domingo, 31 de mayo de 1998

Jesuitas y generales carlistas

Me molesta que cuando quieren insultar a don Xabier Arzalluz lo llamen jesuita. Los jesuitas son gente respetable, con una lucidez técnica impecable y una formación cultural de lo más sólida. Un jesuita como Dios manda nunca apelaría a Sabino Arana -no me tiren de la lengua- como padre intelectual; ni diría eso de no creo en la nación española, o esa otra memez de que los únicos vascos auténticos son los nacionalistas, con lo que se legitima, de rebote, el, hecho doblemente demencial de que un gudari llamado García le pegue un tiro en la cabeza a un cipayo llamado Iruretagoyena. Los jesuitas tienen una muy larga y rica tradición de tolerancia, liberalismo e inteligencia, con un currículum que ya quisieran muchos. Precisamente desde la llegada al poder en el Vaticano del clan polaco, los jesuitas andan de capa caída por liberales.

Así que háganme el favor. A quien sí me recuerda el discurso político de don Xabier Arzalluz es a los curas de las novelas de Pío Baroja -que era un vasco lúcido y conocía el paño, para quienes Macario y Urrusolo serían generales carlistas. Es una pena que ahora a don Pío lo lean poco. A mí, que -me lo calcé íntegro de jovencito, sus novelas me ayudaron a delimitar la frontera entre nacionalismo y memoria, muy respetables, y el turbio territorio de la demagogia aliñada con estupidez y mala leche. Y me habrían vacunado para toda la vida contra las; patologías del nacionalismo, de haber nacido vasco. Pero no tuve esa suerte. Nací, como casi todo el mundo, de veinte sangres diferentes; y a lo mejor por eso desconfío tanto de las naciones y las razas puras, de sus iluminados, de sus apóstoles, de sus mercachifles y de sus sinvergüenzas.

Tal vez por eso, por pertenecer a una raza meridional y degenerada, estoy hasta arriba, harto, o sea, hasta los cojones, de la parte más oscura de lo que don Xabier Arzalluz representa. Estoy harto de encontrármelo hasta en la sopa recordándome mi inferioridad racial y mi carácter de bota opresora de 'las libertades y la nación vasca. Harta de que los ángulos más obtusos de su discurso político me hagan dudar, incluso, de mi derecho a publicar desde hace cinco años esta página con veintitantos diarios vascos y no vascos al mismo tiempo. Harto de que mezclen tiros en la nuca y coplas de La Parrala con los enjuagues y tácticas electorales que se trae su partido con los socios del Pepé, a quienes luego besan en la boca y votan cuando conviene. Estoy harto de que, si tanto anhela una patria vasca unificada y libre, don Xabier no se ventile un poco por Iparralde y compruebe la diferencia de libertades, autonomía y competencias políticas que tienen los vascos españoles, o como carajo se diga, respecto a los vascos que viven en Francia. Estoy harto de sus nosotros, de sus ellos, de su grosería y de su manifiesta mala fe. Estoy harto de que quiera ser Jordi Pujol y no dé la talla.

También estoy harto de que el gobierno del partido que don Xabier Arzalluz preside, haya dejado írsele de las manos la normalidad pública en pueblos y ciudades cuya' responsabilidad le compete, por miedo al qué dirán, ambigüedad y cagalera política. Que haya convertido a la policía autónoma vasca en una especie de mirar a otro lado y la puntita nada más, haciéndola abdicar hasta de su autoridad legítima y constitucional, y dando pie a un estado de miedo e indefensión en los ciudadanos que no se daba ni en tiempos del general Franco y los culatazos de la Benemérita. También estoy harto de que tanto las píen con Irlanda sin tener ni idea de la historia nacional de ese país, que confunden con el Ulster, y que encima no tiene nada que ver. Harto de' que se inocule a niños de cinco años rencor y diferencia en lugar de tolerancia y mentes abiertas. Estoy harto de que mis amigos vascos, que son muchos y me interesan y preocupan, vivan acojonados, y encima don Xabier Arzalluz nos advierta del peligro de que aparezca otro GAL. Estoy harto de asistir 'a esfuerzos patéticos para captar el voto de jóvenes que no votarán PNV en su puta vida: están hartos de tanto cuento y tanta mierda, y ante ellos sólo se abre el abismo del paro, la desesperación y el salvajismo callejero como desahogo y como revancha. Estoy harto y asustado temiendo que un día, cuando la náusea llegue hasta arriba y se me vaya la olla, yo mismo pueda sentir menos desprecio por los analfabetos hijos de puta que dan tiros en la nuca, que por los canallas emboscados de camisa y corbata, hábiles en rentabilizar muertos que matan otros.

