domingo, 25 de mayo de 1997

Revistas para la nena

A ciertas revistas de las llamadas juveniles, dedicadas sobre todo a chicas quinceañeras, les ha dado un toque de atención la autoridad competente, o sea, el Defensor del Menor, indicándoles que ya está bien de introducir en sus páginas pornografía encubierta para menores. Eso me parece de perlas, sobre todo a ver si terminan ya esas secciones en plan te invitamos a contarnos tu experiencia, cuéntanos tú misma cómo fue, etcétera, donde, entre una entrevista con Keanu Reeves y un reportaje sobre el tipo de bragas que hay que usar para parecerse a las Spice Girls, una supuesta Mariloli, o Vanesa, o como se llame, va y te cuenta con profusión de afotos cómo hay que hacérselo con el novio para que se quede tope guay y no te la pegue con tu mejor amiga; o cómo aquel día inolvidable Elisabet se enrolló con el chico que le gustaba, y éste, con mucha delicadeza y ternura aunque también era su primera vez, la hizo sentir un orgasmo de flipe. Sin olvidar, por supuesto, el preservativo que toda chica moderna y madura debe llevar en el bolso cuando sale de marcha un sábado por la noche.

A mí, francamente, eso de que no metan carnaza de contrabando en revistas que son leídas por menores me parece muy bien; sobre todo porque nadie cuenta que quienes escriben esas espontáneas confesiones y consejos entre coleguillas no suelen ser precisamente jovencitos, sino curtidos periodistos/as cuarentones que se ganan el jornal como pueden, y que lo mismo narran la primera experiencia sexual de Toñi con su maromo que te aconsejan sobre la manera de ligarte al chico que te gusta de la pandilla o el modo de conseguir que Nick, de los Backstreet Boys, te firme un autógrafo en una teta y alucines mogollón, tronca. Y a eso último es a lo que voy. Porque resulta que, orgasmos aparte, ese tipo de revistas contiene otra pornografía mucho más inmoral y abyecta; pero ésa no parece importarles tanto a quienes ponen el grito en el cielo ante la explicitez -o como cono se diga- del intercambio carnal.

A mí, la verdad, me parece mucho más grave que una revista para niñas entre los trece y los diecipocos años sugiera imitar a la fabulosa Geri, de las Spice, por su simpatía, su estilo sencillo y su ropa deportiva, o proponga realizar el sueño de tu vida ganando un concurso cuyo premio es pasar un día junto a Mark Owen, o te diga las marcas de ropa imprescindibles si quieres ser modelo, o te invite a compartir las profundas inquietudes culturales de No Doubt, o te cuente lo que según Damon, de los Blur, deberían hacer las chicas españolas para resultar más atractivas, o que un pretendido reportaje suministre consejos para engañar a tus padres y vestirte con ropa sexy en casa de una amiga antes de ir de copas, o te dé superideas fabulosas para que ese chico tímido se arranque de una vez, o para cortar con él e irte con su mejor amigo sin herirlo demasiado, etcétera. Y, bueno. Qué quieren que les diga. Todo eso me parece, aparte de una sarta de estupideces, una canallada como la copa de un pino.

Vayan y échenles un vistazo detenido a cualquiera de esas revistas que tienen sus hijas sobre la mesilla de noche, y verán cómo más de un progenitor se rila por la pata abajo. Sin ir más lejos, la revista para jovencitas más cara y considerada líder de sector entre las niñas pijas -revista cuyo nombre no cito aquí porque no me da la gana-, tenía estos titulares en su número de abril: Sexo. Ir o no ir al huerto (ellas te lo cuentan). Blur... están que se salen. Superideas para cambiar de look. Buscamos la modelo para chica de portada. Especial Spice Girls. Vístete igual; te transformamos en una de ellas. Y la guinda: Todo lo que tienes que hacer antes de los 20 (pillarte un cogorzón, pirarte de casa, fumar un cigarrillo, hacer pellas, copiar, enamorarte, engañarle, enrollarte con un tío que no te gusta, estar toda una noche de marcha, etcétera, etcétera)... ¿Cómo lo ven? Personalmente, y con ese panorama, me parece una descomunal chorrada que al Defensor del Menor y a las asociaciones de papis y al sursumcorda les preocupe más lo otro, o sea, que les digan a las chicas cómo conseguir un orgasmo con sus deditos cuando el mozo no sabe, no contesta. Porque hay cosas mucho más inmorales que el sexo. Y puestos a elegir, menos debe preocupar que la hija de uno se lo pase bien en la cama que verla convertirse en una perfecta gilipollas.

25 de mayo de 1997

domingo, 18 de mayo de 1997

Una lección de historia

Hace un par de años escribí en esta misma página que la visita a un antiguo campo de batalla puede ser mala o buena, según quién te guíe por él. Y que si dejamos a un lado la demagogia patriotera barata y la otra demagogia estúpida que se niega a aceptar que la Historia y la condición humana están llenas de tantas luces como ángulos en sombra, un lugar así puede convertirse, para las generaciones jóvenes, en una excelente escuela de lucidez y tolerancia. Lamentaba también en ese comentario que, mientras en otros lugares de Europa y América uno encuentra a menudo grupos de escolares recorriendo esos lugares históricos, en España no ocurra otro tanto. Aquí, generaciones de oportunistas con sotana, charreteras, escaño en el Parlamento o salón del trono en un palacio real, han conseguido, con su manipulación y su infamia, que los españoles nos avergoncemos de nuestro pasado. Nombres como Las Navas de Tolosa, el Jarama, los Arapiles o el cabo Trafalgar, no son más que paisajes comunes entre muchos cientos de sitios olvidados. Y con ellos hemos perdido, también, las lecciones a veces hermosas y siempre terribles que quienes allí yacen nos dejaron al pelear en nombre de un deber, un ideal, o simplemente porque no tenían más remedio y era obligado estar en ese sitio y no en otra parte.

Tal era mi queja: el olvido y la orfandad suicida a que condenamos nuestra memoria. Pero, tras la publicación de aquello, recibí una puntualización del ayuntamiento de un pueblecito extremeño. Aquí no hemos olvidado, decían. El lugar se llama la Albuera. Y allí, en efecto, el 16 de mayo de 1811 y en plena guerra de la Independencia, 30.000 españoles, ingleses y portugueses, mandados por los generales Beresford y Castaños, avanzaron entre la lluvia y la niebla para situarse ante 20.000 franceses que, dirigidos por el mariscal Soult, pretendían socorrer Badajoz. El combate, durísimo, se prolongó durante cinco horas. Una brigada británica fue aniquilada, siéndole capturadas tres banderas, toda su artillería, 600 prisioneros y sus jefes y oficiales. La división española del mariscal Zayas, registrando incluso las cartucheras de los muertos, mantuvo la línea frente a los asaltos en masa de las columnas francesas, su artillería y la caballería polaca. Y cuando llegó la tarde, Soult se replegaba hacia Sevilla, en el campo de batalla quedaban 10.000 hombres muertos o heridos, y el agua de lluvia corría por los arroyos de Chicapierna y Valdesevilla, roja de sangre.

De todo eso el viernes hizo exactamente ciento ochenta y un años. Y el ayuntamiento de la Albuera, en cuya plaza hay un monumento en recuerdo de aquel día, y en cuyas lomas —que aún se llaman Las Baterías— hay un monolito donde los artilleros angloespañoles situaron sus cañones en la batalla, conmemora cada año el aniversario de aquella jornada en la que hubo, como en toda empresa humana, mucha crueldad e insania, pero también abnegación, sentido del deber y amor a la tierra de cada cual. A través de su concejalía de Cultura, el pueblo de la Albuera, a cuyo 6 de mayo de 1811 dedicó Lord Byron un poema —en las filas, tal como lucharon / yacían igual que mieses en el campo...—, ha editado, incluso, un bello memorial de la batalla en inglés y español, con fotos de los lugares, un excelente relato histórico de Julio Cienfuegos, y un magnífico mapa de la época con el que es posible recorrer el escenario reconstruyendo la distribución de las tropas y los avatares del combate.

De ese modo, el pueblo de la Albuera, que aquel día funesto quedó reducido a escombros por el cañoneo, ha sabido convertir tal fecha en una lección de Historia, reconciliación y tolerancia. Allí, los escolares aprenden que las guerras las declaran los reyes y los gobernantes pero las sufren los pueblos; y que sobre los huesos de los caídos construyen sus negocios políticos, mercachifles, nacionalistas barateros y patriotas de boquilla. Pero aprenden también que, a pesar de eso, incluso aunque siempre ganen los mismos y todo siga igual, a veces no hay más remedio que ponerse en pie y pelear. No por esa estupidez, abrevadero de miserables, que algunos empaquetan en himnos y banderas y llaman Patria. Tampoco para imponer nada, y ni siquiera para vencer. Sólo por demostrar que nadie pisotea impunemente una idea, un sueño o el humilde rincón de tierra en que has nacido.

18 de mayo de 1997

domingo, 11 de mayo de 1997

Miles gloriosus

Pues me van ustedes a perdonar o no, pero al arriba firmante no le sorprende lo más mínimo que un sargento español hasta arriba de pacharán le descerrajara un tiro a un recluta en la barra de un bar cuartelero. Pese a todo lo que ha llovido, la especie pelo en pecho y ole mis huevos, o sea, los psicópatas con galones que adoran jugar con las pistolitas, y con escopetas, y apuntarte a ti y apuntarse ellos, y se pasean por los cuarteles y por la vida como si acabasen de asaltar heroicamente una trinchera enemiga, trinchera que por cierto no han visto ni de lejos en su puta vida, no sólo dista de extinguirse sino que sigue gozando de buena salud. Cualquiera a quien su trabajo o su desgracia lo haya llevado a conocer bares de cuartel sabe de casos semejantes, protagonizados por bocazas, fantasmas, pistoleros, borrachos contumaces y retrasados varios que, por alguna extraña razón, parecen convencidos de que uniforme y pistola consagran su hombría, y permiten la exteriorización impune de sus frustraciones, sus complejos o su mala leche.

Hay en España, y sería injusto decir lo contrario, militares profesionales y rigurosos. Alguno de ellos, incluso, cree oportuno honrarme con su amistad. Pero junto a ellos subsisten los residuos de una deprimente variedad castrense que, a falta de guerras y cosas así en que ocuparse, vive enganchada a la barra del bar. Nada tengo, pardiez, contra quien decide mamarse a conciencia. Cada cual es cada cual. Pero cuando de tu autocontrol o tu pistola dependen las vidas de centenares de chicos arrebatados a sus familias para esa injusta gilipollez en que se ha convertido el servicio militar obligatorio, la cosa ya no es una actividad personal, ni inocente. Una vez conocí a cierto general, con mando sobre miles de hombres, a quien cuando salía de casa por la mañana sólo le faltaba meterse bajo el brazo, en vez de bastón de mando, la botella de Johnnie Walker. Y en El Aaiún, en el año 75, estaba yo en un bar de lumis cuando a un capitán se le ocurrió destrozar a tiros las botellas al otro lado del mostrador, hasta que sus compañeros le quitaron el cubalibre y el fusko. Y cualquiera que haya hecho la mili en España conoce bien cada cuartel tiene al menos un ejemplar de muestra a ese suboficial vociferante, analfabeto y borde, adicto al agua de fuego, con vocación de instructor de marines, que se cree Rambo y jura hacer de ti un hombre aunque revientes. Y en efecto, a menudo consigue eso. Que revientes.

