domingo, 30 de agosto de 1998

San Fermines y enfermeras

Pues ya ves, Marina, tronquilla, a algunas enfermeras no les gusta que digas que no quieres ser enfermera. Se suben por las paredes y te acusan de insultar al muy honrado gremio, hay que ver, quién se habrá creído que es esa tía, oye, la Mayoral, despreciando e insultando y vilipendiando nuestra profesión de ese modo tan agresivo e infame. Así que, claro, escriben cartas al director poniéndote a parir. Y es que te olvidaste, colega, de que en este país el todo suele sentirse aludido en la parte, por mínima que sea, con una susceptibilidad que ya quisiéramos para otros asuntos de más enjundia. Es como si yo digo, por ejemplo, que mi vocación de toda la vida fue capador de canarios flauta, y que nunca me llamó la atención lo de ser, no sé, bombero; y el colectivo de bomberos va y se ofende, y me dice oiga usted, a ver por qué insulto a los bomberos, y que si tengo algo contra los cascos y las mangueras, y que la próxima vez que se le pegue fuego a mi casa van a apagarlo mis muertos con un sifón. Y es que, entre la falta de sentido del humor y la mala leche que tenemos en este país maldito de Dios, con la tecla, Marina, hay que cogérsela siempre con papel de fumar, o con lo que industriéis las hembras en tales casos. Me refiero a la tecla y al equivalente. Y por cierto, antes de que la AEPG – Asociación de Erizas en Pie de Guerra- se abalance sobre la Olivetti, el PC o el bolígrafo, matizaré que, según el diccionario de la R.A.E., hembra, del latín fémina, significa animal y/o persona del sexo femenino, o sea, mujer. Así que pueden ahorrarse la bronca y el sello de Fernando VII.

Por cierto, y ya que hoy vamos de broncas y de sellos, aprovecho para responder a los seis o siete lectores de Pamplona que han escrito jiñándose en mis mulés por el artículo que escribí choteándome, dicen, de los sanfermines; y para acusarme, por natural extensión, de insultar a Navarra, a la Euzkadi irredenta, al fantasma de Zumalacárregui y al detente bala de San Apapucio, requeté y mártir. Porque el arriba firmante, o sea, yo, se niega a comerse ese marrón. Ni he estado en Pamplona, ni visité los sanfermines en mi puta vida, ni escribí nunca sobre el asunto. Quien sí lo ha hecho, creo, en fecha reciente, ha sido mi viejo colega Javier Reverte, que no es un pseudónimo mío sino un señor que se llama así, Javier Reverte, por el morro. O sea, un fulano que ni es pariente mío ni es nada, aunque, eso sí, compartimos vieja amistad y recuerdos desde hace casi treinta años, cuando ambos nos ganábamos la vida, él como articulista y yo como reportero, en Pueblo. Así que si a alguien tienen que inflar a hostias vayan e ínflenlo a él, y a mí no me den la barrila con artículos de otros. Además, de ese modo, Javier tendrá un pretexto para huir de este país de gilipollas y largarse otra temporada al extranjero y escribir otro libro de viajes estupendo como ese de El sueño de África, que lleva la tira de tiempo encabezando lista de más vendidos, y con razón. Que es que hay que leer mejor las firmas, listillos. Y enterarse.

Y para terminar, ya que hoy me he arrancado por el palo de los asuntos personales, quiero dar las gracias a Ángeles Caso por, ella sí, reivindicar la honra del muy honesto gremio de enfermeras y ofrecerse voluntaria para atendernos a Javier Marías y a mí en caso de estocadas o pistoletazos mutuos. Su rasgo me decide definitivamente a dejarme herir por mi vecino de página, a ser posible con el consabido tiro en el hombro; pues sólo pensar que Ángeles se ocupe de velar mi delirio vestida de Beba la Enfermera hace que se me salten los pulsos. Adoro a esa mujer desde que entramos juntos en la tele, a mediados de los años ochenta; y siempre le digo que podría ser la Bárbara Cartland española pero en plan bien, si quisiera; lo que pasa es que no quiere. Si yo fuera su editor, me forraba, porque tiene todos los ingredientes: escribe bien, es educadísima, pálida, frágil, sensible y romántica, con unos ojos de a palmo, y siempre la recordaré una tarde gris de otoño embelleciendo con su mera presencia los cuadros de Brueghel el Viejo en el museo Kunst de Viena. La imagino ahora al amanecer, con su pamela y su sombrilla, recogiéndome herido sobre la hierba junto a un acantilado asturiano, como en La mujer del teniente francés, y luego aliviándome las horas de dolor con tisanas y con piezas de Chopin al piano, mirándome con esos ojos que deberían pagar impuestos. Así que te juro que nunca será tuya, Marías, perro inglés. Never never never de never. O sea, nunca.

30 de agosto de 1998

domingo, 23 de agosto de 1998

Gili-Restaurantes

Hay gilipollas y gilipollas. Quiero decir que hay tontos del haba congénitos, de pata negra, que no lo pueden evitar por mucho empeño y buena voluntad que le echen al asunto. Individuos e individuas que si se presentaran a un concurso de gilipollas serían descalificados en el acto, por gilipollas. Gente cuya naturaleza biológica incluye la gilipollez de modo perfectamente natural, como la de otros incluye tener los ojos azules o alergia al pescado. O sea, gente de esa que llega la enfermera y le dice al padre que está fumando en el pasillo: “Enhorabuena. Ha tenido usted un gilipollas de tres kilos y seiscientos gramos”.

Como ven, hablo de gilipollas que no pueden evitar serlo, hasta el punto de que algunos, de puro chorras, llegan a caer bien. Uno los ve, los oye y se dice: “Es simpático este imbécil”. Sin embargo hay otra variedad más común, más de andar por casa. Más ordinaria. Hablo del gilipollas vocacional: del que se esfuerza a diario por avanzar paso a paso en el perfeccionamiento de una gilipollez a la que aspira con entusiasmo. Esos gilipollas aficionados dan lugar a un fenómeno que podríamos definir como pseudo-gilipollez o variante hortera de aquélla. Lo malo es que, a diferencia del a otra, perfectamente localizada en lugares y medios especializados de las Españas, esta última te la encuentras en la vida diaria, a la vuelta de la esquina, contaminándolo todo.

Pensaba en todo eso el otro día, cenando en un restaurante pijolandio de los que pretenden cierto nivel, Maribel, en una localidad costera. Uno de esos en cuyo vestíbulo hay una señorita muy arreglada, con falda corta y pulseras, muy peripuesta y dinámica como en las películas de ejecutivas que salen en la tele, y que nada más verte entrar dice:“Hola, ¿tenéis reserva?”, tuteándote cual si hubieseis vivido ella y tú intimidades previas, hasta el punto de que te sientes en la obligación de dirigirle a tu acompañante una mirada de excusa, como diciéndole: “Te juro que no conozco de nada a esta tía”. (De cualquier modo, peor sería que te estampara una par de absurdos besos en las mejillas, muá, muá, como hace ahora a las primeras de cambio toda mujer a la que te presentan. Vulgaridad notoria que, cabroncete como soy, suelo prevenir dando antes la mano a distancia y prolongando unos segundos el apretón, para que las besuconas se den con mis nudillos en el estómago al acercarse dispuestas al ósculo).

El caso es que el restaurante era playero, con pretensiones de diseño y alta cocina moderna y unos precios que te rilas, Arturín, y menudeaba de clientes ad hoc: Lacoste, pantalón corto hasta la rodilla y con raya, zapatos tipo mocasín sin calcetines, teléfono móvil y toda la parafernalia, incluyendo la prójima operada y haciendo juego. Hecho un paria entre tanta elegancia, con mis viejos tejanos de pata larga y la barba de semana y media, me vi obligado a decirle al camarero “estará bien, no se preocupe” ante su extrañeza de que no catase el vino, que él había servido con mucho aparato y movimiento de corcho, en vez de dedicar yo a tan fundamental operación los diez minutos que en las otras mesas se consagraban al asunto, fruncido el ceño, moviendo la copa para aspirar el aroma, chasqueando la lengua antes de declarar “excelente” con tanta gravedad y aplomo como si los tiñalpas hubieran pasado la infancia entre viñedos de Borgoña.

El maître, muy serio y muy consciente de la solemnidad del momento –ilustres intelectuales de aquí afirman que comer es un acto cultural comparable a leer a Proust-, nos recomendó algunas especialidades de la casa, destacando las cigalitas, los boqueroncitos y las almejitas, y sugirió la doradita o la lubinita, esta última con unas patatitas a lo pobre o unos buñuelitos de bacaladito con salsita de frambuesita. Y no faltó, a los postres, la visita del cocinero, o vete a saber quién era el pájaro, un fulano vestido de blanco con su nombre bordado en el bolsillo, que recorría las mesas estrechando manos y dando conversación en un compadreo que a algunos clientes parecía encantarles, pero a mí me hizo temer se nos sentara en la mesa y nos chuleara un café por el morro. Así que pedí apresuradamente la dolorosa –el maître se mosqueó un poco cuando le dije que hiciera el favor de traerme la fuentecita porque nos íbamos a la callecita- y me encaminé a la puerta con mucho alivio. Y todavía allí, al paso, la torda de la minifalda y las pulseras nos obsequió con un “hasta luego”. Como si hubiéramos quedado para después en el bar de la esquina.

23 de agosto de 1998

domingo, 16 de agosto de 1998

El sello infame

Pues resulta que recibo una carta con sus sellos pegados, y entre ellos hay uno con el careto de Fernando VII (1784-1833). Y me digo: hay que fastidiarse, colega. Con la de reyes que ha habido en este país, reyes para dar y regalar, y tiene que salir ése en mi carta, oye, el mayor hijo puta que llevó corona. El rey más cobarde, más vil y más infame que hemos tenido en esta tierra donde de monarcas chungos sabemos un rato, y a quien ni siquiera esa cara de atravesado y de borde relamido que le pintó Goya -el sordo sabía mirar adentro- hizo justicia.

He escrito alguna vez que la estupidez, la ignorancia voluntaria, la deslealtad y la mala fe en políticos y monarcas me vuelven intolerante hasta el punto de hacerme añorar, a veces, una guillotina en mitad de una plaza pública. Pero en el caso de Fernando VII esa añoranza mía roza la frustración. Porque ese individuo, que nunca vio su cabeza en un cesto como el idiota de su primo el gabacho gordito, fue un perfecto miserable y un canalla, pero nunca fue un estúpido. Y su vileza ante Napoleón, la negra reacción en que sumió a España tras la expulsión de los franceses, su camarilla de canónigos y mangantes, su persecución de liberales, su desprecio a la Constitución entonces más avanzada del planeta y su despotismo salvaje, no se debieron a impulsos imbéciles, sino a cálculos inteligentes, astutos y cobardes. Fernando de Borbón fue capaz de denunciar a sus cómplices en la conjura contra Godoy, de lamerle las botas al francés que lo despojaba de un reino, de condenar a muerte a quienes le devolvieron la corona; y todo eso lo hizo sopesando minuciosamente los pros y los contras. Fue como los malvados de las viejas películas, pero peor. Fue un rey malo de cojones.

Recuerdo que hace cosa de un año estuve dándole vueltas al personaje, después de una representación de "El sí de las niñas", de Moratín. Cuando vi a Emilio Gutiérrez Caba interpretar de forma excelente al maduro don Diego en la última escena del tercer acto -"Eso resulta del abuso de autoridad, de la opresión que la juventud padece"- no pude menos que pensar, como me ocurre ahora ante el sello de marras: qué mala suerte, qué desgraciado país el nuestro, siempre a punto de conseguirlo y siempre recibiendo a última hora un sartenazo que lo pone todo patas arriba, que nos arroja de nuevo al abismo. Cuando por fin nos hacemos romanos y hablamos latín y construimos acueductos, llegan los bárbaros. Cuando el Renacimiento y los siglos de oro nos pillan siendo primera potencia mundial, aparecen Lutero y Calvino, viene la Contrarreforma y todo se va a tomar por saco. Y cuando por fin nos encontramos ante la gran oportunidad del siglo de las luces y la revolución, y hay gente como Jovellanos y Moratín y Goya, llegan los franceses y nos funden los plomos, y a los lúcidos los convierten en afrancesados. Y encima, sin proponérselo, hacen de un Borbón abyecto un héroe nacional. Y aún así hay militares que leen libros y hablan de soberanía popular y de libertad, y españoles dispuestos a ponerse de acuerdo, aunque sea para degollar franchutes, y políticos capaces de sentarse en Cádiz a hacer una Constitución que es la leche. Y entonces Fernando VII vuelve a por una corona que no se ha ganado, y asesorado por curas fanáticos, por correveidiles y lameculos, va y se lo cepilla todo, abole la Constitución, cierra periódicos y teatros, y ejecuta a los generales y guerrilleros que pelearon por él, menos a Mina, que se larga a Francia, y después a Riego, y al empecinado, y a Manzanares y a Torrijos y a Mariana Pineda; y Francia e Inglaterra se llenan de exiliados, y aquí se impone la reacción más siniestra, y otra vez, como siempre, a las tinieblas cuando estábamos a pique de levantar cabeza. Y encima, cuando se muere, el tío nos deja de herencia a la chocho loco de su hija Isabelita, que trajo cola. Y de postre, las guerras carlistas.