31 de mayo de 1998

domingo, 24 de mayo de 1998

El tranvía 1001

Tal vez recuerden ustedes que hace unas semanas les contaba el episodio del abrigo de visón de mi amigo Antonio Carnera, el hotel Palace y la lumi del Pasapoga. Y resulta que un lector de El Semanal hombre de evidente poca fe, se descuelga con una carta poniendo en duda la veracidad de la historia; pues, afirma, en los años cincuenta un timador con dinero habría llamado la atención de la policía en un cabaret, y nunca lo dejarían entrar en el Palace. Apenas leí la carta telefoneé a Antonio, y estuvimos riéndonos un rato largo. Y ahora me veo en la obligación de puntualizar que precisamente en Pasapoga y en los cincuenta, un timador con viruta y con la clase adecuada podía perfectamente moverse como Pedro por su casa, sin llamar la atención. O llamándola, para más inri. Y que para desgracia de este país, en los cincuenta como ahora, bastaba precisamente eso, tener labia, enseñar dinero e ir bien maqueado, para que los gerentes de Pasapoga, y las lumis de bandera, y los recepcionistas del Palace, y hasta los mismos policías de la secreta como dice Antonio, que es un clásico-, perdiesen el culo en el acto. Lo triste, si me permiten la reflexión, es que antaño había que tener para eso mucho morro, mucho arte y mucho estilo, y hogaño cualquier analfabeto grosero y poca mierda, con Bemeuve, Rolex, cadenas de colorao al cuello, zapatillas y chándal, puede dárselas de señor y encima consigue que todo cristo, lumis, hoteles, directores de sucursal bancaria y policías incluidos, lo traten como si lo fuera. O fuese.

Así que, para fastidiar a ese San Mateo espontáneo que nos ha salido a Antonio y al arriba firmante, voy a contarle otra, para que tampoco se la crea. Es la del tranvía 1001, la hizo Paco El Muelas, íntimo colega de Antonio y de mi plas Ángel Ejarque, y hasta Luis García Berlanga le dedicó un cortometraje al evento. Imagínense esos tranvías de los años cuarenta. Esos bares de la estación de Atocha, donde los cobradores municipales se toman un vino al final de la jornada mientras cuentan la recaudación del día. Imaginen ahora en el bar a ese paleto con el refajo lleno de pasta que llega a la capital, e imaginen a El Muelas y sus consortes que le oyen comentar: «Vaya negocio el de los tranvías, ¿eh? Ya compraría yo uno si pudiera, ya»... Total. Que rápidos como las balas, le ponen cerco al tolai. Pues no es ninguna tontería. Vaya que sí. Precisamente conocemos a un dueño de tranvía a punto de jubilarse que quiere venderlo. Qué me dicen. Lo que le cuento. Si quiere le hacemos la gestión, etcétera. El procedimiento, prolijo, podríamos resumirlo en que incluso se van a dormir a la misma pensión para tenerlo controlado, mientras los colegas preparan el escenario.