Toda esa chusma garbancera, pasada y cutre, ese talante de prepotencia machista cuartelera empapada en alcohol, podía tener cierta justificación en otro tiempo: cuando el militar español, por razones de oficio y coyuntura histórica, era un individuo propenso a palmar en escabechinas periódicas. Su carácter de nonimal defensor de la sociedad le daba cierto prestigio, privilegios y desahogos de los que sin duda abusaba; pero que luego compensaba haciéndose acuchillar por los franchutes en Rocroi o por los turcos en Lepanto. Toda esa parafernalia del viva la muerte y para cojones los míos, tan socorrida, podía ser más o menos aceptable, pues siempre era mejor que uno de esos animales fuese a que lo hicieran filetes que ir uno mismo. Así que se les toleraba; y cuando se mamaban mucho pormenorizando cómo iban a comerse al enemigo sin pelar, tú decías bueno, vale, estupendo, les pagabas la copa y te quitabas de en medio por si las moscas. Pero en este país, lamento recordarlo, en los dos últimos siglos debemos al miles gloriosus más desgracias que beneficios, y más asonadas y represiones que victorias y jolgorio. Así que, a estas alturas de la España imperial, los Rambos tragafuegos pueden irse a mamarla a Parla. Porque esos chusqueros y esos espadones bocazas ya no están a medio camino entre Pavía y el Barranco del Lobo, sino que vienen de cocerse en el bar después de ver por la tele El sargento de hierro, y se creen, encima, que son Clint Eastwood. Y que a semejantes tiñalpas les den poder de vida y muerte, con borrachera y pistola incluida, sobre chicos de dieciocho años que están allí a la fuerza, hechos polvo en los estudios, en el trabajo y a menudo en la vida, y sin humor para aguantar el sadismo, las frustraciones, las tajadas de jumilla o las batallitas del sargento Cebolleta. Eso, se mire como se mire, no tiene perdón de Dios.

11 de mayo de 1997

domingo, 4 de mayo de 1997

Quins pecats tens?

Tengo en un libro una foto de unos cuantos obispos hacia el año cuarenta, saliendo de una misa o un tedeum o algo por el estilo, todos con el brazo en alto, muy serios, en plan saludo vencedor de las hordas rojas y demás. No sé si los obispos eran catalanes, que a lo mejor hasta lo eran; pero de lo que estoy seguro es de que, cuando la foto, ninguno de ellos estaba exigiendo a nadie que la única lengua oficial que se hablara en Cataluña fuese el catalán, como hicieron no hace mucho en uno de esos comunicados que los obispos, catalanes o no, suelen difundir cuando el panorama táctico aconseja una de cal y otra de arena.

No es difícil comprenderlo. Cada uno tiene sus puntos de vista y su memoria personal, sus filias, fobias, intereses y sueños en la cabeza. Y comparto el desprecio de muchos catalanes, sean obispos o no, por esa España demagógica, folletinesca y cutre, que durante varios siglos se nos estuvo metiendo con calzador. Una España que mi viejo amigo y compadre Raúl del Pozo define, gráfica y acertadamente, como una matrona con un laurel en la mano, un león a los pies, una bandera roja y gualda y un rey reinando sobre un país de abanicos a las cinco de la tarde.

Uno comprende todo eso. Y comprende también que, desaparecidos el viejo argumento de la opresión centralista, los virreyes castellanos y los culatazos de la Benemérita, la lengua sea a veces la única bandera que queda para convocar a la gente a toque de corneta, so pena de que se dispersen las ovejas y se desbarate el negocio. Todo eso es, tal vez, legítimo. El problema surge cuando, con los obispos haciendo de palmeros finos y ante el rechinar de dientes de un Gobierno agarrado por las pelotas, se procura no ya establecer el bilingüismo, sino borrar del mapa el castellano, o el español, o como carajo se diga. Y los obispos, que igual se apuntan a un cocido que a un estofado, bendicen ahora esa represión lingüística como antes bendecían la otra, los piquetes de fusilamiento o a los generalísimos bajo palio: sin el menor pudor, la menor memoria ni la más mínima vergüenza, en vez de dedicarse a salvar almas, que es lo suyo.

Porque los obispos, sean catalanes o malgaches, lo que tienen que hacer es cuidar la diócesis y el latín, que es una lengua preciosa y con mucha solera eclesiástica, y dejarse de fornicar la marrana. Y ese comunicado exigiendo que sólo se hable catalán en su cotarro me plantea graves dudas que, a falta de director espiritual próximo, me atrevo a plantear aquí, por si alguien es capaz de serenar mi atribulado ánimo.

Supongamos que yo, notorio pecador, descreído y castellanohablante, estoy un día de paso en Cataluña. Y como soy torpe y de pocas luces -amén de mis repugnantes resabios españolistas- resulta que, aparte el francés y algo de inglés, de lenguas peninsulares sólo hablo la que don Xabier Arzallus llamaría, o llama, la lengua de Franco: o sea, ese instrumento abyecto de represión y vileza que tanto daño ha hecho al mundo. Y puestos a imaginar, imaginemos que llega mi última hora, y que Dios, en su infinita bondad, me llama al seno de Abraham en tierra catalana. Y yo, debatiéndome en los estertores de la agonía, veo de pronto la luz y reclamo a gritos confesión, confesión, traedme un cura, voto a tal. Y mis amigos y deudos corren raudos en busca de alguien que me garantice el tránsito. Y acude un párroco. Y entonces, oh desdesdicha, cuando abro la boca para aliviar mi alma pecadora, resulta que el dómine, que se llama Manolo Sánchez pero, por la cuenta que le trae, habla un catalán de la hostia y no sabe decir en español más que buenas tardes y hasta luego Lucas, me pregunta: «Quins pecats tens, fill meu?». yo le digo: mande, páter? Y él me responde: «Penedeixes, pecador?». Y yo, que aunque moribundo no estoy para coñas, ya no pido a gritos confesión, confesión, sino traducción, traducción; y luego intento confesarme por señas pero mis pecados son innúmeros -alcohol, palabrotas, mujeres malas- y no nos da tiempo. Así que al final agarro al dómine por la estola, le mentó a todos sus muertos en la lengua de Cervantes y luego a san Apapucio, el copón de Bullas y el Chápiro Verde, y muero inconfeso y blasfemando en arameo. Y me condeno por no hablar catalán, que tiene cojones.

4 de mayo de 1997

domingo, 27 de abril de 1997

Una mujer de bandera

Era grande, morena y guapa. Se llamaba Eva y se había comido a pulso tres años en Carabanchel. Tenía un aspecto estupendo, y de no empeñarse en ir como una choriza, muy a lo taleguero, habría podido pasar por lo que mi abuelo llamaba una mujer de bandera. Conocí a Eva y a sus amigas cuando unos colegas y el arriba firmante aún hacíamos La ley de la calle: aquel programa de radio de los viernes por la noche a base de presidiarios, y yonquis, y lumis, que estuvo cinco años en antena hasta que unos individuos llamados Diego Carcedo y Jordi García Candau se lo cargaron de la forma miserable en que solían cargarse en RTVE todo lo que no podían controlar.

Eva y sus troncas nos habían estado oyendo desde el talego, mandaban cartas pidiendo discos dedicados, y cuando salieron iban a visitarnos cada viernes por la noche, sumándose a la variopinta tertulia que allí teníamos montada con lo mejor de cada casa: Ángel, el ex boxeador, manguta y rey del trile; Manolo, el pasma simpático; Ruth, la puta filósofa y marchosa; y Juan, mi choro favorito, el ex yonqui pequeño, bravo, pulcro y rubio, que montaba unos jaris tremendos cuando discutía con algún oyente, y con quien estuve a punto de acuchillarme una noche, en directo.

Había otros invitados eventuales: amigos salidos del talego que iban a seguir el programa, taxistas, chuloputas, chaperas y varios etcéteras más. Éramos una basca curiosa, y nos íbamos por ahí después, de madrugada, y nos echaban de los tugurios cuando Juan se liaba canutos enormes como trompetas y había que decirle: oye, colega, córtate un poco, o sea. Eva era asidua con su amiga Elvira, que tenía el bicho -el sida-, y un novio, Luis, el mensaka honrado y tranquilo que la abrigaba con su chupa de cuero a la salida de los bares para evitar que cogiera un catarro que podía dejarla lista de papeles. Como Elvira, Eva tenía a la espalda una historia nada original: familia humilde, pocos estudios, un trabajo precario abandonado para irse con un tiñalpa que la metió de cabeza en la mierda, el jaco y el infierno. Se había desintoxicado en los tres años de talego y era una mujer sana, espléndida. Siempre bromeábamos con la promesa de que yo iba a invitarla con champaña a una cena en un restaurante muy caro de Madrid, y ese día ella cambiaría los téjanos ajustados, las silenciosas y la camiseta negra de heavy metal por un vestido elegante y unos zapatos de tacón alto, prendas que no había usado, decía, en su puta vida. Una vez me habló de su padre, al que quería mucho aunque la había echado de casa cuando empezó a robarle dinero para la heroína. Y cuando cumplí cuarenta brejes, ella y sus amigas me llevaron una tarta al programa, y me cantaron cumpleaños feliz, y esa noche con Juan, Ángel, Ruth y los otros, nos fuimos de copas y agarramos una castaña, con pajarraca y estiba incluidas, que tembló el misterio. Hasta el punto de que no fuimos al talego porque a los policías les sonaba mi careto y porque Manolo -de algo tenía que servir que fuera madero- tiró de milagrosa y nos avaló ante la autoridad.

Un día Eva desapareció de nuestras vidas. Alguien dijo que de nuevo coqueteaba con el jaco, que tenía problemas. Y pasó el tiempo. No volví a saber de ella hasta hace cosa de mes y medio, cuando me la crucé en la plaza Tirso de Molina de Madrid. La reconocí por su estatura, y porque conservaba algo de su antigua belleza. Pero ya no era una mujer de bandera, sino flaca y como con diez años más encima. Y sus ojos, que antes eran negros y grandes, miraban al vacío, apagados, mientras discutía con un fulano con pinta infame, de hecho polvo. Ella le decía: vale, tío, pero luego no digas que no te lo dije. Le repetía eso una y otra vez muy para allá, con voz adormilada e ida, y le agarraba torpe un brazo; y el otro se lo sacudía con muy mala leche y levantaba la mano para abofetearla, sin terminar el gesto. Y yo pasé a medio metro, y por un momento no supe si calzarle una hostia al fulano y buscarme la ruina, o decirle algo a ella, o yo qué sé. Y entonces Eva deslizó su mirada sobre mí, o sea, me miró un momento con los ojos vacíos, sin verme, sin reconocerme para nada; y luego fijó la mirada turbia en el jambo y de nuevo volvió a decirle no digas que no te lo dije, tío. Y yo seguí calle abajo, pensando en aquella botella de champaña que nunca llegamos a beber. Y en aquel vestido y aquellos tacones que Eva no se había puesto nunca, decía, en su puta vida.