En fin. Cuando empecé a teclear estas líneas iba a pedir que me ahorren cartas con la jeta de ese rey, que maldita sea su estampa. Pero, pensándolo mejor, rectifico. Es bueno recordar que la infancia existe, y que siempre acecha un vil mierdecilla dispuesto a cargárselo todo con el pretexto de la religión, la raza, la nación, la lengua o el chichi de la Bernarda. Caciques locales, mercachifles de feria, apostólicos postmodernos, reaccionarios a quienes ahora no se les cae la palabra democracia de la boca, pero siguen queriendo devolvernos al pozo de las sombras.

16 de agosto de 1998

domingo, 9 de agosto de 1998

El último ojal

Fue el otro día, en Gijón. Era domingo y hacía sol, y la playa, y el paseo marítimo, estaban a tope de gente remojándose en el agua o apoyada en la barandilla de arriba, mirando el mar. Todo era apacible y muy de color local, gente de allí en plan familiar, sin apenas guiris. Era agradable estar de codos en la balaustrada, observando la playa y las velas de dos barquitos que cruzaban lentamente la ensenada. Había una cría dormida sobre una toalla junto a la orilla, y chiquillos que alborotaban entre los bañistas, y jovencitas en púdicos bikinis y mamás y abuelas en bañador respetable que charlaban mojándose los pies. Y un niño rubito y tenaz, un tipo duro que había hecho un castillo de arena y estaba sentado dentro, reconstruyendo impasible la muralla cada vez que el agua la lamía, desmoronándola. Lo que, por cierto, no es mal entrenamiento de vida cuando apenas se han cumplido siete años.

La pareja no me habría llamado la atención -había docenas semejantes- de no ser porque vi el gesto de la mujer. Eran dos abueletes que habían estado un rato a remojo. Llevaba ella un vestido de esos veraniegos para señora mayor, estampado, con botones por delante, y una cinta en el pelo que le recogía el cabello gris. Era regordeta y menuda. El estaba en bañador, un calzón de playa de color discreto, y se abotonaba despacio, con dedos torpes, los botones de la camisa gris de manga corta. Tenía las piernas flacas y pálidas, de jubilado al que le queda verano y medio, y la brisa le desordenaba el pelo blanco alrededor de la frente salpicada, como sus manos, con las motas que la vejez imprime en la piel de los ancianos. Los dedos del hombre no acertaban con el último ojal, y vi que la mujer le apartaba delicadamente la mano y se lo abotonaba ella, y luego, con un gesto lento y tierno, le pasaba la mano por la cabeza, como si quisiera arreglarle también un poco el pelo, peinárselo con los dedos y dejarlo un poco más guapo y presentable.

Me quedé mirándolos hasta que se alejaron camino de las escaleras, y aún vi que él se apoyaba en el hombro de ella para subir los peldaños. Y me dije: ahí los tienes, Arturín, toda la vida juntos, cincuenta años viéndose el careto cada día, y los hijos, y los nietos, y cállate y lo que yo te diga, y el fútbol, y aquella época en que él volvía tarde a casa, y el mal genio, y el verlo tanto en sus momentos de hombre que se viste por los pies como en los momentos de miseria; y en vez de despreciarlo de tanto asomársele dentro, de no aguantarlo por gruñón o por egoísta, ella aún tiene la ternura suficiente para ponerle bien el pelo después de abrocharle ese último botón en el ojal. Y a lo mejor él ha sido un tío estupendo o un canalla, y eso no tiene nada que ver, y resulta compatible con el hecho de que ella, que parió sola, que se calló por no preocuparlo cuando sintió aquel bulto en el pecho, que se ha estado levantando temprano toda la vida para tener paz en una cocina silenciosa, le siga profesando una devoción que nada tiene que ver con lo que llamamos amor; o a lo mejor resulta que el amor es eso y no lo otro, ese ejercicio de lealtad que puede consistir en repeinarlo con la mano, en decirle ponte guapo, Manolo. En que ella, que siempre fue al médico sola hasta cuando pensó que se iba a morir, entre en la consulta con él y le diga siéntate aquí, anda, estate quieto, que ahora viene el doctor. En cerrarle con disimulo la bragueta cuando él sale a pasitos cortos del servicio. En dedicarle una vida que él no siempre supo merecer.

Y ahora él depende de ella, y es ella la que lo sostiene como en realidad lo ha sostenido siempre. Y un día Manolo, o corno se llame, dirá adiós muy buenas; y ella, que renunció a tantos sueños, que se impuso a si misma un extraño deber unilateral, que no vivió nunca una vida propia que no fuera a través de él, se quedará de golpe quieta y vacía, perdida su razón de ser, con hijos y nietos que de pronto se antojan lejanos, extraños. Añorando la cadena que la ató recién cumplidos los veinte, cuando casarse, poner una casa, tener una familia, era un sueño maravilloso como el de las poesías y las películas. A lo mejor, antes de hacer mutis, él tiene tiempo, decencia y lucidez para darse cuenta de lo que ella fue en su vida. Y entonces echará un lagrimita y le dirá eso de que lamenta haberla tenido como una esclava, etcétera. Y ella, una vez más, se callará y le pondrá bien el pelo, para que agonice guapo, en vez de decirle: a buenas horas te das cuenta, hijo de la gran puta.

9 de agosto de 1998

domingo, 2 de agosto de 1998

Aterriza donde puedas

15.000 Maletas en un día no las pierde un aeropuerto ni a propósito, con todos los empleados dedicándose concienzudamente a perderlas una tras otra. Esa cantidad no la pierde ningún aeropuerto del mundo. -ni siquiera del tercer mundo- excepto el de Madrid-Barajas. Porque, digan lo que digan viajeros con muy poco sentido del humor y muy pocas ganas de aventura y de marcha, para extraviar esa cantidad de maletas de una sola tacada hay que valer. Hay que tener hábito, entrenamiento, práctica, qué sé yo. Tener juego de muñeca, afición y vocación. Para perder de golpe todos esos equipajes y que no sea un hecho aislado y a lo tonto, un suceso casual y anecdótico, sino una fase más de la reconversión del principal aeropuerto de las Españas en una perfecta casa de putas, en una curiosidad internacional sólo comparable al más difícil todavía, ale hop, y al número de la trompeta y la cabra, es necesaria una larga experiencia previa, unos empleados duchos en el difícil arte de tocarse los huevos, unos pilotos y controladores con más morro que un oso hormiguero, un personal de vuelo y de tierra que siempre parezca desayunar vinagre, unos sindicatos lo bastante abyectos para presionar sólo en interés de su nómina y nunca del viajero, unos jefes despojados del menor rastro de vergüenza, una red informática con más agujeros que la ventana de un bosnio, una compañía Iberia que se haya convertido en hazmerreír de los cielos y la tierra, un organismo estatal llamado AENA que sea el colmo del caos y la ineficacia, y un Ministerio de Fomento incapaz de prever y de ordenar, donde, como siempre, desde el ministro Arias-Salgado hasta el último subsecretario, o lo que carajo sean, nadie tenga la menor culpa de nada, nadie esté dispuesto a asumir la mínima responsabilidad, y todos ignoren, contumaces, que las palabras dimisión y cese vienen con todas sus letras en el diccionario de la R.A.E.

Reconocerán Vds. conmigo que reunir todas esas condiciones en un solo aeropuerto de una sola ciudad de un solo país no está al alcance de cualquiera. Y mucho menos con el añadido de esa espléndida guinda que suponen las instalaciones en sí, con insuficientes carritos de equipaje, con largos pasillos por los que correr arrastrando - cuando aparecen- enormes maletas, con media hora de caminos, vueltas y revueltas para enlazar un vuelo con otro, con esa megafonía inaudible hasta para avisar a los pasajeros de que miren los monitores porque la megafonía no siempre es audible, con las colas absurdas e interminables, con esos túneles retráctiles que por alguna misteriosa razón apenas se usan, con los autobuses zarandeando a viajeros ateridos de frío o achicharrados de calor, amontonados y maltratados como si en vez de ir a un avión aquella fuera la línea de autobuses Barajas-Auschwitz, y con un puente aéreo Madrid-Barcelona que, después de años de puntual y eficaz funcionamiento, se ha convertido también, supongo que por contagio, en una película de los hermanos Marx.

Algo así no existe, repito, en ningún otro sitio del mundo mundial. Y sería una lástima perder lo que con tanto sudor y lágrimas ha ido lográndose en Barajas, botón de muestra de lo que puede ser lo nuestro cuando nos ponemos a ello. El aeropuerto de Madrid ha hecho el nombre de esa ciudad famoso allende los mares y los cielos, y uno vea los guiris amantes de las emociones fuertes bajar de sus jumbos expectantes y excitados, hacerse fotos en las colas o cuando están tirados durmiendo por el suelo, etcétera, con una actitud de alucine sólo comparable a la de quienes visitan Disneylandia. Así que propongo, no solo conservar Barajas tal y como está, con el mismo personal y las mismas atracciones, sino echarle más imaginación al putiferio y explotar a fondo la cosa. Podrían organizarse, por ejemplo, pruebas con premio, del tipo correr en menos de quince minutos desde la terminal de vuelos de la CEE a vuelos internacionales, con puntos suplementarios por cada maleta de veinte kilos llevada a pulso, concursos de Cancelaciones Técnicas y Retrasos Operativos, divertidas loterías basadas en la hora sorpresa en que sale cada avión, recorridos de jubilados con mochilas por los pasillos kilométricos subiendo y bajando escaleras, bonitos juegos como Busque Su Maleta o Averigua Lo Que Suena - el detector de metales que pita hasta con un empaste demuelas o un DIU, demostraciones de cómo meter a quinientos pasajeros cabreados en un autobús y que al chofer no lo inflen a hostias, o elecciones de Miss Mala Leche entre algunas azafatas de vuelo.

2 de agosto de 1998

domingo, 26 de julio de 1998

El gringo malo

Hace casi tres décadas, cuando el arriba firmante era un piolín recién llegado al diario Pueblo, compartía con los redactores de la sección de Internacional un feroz antiamericanismo. Eran los tiempos de Vietnam, de l crisis del petróleo, de Chile, de la CIA metiendo mano por todas partes incluida España; y uno creía tener muy claro donde estaban los malos y dónde los buenos. Yo pedía ir siempre voluntario con los buenos; y los buenos eran palestinos, vietcongs, sandinistas y, en general, los que combatían a dictaduras y gobiernos sostenidos por Estados Unidos. Fernando Latorre, Chema Pérez Castro, Pedrusquiño y los otros redactores veteranos, que para mí eran la voz de la sabiduría, la experiencia y el oficio, profesaban odio bereber a todo cuanto oliese a gringo; y yo compartía su punto de vista, entre otras cosas porque me pasaba la vida yendo a lugares donde podía comprobar, en mi propia carne y en la de los desgraciados a los que veía bombardear, torturar y matar, los efectos de la política exterior norteamericana.

Luego pasó el tiempo, y los Estados Unidos metieron el rabo entre las piernas y estuvieron unos años achantados, digiriendo su propia basura, que era mucha. En cuanto a mi punto de vista sobre el origen de los males universales, fue modificándose con el natural curso de la vida. Anduve de acá para allá, vi cine alternativo, conocía norteamericanos maravillosos como Rust, el cámara de la CNN, o la fotógrafa Corinne Dufka, o Howard, mi agente literario neoyorkino; y terminé descubriendo lo que, tarde o temprano, descubre todo el que no es completamente imbécil: que eso de los buenos y los malos es mentira, que lo mismo degüella una daga artesana bendita por Alá que una bayoneta de M-16 fabricada en Illinois –o en donde fabriquen los gringos sus bayonetas-, que en todas partes hay gente estupenda, y que los verdaderos hijos de puta no tienen patria concreta, por que arraigan donde los eches.- No hay más que ver lo surtidos que andamos por aquí.

