domingo, 26 de agosto de 2001

El coche de fulano


La historia que voy a contarles nos retrata al minuto. Nos define, creo, mejor que todos los libros y los periódicos que uno pueda echarse a la cara. Me acordé el otro día porque suele contármela Sancho Gracia, que por ahí anda el tío, con un pulmón fuera de combate y teniendo la enfermedad a raya. Aprovechando la tranquilidad de agosto, Sancho subió a la sierra a tomarse un whisky de malta con hielo y sin agua haya cáncer o no, él de mariconadas las justas-; y cada vez que tengo centrado a Curro Jiménez, que suele ser hacia el tercer o cuarto lingotazo de la noche, me gusta hacerle repetir la historieta de marras; que a él se la contaba, a su vez, el actor Luis Peña: aquel que fue primero galán de cine y luego intérprete veterano y estupendo, ya saben. El que hizo A mí la Legión con Alfredo Mayo, Calle Mayor y tantas otras. La cosa es que se encuentran dos amigos. En la versión original, ambos trabajan en el cine; pero a veces, cuando soy yo quien cuenta la historia adornándola un poco, los sitúo en el mundo literario, o en el del periodismo.

La verdad es que pueden ustedes encajársela a cualquier trabajo o actividad, incluida la propia. Podría tratarse de arquitectos, ingenieros, contables, fontaneros. Da igual. En cualquier caso, españoles. Y aunque Luis Peña, que en paz descanse, situaba el asunto en los años cincuenta o sesenta del pasado siglo, el diálogo podría ser de ahora mismo, porque es de siempre. El caso, decía, es que se encuentran dos amigos. Españoles, repito. Y uno va y le dice a otro: -¿Sabes que Fulano se ha comprado por fin un coche? -No me digas -responde el otro-. ¿Y qué coche? -Un Seat Panda de segunda mano. -Ah, pues no sabes lo que me alegro. Ya era hora de que le fueran un poco bien las cosas a Fulano. Es un tío estupendo y lo quiero muchísimo. Además trabaja mucho, y se lo merece... Dale un abrazo de mi parte. Dile que a ver si nos vemos, y que lo disfrute. Al cabo de un tiempo, vuelven a encontrarse los dos amigos. -¿Qué tal le va a Fulano? -Pues nada mal. ¿Te acuerdas de lo que te conté del Panda?... Pues ya ha podido cambiarlo por un Nissan. -Anda, ¿tan pronto? Pues no sabes lo que me alegro, porque yo quiero mucho a Fulano... La verdad es que con el Panda se apañaba bien, pero mejor un coche nuevo, claro.

Me parece fenomenal. Dale un abrazo de mi parte, y a ver si un día nos juntamos los tres a tomar unas copas. Pasa más tiempo. Nuevo encuentro de los dos amigos. -Adivina qué coche acaba de comprarse Fulano. -No me jodas... ¿Pero ya ha cambiado otra vez? -Sí. A un Golf Geteí. Vaya con Fulano, quién lo ha visto y quién lo ve... ¿No te parece?... A fin de cuentas, el Nissan era un coche estupendo, y para lo que él lo necesitaba... Pero mira, la verdad es que me parece bien. Trabaja como un animal y se merece alguna alegría. Ya sabes que yo lo quiero mucho, ¿eh?... Lo quiero un huevo. Por eso te digo que me alegro. Aunque a veces sea como es, ya sabes... Pero oye; cada cual tiene sus cosas. Pasa más tiempo. Nuevo encuentro. -Acabo de ver a Fulano aparcando un Audi. -Pero qué me dices. -Como te lo cuento. Un Audi nuevo de trinca. -No me lo puedo creer... ¿Y qué pinta Fulano con un Audi? -Le irán bien las cosas, digo yo. -Pues para lo que hace tampoco es cosa de ir por ahí avasallando, ¿no crees?...

Hay que joderse con el Fulanito de los cojones. Aquel Golf que tenía era un coche buenísimo, y la verdad... En fin, chico. Cada uno es como es. Pero lo quiero, ¿eh?... Las cosas como son. Es un poquito gilipollas y prepotente a veces, pero yo lo quiero. Mucho. Lo que pasa es que... Mira. No me hagas hablar. Nuevo encuentro, unos meses más tarde. -Dicen que Fulano se ha comprado un Bemeuve. -¿Un Bemeuve?... ¿Qué se ha comprado un Bemeuve?... Pero, ¿quién se ha creído que es?... Si hace nada no tenía dónde caerse muerto... Y no me interpretes mal, ¿eh? Te consta que a Fulano lo quiero mucho. Lo quiero una barbaridad. Pero es que hay cosas que... Bueno. Si yo te contara... último encuentro, un tiempo después. -Agárrate, macho. Fulano se ha comprado un Mercedes. -¿Qué me dices?... ¿Que ese hijo de puta se ha comprado un Mercedes?... ¡Pero si no sabe hacer la O con un canuto!... ¡A ver si va a ser verdad lo de su mujer!

26 de agosto de 2001

domingo, 19 de agosto de 2001

El día de la patrona


El otro día amarré en uno de esos puertos del Mediterráneo español, con casas blancas y orillas azules. Quedaban un par de horas de luz, así que, después de arrancharlo todo y ponerle tomadores a la vela de la mayor para que estuviese más pinturera aferrada en su botavara, me dispuse a leer tranquilamente en la popa, disfrutando del lugar y del paisaje. Y en ésas estaba, prometiéndomelas tan felices -el libro era una vieja edición de El canto de la tripulación, de Pierre Macorian- cuando retumbó por la dársena un estrépito de megafonía con una canción machacona y veraniega, anunciando que el espectáculo taurino estaba a punto de comenzar. Lajiñaste, Burt Lancaster, pensé, cerrando el libro. Luego me puse en pie para echar un vistazo y comprobé que no tenía escapatoria. Era el día de la Virgen de Nosequé, patrona local; y pegada a uno de los muelles había instalada media de esas plazas de toros portátiles, con barcos y botes con espectadores por la parte del agua, todo muy castizo y muy de fiesta de pueblo de toda la vida, con los graderíos ocupados a tope por algunos aborígenes locales y densas manadas de turistas guiris en calzoncillos y entusiasmados con el asunto. Y en la arena que habían extendido sobre el muelle, una vaquilla correteaba, desconcertada y torpe, entre una nube de animales bípedos que la atormentaban entre las carcajadas y el entusiasmo del respetable.

Que conste, como ya les he contado alguna vez, que me gustan las corridas de toros. Las veo más por la tele que en la plaza, pero siempre que puedo. Además, cada verano tengo una cita obligada en Burgos, donde mi amigo Carlos Olivares me invita siempre al mejor cartel de la feria; y gracias a eso viví hace un par de años la tarde inolvidable del toro de Enrique Ponce que fue indultado por su valor y su casta. Me gustan las corridas de toros, insisto, a pesar de que en mi caso sea una flagrante contradicción, pues juro por mis muertos más frescos que amo a los animales más que a la mayor parte de las personas que conozco. La razón no sé cuál es. Quizá tenga que ver con las ideas de cada cual sobre el valor y sobre la muerte, o vete a saber. En la plaza, en una corrida de verdad, el toro tiene la oportunidad -todos morimos- de vender cara su vida y llevarse por delante al torero. Con dos cojones. Y debo confesar que me parece de perlas que los toreros paguen el precio de la cosa viéndose empitonados y de cuerpo presente de vez en cuando. Me parece lógico y justo, porque si los toros traen cortijos en los lomos, como dicen, también debe pagarse un precio por eso. El que torea se la juega y lo sabe. Son las reglas. Del mismo modo que tampoco me altera la digestión, en un encierro de verdad, que un toro de quinientos kilos le ventile el duodeno a alguien que corra delante buscando emociones fuertes; y más si es un guiri al que nadie ha dado vela en su propio entierro, y luego en Liverpool le pongan una lápida donde diga, en inglés: Aquí yace un soplapollas. Resumiendo: quien quiera tirarse el pingüi con un toro de verdad, que se atenga a las consecuencias.

Por eso detesto tanto la vertiente chusma e impune del asunto, y me revuelve las tripas la charlotada de pueblo, cuando el toro, que suele ser una indefensa vaquilla, ni siquiera tiene la oportunidad de hacerle pagar cara la juerga a la gentuza que la atormenta. Antes, al menos, quedaba la excusa de la incultura y la barbarie de esta España cenutria, cateta y negra. Pero ahora, que somos igual de tarugos pero un poquito más informados y un poquito más tontos del culo, las excusas ya no sirven, y no hay otra explicación que nuestra infame condición humana. Pocos espectáculos tan viles como el de un pinchalomos carnicero atormentando a un novillo con los cuernos aserrados, o una turba de gañanes borrachos correteando alrededor de un pobre animal asustado, al que, según las bonitas costumbres de cada sitio, a menudo se destroza impunemente en la plaza, sin el menor riesgo para nadie, a estacazos, a golpes, a pedradas, a navajazos. Ahí no hay belleza, ni dignidad, ni valor, ni otra cosa que no sea la abyección más cobarde y más baja.

Cada vez que me cruzo con uno de esos repugnantes linchamientos que suelen organizarse -que tiene delito- bajo el manto de la Virgo Clemens o el santo local, no puedo menos que pensar, ay, gentuza, valerosos mozos de la localidad, turistas apestando a cerveza en busca de emociones y de una foto, cómo me gustaría que de pronto apareciera el hermano mayor de ese pobre animal cuyas peripecias arrancan tantas carcajadas a la gente de los tendidos, y os metiera bien metido un pitón en la femoral, a ver si empalados ahí arriba seguíais haciendo posturitas y risas. Peazo machos. No sentí largar amarras de ese puerto, aquella misma madrugada. Me gusta el sitio y volveré, me dije. Pero nunca más en estas fechas. Nunca más el día de su bonita fiesta popular. Y de su santa patrona.

19 de agosto de 2001

domingo, 12 de agosto de 2001

Sobre gitanos y vikingos


Hace un par de semanas me acusaron de plagio. En realidad nos acusaron a tres: al productor y a los dos guionistas de Gitano, aquella película con Leticia Casta y Joaquín Cortés. Por lo visto —tienen mi palabra de honor de que yo lo ignoraba—, a otro guionista se le había ocurrido antes escribir una historia con música flamenca, droga, patriarcas y gitanos que salen de la cárcel, y nosotros le habíamos fusilado, dice, la original trama por todo el morro. Es, para entendernos como si un guionista acusa al equipo de una película del oeste de haberle plagiado la trama porque en la película salen también unos cuatreros, un sheriff, una chica del salón, una partida de póquer, indios que hablan de rostros pálidos, de agua de fuego y de hablar con lengua de serpiente, y uno de los pistoleros le dice al otro: «¡Yo de ti no lo haría, forastero!». Habida cuenta que Gitano respondía precisamente a la idea de jugar con todos los tópicos del mundo de la gitanería flamenca, resolviéndolos en una especie de videoclip musical lleno de guiños —algunas asociaciones gitanas nos acusaron de racistas y más de un crítico de usar tópicos a punta de pala— lo extraño, lo verdaderamente preocupante, digo yo, seria que en el guión de Gitano —título que por cierto ya había utilizado en un espectáculo el también bailarín Antonio Canales— hubiéramos coincidido en meter un vikingo, un saxofonista húngaro y un pastor anglicano aficionado a la zoofilia. Ahí reconozco que se nos habría visto el plumero. Sobre todo en lo del vikingo.