Y llega el día de autos: oficina en la Gran Vía, alquilada por unas horas, a la que ponen el rótulo de Notaría. Ese paleto que comparece, acompañado por los dos ganchos que a esas alturas son sus íntimos. Ese presunto dueño del tranvía, canoso, aire respetable, que acude con su presunto abogado. Ese notario más falso que un duro de plomo. Papeles, rúbrica, título de la propiedad, desembolso ad hoc y luego, guinda del asunto, obra maestra, hito histórico en los anales del timo nacional, ese paleto que sale a la calle. Ese paleto que se va derecho a su tranvía. Ese paleto que se monta en el 1001 con orgullo de propietario, se niega a pagar billete, guiña un ojo y les dice al cobrador y al conductor: «Tranquilos, chavales, vosotros a lo vuestro, que aquí no va a cambiar nada», y luego se sienta y hace el recorrido arriba y abajo preguntando de vez en cuando qué tal va la recaudación. Así, hasta que el cobrador se mosquea y le dice que se baje, y el pringao guiña otra vez el ojo y luego saca el título de propiedad. Y entonces el cobrador duda si llamar al manicomio o a la policía, y al final se decide por la policía. Y llegan los guardias, y el paleto se resiste a la autoridad, y se monta un pifostio de cojón de pato. Y a todo esto, El Muelas y sus consortes, las de Villadiego.

Reconozco que no es una historia políticamente correcta, porque además escribo paleto y digo lumis en vez de asistentas sexuales, como también el otro día apuntó alguien. Pero en cuanto a timo chachi, es el non plus ultra. Tanto, que igual mi primo el de la carta va y tampoco se lo cree; como tampoco se creería, supongo, el del telémetro. O el de la venta de Cibeles. Pero es que -¿verdad, Antonio?- ahora hay mucho lince espabilao y mucho listillo. A ellos los iban a engañar. Vamos, anda. A ellos.

24 de mayo de 1998

domingo, 17 de mayo de 1998

Niño a estribor

Intenten imaginarse la escena, digna de una de aquellas viejas historietas de la familia Trapisonda: urbanización de la costa, familia dominguera con ocho o diez niños a bordo, entre hijos y sobrinitos, con sus flotadores y salvavidas, y el cuñado, y la abuela, y la tortilla, todos encima de un barquito lleno de gente, motor en marcha, pof pof-pof, saliendo del atraque para alejarse por el horizonte dispuestos a navegar por los siete mares. A la media hora, otra embarcación encuentra a un niño de pocos años flotando en su salvavidas, en pleno mar, haciéndose el muerto y con los ojos cerrados. Cuidadín. Estupor. Salvamento, etcétera. Y el niño, arrugado como un garbanzo a remojo, cuenta que se cayó del otro barco y que se quedó allí solito, en mitad del agua. Por suerte, los niños de ahora vienen muy resabiados: los pequeños hijo putas ven televisión por un tubo, y el enano, que no tenía un pelo de tonto, adoptó por su cuenta tácticas de supervivencia, convencido, inocente criatura, de que sus papis volverían a rescatarlo, como en las películas. Y gracias a esa confianza el zagal no se dejó llevar por el pánico, se tomó la cosa con calma, cerró los ojitos, se quedó inmóvil y se puso a esperar a que sus papás llegaran antes de la palabra fin.

A todo eso, los salvadores alucinan con ojos como platos. Nadie puede creerse, de buenas a primeras, que haya familias tan irresponsables y tan gilipollas. Entonces llaman por la radio de VHF: "¿Hay por ahí unos imbéciles, por más señas navegando, a los que les falta un niño?". Y para su sorpresa, afirmativo. Y no sólo afirmativo, sino que los Trapisonda, en medio del mar y también en medio de la natural zozobra, confusión y espanto, al oír el mensaje empiezan a contar niños y ven que, en efecto, hasta ese momento no se habían dado cuenta de que les faltaba Manolito.

Parece una historia de pastel, ¿verdad? Pues no. Data de hace tres semanas en una población playera de Levante cuyo nombre no cito porque me da mucha risa, entre otras cosas porque cada fin de semana se escuchan llamadas de socorro desde un pedrusco que tienen en la bocana, donde indefectiblemente mete la quilla todo cristo. La verdadera guasa del asunto es que historias así son habituales en el litoral español. Navegar en verano o cualquier fin de semana de buen tiempo con la radio encendida y oído al parche es como asistir a un programa cómico que, a veces, bordea la tragedia: llamadas por el canal de trabajo pidiendo una paella para las dos y media, parejas a las que arrastra la corriente en patines acuáticos, familias que salen in combustible y sin tener ni puta idea del principio de Arquímedes, aglomeraciones en calas llenas de basura flotante con fondeos cruzados, abordajes, insultos y agresiones de barco a barco, capullos en fueraborda con una bandera pirata y música de bakalao a la hora de la siesta, llamadas de socorro que movilizan guardacostas o helicópteros porque un fulano sale sin mirar el aceite del motor o la gasolina.... Total: que hasta el mar lo hemos convertido en sucursal de toda la mierda de tierra adentro.