27 de abril de 1997

domingo, 20 de abril de 1997

Soldadito español

Total. Que compro los periódicos y me encuentro en primera página el afoto de don José María Aznar subido encima de un tanque, con una guerrera de camuflaje y una gorra de lo mismo, con esa sonrisa que Dios le ha dado, y que le sientan, guerrera, gorra y sonrisa, igualito que a un Cristo una chupa de cuero y una recortá. Y lo miro y me pregunto de qué diablos se estará riendo mi primo allí en el tanque, rodeado de milites gloriosos que no salen en la foto pero que sin duda andarían cerca riéndole la cosa, ele la grasia y el garbo castrense, presidente, qué alférez de complemento se perdió el mundo, oyes, con esa gorra y ese tanque y esa apostura marcial que te sientan de cojones.

Yo, fíjense ustedes, antes de gobernar lo primero que le pido a un presidente es que no haga el ridículo, tirándose el folio con una gorra que encima no es de su talla; más que nada porque luego los americanos, y los alemanes, y todos los que andan por ahí dándonos por saco en la OTAN y en la CEE y hasta en las colas de las taquillas de Disneylandia, nos pierden todavía más el respeto y luego se dan con el codo y se despelotan de risa cuando nos ponemos chulos para exigir que el cabo cuartel del mando de la OTAN en la península Ibérica sea de nacionalidad española, o exigimos contrapartidas a cambio de prestar apoyo logístico y lumis de los puticlubs de Torrejón para que la aviación norteamericana bombardee Cuba más desahogada si cabe.

Porque pase que al Papa lo fotografíen con penacho de plumas de jefe sioux cuando viaja al lugar pertinente. Eso forma parte de su oficio, pues también los sioux van al cielo, o a los grandes cazaderos, o a donde carajo vayan cuando palman en gracia de Manitú. O que a un presidente mejicano cualquiera los narcos de la zona lo nombren charro del año y le saquen fotos con sombrero y mariachis. Todo eso está justificado, y forma parte del negocio de cada cual. Pero en cuanto a don José María Aznar, lo de la gorra cuartelera no tiene justificación alguna, salvo una de peloteo y demagogia filocastrense por completo fuera de lugar en un país donde las fuerzas armadas se encuentran en un estado de desmantelamiento y miseria nunca igualado desde el día siguiente a la batalla de Guadalete: lo que me parecería de perlas si fuera política de Gobierno, pero sólo es incompetencia y dejadez, en un país cuyo ejecutivo dice que va a reconvertir su ejército a profesional pero no destina un duro para ello, salvo para pintarla en ferias internacionales balcánicas, mientras insumisos y objetores siguen teniendo problemas que no resuelve nadie. Un país empeñado en alinearse con la OTAN y con la madre que la parió, de cara a un eventual enemigo de vaya usted a saber, cuando quien de verdad un día puede ponernos los pavos a la sombra se desayuna diciendo Al-lah il-lahlah ua Muhammad rasul Alian. Y cuando ésos vengan a decir hola buenas donde yo me sé, nuestros aliados de la OTAN, el mando estratégico europeo y el copón de Bullas, donde, eso sí, andamos integradísimos de organigrama, estarán todos mirando hacia otra parte o habrán ido a comprar tabaco.

Además, con gorra o sin gorra, me gustaría que alguien explicara, cuando se habla de dotar y modernizar y adecuar nuestras fuerzas armadas, qué es lo que se entiende por nuestras, qué se entiende por fuerzas armadas, y qué es lo que, llegado el caso, tendrían que defender en esta especie de casa de putas en la que hemos convertido la corrala. Verbigracia: si un día los chinos desembarcan en Salou, habría que ir aclarando desde ya mismo si la defensa territorial corresponderá a las fuerzas armadas españolas, o nacionales, o como se llamen, y si coordinará Washington, o Lisboa, o si, como dicen en mi tierra, cada perro va a tener que lamerse su pijo. Es decir, si el asunto será competencia del MOTRACAT (Mando operativo Transferido Catalán), del Tambor del Bruch o de los MACHECHAS (Maquis de Chetniks Chamegos) que para entonces se hayan echado al monte porque estén hasta los huevos. Tampoco estaría de más saber si el EJAGUDA (Ejercito Autónomo de Gudaris) y la división acorazada Nafarroa se iban a poner de parte de nosotros -suponiendo que Salou aún fuéramos nosotros-, o de ellos, o sea, de los chinos: esos chicos que tampoco se expresan en la lengua de Franco.

Y mientras tanto, Aznar haciéndose fotos con la gorra. Ande y tóqueme la flor, corneta.

20 de abril de 1997

domingo, 13 de abril de 1997

Esto es un chollo

Éramos pocos y parió la abuela. Ahora resulta que Ducruet, el defenestrado chulo de Estefanía de Mónaco, tiene intención de honrarnos con su presencia de modo estable, engrosando así las filas de quienes viven aquí por el morro, a base de revistas del corazón y alterne en fiestas y demás eventos pasto de telegilis, quemedices y papel couche Por lo visto, el fulano planea dejarse caer por aquí con frecuencia, a fin de trincar periódicamente la pasta que discotecas, firmas de modas y empresas varias suelen invertir en jetas famosas. De modo que, conociendo el país y al individuo, mucho me temo que vamos a tener Ducruet para rato. Y la verdad. No sé qué carajo tiene España, que todo caradura pasa por aquí termina abonándose a perpetuidad, y ya no te lo despegas ni con agua hirviendo. Lo mismo da que sea un cantinero de Cuba, Cuba, que un gaucho melancólico, una buscavidas oriental, un aristócrata rumano, una cabaretera franchute o un chuloputas de Rotterdam. El sistema es infalible: llegas, te enrollas con alguien que salga en la tele, el Diez Minutos o el Hola, y luego puedes vivir del cuento el resto de tus días, haciéndote profesor de golf o golfeando, prestando tu careto a la presentación de una estilográfica o una línea de sostenes, cantando en la tele o cepillándote a un torero jovencito, de esos que tragan lo que les echen. Todo eso, con la posibilidad añadida de convertir en famosos a aquellos con quienes compartas orgasmos y portadas. Y, además, de sacarles viruta hasta que ellos empiecen a sacártela a tí.

Así que vayan amarrándose los machos. Porque no tardará en producirse el consabido efecto en cadena: Ducruet, que era un tiñalpa total hasta que la lumbrera intelectual monegasca se encaprichó de él y se lo llevó a casa para pagarle los trajes y los rallyes, saldrá de aquí a nada en alguna revista apalancado con una prójima, que con algo de suerte para el negocio será casada, o divorciada, o tendrá algún vástago en disputa judicial, y además -eso ya sería el colmo de lo perfecto- actriz, tontadelculo y famosa. En cualquier caso, si no lo es todavía, la referida gachí se hará famosa de rebote, y acto seguido la contratarán como modelo para un pase en alguna parte, o en la presentación de un nuevo perfume, o lo que sea. Entre síes y noes se hablará de boda; y mientras tanto el ex de la prójima, que con suerte hasta nos sale conde e italiano -allí hay condes a mogollón, todos dispuestos a narrar su conmovedora lucha por recuperar a su hijo-, se hará también famoso. A su vez, la antedicha individua y el aristócrata cisalpino transmitirán el testigo de la fama a sus respectivas y sucesivas parejas; y Nieves Herrero, Ángel Casas e Isabel Gemio, entre otros, se disputarán las apariciones de todos ellos en la tele, aderezándolas, de vez en cuando, con visitas tipo comando de la prenda aquella, Fifí, Fili, Fulani -o como se llame- Houteman, que nos permitirá recordar los orígenes de la cosa, narrando por enésima vez cómo Ducruet la sorprendió en su ingenua y tierna candidez el día que se la calzó culo al aire en la famosa piscina. Piscina que, por cierto, le salió al ex madero por un huevo de la cara.

Por fin todos ellos, Ducruet, la Houteman, el conde de turno y sus respectivos etcéteras, o sea, la gran familia con sus derivados y apéndices y consecuencias, podrán venirse todos también a vivir a España y a salir en las fotos dándose codazos junto a Mar Flores, Antonia dell'Atte, Sofía Mazagatos, Juncal Rivero, Rociíto y su picoleto, Marlene Mourreau, Rafi Camino y toda la parafernalia. Y de vez en cuando podrán liarse algunos de ellos entre sí amén de con terceros, incorporando siempre nuevos personajes hasta el infinito. y ellas podrán seguir posando en las fiestas con una pierna ligeramente flexionada ante la otra, y asistiendo en Marbella a entrañables fiestas de solidaridad con los niños bosnios o ruandeses, y el conde Lequío seguirá siendo casualmente sorprendido por los fotógrafos con todas y cada una de ellas dentro de ese Mercedes que empiezo a sospechar cómo consigue pagar, el consumado artista. Igual ahora anda preocupado por la competencia, creyendo que con Ducruet de por medio va a tocar a menos. Pero puede estar tranquilo. En este país de gilipollas hay chollo para todos.

13 de abril de 1997

domingo, 6 de abril de 1997

Mis mendigos favoritos

Llovía en la esquina de la Rué de Buci, a tiro de piedra del Sena, y el fulano se acercaba a los transeúntes tan educado y correcto que éstos se detenían, creyendo que iba a preguntar por una calle o algo así. Era un tipo con barba gris y chaquetón mojado por la lluvia; y estuvo allí una hora larga sin conseguir más que unas pocas monedas. Luego entró en el café donde yo estaba sentado, y pidió un coñac. Imaginé que era para quitarse el frío; pero cuando se calzó la tercera copa sin respirar comprendí que su mendicidad estaba estrechamente vinculada al agua de fuego. En ningún momento lo había visto hacer un mal gesto a quienes le negaban la limosna. Discreto. Correcto. Este mendigo gabacho, concluí con respeto, es un profesional.

Y qué distintos somos según latitudes, me dije, incluso a la hora de pedir. Ya en 1599 decía Mateo Alemán que hasta en su manera de limosnear son diferentes los pueblos: «Los alemanes cantando en tropa, los franceses rezando, los flamencos reverenciando, los portugueses llorando, los toscanos con arengas, los castellanos con fueros, haciéndose mal requisitos, respondones y mal sufridos»... Y la verdad es que, en lo que a españoles se refiere, tampoco en eso han cambiado mucho las cosas desde aquellas Ordenanzas Mendicativas del Guzmán de Alfarache, el talante orgulloso y la insolencia de los picaros y mendigos del Lazarillo de Tormes o El Buscón de Quevedo. Recuerdo que una noche, paseando por Murcia con mi amigo el profesor y crítico Pepe Belmonte, nos abordó un joven de aspecto desastrado que parecía un sonámbulo:

- Dame algo, colega, que estoy tieso. Me lo dijo tal cual, sin apelar a la compasión, ni a la caridad, ni a ninguna milonga pampera. Tú podrías ser yo y viceversa, decían su tono y su gesto. Le di veinte duros y me miró muy fijo entre las greñas. Luego me dio la mano y, con una voz de hecho polvo total, dijo:

-¡Dales caña, colega!... ¡Dales caña y que se jodan!

