba algunas frases ininteligibles. El permaneció así, inmóvil, angustiado, observando con ansiedad el bulto oscuro en la penumbra, hasta que la respiración de ella recobró el ritmo tranquilo. Sólo entonces avanzó unos pasos y, siempre a tientas, se puso la bata de felpa sobre el pijama. Después salió al pasillo y cerró la puerta.

Era jugársela, y lo sabía. Reflexiono una vez más sobre aquello con la espalda apoyada en la pared, sintiendo la opresión del costado, la aspereza de los pulmones, el dolor en las articulaciones. Pero ya no podía soportarlo más. Estaba harto de la presión a que se veía sometido día tras día; al límite de tanta recriminación absurda, de tanta incomprensión e intolerancia. Que si papá esto y que si papá lo otro. Que si en un hospital o un asilo tendría usted que verse, para saber lo que vale un peine. Etcétera. Unos nazis es lo que eran, desde el primero hasta el último. Desde su mujer hasta el cabrón de su hijo Manolo. Nazis sin consideración y sin conciencia.

Llevaba días meditando aquel plan. Y ahora que estaba a punto de ejecutarlo, sentía la excitación de los viejos tiempos, cuando él era joven, y el mundo era grande, y lleno de promesas, y todo era posible. Cuando la vejez no era sino un fantasma impreciso, distante. Cuando él aún era dueño de su destino, en vez de prisionero, como ahora, de la supuesta piedad filial, el pensamiento lo enardeció, y la taquicardia se le puso en ciento veinte. Había cruzado el Ebro con la 223 Brigada mixta, el agua por el pecho y los nacionales dando candela desde la otra orilla, con dos cojones. Y aún era un hombre de los que se visten por los pies. Un hombre libre.

Al pasar junto a las ventanas, la luz de la luna recortaba su silueta en el pasillo. Recorrió la casa en silencio, asomándose con cautela a sus habitaciones, echándoles un vistazo uno por uno. Al hijo mayor, la nuera, la otra hija, los canallicas de los nietos. Todos dormían a pierna suelta, ajenos a lo que estaba a punto de ocurrir. Sólo ante la cuna del más pequeño sintió vacilar un momento su determinación. Solían enarbolarlo como bandera a la hora del chantaje. Mire usted a su nieto, papá. Aunque sólo sea por él. Y era cierto. Le habría gustado verlo crecer, llevarlo de la mano e indicarle los escollos de la vida, la pleamar, la resaca final en la orilla de la soledad y del recuerdo. Pero ni siquiera por el nieto merecía la pena soportar aquello.

Se acercó a la cama del hijo mayor y durante un largo rato escuchó su respiración tranquila. Después, a tientas, fue hasta la percha donde estaba colgada su ropa. Al redoble de la sangre en los tímpanos se aceleró, semejante a cañonazos. Si alguien se despierta, pensó, estoy listo de papeles. Pero ya no podía volverse atrás. Alea facta est, que dijo aquel fulano en situación parecida. No se llega tan lejos para volverse atrás, así que introdujo la mano en los bolsillos de la chaqueta de su hijo, tanteando hasta dar con el tabaco y el mechero. Después se fue despacito, sin hacer ruido, a encerrarse en el cuarto de baño. Allí abrió la ventana y encendió un Ducados. Era su primer pitillo en un año. Aspiraba el humo lentamente, con deleite, preguntándose qué dirían los médicos, su mujer, sus hijos y la nuera, si pudieran verlo allí, fumándoselo ante el espejo, Entonces hizo una mueca burlona y sonrió, feliz. Que se fueran todos a la mierda.

19 de febrero de 1995