Sin embargo, y pese a que a los cuarenta y siete se ven las cosas de otro modo, he de reconocer que cuando uno de esos hijos de puta sale anglosajón, norteamericano y además senador, su fanatismo, hipocresía y bajeza pueden alcanzar virtuosismos inimaginables. Esta mañana, verbigracia, no tenía yo el Hola ni el Diez Minutos a la hora del colacao y los crispis. Así que al abrir el periódico me topé con el careto del senador Jesé Helms, cuya última hazaña es una ley para que el Estado no apoye a fotógrafos, directores de teatro o actores indecentes o exhibicionistas; en el muy amplio y meapilas sentido que la hipócrita sociedad dominante norteamericana tiene del asunto. Y ese Helms, reconocido clásico de una política conservadora estadounidense encantada de conocerse, proclive a combinar la Biblia con Tom Clancy, la gorra de béisbol, el hábito de Torquemada, la prohibición del tabaco y el fomento de las asociaciones de usuarios del rifle y el 44 magnum, es el mismo fulano que desde hace treinta años dedica su tiempo a luchar contra la pornografía y el antiamericanismo, lo que incluye, entre otras guindas, dar caña a los homosexuales y asfixiar a Cuba. La ley Helms-Burtosn no se llama así por casualidad.

Por eso, cuando me tropiezo, como hoy, con jetas como la del amigo americano, me acuerdo de José Luis Márquez, con quien estuve una noche, hace cinco o seis años, en un local de Nápoles lleno de marines rapados y borrachos, sin duda muy canónicos para el senador Helms y para la madre que los parió, de esos que patrullan el mundo con la chulería del que se sabe sin enemigo, sin importarles un carajo si Italia está en Europa o en África; hijos muy ganados a pulso y muy legítimos de una sociedad bastarda, analfabeta y autocomplaciente que desprecia cuanto ignora. El caso es que Márquez, acodado en la barra, con la cámara de la tele a los pies y una cerveza en la mano, miraba a aquellas malas bestias sobar a las mujeres, reírse de los camareros y mamarse hasta las patas.

-Ahí los tienes -dijo al rato. Los amos del mundo. Luego movió la cabeza y siguió con su Heineken. Yo no dije nada, porque pensaba en mis viejos maestros de la sección de Internacional de Pueblo, del mismo modo que hoy he vuelto a pensar en ellos. Quizá tenían razón, después de todo. Quizá no sea bueno olvidar que siempre hay alguien incubando el huevo de la serpiente.

26 de julio de 1998

domingo, 19 de julio de 1998

Lobos del mar

Su sueño es jubilarse para ir de pesca cuando les salga. Saben del mar más que muchos presuntos zorros de los océanos, de esos que van vestidos de diseño náutico y sacando pecho entre regata y regata. A éstos no les alcanza para diseño, porque no suelen ser gente de viruta; la mayoría sólo posee una modesta lanchita con fueraborda que apenas basta para gobernar allá afuera, cuando salta el lebeche o el levante coge carrerilla, o el Atlántico dice hola buenas. Los hay de todas las edades; pero el promedio sube de los cuarenta y madura hacia los cincuenta en sus dos variedades más comunes: flaco, tostado y chupaillo, o triponcete y tranquilo, este último a menudo con bigote. Se llaman Paco, Manolo, Ginés y cosas así, muy de diario. Y pasan la semana entera, en el taller, en la oficina, en la tienda, soñando con que llegue el fin de semana para madrugar o no acostarse, coger el bocadillo o la fiambrera -ahora tuperware- y salir, pof-pof-pof, a buscárselas. Algunos no pueden aguantarse y van un rato por la tarde, entre semana, o se levantan temprano y salen a echar el volantín en la bocana, o se van al muelle o al rompeolas con la caña y el cebo; y cuando su María se despierta y prepara el desayuno de los hijos, ellos aparecen por la puerta y se beben un café antes de ir al curro tras dejar en el frigorífico un pargo y una dorada para la cena.

Detesto matar animales por afición, y eso incluye a los peces. Llevo veinte años sin disparar un arpón submarino, y sólo admito pescar aquello que uno mismo puede comer. Pero asumo que, entre los depredadores bípedos, los pescadores son una raza superior. Ignoro cómo respiran las de rió y aguas dulces; pero a los de mar llevo toda la vida tratándolos. Des-de zagal me han admirado esos hombres -curiosamente casi no hay mujeres en este registro- capaces de permanecer en una escollera, tendida la caña y los ojos absortos, inmóviles durante horas, con el pretexto de un pez. De noche, cuando navego muy pegado a una costa, a un faro o a la farola de un puerto, veo sus fogatas, el resplandor de sus linternas, y a veces la brasa roja de sus cigarrillos brillando en la oscuridad; y en ocasiones, recortado en la luz de la luna o en el resplandor tenue que tienen a la espalda, el bosque de sus cañas al acecho. Pero la variedad que más me impresiona es la del que sale a la mar en un barquito de dos metros y te lo encuentras allá adentro fondeado horas y horas, balanceándose minúsculo en la marejada a las tres de la madrugada de una noche sin luna, apenas una linterna que enciende apresurado para señalar su posición cuando divisa las luces roja y verde de tu proa. A veces los oyes hablar por el canal 9, en clave para no dar pistas a posibles competidores: cómo lo llevas, fatal, no entra nada por aquí, dos raspallones, morralla, estoy donde tú sabes pero un poco más adentro, etcétera. Luego les ves llegar por la mañana con sus capturas, sin afeitar y con la piel grasienta, endiñarse un carajillo de Magno e irse luego cada mochuelo a su olivo, a llevarle a la Lola, o a la Pepa, o a la Maruja -que están hasta el moño de cocinar pescado- la pesca con que apañar el caldero del domingo. Con tiempo para detenerse, como los vi el otro día, ante un lujoso mega yate de tres cubiertas amarrado en la zona noble del puerto, mover la cabeza desaprobadores y comentarle al compadre: Desde ahí no puede echarse el cumcán.

Todos han pasado ratos de válgame Dios, de esos que juras no volver a subirte en la vida en algo que flote. Pero allí siguen. Sacan a sus nietos a echar el volantín, pasean por los muelles a fisgonear lo que traen otros, comentan los lugares adecuados, las incidencias, miran el cielo y prevén el tiempo mejor que Maldonado el de la tele. Guardan celosamente secretos que no confiarán nunca ni a sus mejores amigos: el bajo donde engancharon dos congrios, aquella punta donde entra la boga, ese mero al que llevan semanas acechando a poniente del sitio cual. Miran hacia el mar, donde está su ensueño, más que a la tierra, a la que dedican sólo el tiempo imprescindible. Y en el fondo, aunque afirmen lo contrario, les da igual pescar que no pescar; la prueba es que, con pesca o sin ella, siguen saliendo. Quizá ni ellos mismos sepan con certeza qué es lo que buscan, ni por qué. Pero es posible que intuyan la respuesta en su propia soledad y silencio, sedal en mano y mecidos durante horas por el balanceo del bote en la marejada. Con la línea de la costa -la línea de sombra de su vida a media milla de distancia.

19 de julio de 1998

domingo, 12 de julio de 1998

El tren expreso

No imaginaba el arriba firmante que a estas alturas el buen don Ramón de Campoamor pudiera interesar a alguien, pero me alegro.

Porque el caso es que algunos lectores y amigos -casi todos jóvenes- me piden el contexto de una cita sobre hijas y madres que hice un par de semanas atrás, al hilo de otro asunto. Temo defraudar expectativas, porque en realidad la cosa no forma parte de un poema largo de Campoamor, si no de una de sus célebres Humoradas, tan breve que consta sólo de dos versos: «Las hijas de las madres que amé tanto, / me besan ya como se besa a un santo». Lo que en el caso de don Ramón, como en el mío propio y en el del común de varones de mi generación para arriba, empieza a ser, ay, verdad dolorosa e indiscutible.

De cualquier modo, celebro que esto me dé ocasión para hablar de don Ramón de Campoamor y Campoosorio (1817-1901), poeta que tras vivir la gloria y la adoración en vida fue atacado, vilipendiado, pisoteado y despreciado después durante décadas, y lo sigue siendo hoy, por los mandarines de las bellas letras. Por supuesto, vivo no le perdonaron el éxito; pero cainismo hispano aparte, en su condena y ejecución post mortem hay otras cosas de más enjundia. Lo más suave que se dice de él, aparte de burgués, viejo y chocho, es ripioso, ramplón y filósofo barato. y -las cosas como son- lo fue muchas veces, sin duda. Su arte para resaltar lo obvio, sus cursiladas de juzgado de guardia, sus dísticos de abanico, su facilidad para versificar sobre cualquier gilipollez, están en letra impresa y basta echarles un vistazo para hacerse cargo de la cantidad de bazofia que parió el abuelo.

Y sin embargo, bajo todo eso, Campoamor sigue siendo un gran poeta. Alguien que, cuando se llega al verso adecuado, a la reflexión idónea, al poema preciso, sigue arrancando al lector una sonrisa, un estremecimiento de placer, estupefacción, complicidad o respeto. Existe una muy recomendable antología de Víctor Montolí editada por Cátedra; ya ella pueden acudir los interesados en la vertiente selecta del asunto. En cuanto al arriba firmante, soy -aparte Quevedo, Machado, Miguel Hernández y alguna cosa suelta del gran Pepe Hierro- analfabeto en materia poética; y sobre ese particular dejo los dogmas y cánones a la nómina oficial de bobalios, sus mariachis y sus soplapollas. Así que a título exclusivamente personal diré que a don Ramón hay que entrarle a saco y sin complejos, de cabeza en la obra completa, que ignoro si conoce edición moderna, pero es fácil encontrar todavía en antiguas ediciones por las librerías de viejo. Con este asturiano de Navia, lúcido, irónico, bondadoso, que fue rey de los salones e ídolo de madres y jovencitas de finales del pasado siglo, hay que tragarse sin pestañear la morralla y buscar las perlas, en gozosa tarea de lector honrado. y así, pasando páginas llenas de vapor de encajes y tez de nieve nunca hollada, y chorradas como la de «Es misterioso el corazón del hombre / como una losa sepulcra [sin nombre], o lo de «Mi madre en casa y en el Cielo Dios», tropezar de pronto con la maliciosa ternura de ¡Quién supiera escribir!, la ironía amoroso-burguesa de una cita en el cielo, el poema sobre la vejez del don Juan de Byron, el magnífico diálogo de Las dos grandezas -«¿Qué quieres de mí?» «¿Yo?, nada /que no me quites el sol» o ese El tren expreso largo, melodramático, tedioso a veces y lleno de ripios, pero que es necesario leer con paciencia para llegar al canto tercero, donde hasta los más escépticos se estremecen al leer: «Mi carta, que es feliz, pues va a buscaros / cuenta os dará de la memoria mía. / Aquel fantasma soy, que por gustaros / juró estar viva a vuestro lado un día...».

Adoré sin reservas cuando jovencito los versos de Campoamor, como los del Tenorio de Zorrilla y las rimas de Bécquer. Quizá porque una de mis abuelas, una señora rubia y elegante que cada tarde leía y hacía encaje de bolillos en un mirador, imaginando la felicidad que pocas veces tuvo, solía reunir a sus nietos y nos recitaba esos poemas de memoria, pues los había leído cientos de veces en su juventud. Recuerdo cada uno de los versos en su voz educada, limpia y grave. y recuerdo mis lágrimas, y las suyas, cuando llegaba conmovida a las últimas y fatales palabras de la carta de El Tren Expreso, que yo esperaba siempre con el alma en vilo: “Adiós, adiós! Como hablo delirando, / no sé decir lo que deciros quiero. / Yo sólo sé que estoy llorando, / que sufro, que os amaba y que me muero”.

12 de julio de 1998

domingo, 5 de julio de 1998

El señor de luto

Hace un par de días subí a El Escorial con mi amigo Pepe Perona, maestro de Gramática. Nos acercamos a rezarle un padrenuestro a la tumba de don Juan de Austria, nuestra favorita, y luego estuvimos respirando Historia en el panteón donde están enterrados -salvo un gabacho-todos los monarcas españoles desde Carlos V hasta ahora, o sea, casi nadie al aparato. Partiéndonos de risa, por cierto, con unas guiris que alucinaban por la cosa de los siglos, porque ellas lo más viejo e ilustre que tienen es el kleenex con que George Washington se limpió los mocos al cruzar el Potomac, o lo que cruzara el fulano. Que al fin y al cabo, como apuntó el maestro de Gramática, unos tienen una tecnología cojonuda y otros tenemos memoria.