Nunca supe a quiénes se refería. Pero era tanta su pasión, su rencor, que yo también deseé de corazón que se jodieran todos ellos, fueran quienes fuesen. Qué quieren ustedes. No se trata de solidaridad social. Quizá son resabios de nuestra literatura picaresca, o simple curiosidad simpática. Porque debo confesar que colecciono mendigos desde hace años. Me refiero a sus vidas, dichos y actitudes. Al modo de las marquesonas de antaño, aquellas que el gran Serafín inmortalizó en La Codorniz, yo también tengo mis pobres favoritos. Como Said, que pasó todo el invierno acurrucado ante el aparcamiento de la plaza Mayor de Madrid. Said es un moro rifeño, pero se instala rodeado de estampas de la Virgen y del Sagrado Corazón y nunca abre la boca. Si le dan algo, vale; y si no, también. Cuando estaba en el talego, Said era oyente de La ley de la calle y eso crea vínculos; así que de vez en cuando deja sus estampas en el rincón y nos metemos en un bar a charlar un rato tomando un café. Otro de mis favoritos es un individuo de mediana edad, gaditano, tranquilo, que pone la gorra en el suelo, se apoya en la pared con las manos en los bolsillos, e, impasible, dice a todo el que pasa por delante: «Echa algo ahí, pisha». Otros amenazan directamente, como cierto habitual de la calle Princesa de Madrid, que acorrala a la gente contra la pared, y a quien no le da lo pone de vuelta y media. Más de un transeúnte le ha partido la boca, que lleva siempre llena de puntos y de mercromina; pero no cambia de método, el tío. En Cartagena hay uno jovencito que antes de pedirte cinco duros te pregunta siempre por la familia. Y en la plaza Conde de Barajas de Madrid se busca la vida otro que, cada vez que le das algo, comenta: «Ya falta menos para el Mercedes».

Pero de todos ellos, mi debilidad es un gorrilla de esos que te señalan las plazas de aparcamiento libres en el centro de Sevilla. Lo conocí un día que nos acababa de indicar un hueco para estacionar el coche de mi compadre el escritor Juan Eslava Galán, quien buscaba inútilmente en sus bolsillos una moneda para darle. Ni él ni yo llevábamos nada suelto, y el fulano, muy flaco, chupaillo y lleno de tatuajes, nos miró y, alzando una mano, sentenció, sereno y muy digno:

-Si no tenéis, tampoco pasa ná.

Y le dio a Juan una magnánima palmadita en el hombro.

6 de abril de 1997

domingo, 30 de marzo de 1997

Cerveza tibia

La cerveza estaba tibia. Lo había dicho alto y bien clarito el portavoz Norberto Gamboa: «Hacía muchísimo calor, la cerveza estaba tibia, y aquel chico se les iba». La cerveza -según comprobó minutos más tarde el juez estaba, en efecto, tibia. Seis horas después, en su intervención parlamentaria de urgencia, el ministro Tomás Retortijosa, titular de Interior, hubo de rendirse a la evidencia: era agosto, hacía un calor tremendo, el chico había pedido una cerveza fría, y por una inexplicable negligencia, el policía que en ese momento cantaba rancheras para obligarlo a confesar dejó la guitarra a las 16.30, abrió el frigorífico a las 16.32 y le entregó una San Miguel tibia -«no demasiado fría», fue la versión oficial cínicamente sostenida por el ministro- a las 16.34. El hecho de que el negligente policía y su inspector jefe se encontrasen ya, a la hora de la comparecencia del titular de Interior, cantándole rancheras a la foca Peluso tras su traslado fulminante a la comisaria de Islas Chafarinas, no bastó para templar gaitas. Ni tampoco el hecho de que, por las restricciones de presupuesto, la comisaría sólo tuviese electricidad para el frigorífico y para todo lo demás de diez de la noche a siete de la mañana, amén de patrullar los maderos en sus coches particulares y pagar a escote la gasolina.

Pero lo peor fue lo de la uña. Y ahí se vio en apuros el ministro Retortijosa a la hora de aclarar el asunto. Los hechos que expuso, sin llegar a convencer a nadie, fueron los siguientes: a las 15.22, después de pegarle el tiro en la nuca a una víctima común cuyo nombre no venía al caso (hubiera sido echar más leña al fuego), el chico se dio a la fuga, o tal vez sería menos peyorativo decir que se replegó, corriendo hacia la esquina de las calles Ekintza e Iraultza, donde a las 15.26 se encontró («casualmente, matizó el ministro) con dos policías nacionales jóvenes e inexpertos. Nada habría ocurrido si el chico hubiera seguido replegándose con cierta discreción. Pero hay que tener en cuenta que corría con una 9 Parabellum en la mano, dando los gritos de rigor, y además al pasar ante los policías los llamó cipayos y txakurras, o sea, perros. Así que, heridos en su amor propio (en este punto, el móvil claramente personal de la cosa fue muy abucheado por los indignados compañeros del portavoz Gamboa), los policías procedieron a la detención del chico. Quien, en indudable ejercicio del derecho a la libre circulación de personas y cosas, se resistió a ello a hostia limpia (a él se le había encasquillado el fusko, y a los policías les tenían prohibido usar los suyos salvo para suicidarse en caso de verse rodeados y que fueran a capturarlos vivos) durante un periodo de tiempo comprendido entre las 15.26 y las 17.45.

Ahí se produjo, admitió el ministro, el desgraciado incidente de la uña rota. Y muy a su pesar, Retortijosa hubo de reconocer que el hecho de que los dos policías nacionales fuesen encapuchados, con gafas de sol y máscaras, respectivamente, del pato Donald y Pocahontas, y las máscaras y los pasamontañas y las gafas de sol les obstaculizasen la visión, no podía considerarse atenuante válido para el hecho incontestable de que en el forcejeo le rompieran una uña al chico en el momento de ponerle las esposas. Que el ministro de Interior admitiese lo de la uña fue saludado por el grupo del portavoz Gamboa con silbidos y gritos de «dimisión, dimisión» y «váyase, señor Retortijosa». Y acto seguido, en su turno de réplica, el portavoz puso los puntos sobre las íes. Por muy equivocados que estén estos chicos, argumentó, a la policía se la entrena, señor ministro, para que ponga las esposas a la gente sin romper uñas ni romper nada. Y -añadió, enérgico- un chico está siendo salvajemente torturado por la sed, en una comisaría y en agosto, y pide una cerveza fría, se le da la cerveza fría, y en paz. Porque eso de la cerveza tibia y la uña rota nos recuerda sospechosamente otros tiempos y maneras, que todos tenemos en la memoria y que mi grupo parlamentario no cita directamente porque está feo señalar. «Además, la cerveza estaba tibia y yo sé lo que me digo», se reafirmó Gamboa con aire de quien no cuenta todo lo que sabe, mientras sus compañeros de partido se daban con el codo unos a otros. Muy bueno lo tuyo, portavoz. Dales caña. A nosotros nos la van a meter doblada estos hijoputas, o sea, ellos.

30 de marzo de 1997

domingo, 23 de marzo de 1997

Sobre cachorros y niños


Una vez tuve un amigo negro, silencioso y fiel como una sombra, al que, a pesar del tiempo transcurrido desde que se durmió en mis brazos, todavía sigo buscando con la mirada cada mañana al despertarme, en su rincón favorito del jardín. A veces sueño con él; y otras veces, despierto, imagino que se encuentra en ese lugar magnífico -un prado cubierto de flores hermosas- donde van a descansar los perros buenos y valientes: allí donde sólo hay agua limpia y fresca, huesos con mucho tuétano y perras guapas que siempre están en celo. Ya sé que como paraíso canino suena algo prosaico, pero estoy seguro de que cualquier perro prefiere eso a un sitio lleno de ángeles tocando el arpa y bibliotecas con las obras completas de Marcel Proust.

Desde hace unos días, está de nuevo en casa. Algo cambiado, es cierto; pero no cabe duda de que es él. De pronto se le han quitado de encima los achaques de trece años de vida, esa pesada y dolorida torpeza de los últimos meses que pasamos juntos. Sus ojos melancólicos ya no miran con tristeza, pero sí con la misma atención, idéntica curiosidad que mostraba en los primeros tiempos, cuando era joven y vigoroso. Ahora lo es de nuevo. Otra vez tiene mes y medio y es un cachorro de labrador fuerte y sano que va marcando el territorio, que tanto conoce pero que por alguna razón quiere descubrir de nuevo, con rigurosas meadillas para dejar las cosas claras. Mide apenas dos palmos y parece de peluche, pero sus colmillos, todavía finos como agujas, ya los ejercita a conciencia, el cabroncete, en cuanta madera y cuero encuentra en las incursiones de comandos que lanza si le quitas la vista de encima. Adora roer cables de la luz y cordones de zapatos como si estuviera majareta. Cuando se siente inseguro en lo alto de la escalera gime lastimero, pero ayer ladró por primera vez con un ladrido minúsculo, agudo y bravo, cuando se cabreó porque nadie atendía sus demandas de juego. Ahora se llama como el hijo de Milady en Veinte años después, un nombre sonoro y temible que acentúa todavía más, por contraste, su aspecto de cachorro cuando duerme arropado en su manta o resbala, torpe, haciendo una insólita pirueta en el suelo. Pero cuando miro sus ojos grandes y oscuros se que de nuevo es él, y que ha vuelto.

Pensaba en mi perro cuando vi pasar una fila de niños por la calle. Debían de tener cuatro o cinco años e iban cogidos de la mano, por parejas, quince o veinte bajo la vigilancia de tres profesoras que corrían de punta a punta de la fila, pastoreando como podían aquella tropa enfundada en anoraks multicolores, con pequeñas mochilas a la espalda. El espectáculo era muy divertido: como un grupo de locos bajitos, que es lo que puntualmente parecen los críos a esa edad, se movían tan pequeños y torpes como mi cachorrillo. De pronto los primeros se paraban y todos los que venían detrás chocaban unos con otros. Algunos gritaban, otros lloraban, a aquél le limpiaba los mocos una de las maestras; el de allá iba marcando muy serio el paso como si estuviera en un desfile, éste iba hablando solo, la rubita acababa de deshacerse el lazo del pelo, una pareja seguía andando cogida de la mano con aire muy responsable y el último se había sentado en un charco. Mientras tanto, uno acababa de darse a la fuga hacia el semáforo más próximo, corriendo como una bala, y una cuidadora corría despavorida a atraparlo antes de que un automóvil lo hiciera picadillo.

Los estuve siguiendo un rato por disfrutar del espectáculo, hasta que, para alivio de las pobres maestras, la tropa fue puesta a buen recaudo en un autocar. Y recuerdo que, viéndolos irse, pensé en qué diablos les depararía el futuro. Cuántos de estos enanos chalados, me pregunté, serán con el tiempo guapos, feos, buenos y malos, triunfadores o fracasados, felices o no. Cuántos justificarán el hecho de su creación, engorde y supervivencia, y cuántos se convertirán en perfectos hijos de puta con quienes más hubiera valido que la maestra no llegara a tiempo al semáforo. En cualquier caso, asociando mi cachorro con aquella diminuta tropa, tuve una certeza: a esa edad no importa que seamos capaces de lo peor. No importan la infelicidad, el error, la muerte y la derrota. No importa que a menudo nos veamos atrapados en una broma de mal gusto diseñada por el azar o por un relojero cósmico desprovisto de sentimientos. A cada instante se pone a cero el contador, y el ser humano tiene un don maravilloso: la oportunidad de empezar, e intentarlo de nuevo.

