domingo, 31 de agosto de 2003

Giliaventureros


Me parece muy bien que un fulano, o fulana, practique deportes de riesgo: parapuenting, nautishoking, tontolculing y todo eso. Cada cual es cada cual, y hay quien no encuentra riesgo suficiente en conducir cada mañana camino del curro, con doscientos hijos de puta a ciento ochenta adelantándote por los carriles derecho e izquierdo. Sobre gustos, ya saben. Como he comentado alguna vez, veo de perlas que alguien ávido de vivir peligrosamente haga motocross por Afganistán, o se tire por las cataratas del alto Amazonas con una piedra de quinientos kilos atada al pescuezo. Me parece bien, ojo, siempre y cuando el osado deportista no vaya luego quejándose al ministerio de Exteriores cuando un pastor de cabras afgano y enamoradizo lo ponga mirando a Triana en las soledades del Paso Jyber, o las pirañas motilonas le roan un huevo. Como el propio complemento indica, son deportes de riesgo, y punto. Allá cada cual con lo que se juega. Lo que pasa es que incluso ahí hay clases. Categorías. No es lo mismo ser un aventurero de riesgo que un giliaventurero. Y no es giliaventurero el que quiere, sino el que puede.

Para que ustedes capten la diferencia, pongamos que un aventurero normal, español, de infantería, al que le gustan los deportes de riesgo, compra en Carrefour un barreño de plástico, se pone un casco de albañil de la obra y los manguitos de su hija Jessica, y se tira dentro del barreño por los rápidos de un río asturiano, por ejemplo, al día siguiente de que el ministro de Fomento haya afirmado rotundamente que los ríos asturianos son los menos contaminados, los más tranquilos y seguros de Europa. Eso es echarle adrenalina y cojones al deporte, y ahí no tengo nada que objetar. Al Filo de lo Imposible se hace con cosas menos arriesgadas. Además, lo del barreño está al alcance de cualquiera. Sale por cuatro duros. Basta ser un poquito imaginativo y una pizca gilipollas.

El otro, el aventurero de riesgo de elite, o sea, el giliaventurero a lo grande, es un ejemplar más exquisito. Tiene rasgos específicos propios, lejos del alcance de cualquier tiñalpa. El nivel Maribel de sus hazañas, por ejemplo, está muy por encima de la media del resto de los aventureros cutres. Un giliaventurero de pata negra nunca se despeina por menos de una travesía atlántica a bordo de un navío de línea de setenta y cuatro cañones construido por artesanos turroneros de Jijona con bejucos del Aljarafe, y tripulado por una dotación hermanada y multirracial –eso es lo más emotivo y lo más bonito– compuesta por un saharaui, un chino, un maorí y uno de Lepe. Y si nunca llega a atravesar nada porque una vez se le suelta el bejuco y otra se le amotina el chino, y tiene que salir doce o quince veces, pues mejor. Más fotos y más prensa. Además hay aventuras alternativas, como hacer slalom entre los icebergs de Groenlandia con moto acuática y sin otra escolta que una fragata de la Armada, o tirarse con parapente de kevlar ignífugo sobre Liberia –hermoso detalle solidario con esos pobres negros– para aterrizar en Puerto Portals, entre una nube de fotógrafos, casualmente el día de la regata patrocinada por la colonia Azur de Juanjo Puigcorbé número 5.

Pero la piedra de toque, la condición indispensable, el contraste de calidad por donde se muerde a este aventurero al primer vistazo, es ese aura, ese carisma mediático que deja, para toda la vida, tener o haber tenido algún parentesco, aunque sea lejano o accidental, con familias de la realeza europea: primo del heredero de Varsoniova, ex novio de la hija hippie del rey de Borduria, hermano del cuñado del rey de Ruritania. Detallitos, en fin, que permiten salir en la prensa rosa. Ayuda mucho ser de buena familia, con posibles, y que el patronímico –con los aventureros cutres se dice nombre a secas– sea, por ejemplo, Borja Francisco de los Santos; pero que desde niño la familia y los amigos te hayan llamado, y sigan haciéndolo aunque ya tengas cuarenta tacos, Cuquito, Cholo o Totín. Porque luego, cuando el Hola dedica cuatro páginas a tu última hazaña, para el titular queda estupendo eso de Totín Fernández del Ciruelo-Bordiú, estirpe de aventureros, declara: «Que Televisión Española, Iberia, Telefónica, el BBVA, La Caixa, Trasmediterránea, Repsol, la Once y la Doce me financien esta gesta no tiene nada que ver con que yo sea cuñado del rey Ottokar de Syldavia».

31 de agosto de 2003

domingo, 24 de agosto de 2003

Mi amigo el torturador


Algunas veces, en otro tiempo menos académico, vi torturar. Sé que no suena políticamente correcto, pero no siempre eliges la letra pequeña, o bastardilla, de tu biografía. Hablo de torturar de verdad; cuando importa un carajo que el paciente salga inválido para toda la vida, o no salga. Pongamos Nicaragua, por ejemplo. Hace veinticinco años estuve con los rangers somocistas en el combate del Paso de la Yegua. Después, en una cabaña, había un prisionero herido que gritaba más de lo normal. Me acerqué a echar un vistazo; y cuando asomé la cabeza y vi el panorama, un teniente al que llamaban El Gringo, y con quien hasta entonces había tenido muy buen rollo, dejó la faena para mirarme de una manera –«¿Qué hace aquí este hijueputa?», preguntó– que me puso la piel de gallina. Supongo que esos héroes mediáticos que van a la guerra tres días, de turistas y acompañados por cámaras de televisión y oenegés, y a la vuelta hacen mesas redondas y escriben ensayos sobre el corazón de las tinieblas, habrían protestado, hablándole al teniente de derechos humanos y afeándole su conducta. Pero yo era un puto reportero y estaba solo con aquellos fulanos, en el culo del mundo. Así que decidí irme al otro lado de la aldea, a buscar una cerveza. No sé si me explico.

Otra vez, en Mozambique, conocí a un ex militar portugués. Nos hicimos colegas emborrachándonos en un puticlub. El tipo era simpático, y obtuve de él informaciones interesantes. Siempre hablan, dijo al fin. Y era evidente que lo que sabía del asunto no se lo había contado nadie. Si el operador –él decía operador– es inteligente y tiene paciencia, terminan contándotelo todo. Lo que pasa es que hay mucho aficionado, malas bestias con prisas, y esos destrozan a la gente y se les mueren entre las patas. «Hasta para eso hacen falta profesionales», remataba el cabrón, mirándome por encima del whisky. Y lo extraño es que aquel fulano, que a lo largo de la conversación me proporcionó argumentos objetivos suficientes para afirmar que era un hijo de la gran puta, me había estado cayendo bien. No por lo que contaba, claro, sino por la cara que tenía, sus gestos, la forma de explicar las cosas, el modo de bromear con el camarero, la cortesía exquisita con que trataba a las lumis negras del local. Pretendo decirles con esto que un torturador no lleva la T mayúscula tatuada en la frente; y que, si desconocemos su currículum, muy bien podemos tomarlo por uno de nosotros. O tal vez –lo que ya resulta más inquietante–, algunos de nosotros, en el contexto adecuado, podrían convertirse en torturadores.

A finales de los setenta, con motivo de un reportaje en la Antártida, conocí a varios oficiales jóvenes de la Armada argentina. Tenían mi edad, les caí bien, y ellos a mí. Eran apuestos y educados. Encantadores. Salimos un par de veces a cenar y de copas por Buenos Aires. A un par de ellos – Marcelo, Martín– llegué a considerarlos amigos. Yo era un reportero que cubría conflictos, revoluciones y guerras. Eso formaba parte de mi trabajo, y aquellos chicos eran contactos útiles que atesoraba en mi agenda. En esos tiempos aún coleaba la represión militar en Argentina, y los Ford Falcon circulaban todavía como sombras siniestras por la ciudad. Pero cuando yo mencionaba eso, ellos encogían los hombros. Nada que ver, decían. O muy poquito. Lo nuestro, decían, se limitó a algún operativo cumpliendo órdenes. Y cambiaban de conversación.

Años más tarde, el diario Pueblo me envió a cubrir la guerra de las Malvinas. Tiré de agenda, y mis amigos marinos, que entonces estaban destinados en embajadas argentinas europeas y en Inteligencia Naval de Buenos Aires, me fueron utilísimos. Obtuve de ellos muy buena información, y gracias a su ayuda viajé al escenario del conflicto y firmé muchos días en primera página. Después me fui a otras guerras. Entretanto, en Argentina había caído la dictadura militar, y empezaban a conocerse de veras los detalles de la represión, las torturas y los asesinatos. Un día abrí una revista y encontré una relación de torturadores de la Escuela de Mecánica de la Armada, con fotos. Mis amigos estaban allí. Todos. A uno de ellos, Marcelo, he vuelto a verlo hace poco, fotografiado en una cárcel española. Sigue teniendo cara de buen chico y conserva el bigote rubio, aunque ha engordado un poco. En el pie de foto figura su nombre real: Ricardo Cavallo.

24 de agosto de 2003

domingo, 17 de agosto de 2003

Maruja y Mariano atacan de nuevo


Les juro a ustedes por mis muertos más frescos que este verano estaba decidido a no teclear una línea sobre la indumentaria veraniega, los horrores de las pantorrillas peludas y las morsas desinhibidas que van por ahí derramando tocino sin pudor y sin refajo. Lo juro. Iba a callarme como una almeja cruda, rompiendo una tradición de diez años, que se dice pronto; pero ya saben que esto solía hacerlo en estéreo con el perro inglés, y éste pasó a mejor vida. O a peor, que nunca se sabe. El caso es que con mi vecino de ahora, pese a que es viejo colega y amigo, no tengo todavía las mismas confianzas, e ignoro si echa la pota cuando se le sienta al lado en un restaurante un fulano en bañador y chanclas y empieza, ris, ras, a rascarse los huevos. Así que, en la duda, este verano había decidido abstenerme. Nada de axilas peludas. Además, esos maravillosos anuncios de la Once y la canción del verano me han reconciliado mucho con la indumentaria estival. A fin de cuentas, las cosas terminan formando parte de tu vida, te gusten o no.

Viendo a los colegas con sus camisas de flores y sus calzones cortos, y a las pavas rascándose en la tripa los picores de la medusa del amor, me doy cuenta de que su mérito, o su éxito, estriba en que representan a gente a la que conoces, quieres y comprendes. Que su estética hortera y su guasa veraniega forman parte de tu propia historia y se han vuelto entrañables a tu pesar. Que las maripilis en plan Ketchup o los colegas con su murga de los chopitos y las tapas de jamón son ahora arquetipos tan españoles como el macarra de playa de los años setenta, la morena de la copla o el paleto de la boina que hacía Gila en los cincuenta. Y al final, fastidiándote como te fastidia lo negativo y torpe que representan, que es mucho, tienes que sonreír y quererlos, porque desayunas en el mismo bar, sufres a los mismos políticos, rellenas las mismas quinielas, y no eres quien para creerte mejor que ellos. A fin de cuentas, concluyes divertido, quizás tus bisnietos te imaginen así, con chanclas, bermudas de flores y camiseta a las siete de la tarde. La vida gasta bromas como esa.