Pero así son las cosas. En este mundo y en este oficio, ese tipo de enojosas cuestiones van incluidas en el jornal, así que nadie se llevó las manos a la cabeza cuando el demandante, después de pedir primero dinero amenazando con la mala publicidad que el asunto iba a hacerme, y luego intentar que el productor le rodase una película con otro guión que había escrito —de cuyo contenido, por Dios, espero seguir ignorando la materia, no sea que se me ocurra plagiarlo en mi próxima novela—, resolvió presentar querella, respaldado por un informe de una asociación de guionistas, colegas profesionales suyos. Una asociación, por cierto, que preside el cineasta Montxo Armendáriz, casualmente también acusado de plagio —vaya coincidencia más tonta—, por mi amigo el escritor Alfons Cervera a causa de la película Silencio roto. Así que, cuando olí el pastel, decidí pasar de esa murga. Para algo, dije, están los jueces, y los abogados, y llegado el momento bastará para poner las cosas en su sitio el simple hecho de leerse los dos guiones.

De modo que resolví no preocuparme del tema ni hacer declaraciones al respecto. Silencio administrativo: quien calla, niega. Pero a raíz de la presentación de la querella, o la demanda, o de lo que sea, un par de revistas semanales, Época e Interviú, me hicieron el honor de dedicarme la portada, la última con foto incluida junto a un par de tetas bastante potables. Luego intentaron localizarme, claro, para que confirmara o desmintiera o lo que fuera, y así tener materia para tirar del asunto un par de semanillas más, en este mes de agosto en que tanto escasean las cosas serias. Pero fui periodista durante casi toda mi vida, tengo el colmillo más retorcido que un tornillo del número seis, y no estoy dispuesto a resolverle a nadie un par de páginas por la cara, dándole cuartel para prolongar la murga gitanesca. Ni siquiera después de comprobar la previsible reacción de algún periodista y colega. Porque compruebo, agradecido, que la mayor parte de los que se ocupan de estos asuntos se han mantenido a distancia, sin dar al asunto mayor relieve del que tiene, o abordándolo en su justa medida y con razonables reservas; pero esta no sería España si hubiera faltado, tertulia radiofónica incluida, quien se frotó pública y visiblemente las manos, en absoluto preocupado con establecer si hay o no hay plagio, sino encantado con la mera posibilidad, por remota que sea, de que eso pudiera ser cierto, en el ejercicio de esa afición nacional —tantas veces comentada en esta misma página— de meter la navaja aprovechando el barullo. Lo bueno de tales cosas es que te recuerdan la de gente que palmea tu espalda mientras espera que pises la piel de plátano. A estas alturas algunos lo sabemos de sobra; pero es bueno que te lo recuerden de vez en cuando. Ayuda a mantenerse lúcido y vivo.

En fin. Por todo lo dicho, disculparán ustedes que, faltando a una costumbre de nueve años, hoy utilice esta página para un asunto que afecta a mis intereses directos. No estoy dispuesto a dar cuentas a nadie, ni a entrar en dimes y diretes a través de la prensa, como ha ocurrido en otros casos. Esa película ya la he visto muchas veces y no me gusta. Pero por nada del mundo consentiría que ustedes, ante quienes doy en esta página la cara cada domingo, se quedaran sin la explicación que sin duda merecen. Los demás, excepto el juez que en su momento esclarezca la cosa, pueden irse a hacer puñetas.

12 de agosto de 2001

lunes, 6 de agosto de 2001

Pinchos magrebíes


Hay que ver la de tiempo libre que tiene la gente. En los últimos tiempos he recibido varias cartas afeándome el uso que hago de palabras políticamente incorrectas. Lo de negro, por ejemplo. Cuando me refiero a un negro diciendo que es negro —a mi me han llamado blanco en África toda la vida— resulta que soy xenófobo. Escribir que algo es una merienda de negros, por ejemplo, o que esa negra está para chuparse los dedos, o hablar de la trata de negros, me asegura media docena de cartas poniéndome de racista para arriba. Hasta decir cine negro o lo veo todo negro es peyorativo, argumentan; y pasarlas negras, sin ir más lejos, se asocia de modo racista con pasarlas putas. Por eso también debería evitar la palabra negro como sinónimo de cosas malas o negativas. Así que diferencie, cabrón. No influya negativamente en la juventud. Llámelos subsaharianos, sugieren unos. De color, sugieren otros. Afroamericanos, si son gringos. Etcétera. Y a veces, esos días en que uno se pone a escribir sintiéndose asquerosamente conciliador, intento contentarlos a todos y a mí mismo — negro me sigue pareciendo la forma más natural y más corta— y escribo, verbigracia, subsaharianos de color negro; pero entonces, encima de que me queda un poco largo y rompe el ritmo de las frases, algunos piensan que me lo tomo a cachondeo y las cartas se vuelven más explosivas todavía. Estoy desconcertado, la verdad. ¿Naomi Campbell es o no es un pedazo de negra?... ¿El halcón maltés es una película de cine subsahariano de color?... No sé a qué atenerme.

Y lo de moro, esa es otra. Debería usted decir norteafricano o magrebí, apuntan graves. Lo de moro suena a despectivo, a reaccionario, Hasta un erudito lector me lo calificaba el otro día de término franquista: los moros que trajo Franco y todo eso. Sin embargo, ahí debo reconocer que, por muy buena voluntad que le eche, se me hace cuesta arriba prescindir de una palabra tan hermosa, antigua y documentada. Moro viene por vía directa del latín maurus, habitante de la Mauritania; figura en las Etimologías de San Isidoro y en Gonzalo de Berceo, y si hay una palabra vinculada a la historia de España, y que la define, es ésa. Ganada a los moros en 1292 reinando Sancho IV el Bravo, leemos —los que leen— en los muros de Tarifa. Olvidar esa palabra seria ignorar lo que en las ciudades españolas aún significa morería, por ejemplo. O lo que la palabra morisco supuso en los siglos XVI y XVII. De cualquier manera, ahora que todo el mundo anda rescribiendo el pasado a su aire, tampoco tendría nada de particular que revisáramos la historia y la literatura españolas, empezando por el xenófobo y franquista cantar del Cid, sustituyendo la palabra moro por otra más moderna. Las coplas de Jorge Manrique perderían algún verso bellísimo; pero ganaríamos, además de corrección política, palabras como pincho magrebí, que es aséptica y original, en vez de la despectiva pincho moruno. Y reconozco que decir fiestas de norteafricanos y cristianos en Alcoy también tiene su cosita.

En cuanto a lo demás, pues lo mismo. Fíjense en lo de maricón, por ejemplo. A ver qué cuesta decir, en vez de eso es una mariconada, eso es una homosexualidad. O para decirle a un amigo no seas maricón, decir no seas sexualmente alternativo, Paco. Ya sé, opondrán algunos, que no hay palabras malas ni buenas, sino por la intención y el uso. Y la responsabilidad de que haya menguados que las utilicen sólo en sentido despectivo no es atribuible a las palabras en sí, que suelen ser nobles, antiguas y hermosas, capaces además de adaptarse a todo con los limites que imponen el sentido común y la decencia de cada cual. Pero en los tiempos que corren, si no quieres que te llamen cacho cerdo —me extraña que ahí no protesten las protectoras de animales por la asociación peyorativa—, tienes que hilar muy fino. En este mundo artificial que nos estamos rediseñando entre todos, el café debe ser sin cafeína, la cerveza sin alcohol, el tabaco sin nicotina, los insultos no deben ser insultantes y las palabras han de significar lo menos posible. Además, ojo con quienes se sienten aludidos aunque nadie les dé vela en el entierro. No vean qué cartas recibo cuando llamo agropecuario a un político cateto. Qué tiene contra el campo y la ganadería, me dicen. So fascista. O si le digo subnormal a alguien. Ofende a los minusválidos, me reprochan, olvidando que imbécil, tonto o idiota expresan lo mismo, y que las palabras son vivas y ricas, utilizables como insulto o como muchas otras cosas sin que eso las aprisione o las limite en un determinado contexto. Lo mejor fue cuando hablé de sopladores de vidrio refiriéndome a unos perfectos soplapollas, y protestó uno que soplaba vidrio de verdad. O cuando califiqué a otro de payaso, y acto seguido recibí una indignada carta de una respetable oenegé llamada —cito sin ánimo de ofender— Payasos sin Fronteras.

5 de agosto de 2001

domingo, 29 de julio de 2001

El oso de peluche


No sé ustedes, pero yo tengo mis remordimientos. Cosas que hice o que no hice, fantasmas que a veces, aprovechando las noches calurosas de verano, vienen a sentarse en el borde de la cama y te miran en silencio; y, por más vueltas que das a un lado y a otro, siguen allí hasta que se los lleva la luz del alba. Cuando andas por la vida con una mínima lucidez respecto a tus actos, esa compañía es inevitable. A veces son fantasmas sangrientos y vengativos como el espectro del Comendador, y otras son pequeñas punzadas amargas, tironcitos de la memoria que hacen que te remuevas incómodo. Paradójicamente, éstos pueden ser los peores. Siempre encuentras excusas para justificar los grandes dramas, cuando tomaste tal o cual decisión por necesidad, por supervivencia. Sólo los seres humanos con poca imaginación son incapaces de arreglárselas para tener a raya ese tipo de remordimientos. El problema viene con los otros: las pequeñas manchas de sombra en el recuerdo que sólo pueden explicarse con el egoísmo, el cansancio, la ingenuidad, la indiferencia.

Uno de mis viejos fantasmas tiene la imagen de un oso de peluche; y, por alguna extraña pirueta de la memoria, esta noche pasada estuvo acompañándome durante el sueño que no tuve. El recuerdo es perfecto, al detalle, nítido como una foto o un plano secuencia. Tengo veintidós años y es la primera vez que veo campos inmensos arder hasta el horizonte. En las cunetas hay cadáveres de hombres y de animales, y la nube de humo negro flota suspendida entre el cielo y la tierra, con un sol poniente sucio y rojo que es difícil distinguir de los incendios. En la carretera de Nicosia a Dekhalia, parapetados tras sacos de arena y en trincheras excavadas a toda prisa, algunos soldados grecochipriotas muy jóvenes y muy asustados aguardan la llegada de los tanques turcos, dispuestos a disparar sus escasos cartuchos y luego a escapar, morir o ser capturados. El nuestro es un pequeño convoy de dos camiones protegidos por banderas británicas. A bordo hay algunos ciudadanos europeos refugiados y cuatro reporteros en busca de una base militar con teléfono para transmitir: Aglae Masini con un cigarrillo en la boca y tomando notas con su única mano, Luis Pancorbo, Emilio Polo con la cámara Arriflex sobre las rodillas, y yo. Ted Stanford acaba de pisar una mina en la carretera de Famagusta, y a Glefkos, el reportero del Times que hace dos días se ligó Aglae en la piscina del Ledra Palace, acabamos de dejarlo atrás con la espalda llena de metralla. Es el verano de 1974. Mi segunda incursión en territorio comanche.