23 de marzo de 1997

domingo, 16 de marzo de 1997

Calderón cabalga de nuevo

Hay que ver cuan calderonianos, vive Dios, andan los del partido del Gobierno, o sea, la derecha. Todo el día con el honor en la boca, preocupados por el qué dirán, saltando como fieras a la menor insinuación, y dispuestos a lavar en los tribunales el honor puesto en entredicho. Qué bonito todo, y qué clásico, y cómo se nota que la gente de orden tiene lecturas más elevadas que los zafíos libros en rústica sobre materialismo histórico que se gastaban los otros antes de descubrir los trajes de Armani, la Otan y las cuentas en Suiza. Porque el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios, y Dios, como sabe todo cristo, ha sido de derechas toda la vida. Así que, en esa línea honorable tan propia de la gente formal y repeinada que nos gobierna, uno, que aunque no es muy de orden sí es, en cambio, muy de lecturas rancias, lamenta que se hayan perdido los interesantes viejos usos decimonónicos; cuando un venga ya, un mentís o -en casos deliciosamente extremos- una bofetada en el Parlamento, solían resolverse con padrinos y al amanecer, bang, bang, pistola a veinte pasos, junto a las tapias del cementerio de la Almudena.

Abogo desde aquí, en voz alta y clara, porque entre las reformas y reordenamientos jurídicos, lingüísticos, territoriales y hasta raciales que se avecinan, incluyamos una ley del duelo en condiciones. Si el Gobierno considera prioritario ocuparse del fútbol, y en épocas en que llueven chuzos de punta halla tiempo para limpiar, fijar y dar esplendor legal al ejercicio balompédico, que no duda en calificar de interés general, no veo por qué no ha de propiciar la recuperación de un mecanismo que -en tiempos donde la Justicia, en fin, ya me entienden-, permitiría solventar los delicados puntos de honor que surgen a diario en política con extraordinaria rapidez y limpieza, sin necesidad de pagar abogados, ni de apelar, ni de nada. Así, cuando don Felipe González, por ejemplo, vuelva a chotearse de don José María Aznar mandándole mariachis que le canten lo de Méjico lindo y querido si muero lejos de ti, el ofendido podrá, a cambio, mandar padrinos que le pregunten si a pistola o a sable. No cabe duda de que don Felipe González, fino estilista y veterano en el arte de escurrir el bulto, conseguirá que, como de costumbre, alguien acuda a la cita en su lugar. Así que imagino a José Barrionuevo o a cualquier otro infeliz comiéndose el marrón, mientras Cipria Ciscar, fino y mesurado como siempre, sostiene el botijo. Pero menos da una piedra.

Y qué cosas. Mientras en España el honor fue siempre patrimonio de la derecha, rauda en llevarse la mano al pecho y decir oiga, usted no sabe con quién está hablando, lo que anduvo siempre en boca de las llamadas -con perdón- izquierdas fue la palabra ética. Don Julio Anguita, sin ir más lejos, justificó su alianza táctica con el Partido Popular para el acoso y derribo de los sociatas, allanándole a don José María Aznar el camino a la Moncloa precisamente en nombre de la ética, y la ética fue, también, estribillo del Partido Socialista en sus trece años de tócame Roque, desde el slogan de los cien años de honradez a todo lo que vino más tarde, y todavía ahora, de vez en cuando y a pesar de lo llovido, a alguno de sus prohombres le salta el automático y le viene a la boca la palabra dichosa, la ética por aquí y la ética por allá, con un desparpajo y una impavidez de rostro que, si a estas alturas no tuviésemos excelente memoria y nos conociéramos todos en esta casa de putas, harían que uno se preguntase muy en serio cómo fue posible que gente tan ética, y tan cabal, y tan así, perdiera las últimas elecciones.

De modo que no me llega la camisa al cuerpo. Si trece años de ética pura y dura hicieron que Luis Roldan y otra gentuza de su calaña no fuesen mutantes aislados, sino prototipos de unas maneras y un talante de gobierno que convirtió España en un solar expoliado por amiguetes y sinvergüenzas, me pregunto qué puede ahora ocurrir con una o más honorables legislaturas de los hombres de honor que nos rigen con su honor como garantía y como divisa. Ya quienes, a cambio de apoyo para mantener el siempre más difícil todavía equilibrio en el alambre, no te queda por vender más que el brazo incorrupto de Santa Teresa. Que, como va a admitir públicamente don José María Aznar de un momento a otro con franciscana humildad, en el fondo era una maldita zorra centralista y castellana. Sí. Lo estoy viendo venir tal cual. En España, cada vez que alguien abusa de la palabra honra, terminamos celebrando honras fúnebres.

16 de marzo de 1997

domingo, 9 de marzo de 1997

Intercambios carnales

La verdad es que no sé de qué puñetas se escandaliza tanto fariseo soplagaitas y tanto tonto del haba. A mí, francamente, que una -o varias- señoras estupendas de esas que salen en la prensa del corazón, de profesión modelos, o aficionadas, o francotiradoras profesionales, se lo monten a su aire con millonarios, industriales de campanillas, políticos con mando en plaza, presidentes de clubs de fútbol marchosos y demás personal bien sobrado de viruta, me parece de perlas. Y mucho más si en el intercambio afectivo o carnal correspondiente obtienen del enamorado y ahito prójimo visones, apartamentos, navidades blancas en esquiódromos de lujo y Mercedes de nueve kilos.

A mí, en fin. Que un individuo ande sobrado de ganas y encuentre a alguien que, por amor al arte o previo desembolso de razonable estipendio le alivie el depósito, es cosa de cada cual. Todos -y todas-  tenemos derecho a darnos un desahogo antes de palmarla, y cada cual se lo monta lo mejor que puede, con lo que puede y con lo que tiene. Tampoco veo objeción notable a que una señora que va a ser guapa diez o quince años más, como mucho, y no tiene otro capital que un metro ochenta, una cara bonita y un cuerpazo de bandera, procure rentabilizar el asunto antes de que lleguen las vacas flacas y nadie le diga ojos negros tienes.

Porque las cosas como son. Tal vez recuerden los lectores veteranos de esta página que el arriba firmante sigue desayunando cada mañana Colacao con Crispis y prensa del corazón. Y supongo que ustedes ven, como veo yo entre Crispi y Crispi, los caretos de algunos de los galanes. E incluso, en verano, les ven la tripa y los michelines fofos mientras toman el sol en sus yates frente a Puerto Banús. Y convendrán conmigo en que, por mucho que se cuiden y se masajeen y se trasplanten, si no estuvieran podridos de pasta, con esos años y esas pintas no iban a comerse una rosca en su puta vida, salvo pagando. Y eso es lo que hacen: pagar.

Mientras tecleo recuerdo a una guapa señora, que casualmente también era modelo y estaba -está todavía- tremenda, quien pasó cierto tiempo casada con un empresario bajito que la acompañaba a todas partes, pegado como una lapa, y en las fotos salía el hombre con cara de acojonado, como intentando averiguar por dónde iban a sonar clarines. Por fin, como se veía venir, la dama le dijo ahí te quedas, chaval. Y allí se quedó, cual pronosticaba yo para mis adentros. Pero oye. A fin de cuentas, que le quiten lo bailado. Previo pago de su importe.

Y me parece muy bien, oigan. Me parece bien que paguen. Porque no querrán, encima de la pasta que tienen los tíos, calzarse a esos pedazos de mujeres así, por su labia y gratis, y encima presumir luego con los colegas del consejo de administración. A ver si además pretenden que ellas se enamoren de sus apolíneas hechuras. Venga ya. El que quiera carne fresca y ya no esté en condiciones de ganársela por su cuerpo serrano, a pecho descubierto y por las bravas, que tire de talonario y se retrate sin rechistar con coches, apartamentos, viajes al Caribe y lo que haga falta. Y si lo sacan en el Hola y la legítima le pide el divorcio y cuatro mil kilos, que se joda. No te fastidia.

En cuanto a ellas, pues bueno. Unas tuvieron más suerte y se lo montaron con ministros de pelotazo, gente guapa, banqueros o anticuarios de postín que las colocaron para toda la vida, y otras tienen que buscarse el jornal alternando empresarios que les pongan un piso, elegantes futurólogos que las traigan del misterioso Oriente, o tronados condes italianos que las hagan salir en el Diez Minutos, que es una sección de anuncios por palabras tan buena como otra cualquiera. Pero en general, desde mi punto de vista, las feministas galopantes que tanto protestan con los anuncios del queso de tetilla gallego y con los bebés de Prenatal entre pezones de señora -anuncios que, por cierto, a mí me parecen bien- y se pasan el tiempo haciendo demagogia feminera barata, podrían emplear sus energías en reivindicar la figura incomprendida de esas mujeres que a su manera, y a estricto golpe de cono, se buscan la vida poniendo a los hombres en su sitio. Haciéndose pagar a peso de oro lo que otras pobres desgraciadas, con menos apariencia física o menos suerte, tienen que conceder gratis a los mierdas que las explotan, por la cara y sin soltar un duro, en su doble utilidad de chachas para todo y muñecas hinchables para el sábado sabadete. Ya saben: camisa blanca -planchada por ellas- y polvete.

9 de marzo de 1997

domingo, 2 de marzo de 1997

Una de malvados

Me encantan los malos, entre otras cosas porque suelen ser menos aburridos que los buenos. Después de andar tiempo buscándome la vida en lugares poco recomendables hasta que senté cabeza, mi agenda telefónica es, como pueden imaginar a estas alturas, una escogida selección de lo mejor de cada casa. Entre algunas variedades de amigos que tengo disponibles a golpe de teléfono o unas horas de avión se cuentan delincuentes, terroristas, psicópatas, traficantes, gente aficionada al gatillo y la navaja, proxenetas y prendas así. A algunos hasta les doy una mano de pintura y los meto en mis novelas, y si un día de éstos me rompo los cuernos en la carretera y deciden venir todos a emborracharse en mi entierro, y alguien identifica sus caretos patibularios y se presenta allí la madera, los tribunales internacionales de justicia quedaran abastecidos durante meses.

Por supuesto, estoy hablando de malos selectos; malos con ese puntito de encanto canalla que los hace singulares. Nada que ver con los tiñalpas mediocres, con los miserables de andar por casa, con los asesinos cutres del tiro en la nuca o la violación facilona. Ésos son sicarios y verdugos de mierda, mientras que mis amigos son malos comme il faut. Malos de pata negra.

Fernando Savater, que entre otras cosas me cae bien porque no es uno de esos gilipollas que andan por ahí empeñados en que todos escribamos como Faulkner o como Joyce, no es amigo mío, pero como si lo fuera. No porque pertenezca a la categoría de gente poco recomendable, sino porque siente la literatura como un rio caudaloso lleno de vida, y de sangre, y de sueños enraizados en la memoria, y no como un ejercicio de onanismo ante el espejo para que los pichafrías de salón te digan qué guapo quedas, chaval. Cada vez que nos encontramos, Fernando y el arriba firmante compartimos, al paso y entre dos palmadas en la espalda, con la rapidez y contundencia de un pistoletazo, media docena de frases y referencias sobre una patria que tenemos en común: los relatos de aventuras, los clásicos, las novelas de capa y espada, la literatura base de toda la otra literatura, entendida como mar amplio y generoso por el que cualquiera puede navegar con absoluta libertad; el placer de los libros que, como las cerezas, llevan a otros libros ya otras vidas que enriquecen la nuestra. Por eso me gusta ese fulano que, además, siendo un pedazo de pan sonriente y hablador, tiene mirada de malo de novela.