El caso es que este agosto iba a indultar a Maruja y a Mariano con su parafernalia veraniega. Pero se me ocurrió bajar a Madrid la otra tarde, y mis intenciones solidarias se fueron al carajo. Imaginen –sin esfuerzo, pues todos frecuentamos los mismos pastos– un calor del carajo y una muchedumbre sudorosa y absolutamente despelotada. No digo ligera de ropa, ojo. Paquirrín en Matalascañas era Petronio en Capri comparado con aquello. No es ya que hubiera patas peludas, chancletas o camisetas dejando pelambreras sobaquiles al aire, como siempre. Es que la gente iba literalmente en pelotas por la Puerta del Sol y la Gran Vía, entraba al Corte Inglés o se sentaba en las terrazas como si anduviera por Benidorm o Torrevieja. La madre naturaleza no suele ser pródiga en favores anatómicos; así que el cuadro era una sucesión de espantos. Había cientos de tíos con el torso desnudo, las camisetas remetidas en el bolsillo de atrás del bañador.

Debo decir que las más decorosas eran las señoras de cincuenta años para arriba, con sus vestidos estampados y sus abanicos; aunque había alguna de las restauradas, con ganas de enseñarlo, como para darle cuatro tiros. El resto era una pesadilla de carnes, pelos, dedos de pies, ombligos con y sin piercings, pareos, granos en la espalda, abuelos de piernecillas desnudas y pálidas –haga usted la batalla de Brunete para acabar así–, tatuajes en las ancas, tetillas masculinas, tetazas desbordando el top, rodajas de sebo embutidas en tallas ridículas, sin familiares o amigos, supongo, que digan: Pepa, mujer, no irás a salir a la calle con esa pinta de guarra. Y así, desnudos, en tropel, apestándoles en los pellejos el sudor de treinta y ocho grados a la sombra, te mojaban al rozarte por la calle, en los semáforos, en las aceras, a quinientos kilómetros de la playa más próxima. Madrid, agosto del 2003. Mi esperanza, con la primera impresión, era que fuesen guiris. Que jugara el Manchester, o el Liverpool, o uno de esos, y por la noche los guardias estuviesen –ya saben que soy un reaccionario y un cabrón– arreándoles zurriagazos por todo Madrid. Pero luego me fijé, y nada de eso. Ocho de cada diez eran productos nacionales. Marranos de pata negra.

17 de agosto de 2003

domingo, 10 de agosto de 2003

El asesino que salvó una vida


Se llamaba Tanis Semielfo. Thantalas, en el lenguaje de los elfos Qualinesti. Llegó a casa de Beatriz, su dueña, en Culleredo, con dos meses cumplidos, desnutrido, deshidratado, lleno de pulgas, enfermo de displasia: una desconfiada bolita gris. Ella lo cuidó sin escatimar vacunas, desparasitaciones, piensos especiales, cien mortadelos mensuales por el tratamiento durante ocho meses. Ya saben. Los que tienen perros lo saben. Noches en vela, sobresaltos, meadillas por aquí y por allá, si no tuviera perro esto no pasaría, tus diarreas por todas partes, cabroncete, y yo partiéndome el lomo para comprarte comida y llegar a fin de mes.

A cambio, lo que también saben los que saben: el misterio leal de sus ojos, su presencia callada a los pies de la cama, su fuerza tranquila, el trueno del vozarrón perruno, su pataza torpe apoyada en tu brazo pidiendo una caricia, su trufa húmeda y fría, sus miradas de consuelo. De adoración. Si alguien mira a Dios, piensas, sin duda debe de mirarlo así. También colmillos, por supuesto. Diecisiete meses después, la bolita asustada y enferma pesaba cincuenta y cinco kilos, con setenta y dos centímetros a la cruz, y una boca en la que cabía la cabeza de un niño. Es un perro asesino, le dijeron a su dueña. Un Fila Brasileño. No vivirá mucho, porque tiene el hígado enfermo; pero, mientras tanto, cuidado con él. Mata. Su dueña tuvo mucho cuidado. También quiso saber más.

Investigó, reconstruyendo la siniestra biografía genética de su perro. Naturalmente, a ella no podía ser ajena la mano del hombre. Tanis era un perro hecho para el combate, un guerrero antiguo con una estirpe gladiadora tan vieja como la Historia: el Canis Familiaris Inostranzevi, el moloso persa, griego, asirio, el onzeiro, el cabezudo, el boiardeirobrasileño. Hace dos mil años, sus antepasados destripaban leones y gladiadores en el Coliseo de Roma, acompañaban a las legiones de César, cuidaban su ganado y despedazaban bárbaros con idéntica eficacia; y todavía hace siglo y medio, sus descendientes cazaban esclavos para los blancos en las selvas amazónicas. Por eso los cachorros Fila tienen ojos de viejo, y alma llena de costurones, y mirada resignada, hecha de siglos, de sangre y de fatalidad –su dueña me dijo que los ojos glaucos de Tanis le recordaban al capitán Alatriste–: el hombre los hizo asesinos, y lo saben. Sin embargo, cuando tienen amo no hay lealtad comparable a la suya.

Los Fila, como casi todos los perros, son fieles súbditos de reyes que no los merecen: luchan en guerras que no son suyas, dejándose matar a cambio de una palabra, una caricia o una mirada. Nadie ama como ellos aman. Nadie tocará al dueño mientras sigan en pie, luchando. Hablo de esos mismos dueños que luego, cuando los perros están viejos, enfermos o inválidos –a veces por obedecer sus órdenes– los abandonan, los envenenan, los echan a un pozo o los ahorcan. Eso era Tanis: un sicario. Una pistola cargada y amartillada en manos de los hombres. Uno de esos perros que, cuando el amo baja la guardia, salen en los periódicos y en el telediario, convertidos en criminales por la estupidez o crueldad del dueño, porque la naturaleza tiene extrañas oscuridades, o simplemente porque, en un mundo lleno de gente desquiciada, es lógico que se desquicien los animales. El caso es que, un día, Tanis, el asesino al que los vecinos, con toda la razón del mundo, miraban con recelo y miedo, paseaba por el parque junto a su dueña, entre niños jugando y mamás sentadas en los bancos. De pronto, un pastor alemán que estaba cerca –a diferencia del Fila, y en principio, el Pastor Alemán es un ciudadano libre de toda sospecha– atacó a un niño de tres años llamado Martín.

Por las buenas. Directamente a la garganta. Entonces TanisSemielfo, Thantalas en el lenguaje de los elfos Qualinesti, voló sobre la hierba. Todo el mundo, dueña incluida, creyó que se sumaba a la matanza. Pero no. Se fue derecho al otro perro, fajándose con él a dentelladas. Sangre, colmillos y jadeos: un alarde profesional, resultado de siglos de adiestramiento. Y no lo degolló allí mismo porque el pastor alemán se largó con el rabo entre las patas. El niño, derribado en mitad de la refriega, lloraba entre los gritos histéricos de su madre. Y entonces el perro asesino, cojeando con una pata lastimada y en alto, fue a tumbarse panza arriba, junto a él, para que le acariciara la barriga.

10 de agosto de 2003

lunes, 4 de agosto de 2003

El timo del soldadito Pepe


Es que lo ponen a huevo. Observen si no la perla. Televisión, hora de máxima audiencia, publicidad: «Nuestras fuerzas armadas siempre están donde se las necesita». Ahí, nada que objetar. Las fuerzas armadas están para eso. Patria aparte, soldado viene de soldada, que significa cobrar por jugarse el pellejo. Al oír lo de fuerzas armadas –fuerza que lleva armas– uno imagina a intrépidos guerreros desembarcando con el machete entre los dientes, corriendo colina arriba bajo el fuego enemigo, o defendiendo Perejil hasta la última gota. Incluso –a ver si le hago caso a mi madre y me reconcilio con los obispos de una puta vez– a curtidos lejías sin rastro de grifa en la mirada marcial, llevando en alto al Cristo crucificado en las procesiones de Málaga tras poner su equis en la correspondiente casilla eclesiástica de Hacienda. Uno espera eso, por lo menos, de un anuncio que reclama voluntarios para las fuerzas armadas. Pero no. Desilusión al canto. En vez de referirse a la guerra espantosa, que es lo relacionado de toda la vida con ese oficio, se diría que el anuncio se lo encargaron a la factoría Disney.

Supongo que también lo han visto: unos jóvenes y jóvenas con cara de buenos chicos, maravillosos, solidarios, vestidos de camuflaje, ayudando a la gente de una manera, oyes, que te pone la carne de gallina, sonrientes, abnegados, maravillosos. Éste da de beber al sediento, aquel viste al desnudo, el de acá visita al enfermo, el otro consuela a los afligidos. Todo como a cámara lenta y con música, creo recordar –lo mismo no era esa peli, pero se parece– de La Cenicienta. Ya saben. Eres tú el príncipe azul que yo soñé. Y, por supuesto, ni pistolas, ni tanques, ni nada. Armas de destrucción masiva o en menudeo, ni por el forro. El arma de esos muchachos, desliza implícitamente el anuncio, es su corazón de oro. Disparar ya no se lleva, por Dios. Para antibelicistas, nosotros. Tenemos las únicas fuerzas armadas pacifistas del mundo. Invento nacional, marca Acme. Así que ya lo sabes, joven. Si quieres ayudar a tu prójimo, hazte soldado.

Y qué quieren que les diga. Antes, el ministerio de Defensa sacaba a unas topmodels estupendas vestidas de marineras y de rambas, que daban ganas de engancharse y reengancharse varias veces, por la patria o por la cara. Ahora, con la cosa humanitaria, no sé. Porque esa imagen del soldado en plan Heidi y Pedro tiene la pega de que luego, cuando te descuartizan –en la guerra suele ocurrir– el interfecto puede decir oiga, esto no venía en el anuncio. Me querello. Y además, lo del soldado pacifista es una idiotez que se han sacado de la manga los que viven y trincan de no llamar a las cosas por su nombre. Porque, o eres, o no eres. Y si eres, lo asumes y punto. Sin milongas. Aparte de dar medicinas a los niños en sus ratos libres, que es muy loable, los soldados están, sobre todo, para pegar tiros. La filantropía a tiempo completo corresponde a las oenegés, y no conviene confundir al personal. El enorme respeto que merecen los militares españoles muertos en misiones humanitarias no debe hacer olvidar que ésa sólo es una parte, y no la principal, del oficio castrense. Cada uno a lo suyo: las oenegés ayudan y los soldados escabechan. Eso de la reconversión pacífica del soldado moderno es una milonga macabea española.

Pregúntenle a los marines, que son modernos de cojones, o a las pacíficas ratas del desierto de Blair. A ver para qué está un soldado si no es para matar a troche y moche. Otra cosa es que la guerra sea reprobable e indeseable, que en España no haya presupuesto para escopetas, que un cazabombardero sea políticamente incorrecto, y que salga más bonito y barato tirarse el pegote con lo del ejército humanitario. Pero oigan. Si jugamos a eso, que el Gobierno sea consecuente y lo asuma a fondo. Que disuelva las fuerzas armadas y las sustituya por las fuerzas desarmadas, los cascos rosa Ken y Barbie o la oenegé Soldados Besuqueadores sin Fronteras. Así no gastaremos viruta en uniformes de camuflaje, tendremos la conciencia como los chorros del oro, y no habrá necesidad de poner en la tele anuncios con el tocomocho del soldadito Pepe. Y si un día nos ataca Andorra, que no cunda el pánico. Seguiremos poniendo el culo en Washington para que los marines de Bush –al fin y al cabo, ocho de cada diez se apellidan Sánchez y hablan castellano– maten por nosotros. Aquí, paz. Y después, gloria.

3 de agosto de 2003

domingo, 27 de julio de 2003

¿Cómo pude vivir sin Beckham?


