lunes, 22 de agosto de 2005

Las miembras y los miembros

Se veía de venir. Empezamos con los ciudadanos y las ciudadanas, llegamos a los frailes y las frailas, y al final remata el Boletín Oficial del País Vasco, llevándolo todo, negro sobre papel blanco, al documento oficial. Pura coherencia, por otra parte. Y hablar de papel no es baladí, pues las papeleras van a tener que doblar su producción, cuando –no les quepa duda de que está al caer– todos los documentos oficiales de la España del buen rollito imiten el asunto. Tengo entendido que la Junta de Andalucía, por ejemplo, no está dispuesta a quedarse atrás ni harta de morapio. Pero de eso, para no liarnos, hablaremos otro día. 

«El pleno está integrado por el presidente o presidenta, el vicepresidente o vicepresidenta y los vocales o las vocales.» Ante ese párrafo pueden ocurrir dos cosas. Una es que parezca normal: de pura saturación terminas acostumbrándote a cualquier imbecilidad. La otra es que nos dé la risa floja. Al principio creí que era un texto chungo. Manipulado. Pero nada de eso: BOPV, ley 9/2004 de la Comisión Jurídica. «Se hace saber a los ciudadanos y ciudadanas», etcétera. Todo trufadito de perlas como ésta: «Un secretario o secretaria que se nombra por el presidente o presidenta (…) entre funcionarios y funcionarias». Y más adelante, con repetición exhaustiva de las titulares o los titulares, las vocales o los vocales, los presentes o las presentes, el secretario o la secretaria, el presidente o la presidenta, se detalla que en ausencia «de uno de los vocales o una de las vocales (…) se procederá al nombramiento de un suplente o una suplente (…). El nombramiento y cese del suplente o la suplente se realizará conforme a lo previsto (…). El tiempo que dure la suplencia se imputará al período de mandato de la vocal o el vocal suplido». Imagino que las feministas galopantes estarán goteando agua de limón con el texto, pero creo que aún podríamos afinar un poquito más. Porque observo cierto déficit de concordancia. Puestos o puestas a ello, «la vocal o el vocal suplido» debería haberse escrito «la vocal o el vocal suplido o suplida», o bien «la vocal o el vocal suplidos o suplidas». Y puestos a hilar fino, lo de «el tiempo que dure la suplencia» también era mejorable escribiendo «el tiempo que dure la suplencia o el suplencio». Pero en fin. Cada maestrillo tiene su librillo. 

En cualquier caso, es de justicia reconocer que, si en la lucha contra el sexismo lingüístico el BOPV se cubre de gloria pionera, en cuanto a la concordancia y el concordancio sus redactores o redactoras todavía no afinan mucho. Cuando escriben, por ejemplo, «el presidente o presidenta», «los titulares o las titulares», «los vocales o las vocales», no terminan de rematar la cosa. En pura lógica, vocal es a concejal lo que vocala a concejala, etcétera. O semos, o no semos. Y si semos, ¿por qué la puntita nada más? Lo normal, si se escribe presidente y presidenta, es que también se escriba presidencia y presidencio, titulares y titularas, vocales y vocalas, igual que en otros casos –sutil artículo 9– «ambos y ambas»

En el artículo 23, por cierto, se dice «En la designación de los ponentes y las ponentes, el presidente o presidenta seguirá los criterios de reparto», mientras que algo más abajo alude a «los asistentes y las asistentes». Y eso, la verdad, queda feo. Si tenemos presidente o presidenta, la misma ilógica de semejante lógica impone ponentes y ponentas, asistentes y asistentas. Y la verdad es que tan tímido quiero y no puedo se manifiesta varias veces con idéntica evidencia o evidencio. Es como cuando el bonito artículo 17 indica que los acuerdos se adoptan «por mayoría de votos de los presentes y las presentes». ¿Por qué no de los presentes y las presentas? ¿Ein? Observen, además, el caso del no menos delicioso artículo 16: «Las miembros y los miembros afectados por posibles causas de abstención». ¿Por qué no ir hasta el fondo del asunto, escribiendo «Las miembras y los miembros afectadas o afectados por posibles causas o causos»? Es como cuando la disposición transitoria segunda menciona «el nombramiento de cuatro vocales que sustituirán a las cuatro o los cuatro nombrados conforme al decreto», en vez de decir, como en rigor debería: «cuatro vocales o vocalas que sustituirán a las cuatro o los cuatro nombrados o nombradas». Digo yo que de perdidos, al río. Y la verdad. No comprendo a qué vienen esos ridículos complejos, a estas alturas del jolgorio. O jolgoria. 

21 de agosto de 2005 

lunes, 15 de agosto de 2005

Don Trancredo en la peluquería

A veces, la calle, la vida, parecen un montaje artístico surrealista, o un happening lúdico-procesual, o como se llame eso ahora. Quiero decir que uno está a lo suyo, y de pronto puede verse metido en un espectáculo taurino-musical digno del Bombero Torero. Con la diferencia notable de que, hasta hace poco, la gente manifestaba su extrañeza, hilaridad o indignación, y a veces tomaba cartas en el asunto para ponerle coto o reclamar, en casos extremos, la presencia de la autoridad competente. Ahora, lo que procuramos es quedarnos como don Tancredo: aquel personaje de la España antigua que, vestido y empolvado de blanco, se sentaba en una silla en el centro del ruedo, inmóvil, mientras el toro le daba vueltas alrededor, sin embestir, tomándolo por una estatua. Y es a la manera de don Tancredo como nos quedamos a menudo, mirando al tendido, en la esperanza de que no se fijen en nosotros y podamos escurrir el bulto. Con esa intención, hasta orillamos la infamia. Un anciano puede ser asaltado en la calle sin que los transeúntes movamos un dedo, o una mujer verse acosada en el metro por un miserable mientras todos miramos por la ventanilla u hojeamos el periódico. Preferimos no meternos en camisas de once varas. 

Pero, como dije, no siempre el asunto es trágico. Hay ocasiones en que la tragedia se funde con la comedia, hasta el punto de que tu primer impulso es averiguar dónde está escondida la cámara oculta. Tuve ocasión de reflexionar sobre eso hace unas semanas, en la peluquería. Estaba sentado esperando mi turno, junto a otro señor mayor y un niño, mientras los dos peluqueros, tijera y peine en mano, se ocupaban cada uno de un cliente sentado en el correspondiente sillón. Todo transcurría con la rutina habitual: el niño miraba de reojo las tetas de Yola Berrocal en la portada de uno de los Interviús que había sobre la mesita de espera, el adulto leía el Marca, los peluqueros hablaban de fútbol, y yo hojeaba el Hola en busca de la última gesta deportivo-aventurera de Álvaro de Marichalar o Kitín Muñoz, intentando averiguar qué entidad o institución corría esta vez con los gastos. Lo de siempre. Y en ésas, entró el fulano. Era un tipo de unos treinta años, con mala pinta, vestido con tejanos y camiseta. La ropa la traía rota y muy sucia, como si se hubiera estado revolcando por el suelo. Además, manchada de sangre. Lo de la sangre no era extraño, porque tenía el careto lleno de moratones y magulladuras, con sangre fresca en la nariz y un labio partido. Saltaba a la vista que alguien acababa de darle las suyas y las del pulpo. Una estiba guapa. 

Como pueden suponer, el silencio se hizo sepulcral. El jambo entró tambaleándose, sin decir buenos días ni decir nada –cuando pasó cerca me llegó un olor a vino que tiraba de espaldas–, y fue derecho al rincón donde le lavan el pelo a la gente. Allí, sin pedir permiso a nadie, abrió el grifo y metió la cabeza debajo del chorro. Estuvo así un rato, sin que los peluqueros, ni los clientes, ni el señor que esperaba, ni el niño, ni yo mismo, dijéramos palabra alguna. Todos seguíamos como si no hubiéramos visto nada. A veces se encontraban nuestras miradas en el gran espejo de la pared, pero no movíamos un músculo; excepto cuando enarqué una ceja mirando al peluquero jefe y éste, sin dejar de cortarle el pelo al cliente, correspondió enarcando otra. Sólo se oía el chorro de agua, el suave chasquido de las tijeras de los peluqueros y a Carlos Herrera largando en la radio. Al cabo, el fulano cerró el grifo, cogió una toalla limpia y se secó con cuidado. Luego fue hasta el espejo, y situándose entre los dos sillones, cada uno con su cliente y su peluquero detrás, se inclinó un poco para mirarse las magulladuras, palpándolas con mucho tiento, e hizo en tono alelado, pastoso –parecido al de Pascual Maragall en sus días espesos–, un par de comentarios entre dientes: uno fue «Joder, joder, joder», y otro: «La leche, cómo me han puesto, la leche». Al cabo eligió un peine entre los utensilios de la peluquería, se peinó tranquilamente el pelo mojado y se dirigió, con paso inseguro, hacia la puerta. Salió sin mirarnos, hecho un Eccehomo; pero, eso sí, peinado con una raya perfecta. Y todos nos quedamos observándonos unos a otros de soslayo, sin hacer comentarios. Sólo el peluquero jefe miró un instante hacia la puerta y murmuró: «Al personal se le ha ido la olla». Después siguió, chas-chas, dándole a las tijeras y al peine. 

14 de agosto de 2005

lunes, 8 de agosto de 2005

Estrangulando a capitanes chulitos

Creo que es a mediados o finales de este mes cuando los cinco mil vecinos de Zalamea de la Serena, pueblo extremeño al que Pedro Calderón de la Barca hizo inmortal con su famoso drama, se vuelcan en la representación popular de la aventura del alcalde Pedro Crespo; que con un par, pasándose por el forro las convenciones sociales y la rigurosa diferencia de clases de su época, le dio matarile a don Álvaro de Ataide, el capitán de los tercios que primero sedujo a su hija Isabel y luego dijo si la he visto, no me acuerdo. Así que Crespo, para estrenar la vara de regidor, le ajustó las cuentas al chulito del capitán, haciendo que le dieran garrote: muerte bajuna a más no poder, hasta el punto de que durante el franquismo, cuando el instrumento aún servía para despenar a infelices, todavía se le llamaba garrote vil. Porque, según Calderón, hasta para los villanos –ésa es la enjundia de la historia–, el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios. Etcétera. 