El caso es que luego, caminando bajo la armonía simple y perfecta de aquellos muros y aquellas torres, nos acercamos hasta la exposición del cuarto centenario de la muerte de Felipe II. Zascandileamos por ella sin prisa, disfrutando como críos entre libros venerables, cuadros, armaduras, armas, objetos religiosos, monedas, retratos y todo lo que permite aproximarse, en sus dimensiones de luz y de sombra, a una época extraordinaria; cuando España, o las Españas, o lo que esa palabra significaba entonces, era potencia mundial indiscutible y tenía a la que hoy llamamos Europa bien agarrada por las pelotas.

Para nuestro bien y nuestro mal, nunca existió en el mundo monarquía como aquélla; donde confluyeron administración y arte, técnica y letras, diplomacia, guerra y defensa, crueldad e inteligencia, espíritu humanista y oscuro dogmatismo. Con aquella España, y con el rey que mejor la representa, fuimos grandes y terribles. Por eso, moverse por las salas de Felipe II: un monarca y su época, es acceder a las claves, a la comprensión del impresionante aparato que, durante un siglo y medio, hizo el nombre de España el más temido y respetado de la tierra. Es dejar afuera los prejuicios y las leyendas negras y toda la mierda fabricada por la hipócrita razón de Estado de otras potencias que aspiraban a lo mismo, y visitar con calma y reflexión los mecanismos internos de aquella máquina impresionante y poderosa. Es comprender la personalidad de un rey lúcido, prudente, con inmensa capacidad de trabajo y austeridad personal por encima de toda sospecha; acercarse a un monarca cuya correspondencia muestra hondos afectos y sentido del humor, y cuya biblioteca supone admirable catálogo de la cultura, el conocimiento, el arte, la inteligencia de su época. Personaje fundamental para entender la historia del mundo y la nuestra, que el final han tenido que ser hispanistas británicos quienes saquen de la injusticia y del olvido.

Visitar la exposición de El Escorial supone mirar con la mirada de un hombre de Estado, heredero de un orbe inmenso, que tuvo que batirse contra el Islam y contra Europa al tiempo que sus aventureros consolidaban un imperio ultramarino; y casi todo lo hizo con crueldad, idealismo, eficacia y éxito, mientras otros dirigentes y reyes contemporáneos, el beamés envidioso y chaquetero o la zorra pelirroja, sólo alcanzaron a ejercer la crueldad a secas. Un Felipe II a quien primero los enemigos calumniaron, después el franquismo contaminó con miserables tufos imperiales de sacristía, y luego un Pesoe analfabeto, ministros de Educación y de Cultura para quienes la palabra cultura nunca fue más allá de un diseño de Armani o una película de Almodóvar, llenaron de oprobio y de olvido.

Por eso me revienta que sean los del Pepé -los mismos que, no por casualidad, se llevan el Museo del Ejército de Madrid al Alcázar de Toledo-, los promotores del asunto; arriesgándose el buen don Felipe II, una vez más, a que este país de tontos del culo siga identificando historia y memoria histórica con derecha, y asociando cultura con reacción. Pero, bueno. Mejor eso que nada; y benditos sean quienes, Pepé o la madre que los parió, hacen tan noble esfuerzo con excelente resultado. Así que, si les place, acérquense vuestras mercedes a El Escorial, abran los ojos y miren. Comprenderán, de pasoEl , qué ridículos se ven, en comparación, ciertos provincianismos mezquinos y paletos, con esa ruin historia de andar por casa que los caciques locales se inventan para rascar votos en el mercado de los lunes. Y verán lo lejos y lo bien que miraba aquel rey malísimo, traga niños, cruel, fanático, oscurantista, que –sorpresa, sorpresa- tenía en casa una de las más espléndidas bibliotecas del mundo.

5 de julio de 1998

domingo, 28 de junio de 1998

Casas viejas

Tengo un amigo que se llama Fran y tiene veinte años. Fran Vive en Benalup, un pueblo de la provincia de Cádiz, y sueña con escribir.

No con ser escritor, que nada tiene que ver; sino con escribir un libro. Uno concreto, que tal vez tuvo simiente cuando él sólo era un crío, en la casa donde su abuelo, entre trombosis y trombosis, le hablaba de la guerra civil y de los tiempos de la república. Le hablaba de Casas Viejas.

La generación de Fran, por supuesto, ignora qué significa el nombre de Casas Viejas. Ignora que en el año 1933 aquélla era tierra donde la gente moría de hambre junto a cortijos inmensos acotados para cazar o para la cría de reses bravas. Por eso un día los campesinos anarquistas agarraron la escopeta y la canana con postas y proclamaron el comunismo libertario en aquel rincón de Andalucía. Luego se tiznaron la cara con picón, tomaron el cuartelillo de la Guardia Civil como quien asalta la Bastilla y le pegaron un tiro al sargento. Y cuando el Gobierno de la República mandó a restablecer el orden al capitán Rojas y a más de un centenar de guardias de asalto y guardias civiles con la famosa orden «ni heridos ni prisioneros, los tiros a la barriga», casi todos los sublevados se echaron al monte. Casi todos menos seis hombres y dos mujeres que en la choza de paja y toniza del Seisdedos se batieron durante trece horas a tiro limpio, hasta morir entre llamas, bombas de mano y fuego de ametralladora. Después, exasperados por la resistencia y resueltos a hacer un escarmiento, los guardias sacaron de sus casas a los sospechosos de haber participado en la rebelión; y al terminar todo, junto a la choza calcinada, los vecinos contaron catorce cadáveres.

A Fran lo obsesionan esos fantasmas, como a otros jóvenes de su edad pueden obsesionarlos un examen, un puesto de trabajo, la litrona, el sexo, Mozart o la música de bakalao. Tiene el aplomo de quien lee mucho y bien, y le resulta fácil establecer paralelismos históricos, definir familias políticas, estudiar el sucio pasteleo que siguió a la tragedia, identificar la vil casta de sinvergüenzas que en 1933 hizo posible Casas Viejas como hoy hace posibles otras infamias, con ese aceptable escritor y mediocre político llamado Manuel Azaña -a quien don José María Aznar dice ahora leer mucho- quitándose los muertos de encima, con el director general de Seguridad queriendo sobornar al capitán Rojas para que se volviera mudo, y con todo cristo usando aquello como arma contra el adversario, sin importarle a nadie una puñetera mierda el pueblo ni sus habitantes: España ruin, profesionales de la demagogia, del titular de periódico y de los trenes baratos, siempre dispuestos a calentarse las manos en cualquier hoguera donde ardan otros. No hace falta remontarse a 1933 para echarse tal gentuza a la cara.

Aunque es joven, Fran sabe todo eso. Entre otras cosas porque ha aprendido a descifrarlo en los libros; que, incluso embusteros y manipulados a veces, a la larga nunca mienten y de ellos se recicla hasta la basura. Fran sabe que la Cultura de verdad, la que se escribe con mayúscula, no es sino letra impresa, sentido común, humildad del que desea aprender, buena voluntad y memoria. Quizá por eso sueña con escribir una novela histórica en la que salga Casas Viejas. Un .relato en el que pueda materializar las palabras de su abuelo, los recuerdos de todos esos ancianos de Benalup de cuyos labios escuchó el episodio, y que por su parte lo escucharon de boca de otros que a su vez lo hicieron de los protagonistas. Fran no se resigna a que los viejos del lugar sigan muriendo poco a poco y cada entierro se lleve a la tumba tantas cosas por legar: historias trágicas, hermosas, terribles, heroicas, útiles, que extinguido su recuerdo oral ningún joven podrá ya conocer nunca. Historias que nos explican cómo somos de héroes y de caínes, y por qué somos así y no de otra manera. Historias que nos avergüenzan de esta tierra nuestra, tan desgraciada y miserable, y al mismo tiempo también nos dan fuerzas para seguir alentando la esperanza de lo que todavía late en innumerables corazones.

Me cuenta Fran que a su pueblo andan queriendo cambiarle el nombre, o enriquecérselo, convirtiéndolo en Benalup-Casas Viejas. Y a él y a mí nos parece muy bien. Porque cuando ese día llegue, Fran y yo tenemos un compromiso: llenar una bota de vino, subir a la sierra y bebérnosla entera en cualquiera de los escondites donde Seisdedos y los otros pudieron haberse guarecido de la injusticia, y no quisieron.

28 de junio de 1998

domingo, 21 de junio de 1998

Odio a Javier Marías

Esto no puede quedar así, y exijo una reparación. Lo que ha hecho El Semanal conmigo es una canallada y un agravio comparativo. Y ya los estoy calando: mucho premio Correo por aquí y mucha historia por allá, pero a la hora de la verdad van y te la colocan doblada. De modo que he pedido me dejen ilustrar esta página con los cuerpos -nunca mejor dicho- del delito. Así que juzguen ustedes: a una parte, la página publicitaria que el 31 de mayo acompañaba el artículo de mi vecino y hasta entonces querido colega Javier Marías. A la otra, la que acompañaba el mío. Observen, comparen, y juzguen. Y no me digan, pardiez, que no es para ponerse a blasfemar en arameo. O en gomorrés.

Porque uno, o sea, yo, aceptó siempre la evidencia: mi vecino Marías es un corazón que tiene todas las almas inmaculadamente blancas, un chico educado que en vez de cojones dice córcholis -que es un taco italiano-, habla inglés con acento de Oxford, saca de Shakespeare los títulos de sus novelas, y encima es más guapo y ha tenido muchas novias. También acaba de publicar una novela importante, Negra espalda del tiempo, que el arriba firmante, aunque ni él sea mi novelista favorito ni yo sea el suyo, ha leído, como todo lo que Marías escribe, con singular y extraordinario placer. Amén de todo eso, compartimos un trozo de patria común hecho de películas y libros que incluye a Nabokov, a Conrad y a Mann, a cierto común amigo que habita el 223 bis de Baker Street, y también una cinta maravillosa, épica, hecha de honor y amistad, llamada Vida y muerte del coronel Blimp. Que por cierto acaba de ser reeditada en video.

Uno, que no era rencoroso -aunque sí con buena memoria-, reconocía todas esas virtudes en su vecino Marías; incluido el hecho de que él es un gentleman, género más bien raro en esta España donde todo el mundo se tutea con una grosería propia de quienes han coincidido en la misma casa de putas. En cuanto a mí, pese a que fui educado para ser un caballero, la vida, que es muy perra, me llevó por malos caminos, guerras cochambrosas, amigos etílicos, delincuentes que me enseñaron a decir tacos, y mujeres malas que me enseñaron otras cosas. Además, Marías ama a Juan Benet y de rebote a Faulkner; y a mí me importa un bledo el primero y -pese a bobalios y capullos varios- prefiero una novela de Baroja o Galdós a toda la obra, que en su día me calcé enterita, del segundo. Quiero decir con todo esto que yo tenía asumido lo de cada cual; y aunque el humo de los sacrificios de mi colega subiese recto al cielo donde van los angelitos buenos, y el mío se lo llevara un mistral de treinta nudos, no me mosqueaba por ello. Pero hete aquí que los iscariotes de El Semanal deciden recompensarlo con la vecindad de un anuncio de lencería dotado de un par de tetas soberbias -Marías escribiría senos, pero yo no estuve en Oxford-. Y todo eso se lo ponen al niño bonito así, por la cara; mientras que a mí me ponen, hay que joderse, un moro; o sea, un africano magrebí del Magreb o de la Mauritania o de donde sea el fulano, con su turbante, y con su chilaba, y con toda la, imagino, parafernalia.

Y hasta ahí podíamos llegar. Que tome nota en El Semanal quien corresponda; pero exijo igualdad de trato publicitario de ahora en adelante. Si hay teta para Javier Marías, quiero teta para mí. Si hay pasión turca para mí, pues que también le vayan dando kilo y medio al de Oxford. Aquí no se va nadie de rositas, colega. Porque de lo contrario, vecino, habrá que solventar este asunto como tú ya sabes: un amanecer bajo la nieve y a sablazos en la cara, con Marina Mayoral y Ángeles Caso vestidas de enfermeras de la Señorita Pepis.