Les juro a ustedes por mis muertos que yo no sabía quién era Beckham. Supongo que alguna vez, hojeando revistas a la hora de los crispis y el colacao, me había topado con su careto. Digo que supongo, porque la verdad es que no lo sé. Para mí todos los futbolistas son iguales, y lo mismo me da un negro que un hijoputa de blanco. La legítima del balompedista, la Spice pija esa, o ex, o lo que sea, sí que me sonaba de verla en la tele hace años –tengo una hija, háganse cargo–, cuando estaba con las otras, que eran, me parece una anoréxica, una deportista y una pelirroja, o por ahí, y las discográficas sacaban cada semana un grupo de pavas imitándolas, al rebufo del asunto. Pero en fin. El caso es, como digo, que mi vida transcurría hasta hace unas semanas con absoluta normalidad, ignorante de quién era Beckham, su arte futbolero, la pasta que gana y lo guapo que es el tío. Y de pronto, zaca, me cae un diluvio de informaciones sobre el fulano, fotos, reportajes, y hasta abren con él los telediarios para contarme que acaba de visitar una guardería o un asilo o algo en Japón. Y no puedo menos que preguntarme cómo he podido vivir hasta hoy, escribir novelas y artículos, ir por la vida, en resumen, sin saber nada de ese individuo; sin el que –acabo de descubrirlo– el Real Madrid, España, el mundo, la existencia misma, no serían lo que son. Y mucho me temo que de ahora en adelante, me interesen o no el fútbol, las spices pijas y las guarderías japonesas, Beckham formará parte de mi vida para siempre jamás. Que voy a tragar Beckham por un tubo, me guste o no me guste. Por cojones.

Ignoro lo que mi primo era antes para el mundo. Para mí, sujeto paciente del bombardeo, acaba de nacer, alehop, otra estrella. Otro nombre imprescindible del que todo cristo da por supuesto –quizá sea cierto a partir de ahora, y es lo que me preocupa– que deseo, exijo, necesito saberlo todo. Y no digo, achtung, que mi extrema ignorancia sobre la vida y milagros de ese digno deportista le reste un gramo de mérito. No. Lo que pasa es que todo el putiferio montado en torno al personaje me lleva a reflexiones incómodas. Verbigracia. ¿Cómo es posible que, de la noche a la mañana, algo o alguien –hablo de Beckham como podría hacerlo de los restaurantes sushi– desconocido para mí se convierta en objeto de culto apasionado o al menos de interés por mi parte? ¿De verdad soy el único que no se había percatado hasta ahora del carisma de mi primo? ¿Soy tan idiota como parezco, hojeando revistas cada mañana como un loco para informarme sobre un fulano que, juegue en el Madrid, juegue en el Mindanao o juegue a la bolsa, me importa literalmente un carajo? Y ahora que los periódicos meten a Bustamante y los desfiles de modas en las páginas de Cultura –imagino que el fútbol está al caer–, ¿me habré vuelto un inculto recalcitrante y postmoderno?

Vaya usted a saber. Lo cierto es que ya hay otro famoso del que ya no me voy a despegar ni con agua caliente. Aunque haya clases. Al menos éste no cobra por calzarse a Marujita Díaz, sino por ser, dicen, competente en su oficio. Y hablando de la consistencia de la fama estelar, aunque tenga poco que ver con esto –en el fondo sí lo tiene–, me estoy acordando, mientras tecleo, del debut de Enrique Iglesias como cantante, hace unos años. De mi asombro patedefuá ante el hecho de que un jovenzuelo a quien nadie había oído cantar fuese acogido, antes ya de abrir la boca, con delirio de fans y prensa a tope, cual Mike Jagger. Como, por no salir de la copla, mi estupefacción cada vez que veo en la tele a ese pedazo de sex simbol y extraordinaria vocalista llamada Paulina Rubio, paseándose delante de un público enfervorizado que le arroja calzoncillos y dice que está buenísima. O sea. Hablo de todos esos innumerables fulanos y fulanas que van y vienen, alimentando la maquinaria mediática que se los sacó de pronto de la manga. En realidad, que tengan todos los méritos del mundo o sean unos pobres tiñalpas, nada tiene que ver. Fíjense en todas esas marujas desencadenadas, presuntas respetables matronas con hijos y nietos, que lo mismo aplauden a José Saramago que a Coto Matamoros, o le piden autógrafos a Yola Berrocal mientras la besan y la llaman bonita. No hablo de canción, ni de fútbol, ni de nada. Sólo de estupidez humana. De la mía y la de ustedes. De la altísima cuota diaria de baba que este país de soplapollas necesita derramar para sentirse a gusto.

27 de julio de 2003

lunes, 21 de julio de 2003

Nelson: 206 años manco


Estaba el otro día repasando la Naval Chronicle, que es una relación inglesa de su guerra en el mar entre 1793 y 1819, y fui a dar con el combate de Tenerife, que hace tiempo mencioné aquí de pasada, pues allí perdió Nelson su famoso brazo un 25 de julio: esta próxima semana hará exactamente doscientos seis años. Ya he dicho alguna vez que el patrioterismo de fanfarria y chundarata me da retortijones; pero eso nada tiene que ver con asumir tu historia, enorgullecerte de lo bueno y avergonzarte de lo malo. Por poner un ejemplo fácil: detesto el fútbol, pero prefiero que gane España a que gane otro. También soy mediterráneo y con gente de mar en la memoria; y allí el inglés, como se le llamó toda la vida, siempre fue el enemigo: los mejores marinos, los más crueles y arrogantes. Montaron su negocio cuando el nuestro ya iba cuesta abajo, y ganaron el pulso: piraterías en América, San Vicente, Trafalgar. Etcétera. Ahora la Pérfida Albión sólo es una piltrafilla que se la succiona a Bush y conserva las maneras –otros succionamos sin conservarlas–; pero que le quiten lo bailado. Sus guerreros, eso sí, continúan siendo los mejores del mundo. Estuve con ellos en Bosnia y en el Golfo y los he visto dar cebollazos. Les gusta pelear, y no tienen complejos: son ingleses a mucha honra, hooligans con bandera y escopetas. Por eso en el XVIII nos trincaron Mahón y Gibraltar. También quisieron jugarnos la del chino en Tenerife. Allí les salió el marrano mal capado, aunque leyendo la Naval Chronicle nadie lo diría. Pasan de puntillas por la palabra derrota. En cuanto a la herida de Nelson, parece que se la hizo él solo, por gusto. Herida que tampoco la Jane’s Naval History menciona sino de pasada. Así salen luego sus historiadores modernos, claro, afirmando que Nelson no fue derrotado nunca. Picaruelos.

Pues no. Y ahí están las relaciones de la época, para disfrutarlas. Así que hoy, a fin de dar un poquito por saco a los británicos residentes en España que, pese a la ausencia del difunto y añorado perro inglés –mejorando lo presente–, siguen leyendo El Semanal, he decidido refrescar el aniversario. Y la cosa es que el 20 de julio de 1797, hace exactamente dos siglos y seis años, Nelson se presentó ante Santa Cruz de Tenerife con tres navíos de línea, cuatro fragatas, un cúter y una bombarda, y dos días después desembarcó mil fulanos en Valle Seco, bajo el mando del capitán Toubridge. Sólo se trataba, una vez más, de escabechar a unos despreciables y sucios spaniards, trincar el oro e izar la bandera británica. Lo normal. Pero esta vez, en lugar de acojonarse, los despreciables y sucios spaniards le arrimaron tal candela a la fuerza de desembarco que ésta tuvo que regresar a los buques. El día 25 los ingleses intentaron apoderarse del muelle de Santa Cruz, pero la artillería de la ciudad también repartió las suyas y las de un bombero, hundiéndoles el cúter Fox y cañoneándoles los botes donde venían los marines de Su Graciosa. Caía una de tal calibre, que cuando Nelson puso pie en el muelle y levantó el sable, la metralla se le llevó el brazo derecho; así que hubo que devolverlo a su barco, hecho polvo. Después de que los últimos 57 ingleses del muelle se rindieran con bandera blanca, dentro de la ciudad quedaron 340 british bajo el mando del capitán Toubridge; quien, echándole muchos huevos al asunto –las cosas como son–, aún intentaba cumplir su misión. Pero niet. Atrincherado en un convento, con los tinerfeños pegándole tiros desde las azoteas, tuvo que negociar. De farol, como siempre negocian los ingleses, incluso ahora con lo del euro; pero negociar. A fin de facilitar las cosas y ahorrar sangre, el gobernador español, don Juan Antonio Gutiérrez, aceptó que en la capitulación no figurase la palabra rendición –ahí se apoyan los pillines ingleses para decir que no la hubo–. Luego, Toubridge y sus chicos rubios, sacando mucho pecho y todo lo que ustedes quieran, se fueron con el rabo entre las piernas, dejando 44 muertos por las armas, 177 ahogados, 123 heridos y 5 desaparecidos, amén del brazo con el que Nelson le palmeaba la retambufa a lady Hamilton. Que no es, pardiez, un mal resultado de cuartos de final.

Lo que me fastidia es que luego, en Trafalgar, a Nelson se lo cargara un francés. Pero que conste: el despiece lo empezaron los canarios. Así que el viernes 25 pienso tomarme una copita a la salud de Tenerife.

20 de julio de 2003

domingo, 13 de julio de 2003

Esta navaja no es una navaja


Qué cosas. Abro un diario y me topo con un titular inquietante: Menor detenido por matar a una turista. Hay que ver, me digo. Estos menores violentos, enloquecidos por la tele y los dibujos animados. Un chaval es autor del apuñalamiento, sigue la cosa. El menor homicida iba acompañado de un amigo. Porca miseria, pienso. Cada vez tenemos asesinos más jovencitos. Y es que, claro. Con tanto Matrix y tanto videojuego, así anda el patio. Niños psicópatas a troche y moche. Sigo leyendo: Al robarle el bolso y resistirse la mujer, el chaval zanjó el forcejeo con una puñalada. Pues vaya con el chaval, concluyo. Como para disputarle una bolsita de gominolas. Si uno es así de cabroncete en la tierna infancia, imagínate cuando sea mayor. Sigo leyendo, y más abajo me entero de que el menor era de origen marroquí, y ya había sido detenido antes: la cosa viene como perdida en el texto, y es evidente que el redactor, procurando no meterse en jardines racialmente incorrectos, ha situado la nacionalidad y la marginalidad del chaval –en lo de chaval insiste cinco veces– de forma casual, como de pasada. Comprendo esa cautela, aunque sea discutible: si destacar que el niño era marroquí puede interpretarse como asociación facilona de la inmigración con la delincuencia, también es cierto que diluir el dato, o camuflarlo en el texto, es sustraerle al lector una clave para comprender el suceso. Pero, bueno. Asumo que, en estos tiempos, y con lectores que no siempre son capaces de hilar fino, hay que asírsela –observen hasta qué punto refina ser académico de la R.A.E.– con papel de fumar.