Lo de menos es que, en ese caso concreto, el honor lo cifrara Pedro Crespo en la virginal bisectriz del ángulo principal de su hija, sobre todo cuando la niña, que era un poquito gilipollas, se dejó picar el billete sin que nadie la obligase. Observado desde aquí, el detalle está algo pasado de vueltas. Pero debemos contextualizarlo en su época: siglo XVII, sobre un suceso ocurrido en el XVI. Aun así, la conclusión es que, en materia de vergüenza torera y de ajustar cuentas, no mandan ni rey, ni roque, ni capitanes en escabeche. Que se lo pregunten, si no, a los primos de Fuenteovejuna –en esa quien lo bordó fue Lope de Vega– o al amigo Peribáñez y su comendador de Ocaña, que tal bailaron. Así que moraleja al canto: mucho ojo con el pueblo villano y tal, que en España hay mucha mala leche y mucho orgullo, y cuando el personal se rebota, el garrote, los navajazos o las patadas en los huevos sabe darlos como nadie. Lo mismo al capitán, que al rey o al obispo de la diócesis. De esas historias, aquí tenemos unas cuantas. Y las que podríamos tener. 

Por eso, la magnífica iniciativa del pueblo de Zalamea, que ya tiene doce o trece años de solera, me parece un espléndido acontecimiento: un ejercicio de legítimo orgullo ciudadano, no limitado a insolidarios pasteleos de caciques locales y al rabito mezquino de sus boinas, como se suele, ni a la foto de la ministra o ministro de turno, sino abierto a la cultura de verdad: a la historia, al viejo y noble sentido de la palabra España. Respaldados por todo el pueblo, que interviene de una u otra forma en el espectáculo, cuatrocientos vecinos se echan a la calle durante tres días para hacer de soldados, reyes, hijas, alcaldes, capitanes o pueblo llano. Cada función tiene distintos protagonistas que se turnan de jueves a domingo, montando a caballo, manejando la espada, actuando en un espectáculo callejero, popular, que incluye música en directo, y donde entremeses, pasacalles, conciertos, mercado artesanal, coros, grupos folclóricos, animales de verdad y hasta el tañido de las campanas de la iglesia –«¿Es aquella Zalamea? / Dígalo su campanario»– recrean un espacio histórico maravilloso, que cada año atrae a más visitantes, en esa semana mágica durante la que el pueblo entero realiza un extraordinario viaje educativo al tiempo de Felipe II. 

Así que deseo larga vida a Zalamea y a su alcalde Pedro Crespo, y que ojalá el ejemplo cunda, como ya ocurre en otros lugares. Qué bueno es demostrar que la historia y la cultura no se conservan sólo en bibliotecas y museos, sino que son también realidad viva, patrimonio nobilísimo del pueblo que las hizo posibles. Iniciativas como esta y muchas otras, representaciones teatrales, conmemoraciones de victorias o derrotas, sucesos hermosos o trágicos, recordatorios de lo que fuimos y explicación de lo que somos, proporcionan oportuno consuelo en esta España tan a menudo desabrida, triste, perra, desmemoriada y cutre. Y así, gracias a tan admirables iniciativas locales, al trabajo de tanta gente buena que lucha por rescatar la materia nobilísima de su propia memoria, la victoria frente a la estupidez y el olvido sigue encarnándose en cada niño de Zalamea que crece familiarizado con las hermosas palabras que escribió Calderón para hablar de la dignidad de hombres y pueblos. En cada vecino que cifra su orgullo en demostrar a los visitantes que la antigua, venerable y fascinante España se reafirma a sí misma una y otra vez, inextinguible, desmintiendo a tanto imbécil y a tanto golfo que la niega. 

7 de agosto de 2005 

lunes, 1 de agosto de 2005

Homesplante la hueva emporá

Hace unas semanas, en la tele, un deportista al que entrevistaban se hizo repetir tres veces la pregunta, y al final confesó que no podía responderla porque no entendía una palabra. Que no se aclaraba con el farfullo del periodista. Creo recordar que la pregunta era: “¿Homesplante la hueva emporá?”, formulada con cerradísimo acento andaluz. Al cabo de un rato, y tras darle muchas vueltas al asunto, llegué a la conclusión de que lo que el periodista había querido preguntar era “¿Cómo te planteas la nueva temporada?" Y oigan. Nada tengo contra los acentos. Lo juro. Ni contra el panocho de Mursia, ni contra el gallegu, ni contra el valensianet de Valensia, ni contra ningún otro. Todo es parte de la rica pluralidad, etcétera, de las tierras de España; y a mí también me sale el cartagenero cuando estoy con mis paisanos o cuando me cabreo y miento el copón de Bullas. Pero no se trata de acentos. Lo que me dejó incómodo fue el toque chusma de la cuestión. Para entendernos: hace sólo unos años, al periodista del homesplante la emporá, en su televisión, en su radio, en su periódico o en donde fuera, no le habrían dejado abrir la boca. Por cateto. 

Y ahora dirá alguien, en plan buen rollito, que también los catetos tienen derecho a ser periodistas y preguntar cosas. Pues lo siento. Niet. Ni de coña. Los catetos, lo que tienen que hacer es dedicarse a otra cosa, o hacer los esfuerzos adecuados para dejar de ser catetos. Y los jefes de los catetos –y las catetas– que andan sueltos por ahí, preguntándoles por las huevas de la emporá a los futbolistas y a los premios Nobel de Literatura, lo que son es unos irresponsables y unos pichaflojas, incapaces de poner las cosas en su sitio y darle dignidad al medio que les paga el jornal. 

Hemos llegado a un punto en el que todo vale, donde tener unas tragaderas como la puerta de Alcalá se toma por patente de salud democrática, talante y besos en la boca; mientras que poner las cosas en su sitio, exigir que los estudiantes estudien, que quienes escriben no cometan faltas de ortografía, que los que hablan en público controlen los más elementales principios de la retórica, o por lo menos de la sintaxis, se toma por indicio alarmante de que un fascista totalitario y carca asoma la oreja. 

Es devastador el daño que hacen, en ese registro, dos elementos recientemente incorporados en masa a la vida pública: el periodista iletrado y el político analfabeto. Ambos flojean precisamente donde más sólidas debían ser sus vitaminas, y no me refiero sólo al lenguaje infame con que nos vejan a diario; sino también a lo que éste contiene. Un periodista utiliza el idioma como herramienta principal en su trabajo de informar y crear opinión, y un político es alguien que, aparte una presumible formación ética y una cultura –pero de eso no vamos ni a hablar, porque a fin de cuentas estamos en España–, necesita un conocimiento elemental de los recursos de la lengua en la que se expresa cuando habla en público o se dirige a sus ilustres compañeros –o cómplices, o lo que sean– de negocio. Y lo terrible es que la funesta combinación de ambos personajes, periodista iletrado y político cenutrio, es la que marca ahora el tono de la vida pública española. 

Nunca hubo tal acumulación de disparates, de bajunería expresiva, de servilismo a lo socialmente correcto, de desconocimiento de las más elementales reglas de la comunicación oral o escrita. La ignorancia, la desorientación y la gilipollez son absolutas: bulling por acoso escolar, mobbing por acoso laboral, género por sexo, fue disparado por le dispararon o fue tiroteado, severas heridas por graves heridas, apostar en vez de proponerse, decidir, querer, intentar, pretender, desear o procurar. Y así, hasta la náusea. Cualquier murga nueva, cualquier coletilla, cualquier traducción pedestre del guiri, cualquier tontería o lugar común, hace fortuna con rapidez pasmosa y se propaga en boca y tecla de quienes, paradójicamente, más deberían cuidar el asunto. Todo eso, claro, acentos y farfullos aparte. 

Y así, algunos desoladores productos de la nueva generación de periodistas hijos de la Logse, la desaparición de la antigua, venerable y utilísima figura del corrector de estilo en los medios informativos, y la ordinariez de la ciénaga donde a menudo se nutre la vida política española, nos tienen a merced de tanta mala bestia que nos bombardea con su zafiedad y su incultura, contaminándonos. Y nadie se atreve a exigir lo razonable: que lean y se eduquen, que cambien de oficio o que cierren la boca. 

31 de julio de 2012 

domingo, 24 de julio de 2005

Viggo, el capitán

Conocí a Viggo Mortensen en un restaurante de El Escorial: un danés rubio y flaco, callado, de aire tímido, que hablaba un excelente español con acento argentino. Iba a interpretar al capitán Alatriste, pero yo sabía poco de él. Lo había visto en algunas películas y recordaba sobre todo sus ojos claros, su mirada de hielo mientras atormentaba a Demi Moore en La teniente O’Neil. Me gustaba su careto flaco y duro, su talento como actor, su interés por el personaje y el proyecto. Durante aquella comida hablamos de fotografía, de literatura y de España. Dos días más tarde vino a mi casa, y mientras tomábamos café rodeados de libros relacionados con la época y el personaje, me regaló varias cosas editadas por él, entre ellas un magnífico álbum de fotografías suyas sobre caballos. En correspondencia, le di un tratado de equitación del siglo XVIII. 

No nos vimos mucho durante la intensa preparación de la película, y sólo en tres ocasiones durante los largos meses de rodaje. Me llamó alguna vez para comentar aspectos del personaje y de la historia, como el lugar de nacimiento de Alatriste. Nunca lo detallé en ninguna de las cinco novelas publicadas hasta ahora, pero a Viggo le interesaba el dato. La vieja Castilla, respondí. ¿Puede ser León?, preguntó tras pensarlo mucho. Puede, respondí. Así que se fue a León y lo pateó de punta a punta, deteniéndose en cada pueblo, en cada bar, hablando con quien se le puso delante. En efecto, concluyó al fin, Alatriste es leonés. Y lo dijo tan convencido que a estas alturas ni yo mismo cuestiono ya el asunto. De ese modo, viajando, leyendo, mirando, Viggo se llenó de España; de nuestra historia, de la luz y la sombra que nos hicieron como somos. Y así, en un proceso asombroso de asimilación, terminó haciéndose español hasta la médula: lo estudió todo, trabajó hasta perder el acento argentino, y hasta frecuentó a toreros para aprender ciertas maneras, cierto sentido de respeto por el enemigo, cierta actitud de resignado estoicismo ante la vida y ante la muerte. 