Se quejan los gerentes de los puertos deportivos y los editores de revistas especializadas de la poca afición a la náutica que hay en España, de lo espaldas al mar que se vive, y del estúpido prejuicio que hace creer a la gente que tener un barco y navegar es cuestión de dinero; cuando lo cierto es que cualquier aficionado a la pesca o a navegar puede conseguir una embarcación por lo que cuesta un veraneo en Benidorm. De cualquier modo, el interés de las revistas y los gerentes no es el mío, y yo prefiero que no se corra la voz, pues por cada nuevo marino de verdad aparecerían también tropecientos domingueros. Sería la leche que los Trapisonda proliferasen, y en vez de cincuenta por cala hubiese cinco mil, como en las playas; y desaparecieran esos solitarios fines de semana invernales en los que uno, que es un misántropo y un cabrón, puede navegar doscientas millas cruzándose, como mucho, con la vela de un solitario hermano de la costa, por lo general holandés o inglés, que son los únicos a los que de verdad encuentras cuando navegas en todo tiempo y mes del año. Porque es ahora, con toda la poca afición que se dice y se deplora, y según las épocas ya hay que irse cada vez más adentro, y más días, para poder estarse callado y en paz, leyendo mirando el mar tranquilo y acogedor, o peleándote a vida o muerte con él, con rizos en las velas y blasfemias en la boca, sin que un May day de domingueros o un tonto del culo con una ruidosa moto acuática vengan a tocarte los cojones.

17 de mayo de 1998

domingo, 10 de mayo de 1998

El pobre Sánchez

He llegado a la convicción de que, en este país de demagogos y de gilipollas, el problema es que nadie de los que mandan osa nunca explicarlas cosas en corto y por derecho, asumiendo las consecuencias. Aquí la táctica habitual de supervivencia es el yo no he sido y el yo no sé nada. O aquella otra frase, la de me enteré por los periódicos, que popularizó Felipe González, a quien no podré perdonar jamás que, con su cuerda de compadres, sinvergüenzas y cagamandurrias, convirtiese una flamante e ilusionada democracia en una mierda como el sombrero de Jorge Negrete. A mí, la verdad, no me parece lo más grave que su Gal matara etarras; al fin y al cabo ser terrorista, qué carajo, también tiene su peligrillo. Pero, puestos a despachar malos por la cara, que por lo visto era el oficio de los pistoleros del Estado, mejor era que esos imbéciles hubieran elegido a etarras de pata negra en vez de cargarse al primero que pasaba por allí, y encima convertir el asunto en negocio de trincar kilos y jugárselos en el casino -es que hay que ser capullo- o repartírselos en sobres y en cuentas suizas. Pero lo que de verdad me revienta, decía, es que nadie haya tenido aún el valor de decir en voz alta: sí, me salió el cochino mal capado pero yo lo ordené, ¿qué pasa? Aunque sea amparándose en razones patrióticas, en razones de Estado, o en el chichi de la Bernarda.

De cualquier modo, estas semanas pasadas, con todo aquel trajín de los del Cesid y Herri Batasuna, y las escuchas, y las nóminas olvidadas por los espías y toda la parafernalia, la náusea me ha subido hasta la glotis. No por los hechos, típicos de esta casa de putas en que se han convertido algunos mecanismos del Estado español; si no por la cantidad de demagogia, estupidez y mala fe que en declaraciones políticas y medios especializados acompañó el evento, sin que nadie mencionase el hecho fundamental, origen de todo: el sistema está viciado porque nuestros políticos son moralmente unas piltrafas. Y es justo su ausencia de coraje lo que contribuye a corromperlo más todavía.