Total. Abro otro periódico y me encuentro una foto del chaval. Quiero decir del menor. Y el niño, que sale esposado, es un pedazo de moro más alto que los policías que lo trincan. Diecisiete años, dice el pie de foto. El nene. Interno en un reformatorio para menores con delitos graves, once meses por robo con intimidación, disfrutando del cuarto permiso de fin de semana. Lo demás, rutina: Madrid, dos jóvenes navajeros al acecho, una turista paseando –delante del palacio de las Cortes, por cierto, lugar peligroso de cojones–, tirón del bolso, la turista que no se deja, cuchillada, tanatorio. Suceso habitual en una ciudad, como en otras, donde la madera, escasa de medios y personal, maniatada por la infame lentitud de la Justicia y por el miedo a que los apóstoles de lo conveniente confundan eficacia y contundencia razonable con exceso policial, prefiere tocarse los huevos a complicarse la vida. Lo que me preocupa es que, en vez de limitarse a contarlo, y punto, diciendo que dos navajeros peligrosos acaban de cargarse a otra guiri, el redactor en cuestión, o sus jefes, o el director de su periódico, tengan tanta jindama a que los tachen de intolerantes y de racistas y de incitar a sus lectores a desconfiar de los inmigrantes, que prefieren marear la perdiz con circunloquios, rodeos y pepinillos en vinagre, repitiendo veinte veces lo de chaval, y pasando de puntillas por el origen marroquí.

Escamoteando que las palabras delincuente e inmigrante, cuando van juntas, son uno de los principales problemas de seguridad en ciertas ciudades españolas. Y no porque los emigrantes sean delincuentes, ojo, sino porque nuestro egoísmo e imprevisión complican mucho las cosas. En el caso de los numerosos jóvenes marroquíes que cruzan el Estrecho, por ejemplo, pocos se ocupan de atenderlos, evitando que se busquen la vida a su aire. Y olvidamos que un inmigrante marginado y sin trabajo puede volverse muy peligroso en una sociedad opulenta, confiada en sus derechos y libertades, tan ostentosa y estúpidamente consumista como la nuestra, que él, con diferentes valores y afectos, no considera suya, y a la que ve como lugar hostil o territorio a depredar. Como un coto de caza lleno de tentaciones. Negar eso, disimularlo como si origen, cultura y ubicación social no tuvieran nada que ver, es alimentar el problema. Ni los inmigrantes deben ser acosados y expulsados, como dicen los cenutrios malas bestias, ni todos son angelitos negros de Machín. Tenga diecisiete o cuarenta años, tan hijo de puta es un navajero nacido en Badajoz como el que nace en Tetuán. Y lo históricamente probado es que una democracia se suicida cuando, en parte por culpa de los explotadores, los demagogos y los imbéciles socialmente correctos, los animales de la ultraderecha intransigente llenan sus mítines de votantes hartos de que los apuñalen para robarles el bolso.

13 de julio de 2003

domingo, 6 de julio de 2003

Istolacio, Indortes, Lutero


Estaba el otro día con unos lectores cuando alguien, aludiendo a estos panfletos dominicales, me puso los pelos de punta. «Le agradezco que defienda con objetividad la Historia como nos la enseñaron en el colegio», dijo, y me hizo polvo. En primer lugar, el arriba firmante nunca ha pretendido ser defensor objetivo de nada. Consideren la objetividad cuando digo que Fernando VII era un perfecto y nocivo hijo de puta rodeado de curas reaccionarios, o que la pérfida Albión, esa entrañable aliada del Pepé en la última guerra del Golfo, se ha pasado los últimos quinientos años dándole a España por saco. Pero lo de la objetividad es anecdótico. Lo que de veras me acojonó fue que mi interlocutor, sin duda queriendo ser amable, creyera que, porque me repatea la forma en que ahora se enseña Historia a los chicos, y atribuya a la Logse de mis amigos Maravall y Solana buena parte del analfabetismo rampante, añoro los libros de texto de mi tierna infancia. Y tampoco es eso. Admito que antes los libros del cole tenían información.

Quiero decir que había fechas, batallas y nombres de reyes, referencias que facilitaban un marco general donde después podías encajar las cosas que leías o que vivías, sin poner cara de cenutrio cuando alguien mencionaba el nombre de Viriato, la palabra almorávide, Otumba, Cavite, Isidoro de Sevilla o el tributo de las Cien Doncellas. O las que fueran. Pero de ahí a decir que aquellos libros eran un modelo de objetividad y de rigor histórico va un abismo. Valgan, de muestra, unos ejemplos tomados de mi Historia de España de Maristas, segundo grado. Por ejemplo: «Istolacio e Indortes -aquellos dos caudillos enfrentados a los cartagineses cuando la idea de España no existía ni de coña- son los dos primeros mártires de la independencia patria». Tampoco está de más considerar, en lo que vale, esta otra perla: «Almohades, almorávides y benimerines cayeron sobre la indomable España, que supo triunfar de todos». O la justificación histórica para la expulsión de los judíos, que según el texto: «Eran objeto del odio popular por su avaricia y crímenes». Por no hablar de «la herejía protestante predicada por el vicioso Lutero»; o, vueltos a la limpieza étnica, la de los moriscos, cuya conversión «no había sido sincera y aborrecidos por el pueblo a causa de su codicia desmesurada, por lo que fueron arrojados al África». Y todo ese entrecomillado, damas y caballeros, puesto negro sobre blanco en un libro -muy bien editado, por cierto- de la Editorial Luis Vives, años 50, con nihil obstat del censor, canónigo D. Vicente Tena, e imprímase de monseñor Lino, obispo de Huesca. Con dos huevos.

Como puede comprobarse, en lo de manipular cual bellacos por acción u omisión, todas las épocas cocieron habas. Incluso estoy convencido de que aquellos libros de mi infancia tergiversaban más que los de ahora. Lo que pasa es que antes, además de afirmar que nuestra raza era el copón de Bullas -igual les suena el argumento-, contaban cosas y te enseñaban también los hechos fundamentales de la Historia. Ahora, bajo el pretexto de corregir aquella manipulación, lo negamos y borramos todo; y en su lugar imponemos la nada y la gilipollez políticamente correcta, sustituyendo la idea de España vista en conjunto, como plaza pública de pueblos y lenguas -que el nacionalismo franquista y sus herederos se apropiaran del concepto, corrompiéndolo, no lo anula en absoluto-, por doscientas españitas mezquinas que, según algunos textos modernos, siempre fueron a su rollo y nada tenían que ver unas con otras.

Bromas y contradicciones propias aparte, aborrezco los nacionalismos grandes tanto como los pequeños, porque todos, hasta los vinculados a causas nobles, engordan con lo más reaccionario y mezquino de la sucia condición humana; pero no soy tan imbécil como para confundir estupidez de malas bestias con cultura y memoria, que son nobilísimas y respetables, ni tan mierdecilla, quizás, como quienes agachan las orejas por si alguien los interpreta mal y los llama fascistas. Por eso digo que cuando eduquen a mis nietos, si los tengo, prefiero que les hablen de Lutero, de Almanzor, del concilio de Toledo, de Cánovas y Sagasta o del desastre de la Invencible, que de la influencia histórica del silbo canario, el refajo ansotano y su impronta en los fueros de Aragón, la pelota vasca como resistencia cultural neolítica, o el ruido de alpargatas de los portapasos de la Macarena como clave y esencia de la nación andaluza.

6 de julio de 2003

domingo, 29 de junio de 2003

Burbujas de vacío y otras performances


Todavía quedan ecos de la polémica sobre el pabellón que Santiago Sierra montó en la bienal de Venecia, ya saben: aquella instalación rodeada por un muro, con el nombre de España tapado con bolsas de plástico, a la que sólo se dejaba entrar a quienes tenían un DNI español, y que, una vez dentro, no encontraban más que escombros, un cuarto de baño hecho polvo y restos de material de construcción. Algunos amigos cabroncetes, al corriente de que soy tan reaccionario en materia de arte que de los bisontes de Altamira para acá todo me parece asquerosamente moderno -ese chico, Velázquez, hizo mucho daño con sus vanguardismos-, me han estado metiendo el dedo en la boca con el asunto. Qué te parece la performance, chaval. O lo que sea. Cómo lo ves. Y creo haberlos decepcionado, porque mi respuesta ha sido todo el tiempo la misma. Me parece estupendo, o sea. Chachi. Lo que ignoro es si lo de Venecia fue arte o no lo fue. No estoy cualificado para apreciar el mérito -sin duda, enorme- de una lata de cocacola aplastada, ni de una escoba sucia. Conceptual, es el término. Creo. Lo que tengo claro es que ese concepto no me interesa un carajo. Prefiero mis bisontes; o, puestos en ultramodernos, la Batalla de San Romano, que también tiene su cosita. Bolsas de basura lleno yo cada día, y no necesito bienales ni artistas para reflexionar sobre el concepto de que el mundo es una puñetera bazofia. Pero eso no quita para que lo de Venecia me haya parecido de perlas.

En primer lugar, al gobierno español -a todos los gobiernos- le encanta que le den hostias. Vas a un ministro, por ejemplo, le pegas una patada en los huevos diciendo que se trata de una performance artística, y si recibir performances en los huevos suena a vanguardista y a socialmente correcto, el ministro se descojona de risa y encima te subvenciona las botas. Eso tiene su solera y su tradición: la historia del arte, de la literatura, de la música, está llena de aristócratas y burgueses dispuestos a pagar tanto para que los adularan como para que los pusieran en ridículo; y a menudo tuvieron más éxito social no siempre parejo con su talento real- los artistas provocadores que los otros. Pese a que la palabra vanguardia ya no tiene sentido, o tal vez justo por eso, buena parte de las llamadas expresiones artísticas modernas circulan libremente, valga la antítesis, por ese carril. Me parece adecuado, entonces, que el concepto de España presente en Venecia haya sido el de un muro que circunda un espacio desolador y lleno de escombros, al que además se restringió el acceso; hasta el punto de que el jurado de la bienal, al no poder entrar en el pabellón, no le prestó la menor atención a la hora de los premios y las distinciones. «Tapar la palabra España del pabellón es como subrayarla -explicaba el artista-. Hemos creado una burbuja de vacío, y eso invita a pensar». Luego, supongo, se fumó un puro. Pero tenía razón: invita a pensar, y mucho. Por ejemplo, en la imaginación y el trabajo de tantos jóvenes artistas españoles que luchan sin que nadie les ofrezca bienales venecianas, cada cual en la medida de su genio y sus posibilidades, demostrando que entre la mediocridad, la provocación fácil, el oportunismo y la imbecilidad hay también mucho talento, o coraje. Ignoro si tal es el caso de Santiago Sierra, de quien no conceptúo más que las burbujas de vacío, y me faltan datos.

Pero propuestas como la suya, incluso si parecen -o son- una gilipollez, expresan perfectamente el hecho de que vivimos inmersos en una monumental gilipollez. Y a fin de cuentas, de eso se trata. El arte, entre otras cosas -hay quien valora esto por encima de todo, y hay quien no-, es también reflexión sobre su momento. Desde ese punto de vista, un muro infranqueable, un inodoro atascado y un suelo lleno de basura reflejan mejor la realidad española que el pincho de tortilla, Carmen Martínez-Bordiú en la portada del Hola, o los cuadros de Goya que están colgados todos los días en el Prado, y que sólo visitamos haciendo colas enormes y empujándonos, sudorosos y cabreados, cuando nos dicen que se celebra el centenario de Goya. Así que, para la próxima bienal, sugiero un pabellón imaginario, que ni siquiera esté allí, pero con el nombre de España bien visible en la puerta inexistente, y dentro, como único y elocuente elemento conceptual, una mierda virtual del tamaño exacto del sombrero de un picador.