Nuestros camiones pasan por un pueblo abandonado y en llamas, donde el calor de los incendios sofoca el aire y te pega la camisa al cuerpo. Y ya casi en las afueras, una familia de fugitivos grecochipriotas nos hace señales desesperadas. Se trata de un matrimonio con cuatro críos de los que el mayor no tendrá más de doce años. Van cargados con maletas y bultos de ropa, todo cuanto han podido salvar de su casa incendiada, y yo todavía ignoro que pasaré los próximos veinte años viéndolos una y otra vez, siempre la misma familia en la misma guerra huyendo en lugares iguales a ése como en una historia destinada a repetirse hasta el fin de los tiempos. Nos hacen señales para que nos detengamos. La mujer sostiene al hijo más pequeño, con dos niñas agarradas a su falda. El padre va cargado como una bestia, y el hijo mayor lleva a la espalda una mochila, tiene una maleta a los pies y con una mano sostiene el oso de peluche de una de sus hermanas. Saben que los turcos se acercan, y que somos su única posibilidad de escapar. Vemos la angustia en sus caras, la desesperación de la mujer, la embrutecida fatiga del hombre, el desconcierto de los chiquillos. Pero el convoy es sólo para extranjeros. El sargento británico que conduce nuestro camión pasa de largo —tengo órdenes, dice impasible—, negándose a detenerse aunque Aglae lo insulta en español, en griego y en inglés. Los demás nos callamos: estamos cansados y queremos llegar y transmitir de una maldita vez. Y mientras Emilio Polo saca medio cuerpo fuera del camión y filma la escena, yo sigo mirando el grupo familiar que se queda atrás en las afueras del pueblo incendiado. Entonces el niño del oso de peluche levanta el puño y escupe hacia el convoy que se aleja por la carretera.

Ni siquiera los mencioné en la crónica que aquella noche transmití para el diario Pueblo. Conservo el recorte de esa página y sé que no lo hice. Aquellas seis pobres vidas no tenían la menor importancia en la magnitud del desastre y de la guerra. Ahora, si sobrevivió, ese chiquillo tendrá cuarenta años. Y me pregunto si todavía nos recordará con tanto desprecio como yo los recuerdo.

29 de julio de 2001

domingo, 22 de julio de 2001

Moros en la costa


No hablo de pateras e inmigrantes, aunque algo tengan que ver. Hoy me van a permitir que, por la cara, les hable de un libro. En realidad son dos, porque consta de dos volúmenes, y aunque tiene que ver mucho con la Historia, es también un libro de viajes y una guía turística. Se llama La ruta de los corsarios, y algunos convendrán conmigo en que sólo por el título ya merece la pena. Vaya por delante que no conozco al autor -Ramiro Feijoo- ni a los editores; aunque mientras tecleo acabo de comprobar que una de mis posesiones favoritas, la edición de 1977 de La Línea de sombra de Joseph Conrad, es del mismo sello editorial -Laertes-. Eso le da solera al asunto. El caso es que La ruta de los corsarios me sedujo por su título cuando lo vi en el catálogo de mi amigo Matías, el dueño de la librería náutica Cal Matías de Tarragona. Se lo pedí por teléfono, cuando llegó lo puse en la camareta del velero, y me calcé una tras otra sus casi seiscientas páginas durante un viaje tranquilo en el que el Mediterráneo -que, pese a lo que cuentan las agencias turísticas, es un hijo de la gran puta-, me dejó sentarme a leer sin agobios. Lo bueno fue que tuve la suerte de hacerlo navegando frente a las costas que el libro describe. Y disfruté como un cochino en un maizal. Les cuento. La idea de los dos volúmenes Cataluña y Valencia el primero, Murcia y Andalucía el segundo- es proporcionar al lector un recorrido detallado con mapas, fotografías e información sobre hoteles, restaurantes, posibles excursiones y curiosidades locales, por las costas españolas que en los siglos XVI y XVII, cuando las repúblicas corsarias de Argel y Túnez eran la pesadilla del Mediterráneo, fueron escenario de episodios trágicos y apasionantes, lances bárbaros, rasgos heroicos, desembarcos, rapiñas, combates y aventuras. Y paralela a esa descripción de nuestra costa y su relación con el pasado, el libro incluye unos magníficos textos sobre los episodios históricos del corso berberisco que se registraron en cada lugar, además del censo riguroso de los vestigios que se conservan, y que pueden ser visitados, e imaginados.

Y es que, por ejemplo, los veraneantes que ahora toman el sol junto a antiguas atalayas costeras que todavía se tienen en pie, suelen ignorar que esas torres formaban parte de un extenso sistema de vigilancia para prevenir incursiones piratas, motivo por el que también la mayor parte de las antiguas poblaciones del litoral están construidas en alto y apartadas del mar. Son muy escasos los municipios que han sabido sacar partido a tan interesante herencia, creando pequeños museos explicativos, restaurando las antiguas torres para abrirlas a la curiosidad pública con alguna clase de explicación histórica complementaria, y aprovechando ese modesto patrimonio para que sus playas ofrezcan también un trocito de memoria y de cultura, y no sólo tiendas, restaurantes con sangría y discotecas de chundachunda. Y precisamente esa ausencia de información -a menudo paralela a la imbecilidad de autoridades municipales ricas en ingresos turísticos y escasas en cultura y en vergüenza- es la que el lector curioso puede compensar con el libro que comento: pueblos que sufrieron las incursiones de las fustas y galeotas moras, playas donde se libraron escaramuzas o auténticas batallas, ajustes de cuentas de los moriscos expulsados, calas ocultas donde los corsarios acechaban el paso de sus presas. De Cadaqués a Cádiz -el lector, enganchado sin remedio, echa en falta un tercer volumen sobre el litoral balear-, uno asiste, mientras pasa páginas, a un espectáculo histórico apasionante, que si en vez de ocurrir aquí hubiese ocurrido en tierras gringas, habría saturado las pantallas del mundo con películas y teleseries, con saqueos, renegados, mujeres cautivas, audacias, rescates, héroes, villanos, muertes y venganzas.

Así que ustedes mismos. Porque tomar el sol en la playa, cenar una paella, darse un garbeo en patín acuático, está muy bien. Pero si a eso añadimos saber que en esa misma playa desembarcaron Morato Arráez o Barbarroja, que gracias a esa torre en ruinas se salvaron de la esclavitud las mujeres y los niños del pueblo cercano, que en la cala próxima hacía aguada Dragut, o que el temible Cachidiablo acechaba escondido tras aquella punta el paso de incautas embarcaciones costeras, ese lugar se volverá, de pronto, más intenso, y más fascinante, y más hermoso. Y todos seremos un poco menos estúpidos y un poco más lúcidos; y más conscientes de que, para bien y para mal, somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos. Así que si les apetece algo más que embadurnarse de bronceador y estar a remojo, y quieren sentir un escalofrío cada vez que vean una vela blanca acercarse a la costa, hojeen La ruta de los corsarios y entérense lo que hace unos cuantos siglos valía un peine. Cuando te echabas una siesta en la playa y te despertabas en Argel.

22 de julio de 2001

lunes, 16 de julio de 2001

Le toca a don Quijote


Ya podemos darnos por bien fastidiados, Sancho amigo. Las gentes que en España trajinan la cosa pública nos han asestado el ojo, so pretexto del cercano aniversario cuatrocientos años ya, -cómo pasa el tiempo- de la primera impresión, en 1605, de la novela más célebre del mundo. Y justamente por ser la más célebre, estar escrita en lengua castellana y haber tenido su autor la desgracia de nacer en España -que ya fue mala suerte-, extraño encantamiento sería que saliéramos bien librados de ésta. Ni el bálsamo de Fierabrás bastará para remediar lo que se avecina. Dirás, mi fiel escudero, que a buenas horas mangas verdes, y que a qué venir a incomodarnos en la tumba quienes nos enterraron en ella. Pero, en materia de política, de cualquier astilla se hacen lanzas; y el español es capaz de quedar tuerto con tal de que salga ciego su enemigo. Así ocurre que hasta el analfabeto que nunca pasó de firmar con una cruz, y eso con arduo esfuerzo, eche en cara de su adversario el descuido de artes y letras si de tal confrontación obtiene provecho; olvidando que cuando él o los suyos gobernaban, contribuyeron, y no poco, a reducir esas mismas artes y letras al estado lamentable en que ahora se hallan.

Tiembla pues como yo tiemblo, querido Sancho. En un país cuyas cabezas rectoras corrompen cuanto magrean con diseño faraónico de mal gusto y manipulaciones partidistas, imagina qué será de nosotros cuando empiecen los homenajes y contrahomenajes, los encomios y los denuestos; cuando el incienso de aquestos desencadene la execración de esotros. Piensa en la de dineros que caerán a los pozos sin fondo de comités y comisiones, publicaciones, folletos, conferencias, cursos varios, en parte para que los prebendados de rigor, aquellos que comen pan a manteles y maman de la ubérrima teta pública, puedan holgarse, pintar monas y atesorar. Imagina a ciertos padres conscriptos de la patria, catetos como mulas de varas, con menos letras incluso que tú, querido Sancho, a quienes los jubones de Armani y el palafrén con chófer en la puerta no bastan para borrar el pelo bajuno de la dehesa. O a ciertas diputadas que harían pasar por Beatriz Galindo, la Latina, a tu mismísima consorte Teresa Panza. Imagina, te digo, a toda esa vil gallofa pronunciando tu nombre y el mío en vano, o erigiéndose en paladines de la memoria del hidalgo manco que narró nuestras hazañas. Imagina cómo quedaremos de aborrecidos tú y yo, amigo Sancho, tras pasar por sus viles manos y su retórica. Hay que joderse. Se me llagan las hidalgas asaduras sólo de pensarlo.

Y es que lo veo venir. Si lo nuestro sólo fuera a conmemorarse en Francia o en Inglaterra, todavía podríamos confiarnos. Pero en este país de etiquetas y demagogos sopladores de gaita llamado España, bastará que unos planteen el homenaje para que otros lo califiquen, según de dónde provenga, de negra reacción fascista o de mear fuera del tiesto socialista. Ya los oíste reír el otro día en el ágora, cuando salió el tema. Sin olvidar que las diversas pluralidades multiplurales que forman los simpáticos pueblos y tierras de esta casa de lenocinio considerarán que celebrar el cuarto centenario del Quijote, obra escrita en castellano, o español, que osan decir en América, sería una agresión a las honras nacionales periféricas; una provocación más de esta lengua opresiva y reaccionaria que nos creó a ti y a mí, que tanto daño ha hecho al mundo, y que es -nadie se explica cómo- absurdamente hablada por cuatrocientos millones de seres humanos. Y claro, para no ofender, los responsables de la celebración cervantina procurarán cogerse la minga con papel de fumar, como suelen. Y, para que no se diga que no son más demócratas que la leche, harán cuanto puedan por equilibrar la balanza, porque en el término medio -cero grados: ni frío ni calor- está la virtud. Así, junto a los elogios, luminarias y fastos, se potenciarán, para compensar, públicas polémicas y opiniones adversas, inversas, conversas y hasta perversas. Destacados intelectuales podrán manifestarse a favor o en contra, los tertulianos de radio tomarán eruditas cartas en el asunto, y no me cabe duda de que surgirán numerosas propuestas alternativas, ciclos y cursillos y publicaciones sobre apasionantes aspectos inéditos de la cosa, con títulos como «Cervantes, intelectual orgánico», por ejemplo, o «Espadas en alto (El antivasquismo español en los episodios del vizcaíno». Tampoco faltarán obras imprescindibles como «Don Quijote y Sancho salen del armario», «Un best-seller sin futuro», «Don Quijote, héroe franquista» -lúcido ensayo del crítico de El País Ignacio Echevarría-, o la inevitable «Guía CAMPSA de las ventas y castillos del Quijote», prologada -por amor al arte- por don Camilo José Cela. Etcétera. Reconoce que acojona, amigo Sancho. La que se nos viene encima.