21 de junio de 1998

domingo, 14 de junio de 1998

Los hermanos Ceniza

Estoy seguro de que nunca les pasó por la cabeza convertirse en personajes literarios, ni que un director de cine polaco y famoso los fuera a meter en una película. De haberlo sabido se habrían limitado a intercambiar una de sus miradas guasonas y tranquilas, encendiendo un cigarrillo con la colilla del anterior; y luego, tras encogerse de hombros, habrían cruzado la calle para tomarse dos tintos en el bar de Hilario, como si tal cosa. Pensaba en eso ayer, cuando terminé de leer la última versión del guión de La novena puerta: la película donde ellos salen. Una película que empieza a rodarse el mes que viene, y en la que su taller – Encuadernación y Restauración de libros antiguos y modernos- se lo han llevado el polaco y sus guionistas al casco antiguo de Toledo. Que no es mal escenario para situar lo que en la novela, como en la realidad misma, estuvo en la calle de Moratín, en el viejo corazón de Madrid.

En realidad no se llamaban hermanos Ceniza sino hermanos Raso; pero tenían la piel blanca como los pergaminos con que trabajaban, y el pelo gris como la ceniza de sus cigarrillos y sus viejos guardapolvos. Así que en El club Dumas quise llamarlos Ceniza, y bajo ese nombre acudirá a ellos Johnnie Deep cuando encarne al bibliófilo mercenario Lucas Corso. A los hermanos Raso los conocí en el año 73, cuando los reporteros de Pueblo frecuentábamos el mismo bar que ellos. Seis o siete veces al día le echaban la llave al taller y bajaban al Hilario a tomárselas, siempre con el guardapolvos puesto y la eterna colilla en la boca. Se parecían mucho, cincuentones, casi gemelos, aunque uno era mayor de edad y más bajo de estatura que el otro. Tenían los ojos claros y guasones, y cuando el quinto o sexto vino les ponía la punta de la nariz roja, la ceniza del pitillo caía sobre el vino o sobre las páginas del libro en el que trabajaban.

Eran tranquilos y amables, muy buena gente. Me gustaban mucho y los adopté en el acto, como durante toda mi vida he ido adoptando a la gente que me gustaba; o tal vez mucha de la gente que me gustaba terminó adoptándome a mí. El caso es que empecé invitándolos a un vino de vez en cuando, y por fin fui a llevarles un libro para que lo encuadernaran. El libro lo tengo ante mí ahora: pasta española, gofrados, cinco nervios y tejuelo verde: Tocqueville. El Antiguo Régimen y La Revolución. Tuve suerte con aquel primero, porque estaban serenos y de buen pulso, y no hubo ninguna errata en las letras doradas del lomo. Casi todos los que les llevé después las tienen, o al menos uno de cada dos o tres. Pero lejos de molestarme, eso añade valor sentimental a los volúmenes encuadernados por la pareja; como esa Historia Contemporánea de Weber que, en sus manos y con un par de tintos encima de la línea de flotación, quedaría para siempre en mi biblioteca con el título de Historea Contemporania.

Nunca supe otra cosa de ellos que lo que estaba a la vista, y lo que pude deducir de las largas y apasionantes visitas a su taller: lugar oscuro y polvoriento que olía a papel, cola y engrudo, abarrotado de pilas de libros en diversas fases de encuadernación, prensas y herramientas, pieles extendidas sobre una mesa de cinc en torno a la que trabajaban pálidos y silenciosos, colilla en boca, siempre sin prisa aunque llegara un ordenanza de cualquier ministerio a recoger un en cargo que nunca estaba el día previsto, ni maldito lo que importaba a los dos hermanos que lo estuviera, o estuviese. Vivían a su ritmo, callados, guasones y solidarios entre sí; y de ellos aprendí los primeros rudimentos de encuadernación, la hermosa anatomía de los libros. Un día el hermano mayor se murió tosiendo como siempre, con su colilla en la boca; y en mi última visita el otro, el más joven y alto, estaba callado y melancólico, con el trabajo atrasado acumulándose en la mesa y en el suelo, junto al portal oscuro. Por fin, otro día que fui a llevar un último libro, encontré el taller cerrado, y el viejo rótulo arrancado de los cristales polvorientos de la ventana. De eso hace diez o doce años, y nunca he vuelto a ir a la calle Moratín, por no reavivar la tristeza que sentí ese día. Y cuando paso los dedos por la piel de los libros que ellos me encuadernaron y acaricio el dorado de sus erratas entrañables, no puedo evitar una sonrisa melancólica. Una sonrisa tan gris como el pelo de los dos hermanos, sus viejos guardapolvos y la ceniza, siempre a punto de caer, de sus eternos cigarrillos.

14 de junio de 1998

domingo, 7 de junio de 1998

El gran bar

Está en la calle Mayor de la ciudad mediterránea donde nací. Y en sus mesas, viendo pasar gente y vida, se sentaban mi padre y mi abuelo a tomarse el aperitivo y fumar un cigarro. Los dos dejaron el tabaco hace tiempo, cuando cambiaron la calle Mayor, por una lápida donde pone Familia Pérez-Reverte; así que ahora soy yo quien va a sentarse allí cuando vuelvo a mi ciudad; y como ellos hacían, permanezco inmóvil durante horas, mirando.

El Gran Bar ya no es lo que fue. Otros que eran su competencia –el Mastia, el Americano-son ahora siniestros bancos y cajeros automáticos; y aunque el actual propietario se resiste a cerrar, también él tiene los días contados. La gente joven se va ahora a vivir fuera del casco viejo, y la calle Mayor pertenece a una ciudad fantasma, desmantelada y ensombrecida por la reconversión industrial salvaje de aquel ministro pequeñito, ¿recuerdan? que se largó impunemente, como todos, tras pasar a la historia como el Chulo de Tafalla. La alcaldesa de ahora, que es del Pepé – aunque dice mi madre que buena chica-, me cuenta cuando nos vemos que las cosas van a cambiar, y que le den tiempo. Pero temo que para entonces el Gran Bar esté de corpore sepulto. Ya sólo se anima un rato a media mañana, cuando abren las tiendas; o los domingos a la salida de misa, o en Semana Santa. Entonces, por un rato, el lugar recobra la vida que tuvo antaño, cuando era punto de cita elegante de la ciudad, y la calle Mayor sitio obligado de paso para todo hijo de vecino, y en la histórica barra se tejían en voz baja adulterios, maledicencias y conspiraciones políticas. Cuando uno fumaba los primeros cigarrillos y, acechando el paso de los primeros amores de su vida, pedía un vermut a los viejos camareros: aquellos graves individuos de chaqueta blanca y pantalón negro que ahora se han jubilado o se han muerto, y allí donde están ya no tienen que decirle a mi padre qué va a ser, don José, sino que lo tutean y lo llaman Pepe.

El Gran Bar es el único lugar del mundo donde bebo vermut –que no me gustó nunca- con aceitunas rellenas o un platito de almendras tostadas. Allí converso un rato con los camareros, le compro los periódicos a Pedro, a cuyo padre ya se los compraba el mío, y por un rato intento recobrar cosas que se fueron. Ya no desborda la vida aquel trozo de calle, ni pasean despacio los amigos de mi abuelo rumbo al Casino, con bastones y sombreros cuya ala se tocaban al pasar las señoras; ni hay marineros de uniforme azul y lepanto blanco con el pelo al rape, ni Paco el Piloto me espera ya en una tasca del puerto, al final de la calle, que es cuando los calamares se arriman a la punta de la Podadera.

Nada de eso es posible ya. Pero a partir de cierta edad uno es lo que recuerda; así que sigo allí sin darme por vencido, aplicándome en reconstruir, como un arqueólogo minucioso, sensaciones y personas a partir de pequeños detalles. Hay un rectángulo de sol que recorre la misma pared que recorrió siempre, y el sabor amargo del vermut es el que creo recordar. Entonces, si te empeñas, el matrimonio anciano que pasea camino del muelle, cogidos del brazo, es el de tus padres o cualquier otro que pasaba por allí hace medio siglo. La joven hermosa que camina arrogante, como si no existieran las palabras tiempo y muerte, es la misma que nos calentaba la sangre en las venas cuando la mirábamos de lejos, tarareando Lola o Yesterday entre dientes. Si olvidas las canas del caballero que lleva a su nieto de la mano, reconocerás al niño con quien compartías pupitre y tintero. Y esa bellísima quinceañera que tiene un rostro increíblemente familiar, hasta el punto de que te sobresaltas al verla y se te cae rodando una aceituna y estás apunto de pronunciar su nombre, sale del mismo colegio del que su madre salía hace treinta años. Es una de ellas, como diría el viejo don Ramón de Campoamor: las hijas de las mujeres que amé tanto.

Sabes que un día volverás en busca de todo eso, y en su lugar habrá una sucursal de Argentaria, y en la puerta un detector de metales y un agropecuario vestido de Rambo. Por eso, cada vez que encuentras el viejo bar en su sitio, vives otra prórroga frente al tiempo y el olvido. Sabes que no es realmente malo que las cosas se vayan; sólo ley de vida, y al cabo uno mismo termina yéndose con ellas, como debe ser. Lo triste sería no darte cuenta de que se van, hasta que un día miras atrás y compruebas que las has perdido.

7 de junio de 1998

domingo, 31 de mayo de 1998

Jesuitas y generales carlistas

Me molesta que cuando quieren insultar a don Xabier Arzalluz lo llamen jesuita. Los jesuitas son gente respetable, con una lucidez técnica impecable y una formación cultural de lo más sólida. Un jesuita como Dios manda nunca apelaría a Sabino Arana -no me tiren de la lengua- como padre intelectual; ni diría eso de no creo en la nación española, o esa otra memez de que los únicos vascos auténticos son los nacionalistas, con lo que se legitima, de rebote, el, hecho doblemente demencial de que un gudari llamado García le pegue un tiro en la cabeza a un cipayo llamado Iruretagoyena. Los jesuitas tienen una muy larga y rica tradición de tolerancia, liberalismo e inteligencia, con un currículum que ya quisieran muchos. Precisamente desde la llegada al poder en el Vaticano del clan polaco, los jesuitas andan de capa caída por liberales.

Así que háganme el favor. A quien sí me recuerda el discurso político de don Xabier Arzalluz es a los curas de las novelas de Pío Baroja -que era un vasco lúcido y conocía el paño, para quienes Macario y Urrusolo serían generales carlistas. Es una pena que ahora a don Pío lo lean poco. A mí, que -me lo calcé íntegro de jovencito, sus novelas me ayudaron a delimitar la frontera entre nacionalismo y memoria, muy respetables, y el turbio territorio de la demagogia aliñada con estupidez y mala leche. Y me habrían vacunado para toda la vida contra las; patologías del nacionalismo, de haber nacido vasco. Pero no tuve esa suerte. Nací, como casi todo el mundo, de veinte sangres diferentes; y a lo mejor por eso desconfío tanto de las naciones y las razas puras, de sus iluminados, de sus apóstoles, de sus mercachifles y de sus sinvergüenzas.

Tal vez por eso, por pertenecer a una raza meridional y degenerada, estoy hasta arriba, harto, o sea, hasta los cojones, de la parte más oscura de lo que don Xabier Arzalluz representa. Estoy harto de encontrármelo hasta en la sopa recordándome mi inferioridad racial y mi carácter de bota opresora de 'las libertades y la nación vasca. Harta de que los ángulos más obtusos de su discurso político me hagan dudar, incluso, de mi derecho a publicar desde hace cinco años esta página con veintitantos diarios vascos y no vascos al mismo tiempo. Harto de que mezclen tiros en la nuca y coplas de La Parrala con los enjuagues y tácticas electorales que se trae su partido con los socios del Pepé, a quienes luego besan en la boca y votan cuando conviene. Estoy harto de que, si tanto anhela una patria vasca unificada y libre, don Xabier no se ventile un poco por Iparralde y compruebe la diferencia de libertades, autonomía y competencias políticas que tienen los vascos españoles, o como carajo se diga, respecto a los vascos que viven en Francia. Estoy harto de sus nosotros, de sus ellos, de su grosería y de su manifiesta mala fe. Estoy harto de que quiera ser Jordi Pujol y no dé la talla.