29 de junio de 2003

lunes, 23 de junio de 2003

Cine sin nicotina


Pues ya saben. Según idea de la Organización Mundial de la Salud, recientemente abrazada con entusiasmo por la ministra española de Sanidad, doña Ana Pastor, sus tiernos zagales -los de la ministra, si los tiene, y los de ustedes- pueden estar delante de la tele toda su pequeña y puta vida viendo degüellos, orgasmos, violaciones, tiroteos y masacres con bombas inteligentes o de las otras, y no pasa nada. De nada. Incluso pueden ver sin pestañear, cada vez que encienden la tele, a Yola Berrocal depilándose la bisectriz en directo, y al Pocholo de los huevos haciendo el aeroplano mientras doscientos marujos del público aplauden y babean. Al fin y al cabo, es bueno que los niños y niñas españoles y españolas se acostumbren a lo que les espera en este país de imbéciles. Pero si a uno de los actores de tal o cual película se le ocurre encender un pitillo, alto ahí. Noool. En tal caso, ni lo duden: abaláncense sobre el enano y tápenle los ojos, o apaguen la tele en el acto. Clic.

Esa es la medida preventiva individual, provisional, fundamental, mientras se pone a punto una normativa para prohibir a los menores de 18 años las películas en las que se fume. La ministra de Sanidad lo ha dicho bien clarito, insinuando incluso la posibilidad, en España, no de una censura -por favor, en una democracia consolidada como ésta-, sino de leyes ad hoc, autorregulaciones y pactos con productores, exhibidores y televisiones, etcétera. Y conociendo este país, donde todo cristo se apunta a la demagogia y al qué dirán, que no cuestan nada y quedas de cojón de pato, ya me imagino a esos diputados votando todos juntos, Peneuve, Pepé, Pesoe, Izquierda Unida de Toda la Vida: cine sin tabaco, televisión sin tabaco, cafés sin tabaco, estancos sin tabaco. Polvos sin tabaco. Y los chicos de Operación Triunfo en videoclip cantando España, pulmones blancos de mi esperanza. Todo solidario y real como la vida misma.

Y ahora, en lo del cine, cuéntenme qué hacemos con Casablanca, por ejemplo. Con Gilda. Con Forajidos. Con Burt Lancaster en Los profesionales. Con Harvey Keitel en Smoke. Con Henry Fonda camino del O.K. Corral en Pasión de los fuertes. Con la pipa holmesiana de Basil Rathbone en El perro de los Baskerville. Con El hombre que mató a Liberty Balance, cuando John Wayne le dice a James Stewart: «Recuerda... Recuerda» entre el humo de un cigarro. Díganme qué harían los soldados de Un paseo bajo el sol sin tabaco, o cómo se lo montaría Marlene Dietrich sin fumar en El expreso de Shangai, Fatalidad o Siete pecadores. Explíquenme despacio, incluidas todas las alternativas posibles, qué hacemos con la escena cumbre de Tener o no tener, cuando Humphrey Bogart y esa Lauren Bacall que está para mojar pan, la criatura, dialogan sobre el acto de curvar los labios y soplar en la puerta de la habitación del hotel de Frenchie, con el pretexto de unos cigarrillos y una caja de fósforos... ¿Qué hacemos con esas descaradas promociones de la nicotina? A ver, ministra. ¿Las emitimos por la tele, pero censuradas, aliviándolas de las escenas fumatorias? No creo. Si otros se quedan en las medias tintas de la puntita nada más, nosotros, con nuestra fe de conversos a lo que se tercie, iremos, supongo, hasta las últimas consecuencias, o más.

A talibanes de lo socialmente adecuado no nos gana nadie; y, en cuestiones de mens sana in corpore insepulto -o como se diga-, a los españoles, o lo que seamos últimamente, no va a mojarnos nadie la oreja. Así que no me cabe duda: habrá debate parlamentario y unanimidad al respecto. Nada de medias tintas. Lo que haremos es prohibir esas películas, y a tomar por saco. Nada de emitirse en la tele. En su lugar meterán obras maestras del cine español, de ésas que el Ministerio de Sanidad va a apoyar a partir de ahora: películas donde los soldados de la guerra civil no fumen en las trincheras y donde las putas de la calle Montera chupen pastillas Juanola. Y además, cosa obligatoria, todas las tapas de los vídeos y los cedés donde haya humo irán rotuladas asín: ver esta película perjudica seriamente la salud. Luego, ya tomada carrerilla, puede hacerse lo mismo con las películas donde aparezca gente bebiendo alcohol, diciendo palabrotas o jiñándose en la madre que parió a los Estados Unidos de América; que, con tanta mierda políticamente correcta, empeñados en transformar el mundo a imagen y semejanza de sus turistas y sus marines, nos están volviendo a todos gilipollas.

22 de junio de 2003

lunes, 16 de junio de 2003

Alcaldes para todos y todas


Ahora que han transcurrido un par de semanas y todo está consumado, de momento, y nadie puede tomar esto por injerencia interesada en la campaña electoral, puedo al fin comentarles lo que he estado callando todo este tiempo, semana a semana, artículo tras artículo, mientras me rechinaban los dientes de tanto apretar la boca para no reírme. Me refiero al argumento de campaña del Pesoe; la frase que salía en cada cartel junto al careto del candidato -o candidata, que ahí está el intríngulis- en cuestión: Un alcalde para todos y todas. Lo que más me pone es imaginar cómo se gestó la cosa. Esa reunión en la calle Ferraz de Madriz. Esos altos ejecutivos del partido socialista obrero de aquí. Esos expertos en publicidad electoral. Y, supervisando el cotarro, ese tigre de Bengala, ese Clint Eastwood del hemiciclo, ese malote de película, ese Liberty Valance de la política nacional llamado José Luis Rodríguez Zapatero. A ver esas frases de campaña, demanda el tigre. Pues hemos pensado, dice alguien, en algo así como un alcalde para el pueblo. Me gusta, dice Zapatero. Pero le falta punch. Le falta redondear la idea. ¿Qué tal un alcalde para el pueblo popular?, apunta otro. Eso ya me gusta más, señala el líder carismático. Va más en nuestra línea y aclara el concepto. Lo malo es que lo de popular recuerda un poco a Alianza Popular, por una parte, y al Frente Popular por la otra. Y no sé qué es peor.

Además, que una rosa es ser socialistas y obreros, como por ejemplo tú, Caldera, o tú, Blanco, o yo mismo sin ir más lejos, y otra cosa es ser populares. No jodamos. No es lo mismo juntos que revueltos. No es lo mismo tener un programa de centro-izquierda caracterizado precisa y cuidadosamente por la ausencia de programa, a fin de que nuestra horquilla electoral sea más amplia, que incurrir en deshonestas demagogias. Cien años de honradez nos avalan. O más. ¿Y qué tal un alcalde para todos?, pregunta alguien. No está mal, responde Zapatero; pero le falta contenido. Le falta garra que agarre. ¿Me explico? Pues oye, apunta otro creativo. Ya que estamos en eso, a quien no le va mal es al lehendakari Ibarretxe con esa murga de los ciudadanos y ciudadanas vascos y vascas. En vez de descojonarse de risa y decirle oye, chaval, no nos tomes por gilipollos y gilipollas, allí la gente va y lo vota, o por lo menos lo votan algunos y algunas; y lo mismo, pasito misí, pasito misá, hasta libera a Euzkadi de la brutal opresión franquista y los hace independientes e independientas del Corte Inglés un día de estos. Y será una imbecilidad y una demagogia barata y todo lo que quieras, pero la cosa ha hecho fortuna.

Ahora todo cristo, para que no lo tachen de machista y de carca y de españolisto y españolista, se apresura a cepillarse el género neutro y se apunta a la cosa de los pavos y las pavas. Pues tienes razón, responde Zapatero. El otro día, sin ir más lejos, hasta uno de esos fascistas del Pepé dijo algo sobre la educación infantil, hablando del futuro que espera a los niños y a las niñas de España. Por no hablar de los soldados y soldadas, los conserjes y conserjas, los pacientes y pacientas, las dentistas y dentistas, los maricones y las mariconas. Algo está cambiando en este país, y el Pesoe tiene que estar por cojones y ovarios a la cabeza de ese cambio. Es más: la guerra de el Prestige, el terremoto de Argelia y la neumonía china han demostrado que nosotros somos el cambio. No hay más que verme en el Parlamento, cómo me los como sin pelar? Así que, decidido: el lema de esta campaña será Un alcalde o una alcaldesa socialista o socialisto para todos y todas. ¿Cómo lo veis? ¿Ein?

Lo vemos de post meridian, contestan los adláteres. Tienes un pico de oro, jefe. Pero igual conviene acortarlo un poco. El eslogan. Lo mismo con tanto texto no nos cabe la foto del candidato o la candidata en el cartel; y ya sabes, patrón, que sin las caras sonrientes, honradas y honestas de los políticos y políticas españoles en carteles pegados por las calles, las campañas electorales no tendrían ni la mitad del morbo y la morba que tienen. Fíjate si no en el Pepé, que son astutos y astutas que te cagas, y han puesto para su campaña por la presidencia autonómica de Madrid la cara de Esperanza Aguirre asín de grande; y con esa torda ya podemos darnos por jodidos y jodidas, porque seguro que arrasa. No hay como la cara de la Espe puesta en un cartel y mirándote como te mira, para barrer en las urnas. Así que Madrid, olvidadlo. Tampoco vamos a pretender triunfar en todas partes. Hay que ser realistas. Y realistos.

15 de junio de 2003

lunes, 9 de junio de 2003

Esa vieja guerra nuestra


Acabo de leer La mula, que es la última novela de Juan Eslava Galán. Cosa que les cuento aquí, haciéndole publicidad por la cara, porque Juan es amigo mío. Muy amigo. Tanto, que hasta me dejó meterlo como chulo de putas sevillano del siglo XVII en la última novela de nuestro compadre Alatriste, haciéndolo asaltar un galeón cargado con oro en la desembocadura del Guadalquivir, junto a Saramago el Portugués y otros espadachines reclutados entre la escoria de las Españas. A fin de cuentas, los amigos están para eso: para meterlos en las novelas y en los artículos y en donde se tercie, y para decir que sus novelas o sus películas o sus novias son guapísimas y cojonudas, aunque no lo sean. Faltaría más. De cualquier manera, en este caso no hay pegas. La mula está muy bien. Lo que pasa es que sale en un momento en el que hay circulando por ahí doscientas novelas sobre la guerra civil española, algunas buenísimas y otras no tanto. El género parece haberse puesto de moda, y temo que alguien piense que Juan, tecleador contumaz y prolífico, se haya subido al carro. Y como resulta que conozco esta novela desde que su autor me la contó, hace ya varios años, considero de justicia precisar el asunto. Más que nada, porque siempre hay algún tiñalpa de los que viven de contar cómo habrían mejorado ellos, si quisieran, los libros que escriben otros, a quien a lo mejor se le ocurre decir -lo mismo lo ha dicho ya, el hijoputa- que esta novela es oportunismo literario y se aprovecha de los trenes baratos. Así que hoy les endiño a ustedes novela de Juan Eslava. Un día es un día.

La mula cuenta la historia de Juan Castro Pérez, cabo acemilero de la Tercera Bandera de la Falange de Canarias. Uno de los miles de españoles, carne de cañón, que se vieron atrapados en la charcutería de 1936, tanto en un bando como en el otro, y cuya guerra particular, en este caso, consiste en mantener camuflada entre sus bestias otra mula que ha encontrado en el campo de batalla, con la que confía quedarse para arar la tierra en su pueblo cuando acabe la guerra. Juan Eslava, que ya había tocado el asunto -adelantándose a la moda, ahora que caigo- hace años con su novela Señorita, revisa esta vez nuestra barbarie civil con esa mirada que tanto me gusta de él: la ironía, el humor inteligente, la ternura por los míseros peones del sangriento ajedrez nacional; por esos pobres soldaditos llevados y traídos por los de siempre, que lo mismo intercambian tabaco y noticias de su pueblo con el enemigo que se destrozan con la crueldad y la violencia que marcan todas nuestras tragedias. Siempre en el marco desolador de la incultura, la ausencia de pensamiento crítico, la fuerza bruta militar, el dominio del clero, la reacción derechista, el caos de la izquierda y la oposición entre la España urbana y la rural, elementos que marcaron trágicamente la España de la primera mitad del siglo XX, y que todavía colean.