Hace unos días estuve en la llanura de Uclés, convertida cinematográficamente en el campo de batalla de Rocroi: allí donde, en 1643, los temibles tercios españoles fueros destrozados por la artillería y la caballería francesas. Se rodaba la secuencia final de la película, porque en Rocroi, en el último cuadro formado por los veteranos del tercio viejo de Cartagena, termina la historia del capitán Alatriste. Estuve detrás de las cámaras, espectador privilegiado, viendo a un centenar de jinetes cargar una y otra vez contra la fiel infantería española, y a Viggo en primera línea, cabeza descubierta y espada en mano, vendiendo cara su piel y la de sus camaradas. Se cree de verdad que es Diego Alatriste, me comentó el director, Agustín Díaz-Yanes, entre toma y toma. Los actores son todos unos tíos raros, añadió, pero éste es un caso especial. Lo cree por completo. Se ha metido tan dentro del personaje que parece más español que nadie. Observa esa desesperación y esa mala leche. Hasta los días en los que no tiene que rodar, se viste y se queda aparte, con su espada entre las manos, pensando. Y así está, el cabrón. Inmenso. Que se sale. 

Después, en una pausa del rodaje, estreché la mano de Viggo, manchada de sangre cinematográfica. Charlamos un rato y nos fuimos a comer bajo la carpa que nos protegía del sol, mientras yo observaba su mostacho soldadesco, sus cicatrices, el coleto cubierto de polvo y sangre, los ojos claros y absortos que miraban como sólo miran los veteranos, más allá de la vida y de la muerte. No era un actor, pensé de pronto. Era la imagen rigurosa del héroe cansado. El resumen vivo de todos aquellos hombres arrogantes, valientes, crueles, que sostuvieron con su espada y con su sangre un imperio agonizante, y luego, olvidados por reyes imbéciles y por una patria ingrata y miserable, terminaron como perros callejeros, mendigos, enfermos, mutilados, ahorcados por la justicia o acuchillados en un campo de batalla. Y allí, sentado bajo la carpa frente a mi personaje, cada uno con su gazpacho, su merluza y su agua mineral en la bandeja del catering, comprendí que nunca podré pagarle a Viggo Mortensen la deuda que durante esta larga y compleja aventura cinematográfica contraje con él. Por encarnar con perfección absoluta lo que Sebastián Copons, fiel compañero de Alatriste, le dice al joven Íñigo Balboa antes de la última carga de la caballería enemiga: «Si sales de ésta, cuenta lo que fuimos»

24 de julio de 2005 

domingo, 17 de julio de 2005

Treinta siglos, a subastas (II)

Al hilo de lo que escribía la semana pasada sobre la responsabilidad de la derecha y de la izquierda en el desmantelamiento de la vieja palabra España, no creo, como algunos cenizos, que tanta bazofia política nos lleve de nuevo al año 36. Vivimos demasiado bien como para pegar tiros en las trincheras de la Ciudad Universitaria. Si hubiera bronca, la gente se echaría a la calle, en efecto; pero para comprobar si le había pasado algo a su coche. El estallido, cuando llegue, vendrá de las grandes bolsas de inmigración marginal desatendidas socialmente, y de los conflictos irreparables que éstas generen. Pero otra guerra civil no es el problema. 

Y a lo mejor de ahí viene el problema: de que ya no es un problema. Lo que nos espera es el desmantelamiento ruin de la convivencia. Egoísmo. Insolidaridad. Atentos a las necesidades del negocio, a los socios y a la clientela, y a fin de salvar el pellejo legislativo, algunos imbéciles han decidido que la España que conocemos desde hace quinientos años está mal construida, que Isabel de Castilla y Fernando de Aragón no captaron la esencia del asunto, y que la única vía hacia una España feliz y auténtica es la liquidación del Estado y su sustitución por una confederación de naciones y nacioncillas donde cada perro se lama con sonoros lengüetazos su cipote. Esos cinco siglos de error histórico, el partido en el gobierno está dispuesto a despacharlos en una legislatura, sin despeinarse. Pero no creando antes las condiciones adecuadas –ésa sería una opción política tan respetable como cualquier otra–, sino imponiendo primero el concepto, vía artículo catorce, y luego dejando que la realidad se adapte, retorciéndose como pueda, al esquema general. Como ven, hablamos de política de alto nivel al mínimo costo. Y luego, a la hora de reclamar daños y perjuicios, a saber dónde estará cada cual. Con el maestro armero. 

De cualquier modo, el sistema tiene un grave inconveniente: necesita hacer a la derecha culpable de lo que se pretende destruir. Por eso al partido en el gobierno no le preocupa que, de paso, toda la memoria histórica, toda la cultura, todo cuanto es patrimonio común y vertebra la unidad nacional de la verdadera nación, la española, se vaya a mamarla a Parla. Son daños colaterales. El precio a pagar, argumentan los gánsteres que se frotan las manos dispuestos a beneficiarse de la subasta. Y mientras, los aprendices de brujo, enredados en un cóctel de probetas y líquidos de cuyos efectos no tienen la menor idea –entre otras cosas porque no han leído un libro de Historia en su puta vida–, proponen sustituir quinientos años de unidad y otros dos mil quinientos de memoria bíblica, grecolatina, árabe, mediterránea y europea, la España perfectamente definida y real, por una cultureta descafeinada y mierdecilla, por lo socialmente correcto que permite arañar votos de buen rollito, por la soplapollez de diseño que tanto llena la boca, en foros multiculturales y otras demagogias, a tanto ministro y a tanta ministra. 

Hay algo que algunos no perdonaremos nunca a la presunta izquierda de este país desgraciado: que con su miopía y su mezquindad haya cedido a la derecha el monopolio de la palabra España. En vez de limpiar los símbolos y las palabras contaminadas por el franquismo, a la izquierda le convino siempre que la engreída derecha siguiera usurpando palabras como patria y bandera nacional, y que se reafirmara como supuesto centinela de los valores tradicionales, de la memoria histórica, que es la médula de cualquier nación seria. Ignoro las veces que Felipe González pronunció la palabra España siendo presidente. Pocas, desde luego. O ninguna. En cuanto a Rodríguez Zapatero, cada vez que lo hace, me pongo a temblar. Esa España suena ahora a pasteleo coyuntural. A chanchullo de taberna. 

Y ése es el verdadero problema. El pudrimiento de ciertas palabras y los treinta siglos que simbolizan: tres mil años de extraordinaria herencia dilapidada por izquierdas y derechas incapaces de comprenderla y de conservarla. Ésa es la maldición histórica –la misma Historia que en los colegios y universidades nos niegan y borran– de esta tierra desgraciada donde, cada vez que algo bueno levanta la cabeza, hay innumerables hijos de puta –reyes idiotas, validos arrogantes, curas fanáticos, generales matarifes, políticos miserables– que, guadaña en mano, siguen dispuestos a cercenar la esperanza. 

17 de julio de 2005 

domingo, 10 de julio de 2005

Treinta siglos, a subasta (I)

Hoy me he levantado reaccionario, así que reacciono dándole a la tecla. Cada uno reacciona como puede. Y la verdad es que tengo uno de esos días en que abres los periódicos, ves los titulares y las fotos de los protagonistas del asunto ibérico, y te entran unas ganas salvajes de ir a la puerta de las Cortes a ciscarte en los muertos de todo el que pase por allí. La primera pregunta que cualquiera con sentido común se hace ante el panorama es: ¿de verdad no se dan cuenta? Luego, al rato de meditarlo, llega la atroz respuesta: se dan cuenta, pero les importa un carajo. Esa peña de golfos apandadores vive de su negocio, de currarse una España que nada tiene que ver con la real, hasta conseguir, por insistencia, que sí lo tenga. Que esa España falsa en la que medran, la que les paga el coche oficial, el estatus, la vanidad y la arrogancia, se vuelva real y terrible hasta darles la razón y justificar su estupidez, su ignorancia, su incultura, su demagogia de leguleyos sin escrúpulos. Y así, como en el mito de los leprosos medievales, esa pandilla de sinvergüenzas contamina todo cuanto toca, arrojándolo al cubo de basura, que cada vez se parece más a una fosa común: educación, historia, idiomas, convivencia. En una España inculta y de instintos ruines como la nuestra, donde el equilibrio y la solidaridad requieren encaje de bolillos, eso equivale a ponerse la pistola en la sien. Virgen santa. Hasta han conseguido que las víctimas del terrorismo se tiren los trastos a la cabeza, y se dividan ahora en víctimas de derechas y víctimas de izquierdas. 

Todo iba demasiado bien. Los ciudadanos votaban y estaban dispuestos a seguir votando a unos u otros según el momento y las circunstancias, con las alternancias lógicas en cualquier democracia. Lo normal. Pero ese proyecto lento, tranquilo y acumulativo, no encajaba en los planes de esta gentuza. Necesitaban movimiento inmediato, vidilla, oportunidades de sacarle los dos ojos al adversario con tal de que a ellos les quedase uno. Hablo de los profesionales de una izquierda desorganizada, demagoga e incompetente; de los pringados de un socialismo sin proyecto que aún rumia el rencor por el desastre felipista; de los meapilas de una derecha justamente despojada del poder a causa de su estupidez, su soberbia y su cobardía; de la infame peña totalitaria periférica que, después de treinta años de victimismo y gimoteo, ya no tiene nada que reivindicar salvo las situaciones extremas. Todos barajan demasiado resentimiento, demasiadas cuentas que ajustar, como para dejarnos al margen. Necesitan una España encabronada para justificar el tinglado, el voto, la legislatura. Y en eso andan. 