También estoy harto de que el gobierno del partido que don Xabier Arzalluz preside, haya dejado írsele de las manos la normalidad pública en pueblos y ciudades cuya' responsabilidad le compete, por miedo al qué dirán, ambigüedad y cagalera política. Que haya convertido a la policía autónoma vasca en una especie de mirar a otro lado y la puntita nada más, haciéndola abdicar hasta de su autoridad legítima y constitucional, y dando pie a un estado de miedo e indefensión en los ciudadanos que no se daba ni en tiempos del general Franco y los culatazos de la Benemérita. También estoy harto de que tanto las píen con Irlanda sin tener ni idea de la historia nacional de ese país, que confunden con el Ulster, y que encima no tiene nada que ver. Harto de' que se inocule a niños de cinco años rencor y diferencia en lugar de tolerancia y mentes abiertas. Estoy harto de que mis amigos vascos, que son muchos y me interesan y preocupan, vivan acojonados, y encima don Xabier Arzalluz nos advierta del peligro de que aparezca otro GAL. Estoy harto de asistir 'a esfuerzos patéticos para captar el voto de jóvenes que no votarán PNV en su puta vida: están hartos de tanto cuento y tanta mierda, y ante ellos sólo se abre el abismo del paro, la desesperación y el salvajismo callejero como desahogo y como revancha. Estoy harto y asustado temiendo que un día, cuando la náusea llegue hasta arriba y se me vaya la olla, yo mismo pueda sentir menos desprecio por los analfabetos hijos de puta que dan tiros en la nuca, que por los canallas emboscados de camisa y corbata, hábiles en rentabilizar muertos que matan otros.

31 de mayo de 1998

domingo, 24 de mayo de 1998

El tranvía 1001

Tal vez recuerden ustedes que hace unas semanas les contaba el episodio del abrigo de visón de mi amigo Antonio Carnera, el hotel Palace y la lumi del Pasapoga. Y resulta que un lector de El Semanal hombre de evidente poca fe, se descuelga con una carta poniendo en duda la veracidad de la historia; pues, afirma, en los años cincuenta un timador con dinero habría llamado la atención de la policía en un cabaret, y nunca lo dejarían entrar en el Palace. Apenas leí la carta telefoneé a Antonio, y estuvimos riéndonos un rato largo. Y ahora me veo en la obligación de puntualizar que precisamente en Pasapoga y en los cincuenta, un timador con viruta y con la clase adecuada podía perfectamente moverse como Pedro por su casa, sin llamar la atención. O llamándola, para más inri. Y que para desgracia de este país, en los cincuenta como ahora, bastaba precisamente eso, tener labia, enseñar dinero e ir bien maqueado, para que los gerentes de Pasapoga, y las lumis de bandera, y los recepcionistas del Palace, y hasta los mismos policías de la secreta como dice Antonio, que es un clásico-, perdiesen el culo en el acto. Lo triste, si me permiten la reflexión, es que antaño había que tener para eso mucho morro, mucho arte y mucho estilo, y hogaño cualquier analfabeto grosero y poca mierda, con Bemeuve, Rolex, cadenas de colorao al cuello, zapatillas y chándal, puede dárselas de señor y encima consigue que todo cristo, lumis, hoteles, directores de sucursal bancaria y policías incluidos, lo traten como si lo fuera. O fuese.

Así que, para fastidiar a ese San Mateo espontáneo que nos ha salido a Antonio y al arriba firmante, voy a contarle otra, para que tampoco se la crea. Es la del tranvía 1001, la hizo Paco El Muelas, íntimo colega de Antonio y de mi plas Ángel Ejarque, y hasta Luis García Berlanga le dedicó un cortometraje al evento. Imagínense esos tranvías de los años cuarenta. Esos bares de la estación de Atocha, donde los cobradores municipales se toman un vino al final de la jornada mientras cuentan la recaudación del día. Imaginen ahora en el bar a ese paleto con el refajo lleno de pasta que llega a la capital, e imaginen a El Muelas y sus consortes que le oyen comentar: «Vaya negocio el de los tranvías, ¿eh? Ya compraría yo uno si pudiera, ya»... Total. Que rápidos como las balas, le ponen cerco al tolai. Pues no es ninguna tontería. Vaya que sí. Precisamente conocemos a un dueño de tranvía a punto de jubilarse que quiere venderlo. Qué me dicen. Lo que le cuento. Si quiere le hacemos la gestión, etcétera. El procedimiento, prolijo, podríamos resumirlo en que incluso se van a dormir a la misma pensión para tenerlo controlado, mientras los colegas preparan el escenario.

Y llega el día de autos: oficina en la Gran Vía, alquilada por unas horas, a la que ponen el rótulo de Notaría. Ese paleto que comparece, acompañado por los dos ganchos que a esas alturas son sus íntimos. Ese presunto dueño del tranvía, canoso, aire respetable, que acude con su presunto abogado. Ese notario más falso que un duro de plomo. Papeles, rúbrica, título de la propiedad, desembolso ad hoc y luego, guinda del asunto, obra maestra, hito histórico en los anales del timo nacional, ese paleto que sale a la calle. Ese paleto que se va derecho a su tranvía. Ese paleto que se monta en el 1001 con orgullo de propietario, se niega a pagar billete, guiña un ojo y les dice al cobrador y al conductor: «Tranquilos, chavales, vosotros a lo vuestro, que aquí no va a cambiar nada», y luego se sienta y hace el recorrido arriba y abajo preguntando de vez en cuando qué tal va la recaudación. Así, hasta que el cobrador se mosquea y le dice que se baje, y el pringao guiña otra vez el ojo y luego saca el título de propiedad. Y entonces el cobrador duda si llamar al manicomio o a la policía, y al final se decide por la policía. Y llegan los guardias, y el paleto se resiste a la autoridad, y se monta un pifostio de cojón de pato. Y a todo esto, El Muelas y sus consortes, las de Villadiego.

Reconozco que no es una historia políticamente correcta, porque además escribo paleto y digo lumis en vez de asistentas sexuales, como también el otro día apuntó alguien. Pero en cuanto a timo chachi, es el non plus ultra. Tanto, que igual mi primo el de la carta va y tampoco se lo cree; como tampoco se creería, supongo, el del telémetro. O el de la venta de Cibeles. Pero es que -¿verdad, Antonio?- ahora hay mucho lince espabilao y mucho listillo. A ellos los iban a engañar. Vamos, anda. A ellos.

24 de mayo de 1998

domingo, 17 de mayo de 1998

Niño a estribor

Intenten imaginarse la escena, digna de una de aquellas viejas historietas de la familia Trapisonda: urbanización de la costa, familia dominguera con ocho o diez niños a bordo, entre hijos y sobrinitos, con sus flotadores y salvavidas, y el cuñado, y la abuela, y la tortilla, todos encima de un barquito lleno de gente, motor en marcha, pof pof-pof, saliendo del atraque para alejarse por el horizonte dispuestos a navegar por los siete mares. A la media hora, otra embarcación encuentra a un niño de pocos años flotando en su salvavidas, en pleno mar, haciéndose el muerto y con los ojos cerrados. Cuidadín. Estupor. Salvamento, etcétera. Y el niño, arrugado como un garbanzo a remojo, cuenta que se cayó del otro barco y que se quedó allí solito, en mitad del agua. Por suerte, los niños de ahora vienen muy resabiados: los pequeños hijo putas ven televisión por un tubo, y el enano, que no tenía un pelo de tonto, adoptó por su cuenta tácticas de supervivencia, convencido, inocente criatura, de que sus papis volverían a rescatarlo, como en las películas. Y gracias a esa confianza el zagal no se dejó llevar por el pánico, se tomó la cosa con calma, cerró los ojitos, se quedó inmóvil y se puso a esperar a que sus papás llegaran antes de la palabra fin.

A todo eso, los salvadores alucinan con ojos como platos. Nadie puede creerse, de buenas a primeras, que haya familias tan irresponsables y tan gilipollas. Entonces llaman por la radio de VHF: "¿Hay por ahí unos imbéciles, por más señas navegando, a los que les falta un niño?". Y para su sorpresa, afirmativo. Y no sólo afirmativo, sino que los Trapisonda, en medio del mar y también en medio de la natural zozobra, confusión y espanto, al oír el mensaje empiezan a contar niños y ven que, en efecto, hasta ese momento no se habían dado cuenta de que les faltaba Manolito.

Parece una historia de pastel, ¿verdad? Pues no. Data de hace tres semanas en una población playera de Levante cuyo nombre no cito porque me da mucha risa, entre otras cosas porque cada fin de semana se escuchan llamadas de socorro desde un pedrusco que tienen en la bocana, donde indefectiblemente mete la quilla todo cristo. La verdadera guasa del asunto es que historias así son habituales en el litoral español. Navegar en verano o cualquier fin de semana de buen tiempo con la radio encendida y oído al parche es como asistir a un programa cómico que, a veces, bordea la tragedia: llamadas por el canal de trabajo pidiendo una paella para las dos y media, parejas a las que arrastra la corriente en patines acuáticos, familias que salen in combustible y sin tener ni puta idea del principio de Arquímedes, aglomeraciones en calas llenas de basura flotante con fondeos cruzados, abordajes, insultos y agresiones de barco a barco, capullos en fueraborda con una bandera pirata y música de bakalao a la hora de la siesta, llamadas de socorro que movilizan guardacostas o helicópteros porque un fulano sale sin mirar el aceite del motor o la gasolina.... Total: que hasta el mar lo hemos convertido en sucursal de toda la mierda de tierra adentro.

Se quejan los gerentes de los puertos deportivos y los editores de revistas especializadas de la poca afición a la náutica que hay en España, de lo espaldas al mar que se vive, y del estúpido prejuicio que hace creer a la gente que tener un barco y navegar es cuestión de dinero; cuando lo cierto es que cualquier aficionado a la pesca o a navegar puede conseguir una embarcación por lo que cuesta un veraneo en Benidorm. De cualquier modo, el interés de las revistas y los gerentes no es el mío, y yo prefiero que no se corra la voz, pues por cada nuevo marino de verdad aparecerían también tropecientos domingueros. Sería la leche que los Trapisonda proliferasen, y en vez de cincuenta por cala hubiese cinco mil, como en las playas; y desaparecieran esos solitarios fines de semana invernales en los que uno, que es un misántropo y un cabrón, puede navegar doscientas millas cruzándose, como mucho, con la vela de un solitario hermano de la costa, por lo general holandés o inglés, que son los únicos a los que de verdad encuentras cuando navegas en todo tiempo y mes del año. Porque es ahora, con toda la poca afición que se dice y se deplora, y según las épocas ya hay que irse cada vez más adentro, y más días, para poder estarse callado y en paz, leyendo mirando el mar tranquilo y acogedor, o peleándote a vida o muerte con él, con rizos en las velas y blasfemias en la boca, sin que un May day de domingueros o un tonto del culo con una ruidosa moto acuática vengan a tocarte los cojones.

17 de mayo de 1998

domingo, 10 de mayo de 1998

El pobre Sánchez

He llegado a la convicción de que, en este país de demagogos y de gilipollas, el problema es que nadie de los que mandan osa nunca explicarlas cosas en corto y por derecho, asumiendo las consecuencias. Aquí la táctica habitual de supervivencia es el yo no he sido y el yo no sé nada. O aquella otra frase, la de me enteré por los periódicos, que popularizó Felipe González, a quien no podré perdonar jamás que, con su cuerda de compadres, sinvergüenzas y cagamandurrias, convirtiese una flamante e ilusionada democracia en una mierda como el sombrero de Jorge Negrete. A mí, la verdad, no me parece lo más grave que su Gal matara etarras; al fin y al cabo ser terrorista, qué carajo, también tiene su peligrillo. Pero, puestos a despachar malos por la cara, que por lo visto era el oficio de los pistoleros del Estado, mejor era que esos imbéciles hubieran elegido a etarras de pata negra en vez de cargarse al primero que pasaba por allí, y encima convertir el asunto en negocio de trincar kilos y jugárselos en el casino -es que hay que ser capullo- o repartírselos en sobres y en cuentas suizas. Pero lo que de verdad me revienta, decía, es que nadie haya tenido aún el valor de decir en voz alta: sí, me salió el cochino mal capado pero yo lo ordené, ¿qué pasa? Aunque sea amparándose en razones patrióticas, en razones de Estado, o en el chichi de la Bernarda.

De cualquier modo, estas semanas pasadas, con todo aquel trajín de los del Cesid y Herri Batasuna, y las escuchas, y las nóminas olvidadas por los espías y toda la parafernalia, la náusea me ha subido hasta la glotis. No por los hechos, típicos de esta casa de putas en que se han convertido algunos mecanismos del Estado español; si no por la cantidad de demagogia, estupidez y mala fe que en declaraciones políticas y medios especializados acompañó el evento, sin que nadie mencionase el hecho fundamental, origen de todo: el sistema está viciado porque nuestros políticos son moralmente unas piltrafas. Y es justo su ausencia de coraje lo que contribuye a corromperlo más todavía.