15 de julio de 2001

lunes, 9 de julio de 2001

Haz algo Marías


Querido Javier:

Llevo unas semanas pensando en pedirte que tomes cartas en el asunto. Tú que estuviste en Oxford y toda la parafernalia, y tienes influencias con los perros ingleses y con sus primos los gringos, y Su Graciosa Majestad la madre del Orejas te da premios, y además eres rey de Redonda y eso te faculta para hablar en la ONU, podrías hacer la gestión. Porque esto, colega, ya no hay cristo que lo aguante. Al final va a resultar que Lutero y Calvino y hasta Enrique VIII y todos aquellos herejes listillos tenían razón, y que este país de gilipollas —por si no caes, me refiero a España— perdió el tren hace cuatro siglos y ahí sigue, mirando la vía con cara de memo. He expresado alguna vez mi sospecha de que fue en Trento donde la jiñamos del todo; y mientras los holandeses, y los alemanes, y los anglosajones optaban por un Dios práctico, marchoso, que bendice el trabajo y se alegra de que ganes pasta honradamente porque así vas al cielo, aquí apostamos —o apostaron en nuestro nombre, como siempre— por otro Dios más llevadero, corrupto y propenso a enjuagues y trapicheos, sobornable con indulgencias, con confesiones y penitencias, con arrepentimientos de última hora. Y como toda religión configura su propio tejido social, a la larga terminamos aplicando esos puntos de vista a todo: a la política, a la economía, a la moral pública y privada. Y ahí seguimos, colega. Moviéndonos entre la cara dura, la incompetencia, el fanatismo, la demagogia y el más espantoso ridículo.

Estoy hasta la bisectriz, vecino. Sobre todo porque aquí nadie se hace ya responsable de nada. Lo peor no es que las Fuerzas Armadas no defiendan, que la policía no proteja, que la Seguridad Social no asegure, que los hospitales te atiendan ya de cuerpo presente. No. Lo más gordo es que los sinvergüenzas que tienen la obligación de garantizar todo eso se laven las manos, afirmando públicamente, sin ningún rubor, que esto es lo que hay. Que el Estado, incapaz de preservar la salud, el trabajo, la cultura y la vida de sus ciudadanos, renuncia porque se siente incapaz. Porque está muy ocupado haciendo que España vaya bien. Así que quien desee protección para su casa y su familia, que se gaste una pasta en seguridad privada; quien desee salud que la adquiera en Sanitas o en una clínica de Marbella; quien se incomode porque le quemen la farmacia o le pongan bombas-lapa bajo los huevos cuando va a la oficina, que emigre. Y el que no pueda pagarse nada de eso, ni emigrar a ningún sitio, que se joda.

Si por lo menos te lo dedujeran de los impuestos, vecino. O si al menos dieran permiso para llevar encima una recortada con posta lobera y ser tú tan peligroso como cualquiera de los que dan por saco. Pero no. Encima de confesar su incompetencia, te chupan la sangre y te maniatan con una presunta España que nada tiene que ver con la real, con toda esa farfolla políticamente correcta que busca más un titular de prensa que un resultado práctico. Con toda esa demagogia, además, de ciudadanos y ciudadanas, jóvenes y jóvenas, como si todos fuéramos imbéciles e imbécilas. Y tu primo Álvarez del Manzano, al que estimas tanto como yo a mi alcaldesa de Cartagena y a su equipo municipal, no son sino manifestaciones cutres de la prepotencia y la incompetencia y la ordinariez de toda una plaga de mierdecillas que, sin distinción de colores políticos, nos está dejando hechos una piltrafa en mitad de la calle, desorientados y a merced del primer cabrón que pasa. Por eso recurro a ti, chaval, que con lo de Redonda tienes influencias en los foros internacionales. A ver si haces algo. Y ya que nuestra política exterior la llevan los norteamericanos, y la defensa no existe, y la seguridad interior es un bebedero de patos —pese a que la Ertzaintza es, como sabes, una de las mejores policías de la galaxia—, y encima resulta que España nunca existió, pues bueno, pues vale, pues me alegro. Que se ocupen los guiris. Disolvamos esto de una vez y que tus paisas anglosajones nos colonicen, o nos invadan, o nos rindamos, o nos adopten como hijos putativos, o lo que sea. Igual me da como miembros de los EE.UU. que de la Commonwealth, o como se llame ahora, merced a los antecedentes históricos de Puerto Rico, California, Gibraltar, Menorca, Moore, Wellington y todo eso. Que nuestra política exterior y la economía las lleve esa Norteamérica a la que el Pepé tanto le arrima el culo, que de Hispanoamérica se ocupe Bush, que el cine nos lo hagan en Hollywood, que la milicia corra por cuenta del Pentágono o del Ejército británico, que la Royal Navy defienda nuestras aguas territoriales, que nuestras calles y bienes y personas los proteja la policía de Gibraltar. Cualquier cosa con tal de no pagarle el sueldo por la cara a esta chusma que nos tiene dejados de la mano de Dios, y encima lo dice. A esta panda de golfos. Y de golfas.

8 de julio de 2001

domingo, 1 de julio de 2001

Mecánica y termología


Entra al bar de Lola, se acoda a mi lado en la barra y pide una caña. Mecánica y Termología, dice al segundo sorbo, con espuma en la nariz. Me ha quedado para septiembre, maldita sea. Y sin embargo –añade-, hoy acabo de encontrarme algo en el libro de texto que me ha puesto esta sonrisa en la cara, y aún me dura. Un libro de Física. Problema: Los soldados españoles llamaban «pacos» a los moros porque el sonido de sus fusiles recordaba dicha palabra. ¿A qué se debía esto? Respuesta: El soldado español (blanco del disparo) oía primero un sonido fuerte y seco (¡pa!), que era la onda de Match, y después un ¡coo! más bajo y prolongado ocasionado por la onda expansiva del disparo. Su propio fusil les sonaba de modo distinto, porque todo tirador se halla fuera de la región en que se propaga la onda de Match y no oye más que el estampido del disparo, ya que dicha onda se propaga paralelamente a sí misma, alejándose de la trayectoria de la bala, y, por tanto, del tirador.

Lola se acoda al otro lado del mostrador, interesada. ¿Y adónde lleva todo eso, chaval?, pregunta. Lleva, dice mi amigo, a que es reconfortante encontrar que hay gente capaz de poner un ejemplo así en un libro de Física. De decirte, ojo, tío, que estamos hablando de cosas que se vinculan no a un laboratorio, sino a la vida. Cosas razonadas durante siglos por gente que se sentaba a mirar, a extraer conclusiones de su entorno, en vez de congelar ese entorno en una probeta. También tiene que ver con que ahora la Educación es cada vez más específica y se nos orienta a ser técnicos en una sola materia. Se nos enseña la manera más barata y eficaz de apretar tuercas, sin preocuparnos de si esa tuerca pertenecerá a una lavadora o a un misil tierra-aire; y por supuesto, a nadie le importa quién inventó la puta tuerca. El sistema, o sea, esos imbéciles que nos imponen los planes de estudio, hace que pasemos cuatrimestre a cuatrimestre sobre asignaturas de muchos créditos, que nos convertirán en científicos especializados, pero sin darnos una perspectiva de lo que es el mundo de ahí afuera... ¿Me siguen?.

—O sea —apunta Lola—, que te enseñan a follar pero no a enamorarte.

Le pido a Lola que no se meta, o que no se meta tanto. Sin embargo, a mi amigo le debe de haber gustado el ejemplo, porque dedica a la dueña del bar una sonrisa ancha, reconocida. O igual lo que de verdad le gusta es Lola, con sus treinta largos y su escote moreno, y sus ojos un poquito cansados a estas horas de la vida. Algo así, confirma. No nos enseñan a pensar. Ni siquiera nos dejan tiempo, ni verano, ni invierno, ni resquicios para mirar más allá de los textos, ni para reflexionar sobre lo que aprendemos. ¿A quién le importa que un moro se llame Paco?... Cuando entras en la facultad caes en la trampa; un remolino que te arrastra hasta que acabas la carrera hecho un robot, si es que antes no lo mandas todo a tomar por saco o te pegas un tiro.

—Qué mal rollo, ¿no? —tercia Lola.

Malísimo, confirma mi amigo. Y sólo si tienes voluntad y cojones, si arrancas ratos perdidos, si te preocupas de lo que te rodea, y lees, y viajas si puedes, y miras, acabarás sabiendo algo de lo que es el mundo. Pero ésa es una opción personal que no está al alcance de todos: se lleva mucho del poco tiempo que te dejan, y a veces se paga caro. Por eso no todos están dispuestos a intentarlo. Y te encuentras con gente estupenda quedándose en la cuneta, sin haber leído nunca un libro de Historia o una novela o un ensayo que nos digan de dónde venimos y hacia dónde vamos. Que nos recuerden, con los ejemplos terribles que el hombre ha fabricado durante siglos, lo peligroso que es el progreso en manos de almas vacías de humanidad, de malvados y de irresponsables. Y al final seremos científicos especializados sin valores ni memoria, brillantes, vanidosos, avaros e incultos. Y clonaremos vacas y personas y hasta nuestra propia alma, que no valdrá una mierda.

—¿Saben quién es Ian Malcolm?

Le decimos que no, que no tenemos ni idea. Un cantante inglés, aventura Lola. Y mi amigo sonríe con juvenil suficiencia, y nos cuenta que Ian Malcolm es un personaje de Parque jurásico, y que allí dice: «Ustedes sólo se preocuparon de si podían hacerlo, no de si debían»... Por eso es raro y gratificante, añade, encontrarse de pronto un ejemplo perdido en un libro de Física, como el del soldado y el Paco, tomado de una guerra de la que nadie se acuerda. Algo que se refiere a la conjunción de la historia y la ciencia, y que nos confirma que los teoremas, las leyes, las derivadas parciales y las integrales, forman parte de la vida real. Y que sin esas referencias, los seres humanos sólo serán ecuaciones y tuercas sin alma. Ese chaval se come demasiado el tarro —dice Lola cuando mi amigo termina su cerveza y se larga—. No creo que te dé para un artículo... Pero reconozco que lo del soldado y el moro tiene su puntito.