Como para confirmar mis simpatías, otro de mis amigos, que se llama Sergio -y que, desembarcado de la Sophie tras recibir un astillazo en la cara junto a Jack Aubrey durante un combate peñol a peñol, busca ahora una fragata de sesenta y cuatro cañones para enrolarse a bordo-, acaba de regalarme un libro de Fernando Savater. Un librito de apenas cien páginas, con ilustraciones y letra gorda, que se llama Malos y malditos, que está en una colección para jóvenes, aunque seamos precisamente los adultos contaminados por el virus de las viejas lecturas quienes más podamos disfrutarlo. Y el asunto consiste en un breve y delicioso repaso a los malvados literarios; a esa nómina de personajes inmortales, amigos a fuerza de ser viejos enemigos, que nos proporcionan los libros y que pertenecen ya para siempre, indelebles, en nuestra imaginación y en nuestra memoria. A menudo los malos enseñan a conocer la vida lo mismo que los buenos, y resultan tanto o más necesarios que ellos a la hora de comprender el mundo que nos rodea. Desde el cíclope Polifemo a los velocirraptores de Parque Jurásico, pasando por el enemigo de Ivanhoe, Brian de Bois, Gilbert, el Long John Silver de La isla del tesoro, el capitán Nemo, el monstruo del profesor Frankenstein o el enemigo de Sherlock Holmes, profesor Moriarty, Malos y malditos no es sólo un perfecto ejercicio de entrañable literatura para lectores jovencitos y para los que no lo somos tanto, sino también luz esclarecedora sobre el lado oscuro de la condición humana, y sobre todo es un anzuelo, una trampa magnífica para que nos acerquemos, como quien no quiere la cosa, a las novelas originales, a esos grandes clásicos que nos esperan, como puertas de mundos apasionantes y maravillosos, en los estantes de las librerías y las bibliotecas. Libros, mundos, personajes a quienes ninguna gilicomedia televisiva, ningún colorín de Hollywood, ninguna pantalla de ordenador, podrá sustituir jamás. Porque están hechos con la vieja y hermosa materia de los sueños.

2 de marzo de 1997

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Comprar libro: Malos y malditos

domingo, 23 de febrero de 1997

La breva madura

Miro una foto del ministro español de Asuntos Exteriores dándole sonriente la mano a su colega británico, y me pregunto de qué diablos sonríe don Abel Matutes. Habida cuenta, sobre todo, de que el inglés acaba de decirle que esa sugerencia de compartir la soberanía de Gibraltar durante cien años de cara a una futura devolución de la cosa, se la puede ir metiendo España por donde le quepa. Por su parte, el ministro guiri también sonríe, mirando a los fotógrafos como diciéndoles: no sé si habéis oído la propuesta de este soplagaitas. En cuanto a Matutes, parece que está mirando al inglés; pero en realidad también mira a los fotógrafos de reojo, consciente del papelón. Se trata de esa sonrisa fija, rictus conciliador y desesperado, que hizo famosa su antecesor don Javier Solana; y que parece la marca de fábrica de todo ministro español de Exteriores cuando acaban de sodomizarlo -perífrasis diplomática- los representantes de alguna potencia extranjera.

En cuanto a Gibraltar, pues bueno. Como individuo cuya memoria histórica pertenece a un lugar llamado España, me cabrean las circunstancias en que la pérfida Albión se apropió y repobló ese peñón que algunos idiotas de aquí, jugando el juego inglés hasta en esa chorrada, suelen llamar la Roca en los papeles. Me mortifica la mala fe británica, el cinismo y la poca vergüenza que en este asunto, como en tantos otros, ha utilizado Inglaterra como herramientas. Y se me cae la cara al pasar revista a la lamentable gestión de nuestra diplomacia, desde los mierdas con encajes que firmaron el tratado de Utrecht en 1713 a la mueca desolada de don Abel, sin olvidar el "ahora, a por Gibraltar" de don Francisco Franco, y aquella "breva madura" de la que hablaban sus más eximios ministros y generales.

Lo que pasa es que las cosas son como son. La diplomacia española fue torpe echándole el cerrojo a la frontera y torpe abriéndola, sin que en ninguno de los casos supiera sacar partido a la coyuntura. Y ahora, tal y como está el patio, cuando precisamente con un gobierno de derechas -tiene guasa la cosa- acabamos de descubrir que España no existe y que hemos vivido una sombra, una ficción, durante los últimos treinta siglos, cuando los hombres de hierro que rigen nuestros destinos sólo son capaces de ponerse gallitos con Cuba y asumen con alegría el papel de palanganeros de Estados Unidos y de la Otan, y cuando en Canarias van a mandar los militares norteamericanos, en Galicia el mando portugués, en el Estrecho Londres, en el Mediterráneo los italianos y en Madrid los alemanes del Cuarto Reich, no van a ser precisamente los sólidos compadres de don Abel los que recuperen Gibraltar así, por las bravas. De modo que, a estas alturas de tan lamentable feria, la pregunta que uno se hace es si no hay otras cosas más importantes en las que perder el tiempo.

Los gibraltareños, vayan y échenles un vistazo, viven como sultanes. Han colonizado el campo de Gibraltar y creado, con la complicidad indígena, una infraestructura llanito-británica cuya influencia llega hasta Málaga. Se pasan por el forro, impunemente, un mínimo de 50 normas de la Comunidad Europea. Querían que España aceptara sus pasaportes, y lo han conseguido. Quieren que se les acepte el DNI local, y se les aceptará. Quieren código telefónico propio, y lo tendrán. Y además no quieren ser españoles, cosa que me explico perfectamente en una Europa donde ser español es sinónimo de limosnear y poner el culo, mientras que ser inglés permite estar en misa y repicando. Conclusión: España tiene las mismas posibilidades de recuperar el Peñón que Isabel Gemio de ganar una beca Erasmus.

Pero, en fin. Con los gobiernos autonómicos imprimiendo para sus escolares libros de Historia, y de Lengua, y de Literatura, donde no sólo no figura Gibraltar, sino que ni siquiera figura el resto de España, ¿a quién carajo le importa un peñón más o menos? Así que es preferible que nuestra diplomacia emplee su tiempo en otros asuntos. Que en cuanto a peñones, colonias, plazas de soberanía o lo que sean, bastante ocupados vamos a estar dentro de poco entregando Ceuta y Melilla -gratis- a un Marruecos islámico, que en vez de pateras nos va a mandar muyaidines. Así, por mí, que Inglaterra, el Orejas y los llanitos se queden Gibraltar, y le pongan encima un anuncio luminoso de Winston y una foto de Lady Di. Que ya está bien de tanto hacer el gilipollas.

23 de febrero de 1997

domingo, 16 de febrero de 1997

Somos así, señora

Hay que ver. En este país ya ajustan cuentas hasta las quinceañeras. Resulta que a una jovencita sevillana, más bien aparente, que por lo visto quiere ser modelo y trae locos a los compañeros del instituto, un grupo de mozas de su edad le dieron el otro día las suyas y las de un bombero, para bajarle los humos y que no vaya a creer que todo el monte es orégano. Todo eso porque, hasta que le arreglaron el cutis a puñetazos y mordiscos, la desventurada era guapa. Y ocurrió a la salida del cole, ante doscientos testigos que miraban. Qué bonito y qué tradicional, piensa uno, comprobar que los jóvenes cachorros apuntan ya las maneras de sus mayores. Es conmovedor que los viejos hábitos nacionales, que tanto juego histórico dieron en el pasado, se perpetúen así en las nuevas generaciones. Y que la envidia, el linchamiento público, la pasividad dominguera y criminal de los que miran, todo tan español y tan nuestro, se ejerzan todavía como antes, como toda la vida, desde la más tierna infancia.

Se quejaba no hace mucho mi vecino Marías de la cantidad de enemigos y odiadores furibundos que, sin haberlos visto ni hablado con ellos en la vida, le salen en este país a cualquiera a quien las cosas le vayan medianamente bien. Y es muy cierto. La envidia no es que sea el primer pecado capital de los españoles, sino que sigue siendo bandera de la mayor parte de los odios que aquí circulan en todas direcciones. Un coche lujoso, una mujer inteligente o atractiva, un marido triunfador, un éxito de cualquier tipo, desencadenan de forma automática una maraña de rencores y descalificaciones a las que todos nos sumamos con alegría desaforada. Gente con quien no te has cruzado jamás puede ponerte de vuelta y media, y estremecen las cosas que sobre tu vida y milagros circulan en boca de gente que te jura saberlas de buena tinta. Y no digamos si la víctima que se nos ofrece es víctima caída, árbol de leña fácil. En tal caso, hay bofetadas por conseguir silla de pista y un hueco por donde meter la mano para asestar la cobarde cuchillada personal en mitad del tumulto. En especial si el objeto del linchamiento tuvo la desgracia de gozar, en algún momento de su vida anterior, de la simpatía o el apoyo popular. En tal caso la ejecución pública toma caracteres de auténtica orgía nacional, en este país donde damos garrote vil con el mismo entusiasmo, pelo a pelo, con que minutos antes hemos estado aplaudiendo a rabiar. ¿Maldad? No. Impulso atávico, tan sólo. Manera de ser. España y nosotros somos así, señora.

Hace unos días se descartó aquel proyecto policial de archivar los datos procedentes de sospechas y denuncias, y no sé si se hacen idea de la que nos libramos con tan prudente carpetazo. Porque en Alemania -por decir algún sitio- cuando uno denuncia al vecino porque tiene alto el televisor, igual que hace poco delataba al judío del tercero izquierda para que las SS -que tienen RH casi tan impecable como el de don Xabier Arzalluz- con convirtieran en jabón Lagarto, lo hace siempre por motivos elevados: mantener la disciplina ciudadana, el bien común, la pureza de las razas superiores y cosas así. Pero es que los alemanes son ejemplares ciudadanos, espirituales y con muy altas miras. Además, les encanta el paso de la oca. Mientras que, en España, los archivos policiales iban a llenarse de denuncias miserables sobre vecinos con mujeres guapas, bemeuves, novios con buena posición, éxitos financieros, cinematográficos, televisivos o editoriales. Es que a saber de dónde ha sacado ese crédito. O ese visón. O esa rubia. O esa oposición. O esa barbacoa. Y eso de que Fulano es pederasta, habría que verlo. ¿Cómo va a ser pederasta si no tiene ni el bachillerato, y además es maricón?

En la antigua Roma, cuando un miles gloriosus despachaba a unos cuantos centenares de bárbaros y tenía derecho al Triunfo, un esclavo sostenía sobre su cabeza la corona mientas le repetía una y otra vez al oído: "Recuerda que eres mortal", para que no se le fuera la olla. Y tener certeza de esa mortalidad resulta saludable, el éxito, la suerte, cualquier otro hecho a destacar, acarrean legiones de odiadores públicos y secretos, al acecho del momento en que pises la piel de plátano que la vida, tarde o temprano, te pone siempre en el camino. Tener esa certeza es como navegar con un ojo en la mar y otro en las velas y el viento: ayuda a mantenerse vivo. Aquí, el mejor antídoto para evitar que el éxito se suba a la cabeza es la conciencia terrible de que ese éxito se está teniendo en España.