Para quien sepa leer y captar sus matices, su humor agridulce, su goteo de mala leche, La mula no es una novela más sobre nuestra guerra civil, ni tampoco uno de esos esperpentos maniqueos que aparecen con frecuencia, tanto en la literatura como en el cine, donde todos los del bando republicano son hermanitas de la Caridad y todos los del otro falangistas malvados y repeinados con brillantina -antes era al contrario: falangistas guapos, limpios y heroicos, y milicianos crueles, sucios y zarrapastrosos-, y donde cualquier parecido con la realidad y el rigor histórico es pura coincidencia -en una película reciente, por ejemplo, un guardia civil de los años 40 se presenta con las inverosímiles palabras: «me llamo Jordi»-.

Y no podía ser de otro modo porque la historia que cuenta Juan Eslava está inspirada en una historia real: la de su padre, herrador y acemilero, que combatió primero con los rojos, luego con los nacionales, y estaba en Valsequillo durante la última acometida de la República, cuando veintitantos tanques rompieron el frente el 5 de enero de 1939. La novela se basa en los recuerdos del anciano ex combatiente, que Juan grabó en cinta magnetofónica. Luego fue a Valsequillo y anduvo por las viejas trincheras, recogiendo oxidados trozos de metralla y vainas de maúser, reconstruyendo en su imaginación todo aquello, sesenta años después. Así escribió La mula: mezclando realidad y ficción hasta el punto de que su padre, al leerla, miró de reojo a su mujer, se llevó a Juan aparte, y en voz baja le preguntó: «Hijo, ¿de verdad me follé yo a una falangista?».

8 de junio de 2003

lunes, 2 de junio de 2003

El eco de los propios pasos


Hoy voy a hablarles de cosas frívolas, porque no se me ocurre otra maldita cosa. Diré, por ejemplo, que nunca usé zapatos de gamuza azul como los de una canción que tal vez nadie recuerda. En cuanto a los otros, la vida que llevé durante dos décadas me acostumbró al calzado cómodo; lo que en aquel tiempo era un problema. Aunque parezca mentira -el mundo ha cambiado mucho en treinta años- la indumentaria informal que todos usamos ahora no estaba todavía de moda, los panamá y los timberland y esas marcas no existían ni en la imaginación, y tan difícil era conseguir aquella clase de calzado como un tres cuartos, un pantalón chino de algodón o una camisa cómoda con bolsillos grandes que aguantara un mes en los pantanos de Nicaragua o en el desierto de Tibesti. Los que necesitábamos esas prendas para vivir con una mochila al hombro, solíamos proveernos con equipos militares que parecieran lo menos militares posibles, evitando siempre el color verde, que te convertía en blanco de los tiros de todo cristo. Yo me equipaba en las tiendas de ropa para marinos, donde había pantalones y camisas de faena confeccionadas en algodón caqui. El algodón era fundamental, pues soportabas mejor su roce con el sudor y la suciedad, mientras que los tejidos sintéticos te llagaban la piel. Todavía conservo, descolorida pero en uso, alguna de aquellas viejas y recias camisas.

Con el calzado, como he dicho antes, ocurría lo mismo. Por aquel tiempo -mediados de los setenta- hasta las zapatillas de deporte eran de lona. Para irte por ahí no había otra cosa que el calzado clásico, botas de campo o montaña que no eran prácticas para viajar, o botas militares. Yo tenía las mías de paracaidista, pero las usaba poco; entre otras cosas porque te hacían ampollas y daban mucho calor en la selva, y en las ciudades te podían identificar con un guerrillero; como le ocurrió a Alfonso Rojo, que por entonces también empezaba en el oficio, cuando estuvieron a punto de fusilarlo los somocistas en Nicaragua, precisamente por calzar unas botas de ésas. La solución la encontré en un tipo de bota ligera inglesa, o botín, de ante y suela de goma, con el que me las apañé hasta que las modas cambiaron, la gente empezó a vestirse como si acabara de llegar de Vietnam, y ese tipo de prendas, que entonces los guiris llamaban ropa casual, fue fácil de encontrar en todos sitios.

Pero me voy por las ramas, porque estaba hablando de zapatos. El caso es que las botas cortas de ante las sigo usando, como las camisas de algodón, pues me quedó la costumbre. Lo que pasa es que, en los últimos diez años, desde que me jubilé de vagabundo, la vida de la tecla y los daños colaterales que implica me obligan a usar, a veces, ropa y calzado clásico, de ese que mis padres se empeñaban en colocarme de jovencito, cuando pretendían hacer de mí un caballero. Y debo confesar algo: con los años, desde que me pongo chaqueta con más frecuencia, he vuelto a tenerles respeto a los zapatos de toda la vida. Zapatos, españoles -como saben, aquí tenemos los mejores del mundo, o casi- sobrios, sólidos, de cordones, negros o marrón oscuro, con suela de material, a los que, por razones de seguridad, pues nunca sabes dónde acecha la piel de plátano, siempre les hago poner unas tapas de talón de goma. Zapatos cuya propia naturaleza te obliga a llevar siempre limpios, relucientes, con el cuero bien pulido. Zapatos que saben envejecer con dignidad, de esos a los que se refería mi abuelo cuando comentaba que la ropa, para llevarla bien -aparte de cómo sea cada cual, que ése es otro asunto- debe tener tres cualidades: buena, usada sin ser vieja, y ligeramente pasada de moda.

O sea, que mejor una prenda excelente que seis malas, lo mismo que siempre es preferible un grabado antiguo o una buena litografía a varios cuadros infames. Con mi editor Juan Cruz, a quien siempre reprocho que use desastrosos zapatos sin lustrar y con gruesas suelas de goma, suelo tener largas broncas al respecto. Te privas, le digo, del acto de engrasar y lustrar despacio tus zapatos por la noche, como un soldado del XVII engrasaba el arnés de su espada. Y además, sólo con unos buenos zapatos de toda la vida es posible escuchar los propios pasos: el eco de ti mismo en una habitación, en una escalera, en un viejo café, en las calles de una ciudad antigua. En la madera del puente de las Artes de París, en el barrio de Santa Cruz de Sevilla, en las noches silenciosas e invernales de Venecia. Unos buenos zapatos ayudan a creer que no pasas por la vida sin dejar huella.

1 de junio de 2003

domingo, 25 de mayo de 2003

Sobre chusma y sobre cobardes


Se me han cabreado unos vecinos de Tordesillas porque el otro día califiqué de chusma cobarde a la gente que se congrega cada septiembre para matar un toro a lanzazos mientras la junta de Castilla y León, pese a las protestas de las sociedades protectoras de animales, mira hacia otro lado y se lava las manos en sangre, con el argumento de que se trata de una tradición y un espectáculo turístico. No sé si es que los llamara chusma o los llamara cobardes, o las dos cosas, lo que pica el amor propio de mis comunicantes. El caso es que se dicen «lanceros de Tordesillas, y a mucha honra», y preguntan cómo yo, que alguna vez he escrito que me gusta asistir de vez en cuando a una corrida de toros, me atrevo a hablar así de lo que desconozco, o sea, de «un duelo atávico y mágico, un combate de la bravura contra la inteligencia, un ritual de valor y de bravura que se celebra desde tiempo inmemorial». Exactamente eso es lo que dicen y lo que preguntan. Así que, con el permiso, de ustedes, se lo voy a explicar. Despacito, para que me entiendan.

Amo a los animales. Por no matarlos, ni pesco. Tengo un asunto personal con los que exterminan tortugas, delfines, ballenas o atún rojo. También prefiero una piara de cerdos a un consejo de ministros. Creo que no hay nada más conmovedor que la mirada de un perro: mataría con mis propias manos, sin pestañear, a quien tortura a un chucho. Sostengo que cuando muere un animal el mundo se hace más triste y oscuro, mientras que cuando desaparece un ser humano, lo que desaparece es un hijo de puta en potencia o en vigencia. Eso no quiere decir, naturalmente, que caiga en la idiotez de algunas sociedades protectoras de animales que dicen que cargarse a un bicho es un acto terrorista. Incluso, como apuntaban mis comunicantes, cada año voy un par de veces a los toros. Cada cual tiene sus contradicciones, y una de las mías es que me gustan el temple de los toreros valientes y el coraje de los animales nobles. Es una contradicción -tal vez la única, en lo que tiene que ver con los animales- que asumo sin complejos; y sólo diré, en mi descargo, que nunca me horroricé cuando un toro mató a un torero. Al torero nadie lo obliga a serlo; y a cambio de jugarse la vida, gana dinero. Si no murieran toreros, cualquier imbécil podría estar allí. Cualquier cobarde podría dárselas de matador de toros. Cualquier mierdecilla podría justificar por la cara, sin riesgo, su crueldad y su canallada.

Yo he visto matar. Con perdón. Matar en serie. He visto hacerlo de lejos y de cerca, a solas y en grupo, y me he formado ciertas ideas al respecto. Una de ellas es que degollar y cascar tú mismo, cuando toca, forma parte de la condición humana; y que son las circunstancias las que te lo endiñan, o no. También tengo una certeza probada: muy pocos son capaces de matar cara a cara, de tú a tú, jugándosela sólo con su inteligencia y su coraje, si alguien no les garantiza impunidad. Recuerdo a verdaderas ratas de cloaca incapaces de defender a sus propios hijos enardecerse en grupo y gallear, pidiendo sangre ajena, cuando se sentían respaldados y protegidos por la puerca manada. Conozco bien lo miserable, cruel y violento que puede ser un individuo que se sabe protegido por el tumulto. También leo libros, vivo en España, conozco a mis paisanos, y sé que para linchar y apuñalar por la espalda, aquí, somos unos artistas. Lo hacemos como nadie. Por eso, que media docena de tordesillanos, o más, se quejen porque a estas alturas de la feria me asquea lo del toro de la Vega y me cisco en los muertos de los lanceros bengalíes, me tiene sin cuidado. Lo dije, y lo sostengo.

Llamar combate, torneo y espectáculo de épica bravura a miles de fulanos acosando a un animal solitario y asustado, y después trata de héroes a una turba enloquecida por el olor de la sangre, que durante media hora acuchille hasta la muerte al toro indefenso, refugiado en un pinar, y que luego salga la alcaldesa diciendo que «el combate fue rápido y ágil», y que el Aquiles de la jornada, o sea, el cenutrio que le metió el primer lanzazo, alardee, como el año pasado, de que «el toro estaba a la defensiva y se escondía en los arbustos, así que era difícil alancearlo», es un sarcasmo, una barbaridad y una canallada. Se pongan como se pongan. Al menos, en las plazas de toros el animal tiene una oportunidad: empitonar a su verdugo, de tú a tú. El consuelo, tal vez, de llevarse por delante al cabrón que lo atormenta. Así que, por mí, todos los heroicos lanceros de la Vega pueden irse a hacer puñetas.