No puedo compartir la opinión de ciertos analistas de la derecha que atribuyen al Pesoe la responsabilidad exclusiva del putiferio. Es cierto que la mediocridad de algunos ilustres –e ilustras– miembros del Gobierno resulta nociva y devastadora, que el daño hecho en los últimos tiempos a la convivencia, la educación, la enseñanza, el idioma español, la cultura y el sentido común son irreparables, y que resulta evidente el manejo vil de un resentimiento y una dialéctica de militancia que se remonta a la guerra civil; algo que parecía superado por la mayoría de españoles, y a lo que eran ajenas las nuevas generaciones. Pero también es cierto que todo esto ha sido alentado y favorecido por una derecha desprovista de inteligencia, de maneras, de sentido del Estado y de conocimiento del país que gobernaba. Me refiero a ese Pepé autista que perdió el poder por obcecación, oportunismo y falta de coraje político, tras gobernar arrojado sin pudor en brazos de los obispos más carcamales y de los movimientos religiosos ultravaticanos, de la educación privada en detrimento de la pública, del dinero fácil, del urbanismo salvaje, del España va bien, de la imprevisión suicida frente a la inmigración, de la ausencia de una verdadera política social y de la incapacidad de distinguir el españolismo rancio, de cabra legionaria con viento duro de levante, del legítimo y necesario sentido de la palabra España. Una derecha que ahora las pía de seis en seis, pero que cuando fue débil en la antigua oposición y en la primera fase de su gobierno, tampoco tuvo empacho en mirar hacia otro lado, tragar y pactar con quien hizo falta, o intentarlo. Incluido aquel glorioso Movimiento Nacional de Liberación Vasco con el que nos obsequió, en su momento, el comparsa de George Bush. El amigo Ansar de los cojones. 

10 de julio de 2005 

domingo, 3 de julio de 2005

Viejas palabras que nadie enseña

Les hablaba la semana pasada de gente indeseable, como esos fulanos que dejaron paralítico a un mozo de escuadra y luego, sorprendiendo a una pareja de novios en un descampado, lo mataron a él y la violaron a ella. Pero hubo un aspecto del asunto que me sigue haciendo runrún en la cabeza. Decía en el artículo que no es lo mismo ser un delincuente que se busca la vida en los límites de ciertas reglas, que un cabrón desbocado al que todo le da igual. Y al releerlo me di cuenta de que la mayor parte de amigos y conocidos a los que mencionaba, o en los que pensaba mientras describía el primer grupo –los malandrines que mantienen ciertos códigos–, casi todos son gente mayor o están muertos. Y lo que abunda, cada vez más, es gentuza a la que se le fue la olla, capaz de hacer daño sin el menor escrúpulo. Escoria indeseable. 

Pero claro. Ahí radica la cosa. Desde las cavernas hasta la fecha, toda sociedad genera su basura. En los tiempos que corren es absurdo exigir límites éticos a unos delincuentes que se mueven en una sociedad carente de ellos. Una sociedad movida por el afán desenfrenado de lucro inmediato, la ausencia de cultura, de ideales, de memoria histórica. Toda esa gentuza desquiciada no es sino la propia de tal sociedad, llevada a extremos de perversión y disparate. Entre la clase delincuente, que en otro tiempo curraba ciertos registros para mejorar su vida, ganar dinero y salir adelante, la droga, la jeringuilla, el bicho del sida, lo destruyeron todo, sustituyendo la palabra futuro por el aquí te pillo aquí te mato, por la desesperación del callejón sin salida y la huida a toda leche hacia el vacío, el rencor desesperado que se lleva por delante cuanto puede antes de estrellarse contra la pared. Y todo con esa maldita, inmoral televisión como referencia: no hay en la historia de la Humanidad instrumento tan maravilloso en sus posibilidades y tan dañino en su uso, en manos como está de sinvergüenzas sin escrúpulos. En vez de ser vía de salvación y de lucidez, se ha convertido en motor de ambición y de locura, en escaparate hacia el que convergen todas las pasiones insatisfechas, todos los sueños imposibles, todas las mentiras, todas las frustraciones que, ya desde niños, nos están volviendo enfermos y locos. 

Pongan la oreja, rediós. ¿Cuánto hace que no oímos pronunciar palabras como honradez, honor o decencia? ¿Quién habla de eso en la escuela, o en la casa de cada cual? Contaminadas en otro tiempo por una derecha hipócrita, analfabeta y estúpida, desgastadas por meapilas que confunden decencia con longitud de falda, aborto y preservativo, denostadas por imbéciles oportunistas que se dicen de izquierdas, todas ellas suenan rancias, reaccionarias, y son abucheadas por quienes se benefician de lo opuesto: los políticos decididos a destruir lo que obstaculiza el negocio continuo donde viven y medran, predicando un mundo virtual, falso, inexistente; creando conflictos para vivir del cuento mientras meten el cazo en el mundo real. Aquellas viejas palabras han sido sustituidas en el lenguaje de hoy por la demagogia de los lugares comunes, por la esquizofrenia de hacer compatible la murga de lo socialmente correcto con una sociedad dislocada donde los auténticos valores, los únicos reales, son ganar dinero, fanfarronear, exhibirse. Es lo que se enseña ahora en los colegios: un mundo virtual, ajeno a la realidad, desmentido cada día por los adultos. Algo que se destruye en cuanto le da la luz, pero sin mecanismos morales para sobreponerse al golpe. Sin armadura ética. De ese modo, lo que en realidad formamos a largo plazo es gente egoísta, insolidaria, comprometida mientras no cueste mucho esfuerzo mantener la postura social vigente. Y claro. Luego, cuando el joven educado en la milonga sale indefenso a la calle, o se vuelve majareta, o traga para sobrevivir, o se corrompe para medrar. 

Cuando hace años murió alguien muy cercano y querido para mí, en el momento de bajarlo a la tumba alguien, entre sus amigos, comentó: «Era un hombre honrado y un caballero». Y qué quieren que les diga. Me pareció el mejor epitafio que un hombre puede desear para sí mismo, pero temo que nadie dirá eso en mi funeral. No porque pueda o no pueda serlo, que ése es asunto mío y no viene al caso; sino porque dudo que alguien aprecie todavía el valor de esas palabras. Ahora, honrado es sinónimo de tonto, y en la puerta de los servicios de los bares llaman señora y caballero a cualquiera. 

3 de julio de 2005 

lunes, 27 de junio de 2005

Un lector indeseable

Acabo de leer que un jambo al que han juzgado en Barcelona por un sucio asunto de violación, lesiones y asesinato, me hace el dudoso honor de citar párrafos de una novela mía, entre otras, en una especie de diario que ha escrito en el talego sobre su última peripecia. Y la peripecia fue que el fulano, aprovechando un permiso carcelario, fue a los juzgados, tiroteó a los mozos de escuadra que trasladaban a un colega, y dejó a uno tetrapléjico y en silla de ruedas. Los dos choros emprendieron la fuga; y al poco, sorprendiendo en un descampado a una pareja de novios, el colega le pegó seis buchantes al novio y acto seguido, sin despeinarse, violó a la novia. Tal cual. En calentito y sin que le temblara el pulso. Al menos eso afirma el diario de mi lector, que le echa toda la culpa a su consorte. El caso es que, como guinda, uno de los dos fulanos, o los dos, que de eso no estoy muy seguro, tienen el bicho: el sida. Así que el episodio puede inscribirse en toda la mierda de esa España marginal, cutre, oscura, tan miserable y cruel que se te clava en la boca del estómago; la España real que sigue ahí al apagar la tele aunque sólo salga en la sección de sucesos, y de refilón, cuando historias así destapan la cloaca. Una España negra y perra que nada tiene que ver con esa donde se hacen afotos los políticos: la europea, la civilizada, la socialmente correcta hasta echar la mascada, que según Rodríguez Zapatero y su peña –y hasta hace dos días Aznar y la suya– funciona de cojón de pato. Quiero decir que va bien. 

El caso es que, volviendo a mi lector taleguero y a su colega, me gustaría precisar un par de cosas. Más que nada por si, al leer ciertas novelas mías o alguno de estos artículos, alguien se confunde un poquito. El hecho de que a veces, cuando se me pone, puche el golfaray o les haga homenajes a pájaros ilustres como a mi paisano el Maca –«Le tiré cuando se iba»–; al gran Pepe Muelas, virtuoso de la estafa, que en paz descanse; a mi plas Ángel Ejarque, rey del trile; a ese querido Juan Rabadán del que nunca más supe –uno de mis viejos remordimientos– y a otros cuyos nombres no derroto porque siguen en activo, no significa que sea un julandra que no sabe distinguir a un casta legal de un resabiado cabrón. Tampoco el hecho de que en mis novelas aparezcan personajes que viven en el lado oscuro de la vida y de la calle, gente de mala lengua y peor espada, o fusco, o chaira, significa que me trague las milongas sin masticar. Una cosa es la chusma brava, a mucha honra, y otra la escoria. Una cosa es que la vida te haga caer en el lado malo, y buscártela incluso con muescas de palmados en las cachas del baldeo, y otra que seas una alimaña sin escrúpulos ni conciencia. Porque hasta entre los hijos de puta hay clases; o más bien ahí es precisamente donde las clases son más claras. A dos políticos, a dos especuladores o a dos sinvergüenzas con corbata no los distingue más que el color del Bemeuve. Pero entre la gente del bronce, a menudo las diferencias te saltan al careto. No es lo mismo un gitano camello sin conciencia de Las Barranquillas –me importa un huevo que se reboten los gitanos que no lo son: vayan y miren– o un payo hijo de puta como el Anglés y sus colegas de Alcásser, o el murciano basura y miserable que abusaba de bebés para ponerlos en Internet –lástima que se hayan perdido viejas y bonitas tradiciones del maco, y yo me entiendo–, que un fulano a quien la jodía vida ha puesto en mal sitio y se lo monta como puede, pero sin olvidar que hasta para buscársela hay reglas. Que incluso un asesino a sueldo como el capitán Alatriste, un matarife como Sebastián Copons, un ex presidiario como Manolo Jarales Campos, un tipo duro como Santiago Fisterra, una pinche narca cabrona como Teresa Mendoza, tienen sus códigos. Sus límites. Y que sin esos límites, serían –seríamos todos– una puñetera mierda. 

Así que, por si ese fulano de Barcelona o su maldito colega el violeta de gatillo y bragueta fácil no lo han entendido, se lo explico clarito. Dije alguna vez que todo lector es un amigo, pero ahora lo matizo. Las citas literarias del zumbado de Barcelona demuestran que no todo lector lo es. Cada artículo que publico en esta página, cada novela que echa a rodar por el mundo, es una botella con mensaje dentro, que uno tira al mar confiando en que llegue a buenas manos. Resulta imposible elegir a los lectores, pero los amigos son otra cosa. A cierta clase de amigos sí que los elijo yo. Y por el mismo precio, también a ciertos enemigos. 