1 de julio de 2001

domingo, 24 de junio de 2001

Esa guerra crué


Vaya panorama bélico y castrense tenemos a la vista. Primero lo de los vigilantes jurados para cuarteles, que por lo visto llaman a eso experiencia piloto. Luego lo del armamento en alquiler. Después, un general dice que, tal y como se han puesto las cosas, el día de las Fuerzas Armadas deberían desfilar majorettes. En ésas, un centinela abandona la guardia de noche en no sé qué cuartel y se va a dormir por la cara, y algunos ponen el grito en el cielo porque le caen seis meses de trullo. Tendría sueño el chaval, dicen. Y ahora, para rematar, leo en los periódicos que el modelo de ejército español que se perfila en el horizonte es el de la legión Extranjera. Como la experiencia-piloto de Millán Astray, Valenzuela y Franco, pero ahora a base de reclutas hembras que igual se llaman Vanessa, y con emigrantes -a ser posible de mayoría hispanoamericana, se matiza-. Porque si la soldada o estipendio, o sea, la mierda de paga que cobra un mílite, no le da a un español ni para unas cañas, nuestros maquiavelos de la milicia han llegado a la conclusión de que con la nómina de uno de Cáceres se apañan de cojones tres bolivianos, un ecuatoguineano y un moro; y eso siempre es más humanitario que recoger fresas o que te quemen la chabola en El Ejido.

Pero todo tiene su arte. Y no crean ustedes que a esos futuros novios de la muerte los van a reclutar al buen tuntún. Nada de eso. Por el contrario, según un portavoz del Ministerio de Defensa, «estamos estudiando fórmulas para que no se debilite el vínculo patriótico». Y es que eso es importante, claro, y más en los tiempos que corren. Sin duda serán fórmulas eficacísimas, modernas, basadas en estudios psicológicos de honda finura y amplio espectro, como los de la LOGSE. Ahora que hemos descubierto, gracias a la panda de sinvergüenzas que nos rigen y corrigen, que España es una mentira absurdamente mantenida durante 3.000 años, y cada perro se lame su cipote, con esas jóvenes generaciones liberadas por fin de tanta memoria colectiva inútil y del lastre de saber de dónde vienes -qué carajo importa eso cuando no sabes a dónde vas-, es importante, en efecto, que al menos los reclutas extranjeros de nuestras futuras Fuerzas Armadas tengan el vínculo patriótico lo más sólido posible. Supongo que en ese ultramoderno Ejército español del futuro habrá por lo menos escopetas; aunque igual tampoco, porque las armas, ya se sabe, son políticamente incorrectas, y qué dirían las oenegés. Pero en cualquier caso, con escopetas o sin ellas, no estaría de más que esos caballeros legionarios extranjeros, futuros cabos, y tal vez sargentos -de tenientes para arriba nos apañaremos de momento con lo de aquí, porque jefes sobran al menos quince por cada indio-, tengan claro el concepto de patria, de nación y de todas esas cosas, y dominen las entretelas intelectuales de España, lo español y sus esencias. Esencias varias, coherentes en nuestra pintoresca pluralidad multiplural de maricón el último en irse, y ése que apague la luz. A lo mejor cuesta un poquito explicárselo a nuestros flamantes reclutas, pero hay que intentarlo cueste lo que cueste. Porque ojo. Ahí es fundamental que los bolivianos, el ecuatoguineano y el moro, por lo menos, lo tengan claro. No vaya a ser que la caguemos.

Y es que ya me estoy imaginando esa guerra crué, con el enemigo atacando por todas partes. Esas hordas eslavas desembarcando en la cabeza de playa de Estepona, esos rifeños bajando por el Gurugú, esos portugueses reconquistando Olivenza, y Javier Solana en el telediario, como siempre, declarando en plural mayestático que la situación es compleja y que todo se andará. Y mientras, aquí, la mitad de la gente de puente en la playa, y la otra mitad viendo Gran Hermano. Y en esas, el enemigo malevo invadiendo los cuarteles y posiciones estratégicas y violando a las majorettes de Galapagar que vigilan los tanques de la Brunete tanques inmovilizados por falta de combustible y de pago a la empresa que se los alquila al Ejército-, porque los vigilantes jurados de Securitas Soldadito Pepe S. A. están en huelga laboral y encogen los hombros y dicen, ah, se siente. Y en la línea de fuego, en el regimiento Honderos Baleares Nº 5, defendiendo su vínculo patriótico hasta la última gota de sangre mientras cantan banderita tú eres roja, banderita tú eres gualda, la sargenta Vanessa -caballero legionaria, con tatuajes hasta en las tetas-, la cabra del Tercio y los tres bolivianos, el ecuatoguineano y el moro luchando como leones de la Metro. Cúbreme, Mohamed. Ay. Vivaspaña. Y digo yo si no sería mejor abolir el ejército de una puta vez, y dejar que nos defiendan o nos invadan, ya da igual, esos gringos que tan bien se llevan con el Pepé después de haberse llevado igual de bien con el Pesoe que nos metió en la OTAN. Por lo menos dejaríamos de hacer el payaso.

24 de junio de 2001

domingo, 17 de junio de 2001

Francotiradores culturales


Les hablaba la semana pasada de las iniciativas culturales privadas, o casi, que algunos francotiradores libran todavía en este país condenado al analfabetismo y a la desmemoria. A nadie medianamente lúcido se le escapa que, con nuestra infame clase política como garante de la cosa, esa guerra está más perdida que la batalla de Ayacucho. Es evidente que también esta vez ganan los malos, con la complicidad de los mierdecillas y los pazguatos. Pero es justo reconocer que eso les confiere grandeza a los combates finales; a las iniciativas de quienes no se resignan y forman el último cuadro, o con una cantimplora y un rifle suben a un tejado o se echan al monte, o en el mismo paredón escupen a los del piquete, gritándoles «viva el perder» en la puta cara.

Cada noche, cuando tiro a la basura kilos de papel inútil, no puedo menos que pensar en la cantidad de viruta pública que se malgasta editando estupideces que no interesan a nadie: folletos, papel de alta calidad bellamente impreso, antologías chorras, revistas subvencionadas, libros, catálogos, grabados, ediciones sobre los temas más idiotas con alardes tipográficos que cuestan un huevo de la cara, invitaciones para recitales y exposiciones absurdas, pagado todo eso con fondos públicos, y de fundaciones, y cosas así. Algo formidable, claro, si tuviera que ver con la palabra cultura. Me refiero a la cultura de verdad: la que mira hacia adelante apoyándose en lo de atrás, eslabón de una cadena magistral hecha de siglos, que transmite y genera, afinando el intelecto. De cualquier modo, en un país donde es posible oír a un político o a un tertuliano de radio hablar de la cultura de la negociación, o la cultura de la violencia, ya me dirán ustedes qué puede esperar uno de esa palabra.

Y claro. Con esa perspectiva, lo que el Gobierno central, y los autonómicos, y los bancos y los ayuntamientos y las fundaciones entienden por lo general como cultura, es el hip-hop en la plaza Mayor de Madrid, los grafitis de las tapias de la Renfe en Albacete, el trabajo de fin de curso del sobrino del alcalde de Villasopla de Abajo, un concierto de Miguel Bosé con José Bono tocando la pandereta, una edición crítica lujosamente ilustrada de El virgo de Visenteta, un ciclo de apasionantes conferencias sobre los 587 escritores murcianos hoy en activo, la Historia verdadera de los reyes de Cataluña (i Aragó) de toda la vida, un libro de sonetos a la Macarena, o cualquiera de esos siete mil chollos anhelados por todo mediocre cultureta-botijero de capital y provincias, como son algunos infames cursos de los llamados de verano, ciertas escuelas de artes y letras, o plomazos como la revista presuntamente literaria que edita un tal Álvaro Delgado-Gal con pasta de la Fundación Cajamadrid. Inventos que, por lo general y salvo muy honrosas excepciones, son utilísimos para trincar subvenciones por el morro, mamársela a los amiguetes y ajustar cuentas con los enemigos quemando pólvora del rey. Que sale gratis.

Por eso tiene tanto valor la gente que se bate sola, o con cuatro cañas. Y por eso aprecio tanto, cuando me llegan o me las tropiezo por ahí, las otras hazañas, humildes a veces, de quienes de verdad se lo curran a cuerpo limpio, casi por libre, defendiendo un patrimonio local amenazado, una memoria, un sueño. Francotiradores como el buen Antonio Enrique, en su Guadix, el hombre de la armónica montaña. Luis Delgado, que en el museo de Marina de Cartagena sigue librando combates a tocapenoles contra la ignorancia y el olvido. El Ayuntamiento de la Albuera, que cada año recuerda su histórico campo de batalla. Javier González y quienes hacen posible la excelente revista literaria andaluza El Mercurio. Los que aún pelean en el asedio de Salses, esta vez para salvar el mural del Molino de los Frailes. El profesor Miguel Esteban y los chicos del instituto Emperador Carlos de Medina del Campo, con su magnífica revista El Zampique. Rafael Lema, que persigue libros, corsarios y naufragios en la Costa de la Muerte. Jose Antonio Tojo, a quien no conozco, de cuyo documentadísimo Lobos acosados -los submarinos alemanes hundidos frente a Galicia en la Segunda Guerra Mundial- no he visto una maldita reseña en casi ninguna parte, como tampoco la he visto de Julio Albi y su De Pavía a Rocroi, rigurosa historia de la infantería española en los siglos XVI y XVII. Hablo de ellos y de tantos otros cuyos nombres no caben aquí, amigos conocidos o desconocidos que siguen batiéndose por la única patria que merece la pena. Paladines de causas perdidas, que en ocasiones logran izar su bandera en lo alto del monte Suribachi. Y cuando los veo allí, exhaustos, a veces malheridos, no puedo menos que calentarme al calor de ese combate desesperado por la dignidad y la memoria. Recordando, como recordaba Iñigo Balboa ante los muros de Breda, que la honra de un país o una nación no es sino la suma de las menudas honras de cada cual.

17 de junio de 2001

domingo, 10 de junio de 2001

Jorge Juan y la memoria


Hay cosas que lo reconcilian a uno con las cosas. Y con las personas. Tengo delante El legado de Jorge Juan: un magnífico libro-catálogo editado por el Ayuntamiento de Novelda y la Caja de Ahorros del Mediterráneo -que supongo aflojó la pasta- con motivo de la exposición permanente que esa ciudad dedica a la memoria de uno de sus más dignos hijos, el importante marino y científico del XVIII don Jorge Juan y Santacilia: personaje fundamental para comprender su siglo en Europa, y prototipo de esos ilustrados -e ilustradas, que añadiría el lendakari- que de vez en cuando levantaron y aún levantan la cabeza para dar a este país miserable la oportunidad de cambiar a bien. Eso, claro, hasta que llegan los de siempre, le sacuden un estacazo en la cresta al ilustrado o ilustrada -cuando no es un paseo hasta las tapias del cementerio-, y todo vuelve a quedar como siempre, entre curas reaccionarios y políticos analfabetos sin un ápice de vergüenza, que, eso sí, aluden siempre a sus ciudadanos sin olvidar a las ciudadanas, y ahora, además, también han puesto de moda decir esa estupidez de escenario, en vez de situación, que es, creo recordar, la palabra de toda la vida. El escenario cultural de los españoles y las españolas es una piltrafa, dicen, por ejemplo -aunque en realidad no vale como ejemplo, porque eso no lo dicen-, en vez de la situación es una piltrafa. Modernos que te rilas, o sea. Tan políticamente correctos, tan angliparlos y tan viajados ellos. Los soplapollas.