Ya que hablamos del Cesid: aún estoy por oírle explicar sin complejos a un político, a un responsable de algo, que los servicios de inteligencia interiores y exteriores son necesarios en cualquier democracia. Que eso no otorga impunidad, por supuesto; y que para eso existen mecanismos de control legal. Pero que en este país de caínes, bocazas e hijos de la gran puta, pedirle a un juez un permiso legal para efectuar una operación clandestina supone sacar muchas papeletas de la rifa para que el juez se acojone y diga nones; e incluso que el juzgado correspondiente filtre la operación completa a la mesa de HB, al Grapo, a la embajada marroquí, a la nunciatura del Vaticano y a la revista Interviú. Y que aquí hay dos opciones: pasar de todo y que salga el sol por Antequera, o jugársela. Esto último con unos espías, unos policías y un ganado en general incompetente, mal pagado, descontento, chapucero y a menudo venal; porque, a medio y largo plazo, no hay condición humana ni subordinado que no se convierta en espejo de los mierdas de jefes que lo mandan. Jefes a quienes, encima, no les cabe por el culo un cañamón, del miedo que le tienen a lo que diga la prensa.

Nadie cuenta tampoco que en otros países donde, con errores incluidos, los servicios de inteligencia funcionan con razonable eficacia, en vez de ir con un papelito a un juzgado a ver qué opina el juez de guardia de Móstoles, existen departamentos de operaciones clandestinas bajo estricto control de comisiones parlamentarias, formadas por hombres y mujeres teóricamente ecuánimes que asumen las decisiones y -ojo al dato- también asumen los errores y los fracasos; de modo que cuando éstos se producen los responsables y coordinadores son pulverizados políticamente, mientras que a los su¬bordinados, voluntarios que asumen riesgos del oficio, se les aplica con todo rigor el código penal vigente, según el viejo principio de que quien la caga, la paga. Pero, claro. Imaginen ese modus operandi aquí, donde siempre tiene la culpa el mismo: el cabo Sánchez, que por lo visto decidió espiar a Clinton por su cuenta y además envolvió con la nómina el bocadillo. Así que mucho me temo que, para cuando se publique esta página, el presidente del Gobierno, y sus vicepresidentes, y los ministros de Interior, Defensa y justicia, habrán hecho caer ya todo el rigor de un escarmiento sobre ese nocivo Sánchez, o como se llame. A quién se le ocurre ponerse a espiar en España. Y encima, sin órdenes de nadie.

10 de mayo de 1998

domingo, 3 de mayo de 1998

Carrera y manta

Pues resulta que el otro día, presa de un ataque de enajenación mental, emprendí viaje en automóvil y en fechas próximas a una de esas operaciones salida, o llegada, que periódicamente bloquean las carreteras españolas, o como se llamen ahora -que no estoy muy al tanto- las carreteras de aquí. Salí en coche, decía, no la tarde clave del previsto atasco, ni tampoco por la mañana, si no el día anterior y a una hora en que calculé mínimo el tráfico. Pero no todo el mundo es bobo; y la gente normal ha terminado por espabilarse, escalonando las idas y venidas con más seguridad y provecho. Así que, sin ser día de alerta roja, había tráfico. No era desesperante, de atasco ni colas kilométricas; pero sí espeso. También, como corresponde a nuestros asuntos, surrealista. Y digo surrealista ateniéndome en sentido estricto al diccionario de la R.A.E.: «que sobrepasa lo real impulsando con automatismo psíquico lo imaginario y lo irracional».

Era un cuadro de lo más bonito y lo más moderno, muy de ahora y de aquí. Imagínense esos coches. Esos niños haciéndote los cuernos con sus tiernos deditos por la ventanilla de atrás. Ese abuelo del Seat 124. Ese otro capullo con la luz roja antiniebla encendida y jodiéndote la vista. Ese autobús de cincuenta mil toneladas que se pega a tu guardabarros poniéndote al filo del infarto a cada frenada. Ese fulano que se alivia en el arcén, sin cortarse un pelo. Ese Bemeuve o ese Audi que pasan picados y muy juntos, a toda leche -es curioso: siempre son las mismas marcas-, o te adelantan a ciento noventa dándote las luces, por el carril de la izquierda; luces que supones el conductor da con el pitón derecho, porque ves fugazmente que sostiene el volante con la rodilla, fuma con una mano y habla por el móvil con la otra. 0 esos cadáveres de perros abandonados en la carretera por irresponsables hijos de puta que se los regalaron a sus hijos cuando cachorrillos, y ahora no saben qué hacer con ellos.

Es curioso, en gente tan insolidaria como somos los de aquí, el fuerte instinto gregario que, en la carretera; os hace parar a 'todos a tomar café en el mismo restaurante o repostar en la misma gasolinera, mientras medio kilómetro más allá hay establecimientos absolutamente vacíos. 0 que produce un fenómeno circulatorio único en Europa: el carril derecho de la autovía por completo vacío, y todos los coches en rigurosa fila, parachoques pegado a parachoques, por el carril de la izquierda. El día que les cuento, la cosa iba incluso más allá: autovía de tres carriles, el central y el izquierdo -precisamente los destinados a adelantar-, abarrotados en dos compactas filas; y el derecho, precisamente el destinado a vehículos lentos, limpio como patena de cura minucioso, o sea, ni un solo coche; tal vez porque en este país de soplapollas todos tenemos demasiada categoría como para considerar lento nuestro vehículo. Dándose, además, el singular fenómeno de que, cuando algún espontáneo se le ocurre pasar a ese carril lento y desierto y circular por él adelantando a los otros que van a treinta por hora, todavía hay quienes desde los carriles central e izquierdo se molestan, dan las luces o tocan el claxon a ese listillo que se cuela por el carril lento, vaya morro, que es lento como su propio nombre indica, en vez de joderse en las colas de la derecha, las colas rápidas, como todo hijo de vecino.

Y una curiosa anécdota personal. Ya rematando el viaje, fuera de la autovía, de noche y en una carretera de dos direcciones, un conductor muerto de sueño o con una trompa considerable trazaba peligrosas eses ante mi parabrisas, invadiendo en cada curva el carril contrario. Temiendo que fuera a dormirse o desmayarse, o achocar con alguien, cada vez le daba el arriba firmante brevísimas ráfagas con la luz larga, para prevenirlo. Por fin se detuvo el julai en el arcén, y creí que recapacitaba por fin su lastimoso estado. Pero no. Se limitó a dejarme pasar y luego, sin dejar de hacer las mismas eses, empezó a darme él a mí furiosos destellos con sus luces largas, como venganza. La venganza del Coyote. Por suerte el sinuoso hijoputa debía ir tan cocido o dormido, tan incapaz en cualquier caso de seguir una línea recta, que no acertaba nunca a deslumbrarme con sus faros. Y allá atrás se quedó el hombre, entre eses y ráfagas, zaca, zaca, flas, fías, junto al quitamiedos de un barranco en el que espero de todo corazón se encuentre ahora.

3 de mayo de 1998


domingo, 26 de abril de 1998

Cuestión de cojones

Hace tiempo que mi madre no me da la bronca por abusar del lenguaje soez en esta página, y empiezo a preocuparme. O ella envejece y se acostumbra, o estoy perdiendo facultades y volviéndome lingüísticamente correcto. Por fortuna, todavía llegan cartas de algún lector o lectora inasequibles al desaliento, afeándome mi poca vergüenza. E incluso Nacho Iglesias, el baranda de esta barraca, recibe periódicas sugerencias para que en El Semanal me echen a la calle de una puta vez. La última es de un señor de Oviedo, por la letra jubilado y por el membrete notario, que me afea el uso, e incluso el abuso, de la palabra cojones, e incluso sugiere la posibilidad de que yo saque tanto a colación el asunto por algún trauma personal relacionado con mi propia virilidad o, subraya el amable comunicante, mi ausencia de ella. "A ver si es maricón", concluye, por si no he captado los circunloquios preliminares.

En fin. Al margen de que yo pueda resultar más o menos maricón, la antedicha carta me viene al pelo para traerles a colación un impreso anónimo que hace tiempo circula por ahí- algún lector ha tenido el detalle de mandármelo-,y que, bajo el título Riqueza del castellano, enumera una exhaustiva relación de las diversas acepciones que en nuestra lengua, la de Quevedo y Cervantes, tienen los atributos masculinos. Y me van a perdonar el notario de Oviedo y mi madre, pero no me resisto a glosar el asunto y poner los cojones en su sitio.

Por ejemplo: según confirma con acierto singular el mencionado folleto, el sentido cojones varía según el numeral que le acompaña. La unidad significa algo caro o costoso (eso vale un cojón), dos pueden sugerir arrojo o valentía (con dos cojones), tres significar desprecio (me importa tres cojones), y un número elevado suele apuntar dificultad extrema (conseguirlo me costó veinte pares de cojones). Del mismo modo, basta un verbo para darle variedad a los significados. Verbigracia: tener puede referirse a valentía (esa tía tiene cojones), pero también censura, admiración o sorpresa (¡tiene cojones!); expresión que, en su variante ¡manda huevos!, hizo recientemente popular, en sesión de las Cortes, mi paisano y compañero de maristas Federico Trillo.

Siguiendo con los verbos, acompañado de poner puede significar reto o aplomo (puso los cojones encima de la mesa), y el verbo tocar implica molestia, hastío o indiferencia (me toca los cojones), vagancia (se toca los cojones), e incluso desafío (anda y tócame los cojones). El término es también acepción de lentitud (viene arrastrando los cojones). Y en cuanto a amenaza, su uso es frecuente (te voy a volar los cojones) e incluso se recurre a ello para describir agresión física (fue y le pateó los cojones).

Los prefijos y sufijos también son importantes de cojones. Por ejemplo, a-significa miedo (acojonado), des-implica regocijo (descojonarse), y -udo implica calidad o perfección (cojonudo). También las preposiciones matizan lo suyo: de alude a éxito (nos fue de cojones) o intensidad (hace un frío de cojones), hasta define ciertos límites (hasta los cojones) y por alude a intransigencia (por cojones). También se recurren a ellos como lugar de origen para definir cierto tipo de actitudes intrínsecamente españolas y como origen de voluntad inapelable (porque me sale de los cojones). En cuanto al color, textura o el tamaño del asunto, los significados son ricos y diversos como la vida misma. Un color violeta define bajas temperaturas (se me quedaron los cojones morados de frío). Posición y tamaño son decisivos, tanto para precisar pachorra o tranquilidad (se pisa los cojones) como coherencia (lleva los cojones en su sitio). Sin que falten referencias cultas o históricas (tiene los cojones como el caballo de Espartero).

Así que ya me dirá usted, señor notario. A ver cuando Shakespeare, o Joyce, o la madre que los parió, en esa jerga onomatopéyica y septentrional que usaban los pastores para llamar a las ovejas, y los piratas para repartirse el botín contando con los dedos, fueron capaces de utilizar, con todo su Oxford, la palabra equivalente con tanta variedad, y tanta riqueza, y tanta prosapia como la usa hasta el más analfabeto de nuestros paisanos. Tres mil años de griego, latín, árabe y castellano respaldan el asunto. Lo que, se mire por donde se mire, es un respaldo lingüístico de cojones.

26 de abril de 1998

domingo, 19 de abril de 1998

El fantasma de Sunderland

El Paraná baja sucio al atardecer, arrastrando maleza y fango, y los barcos fondeados proa a la corriente, en mitad del río, encienden sus primeras luces ante Rosario. Desde mi mesa, junto a la fachada del viejo bar Sunderland -minutas a todas horas, exchange of money- miro cómo desde la orilla y los muelles abandonados suben la cuesta, lentamente, los fantasmas cansados de marineros muertos que nunca abandonaron este lugar. Los cascos oxidados de sus vapores y barcazas se pudren desde hace un siglo en otras aguas o en el fondo el río, entre móviles bajos de arena que ninguna carta señala, y ellos no tienen otra cosa que hacer, otra justificación para continuar existiendo, que venir cada noche al Sunderland, como antaño, a beberse esa primera cerveza que tiembla en el vaso, entre sus manos inciertas de malaria, hasta que la tercera o cuarta caña termina por templar les un poco el pulso. En alguna parte suenan un acordeón y un tango, y la voz de un hombre que también está muerto hace mucho tiempo se lamenta de que el mundo siga andando y de que la boca que era suya ya no lo bese más. Y los marineros que hablan sin pronunciarlas lejanas lenguas y llevan exóticos tatuajes, beben en silencio junto a sombras de mujeres que sonríen y esperan.