26 de junio de 2005 

lunes, 20 de junio de 2005

Canutazos impertinentes

Nunca me gustó hacer el payaso, ni que los payasos ganen su jornal a mi costa. Quizá por eso me irrita cierta clase de periodismo basura que se hace en televisión, a base de reporteros provocadores que se plantan en actos oficiales o en situaciones más o menos serias y, bajo pretexto de una divertida y sana informalidad, impertinencia tras impertinencia, procuran dar un tono grotesco a la información. Eso, que en el mundo rosa tiene un pasar –quien vive de dar espectáculo, con su pan se lo coma–, se extiende también, sin escrúpulos, a asuntos más serios como la cultura, o la política. Rara es la tele que no dispone de un programa donde sus reporteros ponen la alcachofa, no para solicitar información, sino para el intercambio de supuestas ingeniosidades o tonterías a palo seco, siendo el objetivo real ridiculizar al entrevistado. Siempre que me toca estar en público eludo prestarme a ese tipo de canutazos, que rara vez favorecen a nadie, y sólo sirven para que el reportero se apunte haber logrado una chorrada más y que la gente pueda reírse a gusto. Ni siquiera en la etapa pionera de esa clase de programas, cuando Wyoming y su brillante equipo realizaban Caiga quien caiga con humor y extrema inteligencia, fulanos simpáticos como Pablo Carbonell o Sergio Pazos consiguieron arrancarme más que un saludo cortés. A veces, ni eso. 

Comparados con algunos de sus epígonos en los tiempos que corren, aquellos caraduras eran exquisitos. Algunos hasta se cortaban un poco ante la gente respetable. Ahora, quienes practican el género entran a saco sin el menor escrúpulo; y lo que es peor, sin hacer distinciones entre lo respetable y lo otro. Por supuesto, la culpa no es suya –a fin de cuentas hacen un trabajo con el que se ganan la vida–, sino de las cadenas que se lucran con esa clase de esperpentos, del público bajuno que los disfruta, y sobre todo de quienes se prestan indignamente, con tal de aparecer treinta segundos en la tele, a las más peregrinas idioteces. A uno se le cae el alma a los pies cuando ve a gente en principio respetable, políticos de fuste o personalidades de las ciencias, las artes o las letras, dar cuartel en ese tipo de emboscadas groseras, deteniéndose en mitad de un acto oficial a responder, con una sonrisilla forzada y buscando desesperadamente una palabra o frase ingeniosa, a las incongruencias que plantea un entrevistador irreverente que mira a la cámara de soslayo mientras guiña un ojo al teleespectador, como diciendo: a ver por dónde nos sale ahora este gilipollas. 

Sobre todo tratándose de políticos, la cosa no tiene remedio. Ahí son todos iguales, sin distinción de sexo o ideología: ven una cámara y se les hace el culito gaseosa. Hasta los más brillantes se prestan al juego al verse interpelados micrófono en mano. Asistí a una demostración práctica el otro día, durante un acto de la Real Academia Española. Nos disponíamos a inaugurar una placa conmemorativa en la casa donde murió Cervantes. Se trataba de un acto solemne, con los académicos allí congregados, y el alcalde de Madrid, Ruiz-Gallardón, había anunciado su asistencia. En ésas, un reportero televisivo, que llevaba un rato haciendo el gamba por los alrededores, pegó bajo la placa cervantina una foto de la presidente de la comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, con quien el alcalde de la ciudad tiene, como sabemos, ciertas diferencias. Yo estaba entre los académicos con traje oscuro, corbata y toda la parafernalia; y como nadie intervenía, me acerqué al reportero, le pasé amistosamente un brazo por los hombros para apartarlo de la cámara, tapé con una mano la alcachofa, y le dije al oído: «Éste es un acto muy serio de la Real Academia, no del alcalde. Así que, como lo envilezcas, te pego una hostia. Personalmente». Algo desconcertado, mirando la insignia académica que yo llevaba en la solapa, el reportero inquirió, perspicaz, si lo estaba amenazando. Respondí: «Evidentemente», y volví junto a mis compañeros. Llegó entonces el alcalde, el reportero le metió el micrófono en la boca, el alcalde pareció encantado con que hubiera periodistas divertidos y cachonduelos que aliviasen la formalidad de aquel acto cultural, y yo, discretamente, me fui a tomar una caña. Al rato, desde el bar, vi pasar el cortejo con mis compañeros camino de la segunda parte del acto, hacia la iglesia de las Trinitarias. Delante iban la cámara, grabando, y el alcalde de charla con el reportero como si fueran compadres de toda la vida. Y qué quieren que les diga. Pedí otra caña. 

19 de junio de 2005 

lunes, 13 de junio de 2005

El caso de La Niña

La Niña Rodicio, que anda en líos laborales desde que TVE la quiso echar a la calle por meter presuntamente mano a la caja –allí aseguran que se gastaba el dinero de la corresponsalía de Tel Aviv en ropa cara y artículos de lujo–, ha publicado un libro autojustificativo en el que, creyendo que la mejor defensa es el ataque, describe el mundo de los reporteros de guerra como un cuento de hadas donde ella, valerosa e incomprendida Cenicienta, se enfrentaba con mucho coraje e independencia ideológica a una chusma de colegas españoles mercenarios, machistas, cobardes, embusteros, fantasmas y sin escrúpulos, que no la soportaban por lo guapa y lo inteligente y lo buena periodista que era y sigue siendo. Casualmente, los únicos de quienes habla bien y dice que la apreciaban, Julio Fuentes y Ricardo Ortega, están muertos. Que ya es mala suerte. En cuanto al resto, la Niña desvela lo malos periodistas, lo vagos, lo mentirosos y lo perros que son todos; por ejemplo, tipos tan sospechosos de toda la vida como los veteranos Alfonso Rojo, Márquez y Fran Sevilla. A mí también me incluye en la relación aunque me jubilé hace once años, supongo que para agradecerme haberla citado con poco afecto en Territorio Comanche. Contando lo que dice que otros le han contado que les contaron, afirma que pasé veinte años pagando a soldados para que disparasen y presumir de tiros, y que en mis tiempos mozos fui, simultáneamente, agente de la CIA y del KGB. 

La verdad es que no pensaba ocuparme del asunto. No cazo ratoncitos a estas alturas, y bastante tiene ya la Niña encima. Pero el otro día abrí El Semanal y encontré cinco páginas con entrevista dedicadas a promocionar el libro de la honrada tragafuegos, con una foto «en su minúsculo y dos veces hipotecado apartamento de Madrid». Y lo del minúsculo y dos veces hipotecado apartamento me conmovió tanto que leí la entrevista entera mientras movía la cabeza y pensaba: pobre chica. La acusan injustamente de robar una pasta gansa, y ya ves. Vive en la miseria. Sedotta, calumniatta y abandonatta, la pobre, por razones políticas, por supuesto, después de lo difícil que es salir en la tele compitiendo en plena guerra con hombres sudorosos y machistas, mientras una va bien maquillada, con pashmina de seda, ropa superfashion y tacones, pagando todo eso del exiguo sueldo de la tele, sin plus de peligrosidad que, a diferencia de los otros ávidos Rambos, ella asegura nunca quiso cobrar. Cómo se han cebado con su acrisolada honradez, en vez de atacar a otros reporteros ladrones como los que saquearon los museos de Bagdad, de donde ella admite haberse llevado sólo pequeños recuerdos: «Un par de fotos del museo de Sadam y un pedazo de cuerno de marfil y creo que fui la que menos se llevó. Mucha gente cayó en la tentación, me consta que hay colegas que lo hicieron. A mí jamás se me hubiera ocurrido»

Como dice la sabiduría popular, a la pájara se la conoce por la cagada. Eso mismo es lo que le dije a Márquez cuando telefoneó desde Israel para decirme alucino, colega, esa tía cuenta que la echaron por independiente y objetiva, cuando aquí los palestinos no la podían ni ver porque pasaba de ellos, y no iba a un campo de refugiados ni a una intifada aunque se lo pidieran de rodillas. Ni trabajaba ni dejaba trabajar. Tiene huevos que precisamente ella acuse a la gente de trabajar desde los hoteles. Así que, oye, no sé qué harán Alfonso, Fran y los otros, pero yo le voy a meter una demanda judicial que va a escupir las muelas. Eso dijo Márquez; pero mi respuesta fue déjala estar, hombre. No merece la pena. La Niña Rodicio es una desventurada que se vio metida, jovencita y demasiado verde, en un mundo muy duro que le venía grande. El día que su directora de Informativos la mandó al extranjero, la hizo polvo. La megalomanía se le disparó con los viajes, los hoteles caros, el dinero, el presunto glamour del reportaje de guerra, la gente diciéndole: huy, hija, qué hace una chica con esa voz de pito en sitios como éste. Todo eso hizo que al final se le exaltara la olla. Encima, la Tribu nunca la tomó en serio: recuerda sus histerias de diva ultrajada y sus aviones B-52 bombardeando en picado. Así que dejadla tranquila, que va apañada. Teclear un libro paranoico se le antojó mejor terapia que un psiquiatra. En realidad deberían olvidarse del dinero, readmitirla en TVE y devolverla a una mesa de redacción o a un despacho, de donde esa pobre infeliz nunca debió haber salido. 

12 de junio de 2005 

domingo, 5 de junio de 2005

Exterminio en el mar

Detesto esas sucias jaulas: los campos de concentración y exterminio de atún rojo. Han proliferado como basura en la costa de Alicante y Murcia. Instaladas además, con el mayor desprecio para quienes navegan, en medio de las rutas habituales. Bajas a la camareta a hacerte un café, y cuando subes a cubierta te ves en un laberinto de redes y jaulas. De noche pueden convertirse en una pesadilla, sobre todo cuando se funde la luz de alguna baliza. Son siniestras. Se distinguen de las piscifactorías normales, de los criaderos de otras especies, en que las jaulas de atún rojo huelen a muerte y a dinero fácil. 

Se llaman así, criaderos o viveros, pero quien conoce el mar sabe que es mentira: el atún no se cría cautivo. Como ya conté alguna vez, el atún es un pez que no puede dejar de nadar, porque entonces no respira. Un atleta que necesita aguas libres. Lo que ocurre es que los grandes bancos de atún se cercan, sin importar peso ni edad, se meten en jaulas de engrase, se atiborran de pienso, y cuando están gordos, se matan. Así, oficialmente, no se le llama pesca sino cría de vivero. Y a nadie interesa demostrar lo contrario: las autoridades siguen mostrándose sospechosamente pasivas, los políticos dicen que eso crea puestos de trabajo, y los pescadores, principales perjudicados, se ponen al servicio de los empresarios, cobran y callan. Que España sólo conceda cuatro licencias para el atún rojo no es problema: se traen barcos franceses o italianos. Y nadie rechista. Ante las cifras –500 millones de euros de exportación anual– no hay ecología que valga, aunque suponga pan para hoy y hambre para mañana. En eso vivimos al día, como en todo. Y quien venga detrás, que se busque la vida. 