25 de mayo de 2003

lunes, 19 de mayo de 2003

Judas era un bendito


La verdad es que me están haciendo un lío con tanto revisar el pasado para darle nuevas interpretaciones, y con tanto neohistoriador volviendo patas arriba lo que, en tu ingenuidad ingenua, creías atado y bien atado. En los últimos tiempos se ha puesto de moda destripar la Historia que uno creía probada, o aceptaba por tradición y tenía como referencia, y al final resulta que no te crees las nuevas interpretaciones pero te hacen polvo las viejas; con lo que terminas más despistado que Javier Arzalluz en una democracia. Y es que, según para qué, a veces vale más una vieja y sólida mentira que una nueva verdad coyuntural y dudosa. Al final, casi siempre da lo mismo: salvo honradas y contadísimas excepciones, todo suele reducirse a que el neohistoriador trinca del pesebre de una autonomía, o pretende escribir un libro que escandalice y epate, o un suplemento dominical le ha encargado algo con garra. En el lado opuesto, entre lo respetable, hasta mi admirado Henry Kamen, que además de perro inglés es historiador reconocido, y cuya biografía de Felipe II recomiendo mucho en esta página pecadora, ha dedicado un nuevo libro de setecientas once páginas a demostrar que la creación del imperio español de los siglos XVI y XVII fue un fenómeno de globalización donde el mérito, más que de los de aquí -en realidad sólo miraban-, fue de portugueses, flamencos, italianos, chinos, aztecas y hasta de los mismos ingleses. Lo que no le discuto yo a Kamen, por Dios. Pero acojona.

Otra figura que está sometida a revisión histórica en los últimos tiempos es la de Judas. Como lo oyen. Iscariote, Judas. Nacido en Judea, soltero, zelote, suicida, tesorero de Jesús, por más señas. Y ahora resulta que, según neohistoriadores expertos en la Biblia y en literatura cristiana primitiva, la idea que tenemos del fulano es errónea. Porque mi primo no fue tan malo ni avaro ni traidor como creíamos. Niet. Tras analizar las rigurosas fuentes históricas disponibles -me refiero a los Evangelios-, ciertos estudiosos han llegado a la conclusión de que Judas era buen chico, aunque algo introvertido, y un administrador tan eficiente que Jesús le encomendó la cartera de Hacienda de su gabinete. Además, gestionó tan bien el asunto de los gastos y las dietas que los Doce se patearon Judea con el Maestro sin privarse de nada -los panes y peces iban de gañote- y hasta sobraba para dar limosna. Lo que pasa, y juro por mis muertos que cito conclusiones publicadas por los llamados expertos, es que Judas tenía mucha conciencia política. O sea. Era judío ultranacionalista como los que ahora votan a Sharon, y no le perdonaba al Maestro que fuera tan manso en vez de sublevarse contra los imperialistas yanquis. O romanos. A este respecto, un catedrático de la Complutense afirmaba hace unos días que lo de Judas con Jesús fue, más o menos, como el asesinato de Yoyes por ETA. Aunque no falta quien relaciona semánticamente Iscariote con sicario, y deduce que en realidad era un infiltrado del Sanedrín, o del Pretorio: un topo Gigio. Personalmente, la versión que más me pone es la de un biblista que sostiene que Judas no se suicidó, sino que los otros discípulos, al enterarse de la traición del colega, le dieron las suyas y las de un bombero. Bang, bang. Vendetta.

Y es que parece mentira, ¿no? Tantos siglos sin que nadie se fijara en esos detalles, y ahora en cosa de cinco o seis años, hala. Todo a replanteárselo uno. Me resisto a pensar que se deba a que nos hemos vuelto tan superficiales charlatanes que cualquier gilipollez, por peregrina que sea, la tomamos en serio. Pero no creo. Sin duda lo que pasa es que ahora somos más sabios e imaginativos. Deben de ser las nuevas técnicas, el carbono 14 aplicado a la Informática, o algo así. La cultura como movimiento uniformemente acelerado. Sin excluir, claro, el morro de algunos. Yo mismo tengo varias ideas al respecto. Cuando se me acabe rollo y no se me ocurran más novelas para ganarme la vida, pienso dedicarme a revisar Historia usando como fuente documental los suplementos dominicales, Internet y los tebeos de El jabato. Sacar del armario al Cid y a su íntimo capitán Alvar Fáñez, por ejemplo, es uno de los asuntos que tengo previstos, antes de que me lo pise alguien. Desmontando, por puesto, el patinazo histórico de Menéndez Pi al llamar machote y Cid a Rodrigo Díaz de Vivar -Sidi, en morapio- cuando está documentalmente probado por un cuñado mío que lo que decían los moros y los amigos era Sisí.

18 de mayo de 2003

lunes, 12 de mayo de 2003

Cada domingo, un bosque


Cada domingo, al comprar los periódicos, se me calienta la conciencia ecológica. Y además se me calienta la boca cuando voy de vuelta a casa cargado con kilos de papel engorroso e inútil, que no sé por qué eligen siempre el domingo para trufarlo todo de anuncios y extras; y a poco que me descuide se me cae algo, o todo. Y, como Pulgarcito por el bosque, en vez de migas de pan voy dejando un rastro de suplementos y cuadernillos por la floresta, cargado con papel multicolor, páginas especiales, folletos publicitarios y demás. De ese modo -añadamos dos barras de pan y supongamos que encima llueve- pueden imaginarse el cuadro. Fíjense. Salgo de la tienda con la Biblia en pasta bajo cada brazo, sujetando las barras de pan con la barbilla. Pero a los pocos pasos la curiosidad me pierde, e intento leer los titulares para averiguar, por ejemplo, el último anacoluto del Congreso de los Diputados, o el malestar porque las escolares dedican demasiadas horas a la lengua española, o castellano -que es innecesaria en los mensajes de teléfono móvil, y que a fin de cuentas sólo la usan cuatrocientos millones de fascistas en todo el mundo- en vez de empollarse bien el silbo canario, la historia de la pintura autóctona de Zahara de los Atunes o las obras completas en fabla aragonesa de Marianico el Corto.

Pero cuando intento pasar la página cae al suelo un folleto que dice: Obras maestras del arte bizantino, en emisión numerada, y otro titulado: España, sello a sello. Los recojo, aunque la verdad es que, en ayunas, el arte bizantino y el sello me importan un carajo; y lo de España empieza a importarme lo mismo, pues ya juré el otro día que no me cogerán vivo cuando sea viejo e indefenso. No en este país de cojos Manteca, de Prestiges de los que nadie dimitió ni nadie se acuerda, de becarios de Bush, de cabras tiradas del campanario, de demagogos oportunistas y de monumentos vivos del neolítico. O me exilio antes, si puedo, o me compro una escopeta y una caja de posta lobera del 12. Pero volviendo al papeleo dominical, les decía que se desparrama todo. Así que a los pocos pasos, se me caen una barra de pan y tres colorines de fin de semana rebosantes de palpitante actualidad -Cremalleras a la vista: la moda del nuevo hombre- y de útiles consejos domésticos. Un titular me deja especialmente pensativo, tuteo aparte: ¿Tienes problemas de estreñimiento?

Prosigo mi camino quitándole con el codo la tierra a la barra de pan, y cazo al vuelo, antes de que se me caiga, un suplemento femenino que reza: La moda: consejos para salir a la calle. Qué haría uno en el proceloso mar de la vida, concluyo, sin tales consejos. Pruébala, dice un folleto adjunto: Un año sin cuota anual. Por un momento creo que se refiere a la prójima del folleto, que se parece mucho a Inés Sastre. O es. La pruebo aunque sea con cuota, me digo. Pero luego veo que no; que se trata de una tarjeta de crédito. Sigo adelante, orgulloso de mi habilidad manual parezco un malabarista de platos chinos, con toda la puta masa de papel móvil en equilibrio-, cuando veo mi gozo en un pozo: don José, el párroco, que está fumándose un truja en la puerta de la iglesia, me advierte de que se me ha caído algo. Hijo, añade. Y yo pienso: maldición. Con cireneos así, no necesito romanos. Me vuelvo a mirar y, en efecto, un colorido folleto proclama: Ahorra 107 €. Pisoteamos los precios.

Al volverme se caen ocho kilos de papel. Reprimo un juramento por respeto a don José y al recinto sagrado. Después me agacho, lo recojo todo ¿Cómo perderte este chollo?, proclama un catálogo para el hogar que incluye un eficaz cortacallos-, barajo papel, sigo mi viacrucis. Por fin veo una papelera, y meto las tres cuartas partes de lo que llevo encima. Hala. Medio bosque talado para mí, a tomar por saco. Hogar, dulce hogar. Pese a todo, la prensa vuelve a desparramarse por el suelo cuando busco la llave de la puerta. A estas alturas, las barras de pan se encuentran en tal estado que decido dárselas a Mordaunt, mi perro. Por fin me siento a leer lo que conseguí salvar de la anábasis. Entre el amasijo de papel arrugado aún asoma una hoja naranja fosforito: Decide que tu dinero te dé más. Mientras lo decido, veo que El País habla bien de Aznar, y que El Mundo dice que Zapatero tiene futuro. Luego compruebo que, juntando papeles, he metido los suplementos dominicales en periódicos equivocados. Al reordenarlos, se abre El Semanal por las páginas centrales: El ano del mundo, leo. Oichsss. Qué finos nos hemos vuelto, rediós.

11 de mayo de 2003

lunes, 5 de mayo de 2003

Eso del glamour


A ver si nos aclaramos con el concepto. Cariños. ¿Hotel qué? ¿Glamour?... No me fastidien. Plis. El glamour, diría el buen Terenci Moix que en paz descanse, es una cosa muy seria, que incluso puede crear mitos que cambien tu vida. Glamour es palabra inglesa de Inglaterra, de Shakespeare y de la gente aquella, consagrada luego en la época dorada del cine de Hollywood. Significa literalmente encanto, atractivo. En español, acción o efecto de encantar: someter a poderes mágicos, o así, a través de una persona o cosa que suspende o embelesa. O sea, que él o ella bajan la escalera despacio, o la suben delante de ti, y te dejan hecho literalmente agua de limón. Lo que pasa es que, en este país de trileros, mangantes y borregos, alguien, o varios, equivocaron el concepto y barajaron las páginas del diccionario de la Real, y han terminado atribuyéndole a glamour un significado secundario de la palabra encantar, que proviene del antiguo encante -del catalán en canta en cuanto- y que significa exactamente vender en pública subasta. Eso ya encaja más en el estado actual de las cosas, y explica el equívoco. Pero claro. De decir que te suspenden o embelesan, encerradas en un hotel mientras se rascan el chichi delante de la cámara, un par de mamíferos cánidos de menos de un metro de longitud, incluida la cola, de hocico alargado y orejas empinadas y pelaje pardo rojizo, que abunda en España y caza con gran astucia toda clase de animales, incluso de corral, etcétera, etcétera, a decir que se venden en pública subasta, hay un abismo. O dos.

No, hijas. No. O hijos. Glamour es otra cosa. No es, desde luego, el majarón de Pocholo Martínez Bordiú -hay que tener huevos, por cierto, para llamarte Pocholo con cuarenta tacos- corriendo por el escenario como en el chiste del conejo que se tragó un tripi, o Aramis Fuster acomodándose las tetas donde puede, o la respetable señora Seisdedos entronizada madre Coraje de las Españas, o Dinio, garañón de las Antillas, fundiéndose los propios plomos a la hora de establecer, sin liarse, sujeto, verbo y predicado. O, no se los pierdan tampoco, esos mensajes telefónicos que envían telespectadores de fina hondura intelectual; con cuyos textos, los dignos realizatas del programa intensifican la sensación glamourosa subtitulando todo el rato, en plan Tamara te kremos por wapa y umilde, o Yola, ke vuena sts. Te komerya el cono. Ni siquiera los esfuerzos de Jesús Vázquez, que lo hace muy bien, da guapo en la tele y es un simpático fulano digno de mejores causas, repitiendo una y otra vez que están en el hotel Glamour, o Glam, o lo que sea, bastan para justificar el palabro. Usarlo en semejante contexto infame es insultar a los cinéfilos de toda la vida. El glamour es otra cosa, niños y niñas, señoras y señores. A ver si nos enteramos de una puta vez.