16 de febrero de 1997

domingo, 9 de febrero de 1997

La cultura de la presunta química

Hace unos días, zapeando con la tele, me topé con un informativo donde una redactora se refería al Santo Sepulcro como "el lugar donde presuntamente está enterrado el cuerpo de Cristo". Confieso que me quedé inmóvil, con el mando a distancia en la mano, mirando la pantalla con cara de gilipollas. Así, por el morro, la redactora había resuelto en dos palabras uno de los dogmas que durante veinte siglos han llevado de culo a los teólogos y a la Iglesia. Pero ojo: por si acaso, la astuta pécora había expresado su cautela profesional con el presuntamente -ahora todo es presunto: un terrorista, una navaja, un cadáver, un ex presidente González- para no pillarse los dedos. No vaya a ser que el cuerpo enterrado allí no sea de verdad el de Jesucristo, se diría la moza, y la caguemos. Vive Dios.

Total. Que después aprieto el botón y me doy de bruces con don Xabier Arzalluz en otro telediario, amenizándome la cena con uno de sus apasionantes acertijos de cripto-ambigüedad a base de nosotros y ellos; y cuando estoy en plena faena de darle al caletre para averiguar si yo soy de ellos o soy de nosotros, o lo que soy es un paria de la tierra, hete aquí que oigo al suprascrito referirse, muy serio, a la cultura de los pactos. Eso suena sólido, definitivo, incluso erudito. Ahí sí tengo algo a lo que agarrarme, así que salto como una bala rumbo a la biblioteca, cojo el diccionario de la Real, y leo: "Resultado o efecto de cultivar los conocimientos humanos y de afinarse las facultades intelectuales... Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grados de desarrollo artístico, científico, industrial...". Con el diccionario todavía abierto sobre la mesa me rasco, perplejo, la coronilla. Cultura de los pactos. Así está la cultura, me digo. Y los pactos.

Cambio de canal, y encuentro a don Julio Anguita, siempre tan políticamente correcto y tan recto de miras, dirigiéndose a los compañeros y compañeras en flagrante asesinato del uso lógico de los géneros en la lengua castellana, a fin de que nadie lo acuse, supongo, de sexista. (Eso me lleva, por cierto, a recordar, que después de haber impuesto socialmente términos como ministra, o jueza, masculinizando por el morro lo que –a pesar de su justificación latina en el primer caso-, siempre fueron términos de aceptado uso neutro como ministro, juez, etcétera, ya va siendo hora de que seamos consecuentes con nuestra propia estupidez y adoptemos también los términos políticamente correctos de caba, sargenta, pilota, o albañila, por ejemplo, que tan feliz harían a la ex ministra Cristina Alberdi, notoria paladín de la cosa).

En fin. Pulso de nuevo el botón, y de pasada escucho a un comentarista deportivo referirse a "la filosofía desarrollada en el partido de ayer entre el Hércules y el Barca, cuyo déficit...". Y me digo: atiza. Qué nivel, Maribel. Sobre todo habida cuenta de que el diccionario que aún tengo sobre las rodillas define la palabra filosofía como "Ciencia que trata de la esencia, propiedades, causas y efectos de las cosas naturales... Conjunto de doctrinas que con este nombre se aprenden en los institutos, colegios y seminarios...". En cuanto al déficit, prefiero no remover el hierro en la herida; así que cierro con suma prudencia el diccionario, zapeo de nuevo y me encuentro allí, en la tele -nunca lo adivinarían ustedes- a don José María Aznar, sí, en persona, impecable, sereno, torero, firme timonel, quien a la pregunta de un periodista sobre "¿Qué tal ha funcionado la química con Helmut Kohl?", responde, certero, sin despeinarse: "Bien, sin ningún tipo de problemas". Y es que la química, ya saben ustedes, siempre es la química. Más claro, H2O.

De cualquier modo, ahora que lo pienso, la utilización de todos esos términos, y de tantos otros que parecen valer lo mismo para un cocido que para un estofado, tiene la ventaja de que son intercambiables. Todoterreno, podríamos decir para estar a la altura del asunto. Por ejemplo, el presidente del Gobierno podría haber dicho que la filosofía con Helmut Kohl funciona sin ningún, tipo de problemas, el comentarista deportivo referirse a la cultura de la confrontación entre el Barca y el Hércules, y don Xabier Arzalluz argumentar que los pactos no funciona por falta de química entre ellos y nosotros. O mejor -esa última afirmación suena, quizás, excesivamente concreta y políticamente incorrecta- por presunta falta de química entre ellos y ellas, y nosotros y nosotras.

9 de febrero de 1997

domingo, 2 de febrero de 1997

Hola, estoy en el AVE

Iba el arriba firmante en el AVE, camino de Sevilla, leyendo la entrevista que El Semanal le hizo a mi ex ministro y secretario general de la OTAN favorito, don Javier Solana. Y justo al llegar a sus dramáticos recuerdos de cuando fue espantosamente tiroteado en Sarajevo, y aquella noche infernal, dantesca, que pasó sin luz ni agua en el hotel Holiday Inn en 1995 -la guerra de Yugoslavia empezó en 1991, y él se había pasado cuatro años dándoles palmaditas en la espalda a los serbios y asegurando que aquello estaba resuelto, sin que ninguno de los que éramos tiroteados cada día lo viéramos asomar por allí-, justo cuando llegué a ese heroico párrafo, digo, y estaba a punto de tirarme por el suelo de risa, sonó un teléfono móvil y rompió el encanto de la cosa.

Si hay algo que detesto es un local cerrado cuando empiezan a sonar los teléfonos móviles y el personal se pone a contar su vida sin el menor pudor. Lejos de caer en la cuenta, además, de que el único teléfono práctico de verdad es aquel cuyo número no conoce nadie. Y que a alguien verdaderamente poderoso no lo llaman nunca, porque es su secretaria la que incordia a otros desde la oficina; mientras que quienes responden en mitad de un viaje, o un almuerzo, o en mitad de la calle, sólo son desgraciados y tiñalpas cuyos jefes les tienen hipotecado hasta el tiempo libre, o rasca-puertas que para ganarse el pan tienen que estar todo el día dale que te pego, o exhibicionistas más tontos que una mierda. Que es otra variedad, la del parlanchín compulsivo por el morro que el arriba firmante se ofrecería voluntario con gusto para ejecutar masivamente al amanecer.

El caso es que aquel día de autos, o de AVES -reconozco que es un retruécano imbécil-, rompió el fuego telefónico un fulano empeñado en explicarle a un presunto socio que ciertos recambios de una conocida marca de automóviles estaban disponibles en Jaén, especulando sobre si llegarían o no a tiempo para que los recogiese López; apasionante tema que nos tuvo a todos los pasajeros del vagón pendientes de un hilo, hasta que otro bip-bip-bip y otra llamada desviaron nuestra atención al extremo de la fila de asientos, donde una individua con aspecto de ejecutiva segura de sí se puso a contarle a una tal Montse algo sobre un reciente viaje a Cuba, al parecer turístico. A la altura de Puertollano la ejecutiva seguía amorrada al asunto, y López debía de haber tomado el control de la situación en Jaén, porque el de los recambios leía ahora el periódico y había sido relevado dos asientos más atrás por un italiano que era -lo juro por mi santa madre- idéntico a Torrebruno, y que interpelaba, en su lengua y con potencia de barítono, a alguien llamado Mario. La ejecutiva seguía a lo suyo, poniendo a parir, por cierto, a un tal Aguirre, que, dedujimos todos por el contexto, era o su jefe o su marido o algo así -por cierto, Aguirre, si lees estas líneas, pongo en tu conocimiento que ella te la está pegando, bien con una empresa de la competencia, bien con un tío de Málaga-. En fin. Estaba yo atento, tendiendo la oreja a ver si podía averiguarlo a pesar de los gritos que daba el italiano, cuando mi vecino de asiento, contagiado sin duda por el ambiente, sacó otro móvil y marcó un número.

No sé si se hacen cargo de la situación. Hasta ese momento, mi vecino -un tipo de mediana edad y aspecto amable- y yo nos habíamos mirado con esa especie de solidaridad de las víctimas unidas ante lo adverso. Y de pronto, igualito que en aquellas películas de invasiones extraterrestres en que al final uno descubre que a su amigo Johnnie le han injertado un chip en un huevo y es un alienígena camuflado, comprobé con horror que también mi vecino era uno de ellos, como Donald Sutherland en La invasión de los ultracuerpos «¿Cómo están los niños?», dijo. Así que me levanté, dispuesto a hacer pipí, aprovechando para darme a la fuga. Al pasar junto a la ejecutiva susurré: «recuerdos a Montse», y me miró con mala cara, como preguntándose de qué va este gilipollas.

Volví a los tres minutos. Mi vecino de asiento, una vez recabada la información sobre el estado de los niños, marcaba un nuevo número. «Hola. Estoy en el AVE», dijo. Y yo me partí la uña que estaba mordiendo con desesperación. Al fondo, la ejecutiva y Montse seguían a lo suyo, y Torrebruno le contaba a Mario algo sobre los spaghetti de la Mamma.

2 de febrero de 1997

domingo, 26 de enero de 1997

Gringos, lumis y camareros

Alguien se ha ofendido, creo, porque hace unas semanas sugerí que, tras negociarlo con Washington, el Gobierno podría conseguir que la VI Flota utilice Cartagena y Cádiz como burdeles, a fin de animar un poco la economía nacional. Un lector, incluso, se adhiere a mi propuesta sugiriéndome que añada a la oferta la casa de la madre que me parió. De cualquier modo -mientras considero el asunto- creo superfluo precisar que los nombres de esas ciudades, bases navales por cierto, fueron tomados al azar, y no porque sus condiciones las hagan más idóneas que, por ejemplo, Cáceres o Barcelona. Lo que pasa es que Cáceres no tiene puerto de mar, y en Barcelona los marineros gringos de origen hispano, que son cada vez más, iban a hacerse la picha un lío con la rotulación lingüísticamente normalizada, pasándose las noches preguntándoles a las lumis de las esquinas si estaban en España o no. De cualquier modo, la idea original no es mía. Asociaciones de comerciantes de algunas ciudades mediterráneas han llevado a cabo iniciativas para ofrecer facilidades y descuentos a los marinos de los buques norteamericanos si éstos hacen escala fija en sus puertos. Y por algo se empieza. Ignoro cuál es el estado actual de esas gestiones, y prefiero no saberlo. Pero el móvil resulta comprensible: es muy duro vivir del pequeño comercio y ver que mientras todo el mundo, Gobierno, ayuntamientos y ciudadanos de a pie, da las máximas facilidades a las grandes superficies, a tí no te entra nadie en la tienda. Así que, bueno. Más vale, se dicen, un fulano de Arkansas con descuento que ciento volando.