Así que dentro de unas semanas se reanudará la matanza. El cimarrón, el atún rojo que emigró en primavera al Mediterráneo para desovar, intentará regresar a las aguas frías del Atlántico. Es lo que los pescadores llaman atún de revés: bancos de atunes nadando cerca de la costa, en busca del Estrecho y el mar abierto. Durante tres mil años, fenicios, cartagineses, romanos, visigodos, árabes, andaluces, se dedicaron a su captura con las tradicionales almadrabas. El equilibrio ecológico pudo mantenerse durante treinta siglos; pero las cosas han cambiado. Además de los cercos masivos con avanzada tecnología para llevar el atún a las jaulas de engrase, donde el confinamiento impide la inmigración y el desove, las redes de deriva, los palangres kilométricos, la localización aérea, casi han exterminado la especie. Ahora van a buscarlo hasta Sicilia. Hace veinte años, las almadrabas artesanales del Estrecho, embudo natural del atún rojo hacia el Atlántico, conseguían setenta toneladas a la semana. Hoy, con suerte, tres o cuatro. En el último medio siglo, las existencias de atún disminuyeron un noventa por ciento. Pero todo tiene su intríngulis. Este pez, que puede llegar a cuatrocientos kilos de peso, no se considera adulto hasta que alcanza los treinta kilos; pero la ley sólo prohíbe capturar ejemplares de peso inferior a seis kilos. El resto es barra libre. Y según cuentan mis amigos de Torrevieja –en cuyo Club Náutico se encuentran algunos de los mejores pescadores deportivos del Mediterráneo–, hoy es raro hacer una captura de más de diez kilos. 

El hecho de que en Japón, principal importador y consumidor de pescado del mundo, se pague el atún rojo a casi cuatrocientos euros el kilo, explica muchas cosas. Explica, por ejemplo, que las asociaciones ecologistas presenten cada año dos mil denuncias que nadie atiende, mientras el Gobierno y las autonomías correspondientes califican de empresarios modelo a los magnates de la industria atunera. Explica también que en el mes de julio, además de los devastadores operativos puestos en pie por los que controlan el negocio, todo cristo en las costas española y marroquí se lance al menudeo, a ver si consigue un atún rojo para los importadores japoneses, cuyos agentes compran a pie de playa y cuyos barcos frigoríficos rondan con total impunidad. Explica, en fin, que cuando me tropiezo en el mar con una de esas siniestras jaulas, se me ponga una mala leche espantosa. O que cuando avisto un remolcador que lleva a rastras, camino del presunto criadero, la red o jaula en la que acaban de meter el penúltimo banco de atunes rojos, lamente mandar un simple velero, y no un submarino con el que torpedear a esa gentuza.

5 de junio de 2005 

lunes, 30 de mayo de 2005

Una de almogávares

De ese centenario se ha hablado poco, pues nadie puede hacerse fotos a su costa. Hace setecientos años justos, además de salvar el imperio bizantino del avance turco, los almogávares arrasaron Grecia. Fue un episodio sólo comparable a la conquista de América por bandas de aventureros sin nada que perder salvo el pellejo –que se cotizaba a la baja– y con todo por ganar si salían vivos. Pero en esta España donde los libros escolares no los determina la memoria, sino el pesebre donde trinca tanto sinvergüenza periférico y central, esas historias han sido eliminadas, o manipuladas en beneficio de los golfos que organizan el negocio en plazos de cuatro años: los que van de una urna a otra. El resto importa un carajo. De los almogávares, como de lo demás, no se acuerda casi nadie. Eran políticamente incorrectos. 

Madrugando el siglo XIV, el emperador de Bizancio pidió ayuda para frenar el avance de los turcos, y la corona de Aragón envió sus temibles Compañías Catalanas. Lo hizo para quitárselas de encima. Estaban integradas por almogávares: mercenarios endurecidos en las guerras de la Reconquista y en el sur de Italia. Sus oficiales, de mayoría catalana, eran también aragoneses, navarros, valencianos y mallorquines. En cuanto a la tropa, el núcleo principal procedía de las montañas de Aragón y Cataluña; pero las relaciones mencionan apellidos de Granada, Navarra, Asturias y Galicia. Feroces y rápidos, armados con equipo ligero, combatían a pie en orden abierto, con extrema crueldad, y entraban en combate bajo la señera cuatribarrada de Aragón. Sus gritos de guerra eran Aragón, Aragón, y el terrible, legendario, Desperta, ferro

La historia es larga, tremenda, difícil de resumir. Seis mil quinientos almogávares recién desembarcados en Grecia destrozaron a fuerzas turcas muy superiores, matando en la primera batalla a trece mil enemigos, sin dejar con vida –eran tiempos ajenos al talante, al buen rollito y al diálogo entre civilizaciones– a ningún varón mayor de diez años. En la segunda vuelta, de veinte mil turcos sólo escaparon mil quinientos. Y, tras escaramuzas menores, en una tercera escabechina los almogávares se cepillaron a dieciocho mil más. Eran letales como guadañas. Además, entre batalla y batalla –españoles a fin de cuentas– pasaban el rato apuñalándose entre sí por disputas internas, o despachando a terceros en plan chulito, como los tres mil genoveses a los que por un quítame allá esas pajas acuchillaron en Constantinopla, durante una especie de botellón que terminó como el rosario de la aurora. 

A esas alturas, claro, el emperador Andrónico II se preguntaba, con los huevos por corbata, si había hecho bien contratando a semejantes bestias. Así que su hijo Miguel invitó a cenar a Roger de Flor, que era el jefe, y a los postres hizo que mercenarios alanos los degollaran a él y a un centenar largo de oficiales. Fue el 4 de abril de 1305. Después de aquello los griegos creyeron que la tropa almogávar, sin jefes, pediría cuartel. Pero eso era desconocer al personal. Cuando apareció el inmenso ejército bizantino para someterlos, aquellos matarifes oyeron misa y comulgaron. Luego gritaron: Desperta ferro, Aragón, Aragón, y se lanzaron contra el enemigo, pasándose por la piedra a veintiséis mil bizantinos en un abrir y cerrar de ojos. Lo cuenta Ramón Muntaner, que estuvo allí: no se alzaba mano para herir que no diera en carne

No quedó sólo en eso. Enterados los almogávares de que nueve mil mercenarios alanos –los que aliñaron a Roger de Flor– volvían a su tierra licenciados y con familia, les salieron al paso, hicieron picadillo a ocho mil setecientos y se quedaron con sus mujeres. Después, durante una larga temporada y pese a estar rodeados de enemigos, se pasearon por Grecia saqueando y arrasando, por la patilla, cuanto se les puso por delante. Fue la famosa venganza catalana. Y cuando no quedó nada por robar o quemar, fundaron los ducados de Atenas y Neopatría: estados catalano-aragoneses leales al rey de Aragón, que aguantaron durante tres generaciones hasta que con el tiempo, el sedentarismo y el confort, se fueron amariconando – hijo caballero, nieto pordiosero– y quedaron engullidos, como el resto de Grecia, por la creciente marea turca que había de culminar con la caída de Constantinopla. 

Y ésa, colorín colorado, es la historia de los almogávares. Admitan que es una buena historia. Vive Dios. 

29 de mayo de 2005 

lunes, 23 de mayo de 2005

La perra color canela

El perro estaba suelto en la autovía, solo, desconcertado, esquivando como podía los coches que pasaban a toda velocidad. Cuando reaccioné, era tarde. Mientras consideraba el modo de detenerme y sacarlo de allí, lo había dejado atrás. Estacionar el coche con ese tráfico era imposible, así que no tuve más remedio que seguir adelante, mirando por el retrovisor, apenado. Algo más lejos se lo conté a una pareja de motoristas la Guardia Civil: kilómetro tal, perro cual. El cabo movió la cabeza. Nada que hacer, señor. Ocurre mucho. Además, aunque vayamos a buscarlo, no se dejará coger. Nos pondrá en peligro a nosotros y a otros automóviles. Y usted habría hecho mal en detenerse. Además, a estas horas se habrá ido, o lo habrán atropellado. Mala suerte. 

Sin duda el guardia tenía toda la razón del mundo, pero yo seguí camino con un extraño malestar, las manos en el volante y la imagen del perro entre los automóviles grabada en la cabeza. Su desconcierto y su miedo. Sintiendo, además, una intensa cólera. Supongo que mientras los automovilistas esquivábamos a ese pobre animal de ojos aterrados que no sabía cómo franquear las vallas y quitamiedos de la carretera, algún miserable regresaba a su casa o seguía camino de su lugar de vacaciones, satisfecho porque al fin se había quitado de encima al maldito chucho. No es lo mismo un cachorrillo en Navidad, en plan papi, papi, queremos un perrito –cuántos perros condenados a la desgracia por esas palabras–, que uno más en la familia al cabo del tiempo: veterinario, vacunas, dos paseos diarios, vacaciones, etcétera. Entonces la solución es quitárselo de encima. Posiblemente así lo decidió el dueño del perro que estaba en la autovía: una parada en el arcén y ahí te pudras. También es lo que hizo, tiempo atrás, un canalla en una gasolinera de la nacional IV: el dueño de una perra color canela a la que no olvidaré en mi vida. Llevo doce años escribiendo esta página, y no recuerdo si alguna vez hablé aquí de ella. Ocurrió hace tiempo, pero lo tengo fresco como si hubiera ocurrido ayer. Y aún me quema la sangre, porque es de esos asuntos a los que me gustaría poner un nombre y un apellido para ir y romperle a alguien la cara, aunque eso no suene cívico. Me da igual. Con chuchos de por medio, lo cívico me importa una puñetera mierda. Ningún ser humano vale lo que valen los sentimientos de un buen perro. 