Glamour, tomen nota, es Audrey Hepburn elegantísima, descalza y con los zapatos en la mano, delante del escaparate de Tiffany's en Desayuno con diamantes. Glamour es Rita Hayworth llevándose a los labios entreabiertos, con mano temblorosa, el cigarrillo que le enciende Orson Welles en La dama de Shangai, o quitándose un guante frente a Glenn Ford en Gilda. Glamour es Debra Paget bailando frente a la serpiente de La tumba india. John Wayne recortado en la puerta del rancho de Centauros del desierto, o con la camisa mojada, besando a Maureen O'Hara en El hombre tranquilo. Lauren Bacall contoneándose con la música del piano al ir al encuentro de Bogart en la última secuencia de Tener o no tener. Gary Grant en Charada. Gregory Peck en El mundo en sus manos. Silvana Mangano con las medias rotas en Arroz amargo. Gary Cooper en Solo ante el peligro. Shirley MacLaine en El apartamento. Gloria Swanson bajando por la escalera ayudada por Erich Von Stroheim en El crepúsculo de los dioses. Sophia Loren en La sirena y el delfín. Marlene Dietrich usando como espejo para maquillarse el sable del oficial que manda su piquete de ejecución en Fatalidad. Robert Mitchum en Retorno al pasado. Ava Gardner yéndose del casino del brazo de Rosanno Brazzi en La condesa descalza, o bailando en la playa con los criados mejicanos en La noche de la iguana. Greta Garbo dejándose robar las perlas por John Barrymore en Gran Hotel. Kim Novak en Picnic. Burt Lancaster caminando con la sombra de la muerte del príncipe Salina pegada a los pies en las últimas escenas de El gatopardo. Etcétera. Eso es glamour, y lo otro es Hotel Caspa. A ver si nos enteramos. Imbéciles.

4 de mayo de 2003

domingo, 27 de abril de 2003

Una ventana a la guerra


Murieron en Iraq hace unas semanas. No sé si cuando esto se publique habrá alguno más. En cualquier caso, españoles o no, seguirán muriendo; en ésta o en la siguiente guerra. Eso nada tiene que ver con la ingenuidad de quienes sueñan con un mundo perfecto, ni con la obscena demagogia de quienes convierten en votos cada niño quemado y cada muerte. Ninguna guerra es la última, porque el ser humano es un perfecto canalla. Y para contar lo más brutal de esa infame condición humana, seguirán muriendo periodistas.

No conocía a Julio Anguita Parrado ni a José Couso. Eran jóvenes, y yo me jubilé después de los Balcanes; donde, por cierto, enterramos a cincuenta y seis colegas. No sé qué llevó a Julio y José hasta el misil o la granada que los mató, aunque puedo imaginarlo. En cuanto a por qué murieron, debo decir lo que creo: que murieron porque querían estar allí. Fueron voluntarios a un lugar peligroso, y el padre de Julio Anguita lo resumió con una entereza admirable: "Mi hijo murió cumpliendo con su deber". Punto. Hacían un trabajo duro, y salió su número. En la lotería donde se combinan el azar y las leyes de la balística, les tocó a ellos. Suma y sigue. El resto es demagogia y literatura.

Por qué estaban allí, supongo que es la pregunta. Por qué cerca de la línea de fuego, como Julio, o filmando asomado a una ventana en plena batalla, como José. No por dinero, desde luego. Ni por amor desaforado a la información y a la verdad. Tampoco, como he oído decir estos días, por amor a la humanidad, para detener con su testimonio las guerras. La milonga del periodista buen samaritano es una tontería. Ni siquiera Miguel Gil Moreno, a quien han estado a punto de beatificar desde que cascó en Sierra Leona, iba por eso. Uno ayuda, claro. Lo hace cuando puede. Incluso a veces piensa que su trabajo puede cambiar algo. Pero de ahí a que un reportero sea un filántropo media un abismo. En veintiún años de oficio no encontré ninguno así. Al contrario. Nunca conocí a un reportero que al sonar el primer cañonazo no sintiera la excitación, el hormigueo, de quien empieza una aventura peligrosa y fascinante. Luego vienen los años, la reflexión y la experiencia. Te asustas y no vuelves; lo sigues, y te matan o te haces una reputación. Mientras, en tu corazón cambian algunas cosas. Descubres responsabilidades y remordimientos. Pero eso ocurre después. Digan lo que digan quienes no tienen ni idea del asunto, lo que lleva a un periodista a sus primeros campos de batalla es poder decir: estuve allí. Pasé la más dura reválida de mi perro oficio.

Hablar de asesinatos particulares en una guerra donde mueren miles de personas es una incongruencia. Montar el número de la cabra en torno a la muerte de un reportero -aparte el respetable dolor de familia y amigos-, es insultar la memoria de un profesional valiente que ha hecho su oficio con impecable dignidad, pagándolo con su pellejo. Por supuesto, cuando un tanque lo mata hay que procurar reventar al cabrón del tanque, si se puede. Pero con realismo, no con retórica idiota. Un combate, una batalla, son un caos de miedo, incertidumbre y bombazos, y nadie puede esperar que la gente se comporte con humanidad o cordura. Quien se asoma a una ventana a filmar, lo sabe. Y si no lo sabe, no debería estar allí. El problema con toda esta demagogia es que al final la gente termina creyéndose eso de la guerra limitada y las bombas inteligentes, y de tanto oír tonterías a los políticos y a la prensa del corazón -que esa es otra, el periodismo basura hablando de compañeros muertos-, al final existe el riesgo de que los periodistas crean que los ejércitos son oenegés y la guerra un juego virtual con reglas y principios, y se metan allí creyendo que alguien va a garantizarles la piel o la vida, que cuando se vaya todo al carajo detendrán los combates para evacuarlos, o se pedirán responsabilidades morales y económicas al marine con fatiga de combate y gatillo fácil, o al negro que te rebane los huevos con un machete. Por eso me inquietó que el otro día un telediario anunciase que el Ministerio de Defensa español comunicaba que no garantizaba la seguridad de los periodistas españoles en Bagdad. Naturalmente. Ni el español, ni el norteamericano, ni nadie. Claro que no. Ni en Bagdad, ni en Sarajevo, ni en Saigón, ni en el saco de Roma, ni saliendo del caballo de madera, en Troya. Las guerras son, a ver si nos enteramos, peligrosas y putas guerras. Nos ha vuelto tan estúpidos que de semejante obviedad hacemos una noticia.

27 de abril de 2003

domingo, 20 de abril de 2003

No me cogeréis vivo


Lo apuntaba el otro día: no estoy dispuesto a caer vivo en manos de los españoles, cuando sea anciano e indefenso. Porque vaya país peligroso, rediós. Cómo nos odiamos. He vuelto a comprobarlo estos días, con lo de Iraq. Observando a unos y a otros. Porque aquí, al final, todo acaba planteándose en términos de unos y otros. Pero es mentira eso de las dos Españas, la derecha y la izquierda. No hay dos, sino infinitas Españas; cada una de su padre y de su madre, egoístas, envidiosas, violentas, destilando bilis y cuyo programa político es el exterminio del adversario. Que me salten un ojo, es la única ideología cierta, si le saltan los dos a mi vecino. A mi enemigo. Pues quien no está conmigo, incluso quien no está con nadie, está contra mí. Y cogida en medio, entre múltiples fuegos, está la pobre y buena gente -buena hasta que deja de serlo- que sólo quiere trabajar y vivir. Que sale a la calle con la mejor voluntad, dispuesta a defender con mesura y dignidad aquello en lo que cree; y que a los cuatro pasos ve -aunque nunca lo ve a tiempo- cómo una panda de oportunistas demagogos se apropia del grito y la pancarta. Cómo salta el ansia de degüello en cuanto hay oportunidad, y más si el tumulto facilita la impunidad, el navajazo sin riesgo, la agresión cobarde, el linchamiento. Dudo que otro país europeo albergue tanta rabia y tanta violencia. Tal cantidad de hijos de puta por metro cuadrado.

Qué cosas. Aquí nadie gana elecciones por su programa político ni por la bondad de sus líderes, sino que quien gobierna, al cabo, cae en la arrogancia del caudillismo, pierde el sentido de la realidad y se destruye a sí mismo. Entonces el otro partido emergente y el resto de la oposición se suman con entusiasmo a la tarea de apuntillarlo, en una pedrea donde vale todo; incluso ensuciar y destrozar, no sólo el respeto a este viejo y desgraciado lugar llamado España, sino también, con irresponsabilidad suicida, los mecanismos que hacen posible la esencia misma del juego democrático. Así ocurrió durante el desmoronamiento de aquel Pesoe víctima de su corrupción, de la soberbia y cobardía de un gerifalte y del silencio abyecto de las cabezas lúcidas que no osaron discrepar, renovar, adecentar. Y en la agonía de ese partido, del que tantos esperábamos que a España no la conociera ni la madre que la parió, entraron gozosos, a saco y con maneras bajunas que hicieron escuela, todos los buitres de la oposición, encabezados por quienes hoy gobiernan: a la degollina fácil, y maricón el último. Poniendo las instituciones, las reglas del juego y el sentido común en el cubo de la basura; dispuestos a llevárselo todo por delante con tal de derribar al enemigo, e infligiéndole a España incluso a la idea que de España tiene la derecha un daño irreparable del que todavía cojea, y cuyo precio paga ahora el Pepé en sus carnes morenas.

No puede extrañar que hoy se hayan invertido los papeles. En un lugar donde no hace falta programa político para ganar elecciones, sino que basta con esperar el suicidio del contrincante -o dejar que te lo acosen y maten otros, como hace el Peneuve-, la guerra de Iraq le ha venido al Pesoe de perlas para ajustar viejas cuentas y prepararse el futuro; y también a otras agrupaciones políticas, que habían perdido crédito por el signo de los tiempos o por su incompetencia o estupidez, y ahora disfrutan como un cochino en un maizal saliendo otra vez en los telediarios. Sin olvidar, por supuesto, la mala fe histórica de varios partidos periféricos, encantados de que les dinamiten gratis y por la cara esa España que no es la suya. Pero los comprendo. Ya me dirán ustedes de quién cojones van a proclamarse solidarios, en este paisaje. Recuerden aquella siniestra broma de cuando el franquismo: España, una; porque si hubiera dos, todos nos iríamos a la otra.

No importa que las pancartas o las banderas tengan razón o carezcan de ella. Aquí, razón, cultura, instituciones, no cuentan. Lo que importa es que llega el degüello, suena el clarín, y lo mismo que nadie se atreve solo con el toro de la Vega, y es la chusma enloquecida y cobarde que, armada con lanzas y hierros acuchilla mientras grita adivina quién te dio, ahora todo cristo empalma la chaira al olor de la sangre; díspuesto, una vez más, a llevarse por delante lo que sea, con tal de enterrar al enemigo. Todo vale, todo es presa legítima. Y el día que al fin esto se vaya a lápida grabarán tomar por saco, sobre nuestra: akí, tio, murio Sansón con tos los finisteos. Suponiendo -ésa es otra- que a quien le toque poner esa lápida todavía sepa quién era Sansón. Y que sepa escribir.

20 de abril de 2003