Y es que hay que cogerle el tranquillo al asunto. El cuadro general consiste en la afirmación apriorística de que Europa es un espacio compartido, cuya población y gobiernos tienen por meta el bien común y la solidaridad: inexactitud que orientó la política económica de mis primos, los de los cien años de honradez, durante trece largos años. No sé si se acuerdan de aquel ministro bajito y de Tafalla, cuya gestión -pelotazos de gente guapa aparte puede resumirse en la idea de que, como Europa era un solo espacio económico, las industrias lo mismo daba que estuvieran en Alemania que aquí. Así que, puestos manos a la obra, se desmanteló lo de aquí, y ahora, efectivamente, las industrias están en Alemania. Y allí se van a quedar para el resto de nuestra puta vida. En cuanto al concepto de liberalismo económico -que los sonrientes herederos del asunto parecen compartir con entusiasmo- resulta que en España consiste en decirle a la gente que se busque la vida como pueda. A saber: que el empresario es quien se lo guisa y se lo come, que las prestaciones a los más desfavorecidos y a la enseñanza pública van a menos, y que quienes educaron a sus hijos para ganarse el pan honrado en un puesto de trabajo decente y seguro, ya pueden irlos reciclando para que sean unos golfos buscavidas, salvo que prefieran trabajar jornadas interminables por sueldos de miseria que a veces ni llegan a cobrar, en manos de explotadores y de sinvergüenzas que se aprovechan de la mano de obra barata, y a quienes sus víctimas no se atreven a denunciar por miedo a verse en la lista negra de la oferta laboral.

Voto a Dios que lo están consiguiendo. En realidad, cuando algunos hablan de buenas perspectivas económicas se refieren a que hay pajar abierto para quienes se montan el asunto de la pasta de tú a tú con Europa o con quien sea; pero muchos de tales negocios también pueden hacerse con una secretaria y un fax, sin generar puestos de trabajo estables, suspendiendo pagos de vez en cuando, cerrando unas empresas y abriendo otras a conveniencia, peloteando letras y chalaneando de aquí para allá. Aunque lo pare un país no es próspero porque circule el dinero negro, sino porque la gente goza de perspectivas estables que aseguran su futuro, en vez de ir tirando a base de contratos basura, limosnas comunitarias y subvenciones. Y a este paso, la aventura europea va a quedarse, para buena parte de España, en un país de servicios. Y como todo el mundo sabe, servicios es un eufemismo para referirse, entre otros, a los países de putas y camareros. Los imbéciles y los irresponsables que hicieron y hacen posible todo esto son los que, a la larga, dan lugar a que la gente aplauda a las malas bestias totalitarias que, a cambio de ofrecer trabajo, secuestran la vida y la libertad.

26 de enero de 1997

domingo, 19 de enero de 1997

Parejas venecianas

Nunca antes me había fijado en la cantidad de parejas homosexuales que se ven paseando por Venecia. Los encuentras caminando por los puentes, a la orilla de los canales, cenando en los pequeños restaurantes del casco viejo. No suele tratarse de dúos espectaculares, sino todo lo contrario: gente discreta, tranquila, a menudo con aspecto educado. Mirando a los demás aprendes cantidad de cosas, y en el caso de estas parejas siempre me encanta sorprender sus gestos comedidos de confianza o afecto, el reparto convencional de roles que suele darse entre uno y otro, la ternura contenida que a menudo sientes flotar entre ellos, en su inmovilidad, en sus silencios. Pensaba en todo eso el otro día, a bordo del vaporetto que cubre el trayecto de San Marcos al Lido. Sobre la laguna soplaba un viento helado, los pasajeros íbamos encogidos de frío, y en un banco de la embarcación había una pareja, hombre y hombre, cuarentones, tranquilos. Se sentaban muy juntos, apoyado discretamente un hombro en el del compañero, en un intento por darse calor. Iban quietos y callados, mirando el agua verdegris y el cielo color ceniza. Y en un momento determinado, cuando el barco hizo un movimiento y la luz y la gama de grises del paisaje se combinaron de pronto con extraordinaria belleza, los vi cambiar una sonrisa rápida, fugaz, parecida a un beso o una caricia.

Parecían felices. Dos tipos con suerte, pensé. Aunque sea dentro de lo que cabe. Porque viéndolos allí, en aquella tarde glacial, a bordo de la embarcación que los llevaba a través de la laguna de esa ciudad cosmopolita, tolerante y sabia, imaginé cuántas horas amargas no estarían siendo vengadas en ese momento por aquella sonrisa. Largas adolescencias dando vueltas por los parques o los cines para descubrir el sexo, mientras otros jóvenes se enamoraban, escribían poemas o bailaban abrazados en las fiestas del Instituto. Noches de echarse a la calle soñando con un príncipe azul de la misma edad, para volver de madrugada hechos una mierda, llenos de asco y soledad. La imposibilidad de decirle a un hombre que tiene los ojos bonitos o una hermosa voz, porque, en vez de dar las gracias o sonreír, lo más probable es que le parta a uno la cara. Y cuando apetece salir, conocer, hablar, enamorarse o lo que sea, en vez de un café o un bar, verse condenado de por vida a los locales de ambiente, las madrugadas entre cuerpos danone empastillados, reinonas escandalosas y drag queens de vía estrecha. Salvo que alguno -muchos- lo tenga mal asumido y se autoconfine a la alternativa cutre de la sauna, la sala X, la revista de contactos y la sordidez del urinario público.

A veces pienso en lo afortunado, o lo sólido, o lo entero, que debe de ser un homosexual que consigue llegar a los cuarenta sin odiar desaforadamente a esta sociedad hipócrita, obsesionada por averiguar, juzgar y condenar con quién se mete, o no se mete, en la cama. Envidio la ecuanimidad, la sangre fría, de quien puede mantenerse sereno y seguir viviendo como si tal cosa, sin rencor, a lo suyo, en vez de echarse a la calle a volarle los huevos a la gente que por activa o por pasiva ha destrozado su vida, y sigue destrozando la de chicos de catorce o quince años que a diario, todavía hoy, siguen teniéndolo igual que él lo tuvo: las mismas angustias, los mismos chistes de maricones en la tele, el mismo desprecio alrededor, la misma soledad y la misma amargura. Envidio la lucidez y la calma de quienes, a pesar de todo, se mantienen fieles a sí mismos, sin estridencias pero también sin complejos. Seres humanos por encima de todo. Gente que en tiempos como éstos, cuando todo el mundo, partidos, comunidades, grupos sociales, reivindica sus correspondientes deudas históricas, podría argumentar, con más derecho que muchos, la deuda impagada de tantos años de adolescencia perdidos, tantos golpes y vejaciones sufridas sin haber cometido jamás delito alguno, tanta rechifla y tanta afrenta grosera infligida por gentuza que, no ya en lo intelectual, sino en lo más elemental y humano, se encuentra a un nivel abyecto, muy por debajo del suyo.

Pensaba en todo eso mientras el barquito cruzaba la laguna y la pareja se mantenía inmóvil, el uno junto al otro, hombro con hombro. Y antes de volver a lo mío y olvidarlos, me pregunté cuántos fantasmas atormentados, cuántas infelices almas errantes no habrían dado cualquier cosa, incluso la vida, por estar en su lugar. Por estar allí, en Venecia, dándose calor en aquella fría tarde de sus vidas.

19 de enero de 1997

domingo, 12 de enero de 1997

El hidalgo desnudo

Bueno, pues ya lo he visto. Y se me han caído los palos del sombrajo. El caballero de la mano en el pecho todavía tiene la mano ahí, es cierto; pero poco más. Después de la limpieza de cutis que le han hecho en el Prado, no es que parezca otro, sino que es otro. Con ese fondo gris que le han descubierto a la espalda, y con la antaño triste figura lavada, aclarada y centrifugada, no me cabe duda de que ahora se parecerá mucho más al cuadro original. Pero resulta que el cuadro original, y hasta el modelo, se ven más vulgares y de andar por casa. La mirada del observador, que antes iba, sobrecogida, de la cara realzada por la gola a la mano y a la empuñadura de la espada, deslizándose al paso por el suave relucir de la cadena y la medalla, se dispersa ahora en una visión general del asunto que destruye el antiguo efecto, luz y sombra, con aquel levísimo halo que enmarcaba de dignidad el delgado rostro del hidalgo.

El cuadro sigue siendo bello, por supuesto. Pero ya es, y será siempre, otro cuadro. Que a estas alturas resulte que fue así como lo pintó Doménico Teotocópulos, y no como lo oscurecieron la oxidación del barniz y la mano de un anónimo reformador para acercarlo más al gusto del XIX, resulta, a mi juicio, lo de menos. Hay objetos, cuadros, monumentos, que adquieren con el tiempo carácter de símbolos; y su apariencia, genuina o no, pasa a formar parte de la propia historia y esencia de la obra misma. Desde ese punto de vista, no sé hasta qué punto la voluntad personal de un restaurador tiene derecho a devolver la obra a su estado original. Es como si a Nuestra Señora de París, por ejemplo, le quitaran ahora las gárgolas de Viollet le Duc porque no estaban en el edificio medieval y fueron añadidas en 1845. Quiero decir con eso que determinadas circunstancias del tiempo y la Historia que, para bien o para mal, imprimen carácter a un edificio, estatua o cuadro, adquieren a veces tanto derecho a estar allí como la propia obra original. Además, si es cierto que a menudo la verdad nos libera de muchas falsedades, no siempre es forzosamente buena la desaparición de ciertas mentiras, cuando las verdades que vienen son más prosaicas, o más infames. A veces el hombre necesita también, junto a las dosis de realidad, dosis de esa substancia maravillosa que está hecha de la misma materia que las ideas, y los sueños. Aunque, por otra parte, si es cierto que la verdad no siempre resulta revolucionaria, ni siempre nos hace libres, con frecuencia tiene la virtud de destruir embustes que permitieron a otros manipularnos a su antojo. O disipar cortinas de humo que nos confortan o nos acomodan, y cuya desaparición obliga a afrontar la realidad, haciéndonos adultos a la fuerza.

Ambas posturas, supongo, son justificables. Y allá cómo mira cada cual los cuadros que le apetece mirar. En lo que al arriba firmante se refiere, confieso que descubrir a ese desconocido, a ese impostor que acaba de meterse a traición en el ropaje de un viejo y respetado amigo, ha sido un golpe duro. Porque hay embustes que a uno le gustaría creer; baluartes necesarios para protegerse de la mediocridad, la estupidez o la desesperación. Cuando miras hacia atrás en la Historia de España y observas esa sucesión de sombras y claroscuros, esa siniestra trayectoria que nos llevó de la nada a la miseria, tienes -o tenías- al menos el consuelo de creer que, incluso en lo oscuro, en lo trágico, en la maldad y en el error, se daba una especie de coartada espiritual, ideológica o lo que diablos fuera. Una actitud ética; o incluso, si me apuran, sólo estética. Algo que, si bien no bastaba para justificar lo injustificable, sí al menos explicaba que antaño fuésemos lo que fuimos, como preludio de la desgracia que ahora somos. Pero resulta que no. Que basta una mano de jabón Lagarto y estropajo para probar que ya hace cuatro siglos éramos tan ordinarios como ahora; y que la representación pictórica del hidalgo español por antonomasia, del alma solemne de ese cierto modo de entender España que se nos vendió como coartada de todo lo demás, era tan postiza y falsa como el resto. Al final hasta va a resultar que, en vez de uno de esos sobrios y enlutados caballeros en los que se nos hacía admirar la austera virtud de nuestros ancestros, el fulano se llamaba Manolo y era un comerciante de paños de Tarrasa, un traficante de negros gaditano, o un usurero gallego. Igual -lo estoy viendo venir- hasta era el novio del amigo Teotocopulos, vestido con el traje de los domingos.

12 de enero de 1997