Les cuento. Mientras repostaba en una gasolinera de la carretera de Andalucía, una perra color canela se acercó a olisquear mi coche, y después volvió a tumbarse a la sombra. Le pregunté al encargado por ella, y me contó la historia. Casi un año antes, un coche con una familia, matrimonio con niños, se había detenido a echar gasolina. Bajó la perra y se puso a corretear por el campo. De pronto la familia subió al coche y éste aceleró por la carretera, dejando a la perra allí. El encargado la vio salir disparada detrás, dando ladridos pegada al parachoques, y alejarse carretera adelante sin que el conductor se detuviera a recogerla. Al cabo de una hora la vio regresar, exhausta, la lengua fuera y las orejas gachas, gimoteando, y quedarse dando vueltas alrededor de los surtidores de gasolina. De vez en cuando se paraba y aullaba, muy triste. Al encargado le dio tanta pena que le puso agua, y al rato le dio algo de comer. Cada vez que un coche se detenía en la gasolinera, la perra levantaba las orejas y se acercaba a ver si eran sus amos que volvían. Pero no volvieron nunca. 

La perra se quedó aquí, contaba el encargado. Mis compañeros y yo le fuimos dando agua y comida. El dueño nos dejó tenerla, porque vigila por las noches. Además, hace compañía. Es obediente y cariñosa. Al principio la llamábamos Canela, pero a una compañera se le ocurrió que era como la mujer de la canción de Serrat, y la llamamos Penélope. El caso es que ahí sigue. ¿Y sabe usted lo más extraño? Cada vez que llega un coche, la perra se levanta; y en cuanto se para, se asoma dentro a olisquear. Los perros son listos. Tienen buena memoria y más lealtad que las personas. Fíjese que nosotros la tratamos bien, no le falta de nada y hasta collar antiparásitos lleva. Pero ella sigue pendiente de la carretera. Los perros piensan, oiga. Casi como las personas. Y ésta piensa que sus amos vendrán a buscarla. Cada vez que llega un coche, se acerca a ver si son ellos. Sigue creyendo que volverán. Por eso lleva tanto tiempo sin moverse de aquí. Esperándolos. 

22 de mayo de 2005 

domingo, 15 de mayo de 2005

Somos el pasmo de Europa

También vamos a tener una de las leyes antitabaco más severas y radicales de Europa. O eso dicen. Que luego se cumpla, es lo de menos. Lo que cuenta, acabo de oírle en la radio a un político de fuste, es que España está en vanguardia de toda iniciativa que se encamine a la salud, la educación, la felicidad y el buen rollito. Para pioneros, nosotros. Se acabó la caspa fascista. Se dan lecciones de mus de diez de la mañana a cinco de la tarde. Pero en algo discrepo de mi primo: a ser asombro del mundo no hemos llegado por las buenas. Sólo con esfuerzos históricos prolongados es posible mantenerse en tan espectacular vanguardia. Hace año y pico, por ejemplo, éramos pasmo de Occidente con lo de Iraq. De todos los presidentes europeos, el nuestro era el único a quien Bush permitía poner los zapatos sobre la mesa en las fotos: el amigo Ansar. Y en lo espiritual, calculen. Nadie tocó la guitarra ante el difunto Juan Pablo II como nuestras amigas Catalinas y Josefinas. Por su parte, la conferencia episcopal siempre hizo encaje de bolillos condenando al mismo tiempo el aborto y el uso del preservativo, aparte de recomendar la castidad como revolucionario tratamiento contra el Sida. Comparado con algunos de los doberman de Dios que tenemos aquí –que además predican desobediencia civil sin que nadie los meta en la cárcel–, el papa Ratzinger es mantequilla blanda. Un osito Mimosín. 

En milicia también somos vanguardia a tope. El mérito no es de la nueva administración, ojo, porque ya el anterior gobierno consiguió que el español fuese el único ejército del mundo, por delante incluso del norteamericano, donde las mujeres están en unidades de combate de primera línea; detalle que confiere a nuestras fuerzas armadas una despiadada ferocidad. Además, hemos inventado el concepto brillantísimo de fuerzas armadas desarmadas, con soldados que no son para la guerra –que está mal vista por la sociedad– sino para atender a niños huérfanos en maremotos o cosas así. Sobre el pacifismo combinado con la integración de extranjeros, ni les cuento. En Melilla, donde si un día hay enemigo éste será moruno, casi el cuarenta por ciento de los soldados en algunas unidades es de origen marroquí: más integrados y pacíficos a la hora de combatir, imposible. De momento le queman el coche al sargento cuando hay discrepancias tácticas. A ver qué se han creído estos españoles racistas de mierda. 

En lo demás, lo mismo. Punteros que echas la pota. Tenemos unos derechos y libertades tan sólidos y avanzados que, desde el humilde navajero al mafioso internacional, todos vienen a España a disfrutarlos. Y nuestros jóvenes, no es que estén protegidos: están acorazados. Si un maestro llama tonto a un alumno, los padres pueden demandarlo por violencia escolar y por insultar al colectivo de disminuidos psíquicos. Pero ni los padres tienen bula: a una madre acaban de caerle seis meses por maltratar salvajemente con dos bofetadas a su criatura de quince años. En cuestiones de paridad hombre-mujer también somos faro del universo: mitad y mitad en todo, haya o no haya, por decreto; el caso es que cuadren las cuentas. Sin olvidar los asuntos lingüísticos: somos el único país culto –es una clasificación, no una definición– donde el BOE prescinde del diccionario, de las academias, de los filólogos y de los clásicos, y el Gobierno se mofa de la lengua española a medida que a cada ministro o ministra le sale de los huevos y huevas. En materia de uniones y adopciones homosexuales, nuestra legislación superará también cuanto nadie ha legislado nunca; de modo que toda España está loca por salir del armario, a ver si trinca algo: una adopción de niños, un buen puesto de trabajo, un marido. En el ámbito escolar, no sólo hemos logrado que cada comunidad autónoma eduque como le salga del ciruelo, sino que poseemos el fastuoso récord de diecisiete sistemas educativos distintos. Que además estamos a punto de enriquecer con la francofonía, la portuguesía, la iparraldía y la magrebía; hasta el punto de que la UNESCO alucina con lo nuestro y le pide la fórmula a Harry Potter. Encima, de postre, vamos a pasar a la historia de las ciencias políticas inventando el Estado Monárquico de Naciones Plurilingües Federal y Republicano Según y Cómo, antes llamado España y ahora marca Acme. Más avanzados, imposible. Cómo será la cosa, que ya ni bandera usamos. No hace falta. Se nos conoce en seguida por la cara de gilipollas. 

15 de mayo de 2005 

domingo, 8 de mayo de 2005

La delgada línea gris

Mientras el 21 de octubre se acerca despacio, con viento flojo del nornoroeste, te apoyas en la barra del bar de Lola, que hoy se llama La Gallinita de Cai y está en el barrio de la Viña, con el Atlántico y el Estrecho ahí mismo. Y en la barra, a tu lado, hay compadres que entran y salen, piden esto o lo otro, preguntan cuánto se debe y pagan como hombres cabales, de esos que puedes dejar tranquilamente a tu espalda sabiendo que por ahí nadie te la endiña. Y te miras en el espejo donde pone Coñac Fundador y piensas: qué suerte tienes, colega, de que esta tropa te llame amigo. El caso es que estás, como digo, con una manzanilla y una tapita de jamón, mientras Fito Cózar cuenta el chiste del burro y el león, y Juan Eslava sonríe guasón, leal, como un armario lleno de historias. Junto a ellos, el joven Fran, de Casas Viejas, se emociona recordando cómo Seisdedos y sus paisanos dijeron hasta aquí hemos llegado y se liaron a tiros con la Guardia Civil, Dani Heredia pone ojos de soñar con libros y con un mundo de gente que lea, y Óscar Lobato, el viejo zorro con memoria de linotipia y esa cara tallada por los siglos y por la vida, te cuenta la prosapia, con nombre y apellidos, de quien plantó la viña que alumbra la manzanilla que te bebes. 

Siguen entrando, y cada uno paga una ronda. Mientras el fantasma entrañable de Carlos Cano le cuenta a Javier Collado, el piloto del Pájaro, la historia de María la Portuguesa, Antonio Marchena, el de la Caleta, viene de darse un remojón en el bajo de la Aceitera y cuenta, mirándote con ojos de bronce tartésico, que las cuadernas de los setenta y cuatro se distinguen todavía, a pesar de que los cabrones de los ingleses de Gibraltar lo han expoliado todo mientras aquí las autoridades se tocaban la minga. España, pisha. Etcétera. Y al rato entra Paco Molero, con veintiséis tacos y ese corazón que le salta en el pecho cuando mira hacia el mar y la historia, con la cabeza ocupada por el proyecto histórico-pedagógico-textil que tiene entre manos, esas camisetas conmemorativas de una batalla perdida para las que se ha entrampado hasta las cejas. Y mientras se toma un vino de Jerez, a su lado Miguel Galeote pone sobre la barra, para que la admiremos, la reproducción perfecta, a escala, del almirante Gravina. Que sólo le falta hablar. 

El caso, como digo, es que estás entre ellos y dices: son mis compadres y la siguiente andanada de a 36 libras la pago yo. Entonces ves al final de la barra un periódico con los titulares llenos de esa otra España virtual, divorciada de la real. De ese zoco moruno de golfos encorbatados y sin encorbatar que te agría la leche, quieras o no quieras, a cada paso que das en este país desgraciado que tan mala suerte tiene. Y piensas: hay que ver. Tanto sinvergüenza donde siempre, que para eso no pasa el tiempo. Tanto oportunista, tanto demagogo, tanto cretino arrogante, tanto analfabeto, tanto insolidario, tanto irresponsable gobernando u oponiéndose, turnándose en la infamia desde hace siglos. Devolviéndonos al pozo cada vez que estamos a punto de sacar dignamente la cabeza, y lavándose luego las manos diciendo yo no sabía, no era mi intención, yo sólo pasaba por ahí. Entiéndaselas con el almirante francés, o con el maestro armero. Siempre salió barato hacer el destrozo y escurrir luego el bulto en este país con tan mala memoria, donde ningún culpable paga los tiestos rotos. Y sin embargo, pese a todo, tan siniestros fulanos no consiguieron acabar nunca con los Nicolás Marrajo que estaban de turno, con la delgada línea gris que todavía vertebra lo que nos queda. Con la gente que apechugó junto a la Aceitera, o donde fuera, y que hoy aguanta cada día en el trabajo, en la vida, en los sueños que ni siquiera nuestra nauseabunda clase política ha podido truncar. Tataranietos, nietos, hijos de aquellos pobres héroes sacados de hospitales, cárceles y tabernas, que pagaron, como siempre, por los que no pagan nunca. Reflexionar sobre todo eso cabrea mucho, claro. Pero también salva un poquito. O un muchito. De pronto echas un vistazo alrededor, miras los caretos honrados que tienes cerca, te asomas la calle y piensas, bueno. Menos mal que existe el bar de Lola, y ahí se te quita el frío. Si uno se fija, aún queda gente, y ganas. Y dignidad. Quizá, después de todo, esos hijos de puta no puedan con nosotros. Y esta vez no me refiero a los ingleses. 