Pero a lo que iba. Hablaba de Jorge Juan, y de que el Ayuntamiento de Novelda se ha apuntado un tanto de campanillas, sobre todo por lo raro que resulta en España que alguien invierta un duro en rescatar la memoria histórica que explica nuestro presente y nuestro - ¿esperpéntico?- futuro como nación con 3.000 años de historia en las alforjas. Así que es bueno, e insólito, que una caja de ahorros o un banco, en vez de subvencionar a los compadres y los golfos trincones de toda la vida, gaste la viruta en algo decente, útil y memorable. Porque rescatar la memoria del marino que junto a Antonio de Ulloa les quitó el protagonismo a los gabachos en la medición del grado del meridiano para determinar la forma de la Tierra, que impulsó la construcción naval europea y la ciencia de la navegación, y que fue respetado hasta por los enemigos -el almirante inglés Howe se detuvo en Cádiz para hacerle una visita y charlar un rato-, resulta mucho más que una iniciativa municipal aseadita. En esta España sin memoria y sin gana de tenerla, es una verdadera hazaña. Así que si pasan por Novelda, háganme el favor de darse una vuelta por el museo-casa modernista de la ciudad. La simple visita será una forma de agradecimiento a quienes la han hecho posible.

Por cierto que, con Jorge Juan de por medio, no deja de tener su triste guasa que el evento alicantino coincida en el tiempo con la destrucción, en Cartagena, del histórico dique construido en el arsenal de esta ciudad por ese mismo caballero y marino. Porque allí, después de que la alcaldesa Pilar Barreiro y sus presuntos concejales de presunta cultura -esos intelectuales del Pepé ante cuya gestión resulta inevitable preguntarse si alguno tiene el bachillerato- hayan dejado la ciudad y el puerto y media muralla de Carlos III hechos una mierda a base de ignorancia, torpeza y diseño, nuestra Marina de guerra acaba de echarle una manita al equipo municipal, cargándose por el morro una joya dieciochesca que en su momento fue la más avanzada del mundo en materia de ingeniería náutica: el primer dique naval sin mareas -había uno en Tolón, pero se drenaba con la marea baja-, vaciable mediante el uso de la bomba de fuego, lo que ahorró la vida de cientos de galeotes que debían hacer, hasta entonces, ese duro trabajo a mano. Un ingenio técnico milagrosamente conservado durante dos siglos y medio, que la Armada española del siglo XXI acaba de triturar -apenas pueden rescatarse ya algunos trozos de madera y parte de la antigua clavazón- para la construcción de unos nuevos atraques para submarinos. Pero claro. Uno comprende que la preservación de un patrimonio cultural único tiene hoy menos importancia que la vigorosa -qué digo vigorosa: gallarda- defensa de nuestra hegemonía naval y nuestras costas y nuestros pesqueros y nuestros intereses marítimos. Y que gracias a esos atraques para submarinos, que debían construirse precisamente así, y no de cualquier otra manera, seguiremos siendo el terror de los mares, como hasta la fecha, y podremos seguir torpedeando audazmente si es menester, sin que nos tiemble el pulso, con viril decisión y con la más avanzada tecnología adquirida mediante leasing, lo mismo a esquinados marroquíes que a perros ingleses o a narcotraficantes malosos. En suma, a cuantos nos tocan la flor y la soberanía. Paseando bien paseado ese respetado pabellón nuestro, que no se puede aguantar, por la gloria de mi madre.

10 de junio de 2001

domingo, 3 de junio de 2001

El cazador de hachís


Hace tiempo, teniendo en casa a un colega norteamericano que estuvo en Vietnam, me contaba éste lo chachis que eran los pilotos de helicóptero de aquella guerra. Unos virtuosos del molinillo, decía. Aterrizando y despegando y tal. Así que, harto de oírlo tirarse pegotes aeronáuticos, para cerrarle la boca le puse una cinta de video rodada hace doce años a bordo del helicóptero del Servicio de Vigilancia Aduanera de Algeciras, persiguiendo a planeadoras contrabandistas de noche y a cinco palmos del agua. Tus pilotos, le dije al gringo, eran una puñetera mierda. Chaval. Este es un piloto.

Hace un par de días volví a ver a ese piloto. Entre otras cosas, porque lo veo de vez en cuando. Se llama Javier Collado, tiene cuarenta y pocos años, y es un hombre introvertido, modesto, silencioso, con nervios de acero templado en horchata. No bebe, ni fuma. Hasta es guapo todavía, el muy cabrón. Y de Cáceres. También tiene 11.000 horas de vuelo persiguiendo a traficantes en el estrecho de Gibraltar. Y es mi amigo. En realidad somos más que amigos, pues nos une cierta complicidad singular y fiel, fruto de antiguas aventuras. Por eso sé que si Javier vuela de día y de noche es porque le va la marcha: porque volar es su pasión y su vida. Porque es feliz allá arriba, lejos de una tierra firme que lo incomoda y en la que parece casi tímido. Sin embargo, cuando vuela se transforma en otro hombre, y hace con un helicóptero cosas que nadie hizo nunca. Ignoro si llegará a viejo; pero como él mismo dice, nadie lo sabe. Quizá por eso sube a jugársela a diario suspendido en el cielo, y sus tácticas personalísimas de rastreo y caza, combinadas con la actuación de los otros pilotos y las turbolanchas aduaneras del SVA, son pieza clave en la lucha contra el contrabando de droga en el Estrecho.

En aquel ambiente de tipos duros, tanto entre los teóricamente buenos como entre los teóricamente malos, Javier es leyenda viva: de los que entran en un bar donde hay contrabandistas y éstos dicen joder, y se dan con el codo, y alguno hasta le manda una copa que nunca se bebe. He visto a curtidos traficantes hablar con respeto de "eze hihoputa de ahí jarriba", y a un piloto de planeadoras al que apresó en una playa llamarlo Javi, en plan familiar, como si lo conociera de toda la vida. Alberto, un joven gibraltareño que después pasaría años de pesadilla en una cárcel marroquí, me contó una vez la impresión que sentía cuando a toda velocidad, en mitad del mar y la noche «como un ghost», fueron sus palabras—, aparecía el helicóptero detrás de su planeadora. Javier localizaba las lanchas contrabandistas y se pegaba como una lapa, acosándolas y desconcertando a sus pilotos mientras las turbolanchas del SVA acudían para abordarlas antes de que se refugiaran en Gibraltar. Algunos de ustedes lo recordarán de la tele: persecuciones increíbles a ras del agua, a cuarenta y tantos nudos, a oscuras y con la única luz del foco oscilante, los rostros de los contrabandistas mirando atrás, los fardos arrojados por la borda, el aguaje de la planeadora cegando al helicóptero, la adrenalina, el miedo, la caza... En fin. Ahora escribo novelas. Qué tiempos.

Tengo en mi casa dos objetos preciosos, directamente relacionados con Javier. Uno es su casco de piloto, que me regaló la última vez que volamos juntos. La otra es un trozo de antena de una planeadora a la que perseguimos durante una noche negra de cojones, con Valentín -el cámara de TVE- filmando con medio cuerpo fuera del helicóptero, tan a flor de agua que la estela de la Phantom nos empapaba a todos. Aquella noche tocamos con un patín una ola, y estuvimos a punto de irnos todos a tomar por saco, y se disparó un flotador y todas las alarmas, y Javier nos subió de allí con una sangre fría que todavía hoy me deja patedefuá. La misma sangre fría que en otra ocasión -fuerte marejada, a oscuras y en mitad del Estrecho-, le permitió casi meter la panza del helicóptero en el mar mientras su observador de a bordo, de pie en un patín, sacaba del agua a los marroquíes de una patera naufragada -ya se había ahogado la mitad cuando los encontraron en plena noche- que al subir a bordo lo besaban, muá, muá. La misma sangre fría con la que otro día, dejando la palanca al copiloto, Javier se tiró al agua para salvar a un contrabandista cuya lancha había zozobrado, aunque ahí llegó tarde y al pobre lo sacó ya tieso. O la que le hizo aterrizar hace pocas semanas en una playa persiguiendo a otro traficante, varar el malo su lancha y salir zumbando entre las dunas, bajarse Javier del helicóptero, correr tras él y darse de hostias -esta vez ganó el bueno-, como quien deja un coche con las puertas abiertas en mitad de la calle.

Así que ya lo saben. Ése es Javier, mi amigo. Y seguro que se mosqueará conmigo cuando publique esta página. Pero me da igual. A lo mejor, dentro de algunos años, alguien lee este recorte y dice: ése era mi papi.

3 de junio de 2001

domingo, 27 de mayo de 2001

El último héroe


Me sorprende -aunque en el fondo no me sorprenda mucho- que la noticia haya pasado casi inadvertida: un pequeño recuadro en las páginas deportivas de un par de diarios, con foto. Y en la foto se ve a Manolo -Atlético de Madrid B, me parece, aunque no sé mucho de ligas y campeonatos y divisiones- en pleno regate. Manolo es un jugador joven, modesto, con esperanzas, lejos todavía de las cifras millonarias y las páginas de las revistas del corazón y toda esa parafernalia que rodea a los ídolos del fútbol. Y no fue noticia por haber metido un gol, sino por no meterlo. La cosa ocurrió en el minuto ochenta y nueve. Empate a cero. Al equipo de Manolo le faltaban tres puntos para entrar en la liguilla de ascenso. Y en esas el balón llegó a sus pies, y ahí se vio el hombre con el terreno despejado hacia la portería enemiga. Pero cuando se disponía a avanzar y chutar, vio a un rival tendido en el suelo. Entonces se paró en seco, dudó medio segundo y envió la pelota fuera. Sorpresa. Silencio mortal. Fin del partido. Si las miradas matasen, Manolo habría caído asesinado por sus compañeros, su entrenador, los hinchas de su equipo. Pero salió del estadio con la cabeza alta. Entiendo que se enfaden, dijo. Pero hice lo que tenía que hacer.

No sé qué habrá sido de Manolo. Ignoro si en el futuro lo fichará el Barcelona o acabará oscuramente sus días deportivos. Ni siquiera conozco su apellido. Tampoco sé si es un deportista genial o mediocre. Desde mi absoluta ignorancia futbolera -como experto ya tienen a mi vecino el perro inglés- le deseo a Manolo veinte ligas en primera división, y selecciones nacionales, y una pasta gansa, y fotos con la top model más potente que pueda echarse a la cazuela. Pero lo consiga o no, si un día me lo encuentro por la calle y soy capaz de reconocerlo, que no creo, me gustaría decirle que con ese balón que echó fuera consiguió algo más difícil que meter un gol: demostrar que en el tablero todavía hay peones capaces de jugar el juego de la vida con dignidad y con vergüenza. Porque no es lo mismo hacer lo que él hizo cuando eres rico y famoso, en un partido retransmitido por la tele y embolsándote mil kilos al año, que siendo un anónimo tiñalpa, en un modesto encuentro ante unos pocos cientos de espectadores, arriesgándote a que el entrenador te deje en el banquillo o te echen a la calle para el resto de tu puta vida.