Tengo una fotografía del viejo Sunderland a principios de siglo, cuando aún figuraba en la muestra pintada bajo el alero, junto al rótulo del bar-restaurante, el nombre de Severino Gal, el español que abrió el primer boliche, casa de comidas y almacén cuando aún se llegaba hasta aquí a caballo y en carreta, por veredas y entre fogatas que los vecinos encendían en atardeceres como éste. En la foto están sus amigos con canotiers de paja, chalecos, y en mangas de camisa blanca, y las mujeres cuyos espectros me observan ahora desde la penumbra aparecen en la imagen setenta u ochenta años atrás, aún vivas, jóvenes y bellas, cruzada una pierna y la falda sobre el tobillo, con jarras de cerveza en las manos. A Severino Gal le gustaban los amigos, los automóviles y los abrazos; y en las paredes del local, junto a las puertas que en otro tiempo llevaban a los private room y que hoy se abren sobre el vacío de ninguna parte, fotos amarillentas evocan, brazos cruzados y sonrisa irónica, a su fantasma sediento.

Un incendio no podía faltar en la historia. En 1989 el Sunderland se quemó por completo, como tiene que suceder en esos extraños rituales, inevitables, de algunos lugares cuya magia consiste en ser fieles a sí mismos y a lo que significan. Pero ciertos sueños se niegan a morir, o tal vez es que hay hombres que se niegan a traicionar ciertos sueños. De cualquier modo, en 1992 un argentino italiano y un argentino español lo compraron y reconstruyeron ladrillo a ladrillo. Y ahora, en sus mesas de la orilla del río y en el interior, entre el olor de puchero español, picada argentina y pasta italiana, vitrinas con antiguos porrones y botellas de la fábrica Pujol y Suñol, y botellas de agua mineral Cristal para las damas, el viajero puede acodarse en una barra de estaño que en otro tiempo cobijó a los guapos sonrientes y acuchilladores del barrio Refinerías, pedir un aperitivo Lusera, una ensalada de molleja, un bife o una empanada, y mezclar memoria y presente, amigos, amores y fantasmas entre la música de un piano aporreado por Fito Páez, el aroma del último cigarro que Osvaldo Soriano fumó antes de morir, o la voz guasona y cálida del negro Fontanarrosa, que te cuenta el último partido del Rosario Central. Se puede consultar el horario de trenes que hace muchos años dejaron de salir de la Estación Córdoba, o folletos con el día de llegada improbable de barcos que nunca llegaron y que ahora descansan en el fondo de mares lejanos. Se puede recibir como regalo un soldadito de plomo que pelea con espada y daga, pintado minuciosa y pacientemente por Reinaldo Sietecase, o pararse ante un viejo almanaque en el que uno puede borrar, si se lo propone, el día en que perdió aquel sueño, aquel amor, aquel amigo. Se puede sacar del bolsillo, lenta y solemnemente, plegada en cuatro dobleces, una fotocopia de la partida de nacimiento de Ernesto Guevara de la Serna, más conocido como Che Guevara, nacido aquí, en Rosario, el14 de junio de 1928. Se puede desplegar esa hoja sobre la mesa, ponerla junto a la vieja foto del Sunderland, mirar una vez más hacia el río, y brindar con todos los fantasmas que en este atardecer acompañan al silencio.

19 de abril de 1998

domingo, 12 de abril de 1998

Márquez

Desde hace treinta años patea el mundo con una cámara de televisión y un par de cojones. Hace cuatro le dediqué Territorio Comanche, y ahora el Club Internacional de Prensa acaba de premiar su trabajo; así que hoy me van a permitir ustedes que también le dedique esta página. Se llama José Luis Márquez León y está a pique de cumplir cincuenta tacos. Entre la gente del oficio su nombre es toda una leyenda. En aquel libro lo describí como rubio, duro y bajito; y Carmelo Gómez, que lo encarnó en el cine, supo imitar su tono de voz áspero y desgarrado, su valor profesional y frío, su hosquedad y sus silencios. Después de la última campaña de los Balcanes, Márquez estuvo haciendo reportajes escalofriantes en aquella merienda de negros que fue Liberia, y luego vino un tiempo en dique seco, en Madrid, hasta que Eva, su mujer, y sus dos hijas, hartas de tenerlo todo el día gruñendo por casa, le dijeron que o se iba a otra guerra o ellas pedían el divorcio. Así que firmó por tres años en la corresponsalía de Oriente Medio, como quien se alista en la Legión. Y allí sigue, con base en Israel, contándoles a ustedes las intimadas en los telediarios. El año pasado le abrieron la cabeza de una pedrada, y lo telefoneé para reírme un rato. Estás viejo, cacho cabrón, le dije. Antes te disparaban y nada, y ahora un niñato te descalabra con medio ladrillo. Jubílate ya.

Me mando a mamarla, claro. A Parla. La cicatriz del coco se le ha sumado a las otras – Vietnam, Eritrea, etcétera-, y sigue cámara al hombro, carrera va y carrera viene, entre palestinos, israelíes, Líbano e Irak, sabiendo perfectamente que el día en que se detenga, que se pare y se mire al espejo y reflexione sobre esas cicatrices, y las arrugas nuevas que se van sumando a las viejas, y el cansancio resignado y escéptico que desborda sus ojos azules, todo lo que lo mantiene vivo y en pie habrá terminado: y entonces no tendrá más remedio que resignarse a envejecer como todo el mundo, recordando en silencio. Porque Márquez es de ese tipo de hombres y mujeres capaces de recordar en silencio, junto a un amigo o con la única compañía de una botella de algo adecuado a la circunstancia. Su biografía bastaría para llenar varias vidas: en la profesión se le considera uno de los tres o cuatro mejores cámaras de guerra del mundo, y yo he visto a los compañeros, fulanos de las más importantes televisiones internacionales, tratarlo con envidia y respeto. Fue el único cámara presente en la matanza de Tiannamen, y escapó de allí escondido bajo un montón de cadáveres apilados en un camión. Filmó los misiles de crucero norteamericanos segundos antes de impactar sobre Bagdad, y son suyas – Petrinja, Vukovar, Sarajevo las mejores imágenes de la guerra de los Balcanes. La famosa secuencia en que las balas trazadoras serbias pasan entre las piernas de Márquez y le aciertan a un soldado croata que está en el suelo con un lanzagranadas dio la vuelta al mundo. Y la historia de su maldito puente yugoslavo es ya legendaria en el oficio, y mítica en las facultades de periodismo.

He dicho también alguna vez que si Márquez hubiera sido anglosajón, sólo por lo que hizo en China, el Golfo o Yugoslavia, ahora estaría ganando una fortuna como cámara de la CNN o la BBC. Pero tuvo la desgracia de ser español y trabajar en este país, teniendo como jefes a capataces mediocres y envidiosos, a directores sectarios como María Antonio Iglesias y Jordi García Candau (Diccionario de la RAE: “Sectario: secuaz, fanático e intransigente, de un partido o una idea”) y a productores miserables, capaces hasta de regatear una botella de Whisky para su cumpleaños. Tan mezquinos todos que, cuando dediqué a Márquez Territorio Comanche, ante la imposibilidad de meterme mano a mí pasaron una temporada vengándose en él, encomendándole las tareas más humillantes y rutinarias –llegaron a tenerlo de guardia permanente ante los juzgados de Madrid-, a él, que había hecho a TVE ganar tantas veces una fortuna, jugándose durante años los huevos y la vida por cuarenta mil cochinos duros al mes.

Así que me alegro de ese premio, y de que ahora lo dejen seguir trabajando en lo único que sabe hacer y ha hecho toda su puta vida. Y le dedico esta página porque me sale del morro, y porque sé que la tribu, Manu Leguineche, Alfonso Rojo, Gerva Sánchez, Miguel de la Cuadra y cuantos tienen el privilegio de haberlo conocido en Sarajevo o en el culo del mundo, se alegran tanto como yo. Así que enhorabuena, hermano. Y buena caza.

12 de abril de 1998.

domingo, 5 de abril de 1998

El abrigo de visón

Alguna vez he escrito de mis compadres los viejos choros, artistas capaces de quitarle herraduras a un caballo al galope, maestros de lo suyo, espléndidos buscavidas de aquella España cutre que ya sólo es posible revisitar en las viejas películas de Pepe Isbert, Manolo Morán y Tony Leblanc. Esas películas divertidas, geniales, que ninguna televisión de este puñetero país emite nunca, porque a los imbéciles de sus programadores les resulta más fácil inundarnos de telemierda norteamericana.

Esta mañana me llamó por teléfono uno de esos amigos: Antonio Carnera, hoy ancianete y jubilado, que en otro tiempo perteneció a esa ilustre cofradía de trileros, piqueros y timadores que hasta hace treinta o cuarenta años fue aristocracia barriobajera en puertos y estaciones de ferrocarril. Antonio y el arriba firmante hemos estado charlando un rato de viejos tiempos, de la pensión de jubilado que nunca tuvo, de amigos y conocidos comunes como Amalia la Verderona, maestra de piqueros y tomadores del dos, de Ángel, mi famoso choro de La ley de la calle, o del legendario Muelas, creador del timo del telémetro y autor inmortal de la venta a un pringao del tranvía 1001, que es el más extraordinario hito de la historia del timo en España.
Al final hemos quedado en vernos y tomar unas cañas. Y aunque hace ya un par de horas que colgué el teléfono, todavía sonrío al recordar el acento madrileño y chuleta de Antonio, su viejo orgullo profesional cuando le tiro de la húmeda y le hago que largue, y recuerde. Dentro de unos días, cuando nos tomemos unas cañas en cualquier mostrador de zinc o mármol, le haré contarme despacio y por enésima vez su mayor logro profesional, su obra maestra: el timo del abrigo de visón. Antonio, que de joven tenía una planta estupenda, con clase, recurría a ese registro cuando quería correrse por el morro una juerga. La última vez fue en el año 59, en Madrid, después de haber tocado con éxito el mismo palo en provincias. Primero alquiló una suite en el Palace, donde se dio una buena zampa; y luego, bien maqueado y engominado, se fue a Pasapoga en busca de la torda más espectacular que hubiera a tiro. A los tres boleros, un bayon y dos mambos empezó a enseñar billetes y a decir eso de qué hace una mujer como tú en un sitio como éste, bombón, a ti te tenía yo como a una reina. Y para demostrarlo, te voy a regalar mañana un abrigo de visón. Que no, que sí, que tú me tomas el pelo, chato, que yo hablo en serio, mi vida, que ésa es la fetén y a mí me salen las lechugas por las orejas, y ese cuerpazo, amén de otras cosas, está pidiendo un visón pero ya mismo. Total: al día siguiente, cita con la gachí, aún algo incrédula, en la mejor peletería. Pruébate éste. Y éste. Nos llevamos ése, el más caro. La jai, por supuesto, alucinando en colores. Y a la hora de pagar, Manolo desenfunda arte y labia: vaya, qué contrariedad, se me han terminado los cheques, es igual, llévemelo a las seis de la tarde al Palace, habitación tal. Y se va con la torda.

Luego, fase crucial: oye, prenda, son las dos, vamos al hotel si te parece, comemos caviar y champán y esperamos el abrigo. Chachi. Y claro, a la suite. Y allí, esperando el visón, piscolabis de lujo y polvazo inmenso y gratis -«de esos que uno se cae de la cama, colega»--con la mejor hembra de Pasapoga. Y a las cinco y media en punto, Antonio se levanta. Oye, perdona, mi vida, bajo un minuto a la caja del hotel a sacar metálico, que traerán el visón de un momento a otro. El resto se lo imaginan ustedes: ese Antonio que se viste. Ese Antonio que baja y cruza el vestíbulo. Ese Antonio que sale a la calle como si fuera a por tabaco. Ese Antonio que no vuelve. Y a las seis, puntual como un clavo, llega el peletero con el visón, y sube al cuarto; y le abre la jaca, que ya se va mosqueando, y se monta el pifostio. Y en esas aparece el cajero del Palace sin nadie que le pague una cuenta que te cagas, incluida la suite, y el caviar, y el champán, y las flores que Antonio -que es un romántico- le regaló a la gachí.

Eso, se pongan como se pongan los mojigatos y las feministas galopantes, es arte, se mire por donde se mire. Arte de verdad, de la vieja escuela; filigrana imposible sin mucho morro, aplomo y talento. Y oírselo contar al artista, imaginen. Por eso ya disfruto de antemano el momento en que Antonio Carnera, con la cuarta cerveza a la mitad, encienda un Ducados, me mire con su temple de viejo jugador de mus, y cuente por enésima vez aquello de: «Y en mitad del mambo, la apalanco así y digo: una mujer con ese cuerpo merece que la tengan como a una reina».

5 de abril de 1998