8 de mayo de 2005 

domingo, 1 de mayo de 2005

Esa rayita chunga

Vamos a poner las cosas claras, tío. No te voy a decir nada que no sepas. Pero tu madre me pide que te resuma la película. Según ella, con veinte años te pones de perico hasta las cejas. ¿Quieres que te lo diga con sus mismas palabras? Sin pegas te lo repito: «Mi hijo está hundiéndose en el mundo de la coca y nos está arrastrando a nosotros al infierno». ¿Te reconoces en el retrato? Fíjate lo acojonada que estará, la pobre, para contarme eso. Y contármelo así. También cuenta que me lees desde hace tiempo. Lector acérrimo, te llama. Y ahí me pilla por los huevos, porque de eso a llamarte amigo mío no cabe el canto de un euro. ¿Comprendes? Me implica y me compromete. Un amigo tuyo se está jodiendo la vida con la puta coca, viene a contar –en traducción libre, claro, porque tu vieja no habla así ni de coña–, así que dile algo. Y aquí me tienes, oye. Diciéndotelo. 

Vaya por delante que comprendo lo fácil que es. Te vas de fiesta con tu churri el sábado por la noche, empiezas la marcha, pillas un ciego entre música y baile, y siempre hay un amigo, o tú mismo, que tiene a mano treinta mortadelos para medio gramo; y como en este país de mierda todo cristo trapichea con perico sin que pase nada, te basta mirar alrededor y encuentras suficiente para empolvaros tú y tu cari, y encima aún queda para un nevadito como postre. Eso también lo comprendo. Las pirulas, como a estas alturas sabe todo dios –menos los retrasados mentales que aún las engullen–, tienen muy mal rollo y te hacen polvo; y cuando mezcla, la peña palma que te rilas. Por otra parte, si te emporras te vas abajo y se acaba la fiesta. Así que el perico parece lo adecuado. ¿Verdad? Te pones hasta las patas de alcohol, luego te metes una raya, y acto seguido te comes el mundo, tan lúcido y despejado como si acabaras de salir de la ducha. Pero tiene truco, tío. Te lo juro. Es como jugar al póker con el diablo de tahúr. A la larga siempre pierdes. 

Puedes perder, sin más, en la primera mano. Que pasa mucho, por cierto. A tu edad uno se cree inmortal. Invulnerable. Metes a tu pavita en el Focus o el Ibiza, lo pones a ciento ochenta y te crees lúcido y despejado. Yo controlo, dices. Nos vemos en tal sitio para seguir la fiesta. Y donde te ven al día siguiente es en las páginas de sucesos, colega, con la gente que mueve la cabeza y dice: otro gilipollas que no sólo palmó él, que todavía, sino que palmó con la novia, con dos amigos y con un pobre hombre que venía en dirección contraria, camino del trabajo, a las seis de la mañana. Otro cretino irresponsable que, ignorando el valor de la vida, la derrochó estúpidamente y se la quitó a unos cuantos más. Un tiñalpa cutre que, como decía Clint Eastwood en Sin perdón, perdió cuanto tenía y también cuanto podría llegar a tener. Y ese será tu epitafio, amigo. Todos nos iremos un día. Sí. Pero tú te habrás ido mucho antes. Como un carajote, que dicen los andaluces. Como un imbécil. 

También queda la segunda posibilidad, y no sé cuál es peor. Puede que tengas suerte y sobrevivas. Te harás mayor, tendrás un curro, te casarás o lo que sea. Y aunque eres un tío seguro y dices que controlas, que sólo es de sábado en sábado y etcétera, llegará un momento en que no podrás hacer nada importante sin cantar línea en ese bingo. De eso dependerá la concentración, la lucidez, la energía. Serás un esclavo toda tu vida, o la vida que te quede por vivir. Porque ésa es otra. La coca rompe los sesos, colega. Ese anuncio del gusano que se mete por las napias es, por una vez, verdad de la buena. Cuando de tanto dejarlo para más tarde tengas el tabique nasal hecho polvo, cuando sangres como un gorrino y te pases el día sorbiéndote los mocos con la gente mirándote entre compasiva y asqueada, y necesites empericarte, no ya con medio gramo un fin de semana, sino con un gramo diario, y se te vaya la viruta en pagarte las dosis –echa cuentas en euros y acojónate, colega–, lamentarás no haberte conformado aquellos sábados con unas cervezas. Si no reaccionas a tiempo, te habrás convertido en una piltrafa. Y lo que es peor: lo sabrás cada vez que te mires al espejo. Para entonces puede que me sigas leyendo, si aún le doy a la tecla. Igual sí, igual no. Pero si quieres que te diga la verdad, me importa un bledo que a esas alturas me leas o no, porque ya no serás ni sombra de lo que eres. Ni yo estaré orgulloso de llamarte amigo, ni lo mío te servirá para nada. Serás un perfecto mierdecilla, tío. ¿De verdad vas a hacernos a tu madre y a mí esa putada? 

1 de mayo de 2005 

lunes, 25 de abril de 2005

Déjenme morir tranquilo

He escrito alguna vez que vienen tiempos duros, predicción para la que tampoco hace falta ser muy perspicaz. Nunca hubo tantos imbéciles imponiendo su dictadura, ni tanta gilipollez elevada a la categoría de norma obligatoria. Nunca al qué dirán y a lo socialmente correcto se le dio tanto cuartelillo. Nunca condicionó tanto nuestras vidas el capricho de las minorías, la demagogia de los oportunistas, la estupidez de los tontos del culo. El ejemplo de cómo ese delirio vuelve a las sociedades enfermas e irreales lo tenemos en aquellos países que nos preceden en el asunto; pero en vez de ponérsenos los pelos de punta al advertir los riesgos y el abismo, nos adherimos con el entusiasmo desaforado del converso. En esta España a menudo escasa de cultura y de criterio, cuando se pone de moda una estupidez, en vez de llamarla por su nombre y ocuparnos de cosas más urgentes, nos ponemos a considerarla con toda seriedad. Ninguno de nosotros se la traga de verdad, pero miramos de reojo a los otros, vemos que nadie protesta y que todos –que a su vez nos miran de reojo a nosotros– parecen aprobar la novedad. Así que, haciendo de tripas corazón, nos resignamos a esa enésima vuelta de tuerca. 

No deja de tener siniestra gracia que Europa, que alumbró palabras como democracia y derechos del hombre, y que pese a lo que está cayendo permanece como referente moral de lo que aún llamamos Occidente, en sus comportamientos sociales tenga como referencia las actitudes, los valores de una sociedad tan enferma e hipócrita como la norteamericana. En materia de sanidad, por ejemplo, y me refiero a hospitales, dolor, muerte y todo ese cuello de botella por el que, tarde o temprano, la mayor parte de nosotros termina pasando, sospecho que vamos a terminar como en los Estados Unidos, donde nadie se atreve a poner una inyección si no es delante de su abogado, porque en cuanto le irritas un poro a un paciente, te denuncia y te saca una pasta flora, en un país donde un fulano se fuma tres paquetes diarios durante cincuenta años, y encima, cuando palma, su familia le trinca una millonada a las tabacaleras. De ayudar a bien morir, ni te digo. Y no hablo de eutanasia, sino de que te alivien el trámite cuando estás listo de papeles. Pero allí, con semejante presión, teniendo en la chepa a los meapilas, a los que buscan pasta y a los bobos de nacimiento, no hay médico que se atreva a tomar una decisión de ese tipo. Que los alivie su padre, dicen. Y me temo que en España vamos camino de lo mismo, con toda la cobertura mediática de la Schiavo aquella a la que le daban matarile o no se lo daban, como a la Parrala; y las consejerías de Sanidad suspendiendo a médicos por sedar a pacientes en las últimas, como si lo ético fuese que palmes aullando y nadie haga nada. Al final van a poner esto difícil de narices. Y cuando me llegue el turno, seguro que me joden vivo. Ni aspirinas me van a dar. Para que todos esos capullos en flor puedan alardear de socialmente correctos, voy a terminar echando espumarajos, como un perro. Mentándoles a la madre. 

Así que aprovecho para ponerlo negro sobre blanco, y que esta página de El Semanal valga como documento notarial, llegado el caso. Si cuando me toque decir hasta luego Lucas no consigo organizarlo a mi aire, si el mar no colabora espontáneamente en el asunto, o el Alzheimer no permite que me acuerde de dónde está el gatillo de la pistola, y por mi mala estrella termino en un hospital, con las limpiadoras afiliadas a Comisiones Obreras –las del folleto feminista del otro día– pisándome el tubo del oxígeno, háganme un favor. No es lo mismo acortar la vida que acortar la agonía, así que no me fastidien. Tampoco vengan a darme la murga con gorigoris, velitas encendidas y pazguatos arrodillados en la acera con los brazos en cruz bajo pancartas proclamando que mi vida es sagrada. Mi vida –lo dice el propietario titular– no es más sagrada que la de mi labrador Mordaunt o la de los millones de seres humanos que, como el resto de los animales y las plantas, han pasado por este mundo cochambroso a lo largo de los siglos y la Historia, y seguirán pasando. A ver quién puñetas se han creído que somos. Por eso, el médico que, con mi consentimiento o el de los míos, decida aliviarme el trayecto ahorrándome sufrimiento inútil, nunca será un asesino, sino un amigo. Mi último amigo. Que otros hagan lo que quieran con sus vidas, pero a mí permítanme no perder la compostura. Déjenme morir tranquilo. 

24 de abril de 2005