En el mundo en que vivimos sobran mitos de jujana. Cuando veo a los analfabetos de Gran Hermano firmando autógrafos, o a Belén Esteban -cielo santo- ocupando portadas de revistas porque se ha ido a Senegal a echar un polvo, comprendo que la chusma en que nos hemos convertido tiene los mitos y los héroes que se merece. Por eso me gustaría agradecerle a Manolo no sus dotes de futbolista, que me importan un carajo, sino que con ese balón que echó fuera demostrara que todavía quedan héroes. Me refiero a héroes de verdad, en el sentido clásico del término: con valores morales cuya observación e imitación pueden hacernos mejores y más nobles. Gente capaz de jugarse el interés inmediato, el lucro fácil, la ocasión, el pelotazo sin escrúpulos que ahora todo cristo busca ciegamente en cualquier estadio de la vida, por mantener algunos principios personales básicos. Por demostrar, aunque sea en un pequeño estadio de fútbol, que aún quedan seres humanos capaces de dar lecciones. De probar que la hidalguía no es un lujo que se permiten a veces los poderosos -a ellos suele salirles gratis-, sino una actitud personal, unas maneras vinculadas a la honradez y a la coherencia: las únicas virtudes admirables que van quedando en este mundo que entre todos, por activa o pasiva, hacemos cada día más infame. Ya he dicho que no sé el futuro que le espera a Manolo. Con ese tipo de gestos dudo que llegue lejos, en esta España envilecida donde a don Quijote lo desterramos o lo acuchillamos en tropel en cuanto anda caído por tierra -mientras cabalga nadie se atreve- y donde quienes de verdad consiguen una ínsula Barataria para recalificar el suelo y llenarla de apartamentos son los ruines sanchopanzas, los eternos supervivientes conchabados con los bancos y las cajas de ahorro, los políticos sin pudor, los alcaldes golfos y los tenderos mafiosos. Pero a pesar de todo eso, o tal vez exactamente por eso, me gustaría decirle a Manolo algo así como oye, chaval, nunca te disminuyas. Porque tú tenías razón, Lo que hiciste en aquel partido no fue una estupidez, ni un gesto inútil, ni una locura. Fue un heroico instante de gloria. Fue -te lo juro- la leche. Así que tómate algo. Estoy seguro de que algunos chicos que sueñan con ser futbolistas, o abogados, o fontaneros, te vieron echar fuera ese balón. Y a lo mejor, en un momento de su vida futura, alguno de ellos imita tu gesto, aunque ya se haya olvidado de ti y ni siquiera recuerde aquel lejano domingo. El último héroe nunca es el último.

27 de mayo de 2001

domingo, 20 de mayo de 2001

Dante e tomanti


Dirán ustedes que últimamente la tengo tomada con la moda y los publicistas y el fashion, y a lo mejor no les falta razón. Aún diría más: tienen razón. Tanta inquina les profeso lo que no está reñido con admirar su talento, porque hay cabroncetes muy inteligentes, que lo mismo que si hubiera un Nuremberg cultural español sentaría en el banquillo a Javier Solana, Maravall, Marchesi ya todos esos padres putativos de la LOGSE, estimo que en caso de proceso judicial a los responsables de la imbecilidad que nos circunda, muchos virtuosos del glamour y las tendencias deberían ser pasados por las armas al amanecer. A fin de cuentas, dice el viejo principio jurídico, quien es causa de la causa, es causa del mal causado. O algo así.

Lo último que se han sacado de la manga es el hombre femenino. Hojeen las revistas y suplementos dominicales, y sabrán a qué me refiero. Salta a la vista que la última estrategia de buena parte de las firmas de moda consiste en proponer una imagen de hombre cada vez más ambigua, más feminizada, que altere los cánones tradicionales. Algo así como cherchez la femme. Y debo confesar que la primera vez que vi un anuncio de esos, me sentí frustradísimo. Uno se pasa la vida intentando parecerse a Rusell Crowe, o a Sean Connery; considerando incluso la posibilidad de afeitarse poco, para raspar, y hacerse un tatuaje en el brazo donde ponga «Cartagena manda huevos» o «Nací para haserte sufrir». Hasta escribes una novela donde el bueno es un rudo marinero de toda la vida. En ésas te dejas la salud dándotelas de macho, procurando marcar paquete de recio bucanero en plan hola, muñeca, qué bueno que viniste, etcétera. Y de pronto, zas, a la hora del colacao y los crispis abres el Hola y te topas con un anuncio de perfume masculino donde sale un marinerito imberbe con camiseta a rayas y gorro blanco, y un corazón tatuado en el brazo, y unos morritos fruncidos, y una cara de guarrindonga que te rilas, que en vez de venir de los Rugientes Cuarenta parece que viene de hacerse una chapa. Y tú dices anda la leche, de qué van aquí, mis primos. Esto es lo que se lleva ahora. Y claro, te desorientas.

No puede ser, concluyes. Es mi mente enferma. Así que vas zumbado al kiosco y te compras todas las revistas. Y compruebas que tu mente enferma nada tiene que ver. Porque Calvete Klin te propone por el morro un efebo con camisa rosa abierto de piernas en una ventana; Ives In Potent, un rubito estrechín con una mano en la cadera y otra acariciándose la melena, y Cesare Cochinottti, un tío desnudo y con barba recostado lánguido en plan aquí te espero Manolo. El resto, lo mismo: Umberto Merino igual pero con jersey; Mosquino que te Fulmino un posturitas con pectorales de los que te pegan y te llaman perra; Dolce Melapela otro rubito con cinta en el pelo sosteniendo una fálica fusta sobre las piernas; Danti e Tomanti un par de ejemplares andróginos de líneas rectas y cabellos lacios que tardas diez minutos en averiguar por dónde dan y por dónde toman. Y así, tutti. Y entre tanta pasta flora, la clave la encuentras por fin en un suplemento dominical, donde se cuenta que los principales consumidores de moda son ahora las mujeres y los homosexuales, que entre varones europeos el consumo medio de los homosexuales es mayor que el de los heterosexuales, y que según sociólogos, psicólogos, e incluso tocólogos, ya no sólo la imagen tradicional del macho viril, sino también la del hombre demasiado masculino se considera políticamente incorrecta; negativa, incluso, en esta demagogia diaria de la que vive tanto especialista del camelo.

Todo eso es inevitable, supongo. Me refiero al camelo ya la teoría social de cada coyuntura. El problema es que tú vayas y te lo creas, seas homosexual o no, y des por sentado que a todos los gays y a todas las señoras les gustan ahora los nenes de mantequitas blandas, tipo Leonardo di Caprio, y además en tonos fucsia. Porque en eso de la moda puede pasar, por ejemplo, que digas vale, me han convencido. Voy a vestirme de maricón para no parecer un cerdo machista. Y entonces dejes de peinarte como Manolo Escobar, tires la camisa modelo El Fary, quemes el traje que luciste en el estreno de Torrente-2, y luego te adereces moderno según el look actualísimo de Fiu Fiu, lo completes con un pantalón de cuero Jilichois, te vayas al bar de Lola, y allí te apoyes con el cigarrillo en alto y un codo en la barra, lánguido como si fueras un modelo de Olivier Nemefrega, y pidas un jumilla para bebértelo en plan sensible, acariciándote el mentón. Y puede ocurrir, claro, que Lola -treintena larga, morena, hembra de bandera- que tiene una foto de Harrison Ford clavada con chinchetas junto a la caja registradora, te mire muy seria, muy despacio, de arriba abajo, y luego te pregunte: «¿Tú te has vuelto gilipollas, o qué?».

20 de mayo de 2001

domingo, 13 de mayo de 2001

Colección de primavera


Pues eso. Que ya se nos instaló el buen tiempo, y las chicas guapas pasean pisando fuerte como si no fueran a envejecer nunca. Y las terrazas de los bares y de los cafés se llenan de mesas, convirtiéndose en atalayas privilegiadas para la gente a la que le gusta sentarse a ver pasar la vida. Ya conocen algunos de ustedes mi debilidad, tan mediterránea ella, por sentarme en las terrazas a mirar. Porque no hay observatorio más exacto. Te sitúas al acecho como un francotirador, con un libro, una re¬vista o los diarios como parapeto, y de vez en cuando levantas la vista a ver qué se te pone delante. Por una terraza desfilan todas y cada una de las facetas de la condición humana: la vanidad, la juventud, la decadencia, el amor, la miseria, la soledad, la locura. Allí, mientras remueves el café con la cucharilla, lo mismo desprecias hasta la náusea al ser humano que te conmueves bien adentro porque algo, un rostro, un gesto, una palabra, hacen que de pronto te sientas solidario y cercano. La vida, he dicho antes. Y a veces me pregunto cómo se las arreglan aquellos a los que nadie, una persona, un libro, su propio instinto, enseñó a mirar.

El caso es que estaba el otro día en Málaga, en plena calle Larios, y tras saludar a mis viejos amigos los camareros del café Central, obligado ritual cuando llego a la esquina, fui a sentarme en una mesa de afuera. El Central es uno de los apostaderos privilegiados de Málaga, y el encanto que le dan matrimonios mayores y parroquianos habituales que toman el aperitivo no consiguen cargárselo ni siquiera los guiris de sandalias con calcetines y bañadores floreados llega la temporada, querido vecino que miran el menú con desconfianza y luego piden una pizza, y a lo mejor es por eso por lo que suelen dirigirse a los camareros remedando un poquito el italiano. De cualquier manera, uno comprende que los del Central tienen que vivir, como todo cristo, y tampoco es cosa de echar a los guiris a hostias para mantener el encanto local del sitio. Un cliente es un cliente. Y el que no quiera guiris que se acerque a Argelia, que allí las terrazas de los bares están, creo, con un color local que da gusto verlas.

Pero a lo que iba. Les contaba que seguía yo en la terraza malagueña, mirando, y los guiris allí. tan panchos, con sus litronas de Lanjarón que ya se traen puestas y el menú y demás. Y en eso empezaron a llegar. Me refiero a esa maravillosa colección de personajes que, si te sientas en una terraza española, empieza a desfilar puntual ante tu mesa. Déme algo. Déme algo. Ocurre un poco por todas partes -Cartagena y Valencia, por ejemplo, están bien surtidas-, pero reconozco que no hay nada como Andalucía para material de primera clase. No vean esa Sevilla. Ese Cádiz. Esa Málaga. Y yo, que colecciono cierta clase de personal -hasta los apunto en pedazos de periódico y servilletas de bar para que no se me olviden-, disfruté como un serbio con un rifle repasando la colección de primavera que desfiló en sólo quince minutos.

Tengo delante de mí media hoja del Diario de Málaga escrita por los márgenes con el catálogo exacto. Primero fue un mendigo normal, de infantería, pidiendo para comer. Veinte duros. Luego una gitana con muy mala leche, que se puso como una fiera porque un guiri gordo con una camiseta de Parque Jurásico no la dejó pronosticarle su fascinante futuro. Tras la gitana vino una rumana jovencita y pelmaza, con esas faldas que llevan hasta los pies, que apenas desapareció de mi vista yo estaba ocupado intentando inútilmente convencer a un limpiabotas de que mis zapatos ya estaban lustrados e impecables- fue relevada por otra gitana guapetona que vendía claveles. A todo esto, un loco, o sea, uno que estaba majareta perdido, se paseaba entre las mesas mirando muy serio a los que allí estábamos y de vez en cuando soltaba largas parrafadas con mal humor, como si tuviera algún problema personal grave e insoluble. Me distrajo del loco un flamenco flaco, con tejanos, camiseta y un peine en el bolsillo trasero del pantalón, que de buenas a primeras apareció y se puso a cantar bandolero, bandolero, con una cuerda menos en la guitarra y un morro que se lo pisaba. Otros veinte duros. Aún pasó una tercera gitana pidiendo para la leche de sus niños. El loco se había sentado en un escalón de la puerta de al lado y le contaba su vida a una familia guiri, padre, madre y tres niños rubios, que estaban tan acojonados que no osaban levantar la cabeza de los platos de hamburguesa. Es inofensivo de toda la vida, les decía el camarero, campechano, sin convencerlos del todo. Pero lo mejor de la serie fue un fulano muy moreno y sin afeitar que llegó a última hora pidiendo de mesa en mesa, con un pantalón remangado hasta el muslo y la pierna absolutamente sana. Sucia que te rilas, eso sí. Pero sana que daba gloria verla. El tío se ponía delante de ti, te enseñaba la pierna por las buenas, y la gente le daba. Yo mismo aflojé mis últimos veinte duros. Y es que, como dicen por allá abajo, ciertas cosas tienen mucho arte.

13 de mayo de 2001

domingo, 6 de mayo de 2001

Eutanasia para todos


Pues eso. Que van los holandeses y aprueban la eutanasia, con lo que Jean Schalekamp, mi traductor hereje afincado en Mallorca -quien por cierto acaba de sacar un libro de reflexiones estupendo titulado Sin tiempo para morir; con un cuadro de Muriel, su mujer, en la portada-, puede regresar a la lejana patria dentro de unos años, cuando esté hasta los huevos de tropezarse con alemanes en la isla, y allí pedir que le arreglen los papeles y si te he visto no me acuerdo. Porque si envejecer se ha puesto chungalay para un abuelete español, para un septuagenario holandés, vivir en España y además rodeado de alemanes -cuando invadieron Holanda, el duque de Alba a su lado fue un benefactor de orfanatos- puede terminar haciéndose muy cuesta arriba.

Precisamente estábamos el otro día comentando el asunto, y mi amigo el holandés errante me explicaba que la decisión tomada en su país es fruto de veinte años de reflexión, y que la eutanasia activa sólo puede ser utilizada de forma voluntaria por enfermos terminales con dolores insoportables sin perspectiva de mejora, que además hayan expresado clara y repetidamente su voluntad de hacer mutis por el foro. Para evitar abusos, añadió. Y yo le dije hombre, pues no sabes cuánto me alegro, va a ser cosa de que, ya que publicáis allí mis libros, a ver si os enrolláis un poquito y me dais la doble nacionalidad por el Sol de Breda, oye, que nunca está de más tener disponible la puerta trasera. No sea que un día necesite yo de verdad, es un suponer, la espada de Catón o la cicuta de Sócrates, y no tenga a mano quien me facilite el trámite si me tiembla el pulso, como esos samurais que al hacerse seppuku tenían detrás a un compadre dispuesto para echar una mano si daban el espectáculo. Que en España, con el Pepé y los obispos y la demagogia de los cojones, y con cómo se ha puesto el patio con las pensiones y los diez millones de abuelos decrépitos que vamos a ser buena parte de los españoles de aquí a nada, nunca sabes dónde, cómo y cuándo van a darte por saco.

Eso le dije, más o menos. Y Jean, que aunque se ha pasado la vida fuera de Holanda -se la ha pasado aquí, que ya son ganas- sigue teniendo los reflejos de un hombre práctico y civilizado, respondió: no, hombre, tranquilo, seguro que al final se impone el buen sentido, mira que Izquierda Unida ha planteado ya el tema en el Parlamento. Y yo, después de atragantarme con la cerveza, me lo quedé mirando y le dije peor me lo pones, camarada, que como tú de joven fuiste comunista y estabas de guardia para defender la sede del partido en Amsterdam aquella noche que los tanques rusos invadieron Checoslovaquia, crees que eso que antes llamabais izquierda tiene algo que ver ahora en España con la palabra izquierda. Mira al PSOE, anda, y que no se te note la risa. O mira a Izquierda Unida cómo hace el chorra, y encima con esa apendicitis batúa que les ha salido, el tal Madrazo, que habría hecho un trío de lujo con los hermanos Tonetti. Además, aquí en España no pasa como en otros sitios, o al menos pasa de forma mucho más descarada; y cuando algún político hace bandera de algo, ése algo puede darse por bien manipulado y bien jodido. Porque a demagogos y a hijos de puta te juro que no nos gana nadie.

Y es que, colega -añadí-, esto no es Holanda, ni Noruega; una vez puestos, haríamos la ley de eutanasia más moderna y avanzada del mundo mundial, para que no se diga. Eutanasia para todos, obligatoria, incluidos los inmigrantes y los patos del coto Doñana, por eso de las oenegés. A ver por qué no va a haber una ley puntera sobre eutanasia en un país que tuvo la ley de fugas y tuvo la LOGSE. Y me juego ahora mismo la mierda de pensión que me van a pagar cuando me corresponda, si es que me corresponde, que a los tres días cada comunidad autonómica y cada particular estarían rizando el rizo para su provecho, con las familias todo el día dando la barrila, ande, papá, que ya le toca descansar, hombre, y tiene a la pobre mamá aburrida de esperarlo en el cielo. Y esos ancianetes soltando caguendiez y cagüentodo mientras se los llevan en la camilla, llenos de tubos, diciendo oiga, que yo no quiero, que son mis hijos y mis yernos, esos cacho cabrones que me han hecho firmar no sé qué poderes y el testamento. O imagina las listas de espera de la Seguridad Social para obtener la pastilla que te libre del cáncer terminal que te hace blasfemar en arameo; tal como van las cosas por aquí, cuando llegue tu turno habrán pasado por lo menos seis meses desde que, chof, te tiraste del sexto piso y no veas ese primer día de vacaciones de Semana Santa o de verano, con el coche cargado con las hamacas, la sombrilla y los zagales en el aparcamiento del eutanatorio, y la madre diciendo: niños, esperad aquí un momento y sed buenos, comeos el bocadillo mientras llevamos al abuelito a que le den matarile.

6 de mayo de 2001

lunes, 30 de abril de 2001

Mil millones de rayos


Las cosas que tiene la vida. Estoy en París de la Frans de entrevistas y cosas así por mi última novela traducida al gabacho, y sentado muy serio en el hotel respondo a las preguntas de éste o aquel periodista sobre esto y lo otro, ya saben, el impulso creativo y todo eso que te pregunta la gente para poner de manifiesto que no se ha leído el libro ni falta que le hace; y encima te miran raro cuando dices oiga, yo escribo porque contando historias me lo paso de puta madre. Para angustias creativas y recherches de I'inspiration perdú vaya y pregúntele a Vicente Molina Patedefuá o a uno de ésos que viven de los suplementos literarios y del cuento sobre la obra maestra que en realidad, criaturitas, no escriben porque no quieren. Yo sólo le doy a la tecla: sujeto, verbo, predicado, planteamiento. Nudo y desenlace. Una vulgaridad. Un simple Tusitala de infantería, sin columna en las páginas de cultura de El País. El caso es que en esas te pasas el día. Larga que te larga. Y luego llega una fotógrafa que es clavada a Elizabeth Sue pero en franchute, y a ti se te cae el café en el pantalón mirando adivinen qué. Y sales en las fotos con cara de gilipollas. Que esa es otra. Pero lo peor de todo es que te ha pasado el día mirando el reloj en busca de un rato libre, de un hueco para saltar a un taxi y escaparte a la plaza del Trocadero, casi encima de la torre Eiffel. Porque allí, en el museo de la Marina, está la exposición temporal Mille sabords! -mil portas de cañón, o mejor mil rayos, en traducción libre-, subtitulada Tintin, Haddock y los barcos. Y eso, con novela o sin novela mía de por medio, no estoy dispuesto a perdérmelo por nada del mundo.

Algunos de ustedes comprenden lo que quiero decir. Quienes, como el arriba firmante, jugaron al ajedrez con el general Alcázar, resolvieron el enigma de los tres Unicornios -«Tres hermanos juntos navegando al sol del mediodía...»- o se enfrentaron con el submarino pirata del capitán Kurt al timón del Ramona en aguas del mar Rojo mientras Haddock rompía a martillazos al telégrafo de órdenes, sabrán a qué me refiero. Compartirán lo que sentí cuando, al fin, liberado por un rato de compromisos editoriales, crucé la puerta del museo entre una nube de escolares pequeñajos y ruidosos que caminaban de dos en dos, cogidos de la mano. Y al fondo, en las últimas salas del museo gabacho -bastante menos dotado, por cierto, que el magnífico museo naval de Madrid-, caminé despacio, como quien recorre una catedral, por las escenas expuestas, por lugares que eran tan familiares a mi memoria que los habría reconocido sin necesidad de rótulos ni láminas explicativas. Allí estaba la historia de una amistad legendaria: el vínculo establecido entre un joven reportero de mechón rubio y un borrachín capitán de la marina mercante, que habría de llevarlos a través de los mares y desiertos, a las heladas cumbres del Tíbet ya los silenciosos cráteres de la Luna. Ese largo camino yo también lo había hecho con ellos, página a página, sueño a sueño, y su historia también era mi historia. Tintin, Haddock, Milú, yo mismo. Por eso al recorrer aquellas salas me sentía recorriendo mi propio pasado. Todo empezó con una lata de cangrejo, naturalmente. Luego, el Karaboudjan en el muelle. La camareta del Aurora durante una tormenta. La estrella misteriosa. El libro de memorias del caballero Francisco de Hado que, comandante del navío real Unicornio. El Sirius alquilado al capitán Chester. La sala de marina del castillo de Moulinsart... Era mi infancia la que pasaba ante mis ojos, y de nuevo sentía erizárseme la piel como cada vez que abría una de aquellos álbums -me niego a escribir álbumes- que todavía conservo y hojeo con devoción y más cuidado que si manejara un Quijote de Ibarra. Otra vez me sentía frente a la aventura apasionante del viaje, la observación, la deducción y la resolución de un enigma a cuyo término ya no eres el mismo, pues tu vida se ha modificado en alguna de las múltiples direcciones que ofrecen el azar o el destino. Y todo eso junto a un perro fiel, y junto a un amigo duro y bronco -¿qué más se puede pedir?-: un marino barbudo, alcohólico, más furibundo que el pélida Aquiles, aficionado a encadenar insultos y juramentos:

Bachibuzuc, bebe-sin-sed, zuavo, negrero, tecnócrata, sajú, pirómano, Fátima de baratillo, anacoluto, coloquinto, ecto- plasma, paranoico, imbécil. O ese definitivo e inolvidable: iMil millones de rayos!

Así que si ustedes son de los que conocen el whisky Loch Lomond y el significado de la enigmática frase ametrallador con babero, y resulta que van a París a presentar una novela o a lo que sea, dejen esta vez el Louvre para los japoneses; la Gioconda Va a seguir allí, esperándolos igual que las furcias de la rue Saint Denis. En vez de eso, ya saben: plaza del Trocadero -tiene estación de metro-, museo de la Marina, exposición Mille sabords!, abierta hasta el 21 de noviembre. No todos los días puede uno tocar con sus propias manos el submarino del profesor Tornasol.

29 de abril de 2001