Ya que hablamos del Cesid: aún estoy por oírle explicar sin complejos a un político, a un responsable de algo, que los servicios de inteligencia interiores y exteriores son necesarios en cualquier democracia. Que eso no otorga impunidad, por supuesto; y que para eso existen mecanismos de control legal. Pero que en este país de caínes, bocazas e hijos de la gran puta, pedirle a un juez un permiso legal para efectuar una operación clandestina supone sacar muchas papeletas de la rifa para que el juez se acojone y diga nones; e incluso que el juzgado correspondiente filtre la operación completa a la mesa de HB, al Grapo, a la embajada marroquí, a la nunciatura del Vaticano y a la revista Interviú. Y que aquí hay dos opciones: pasar de todo y que salga el sol por Antequera, o jugársela. Esto último con unos espías, unos policías y un ganado en general incompetente, mal pagado, descontento, chapucero y a menudo venal; porque, a medio y largo plazo, no hay condición humana ni subordinado que no se convierta en espejo de los mierdas de jefes que lo mandan. Jefes a quienes, encima, no les cabe por el culo un cañamón, del miedo que le tienen a lo que diga la prensa.

Nadie cuenta tampoco que en otros países donde, con errores incluidos, los servicios de inteligencia funcionan con razonable eficacia, en vez de ir con un papelito a un juzgado a ver qué opina el juez de guardia de Móstoles, existen departamentos de operaciones clandestinas bajo estricto control de comisiones parlamentarias, formadas por hombres y mujeres teóricamente ecuánimes que asumen las decisiones y -ojo al dato- también asumen los errores y los fracasos; de modo que cuando éstos se producen los responsables y coordinadores son pulverizados políticamente, mientras que a los su¬bordinados, voluntarios que asumen riesgos del oficio, se les aplica con todo rigor el código penal vigente, según el viejo principio de que quien la caga, la paga. Pero, claro. Imaginen ese modus operandi aquí, donde siempre tiene la culpa el mismo: el cabo Sánchez, que por lo visto decidió espiar a Clinton por su cuenta y además envolvió con la nómina el bocadillo. Así que mucho me temo que, para cuando se publique esta página, el presidente del Gobierno, y sus vicepresidentes, y los ministros de Interior, Defensa y justicia, habrán hecho caer ya todo el rigor de un escarmiento sobre ese nocivo Sánchez, o como se llame. A quién se le ocurre ponerse a espiar en España. Y encima, sin órdenes de nadie.

10 de mayo de 1998

domingo, 3 de mayo de 1998

Carrera y manta

Pues resulta que el otro día, presa de un ataque de enajenación mental, emprendí viaje en automóvil y en fechas próximas a una de esas operaciones salida, o llegada, que periódicamente bloquean las carreteras españolas, o como se llamen ahora -que no estoy muy al tanto- las carreteras de aquí. Salí en coche, decía, no la tarde clave del previsto atasco, ni tampoco por la mañana, si no el día anterior y a una hora en que calculé mínimo el tráfico. Pero no todo el mundo es bobo; y la gente normal ha terminado por espabilarse, escalonando las idas y venidas con más seguridad y provecho. Así que, sin ser día de alerta roja, había tráfico. No era desesperante, de atasco ni colas kilométricas; pero sí espeso. También, como corresponde a nuestros asuntos, surrealista. Y digo surrealista ateniéndome en sentido estricto al diccionario de la R.A.E.: «que sobrepasa lo real impulsando con automatismo psíquico lo imaginario y lo irracional».

Era un cuadro de lo más bonito y lo más moderno, muy de ahora y de aquí. Imagínense esos coches. Esos niños haciéndote los cuernos con sus tiernos deditos por la ventanilla de atrás. Ese abuelo del Seat 124. Ese otro capullo con la luz roja antiniebla encendida y jodiéndote la vista. Ese autobús de cincuenta mil toneladas que se pega a tu guardabarros poniéndote al filo del infarto a cada frenada. Ese fulano que se alivia en el arcén, sin cortarse un pelo. Ese Bemeuve o ese Audi que pasan picados y muy juntos, a toda leche -es curioso: siempre son las mismas marcas-, o te adelantan a ciento noventa dándote las luces, por el carril de la izquierda; luces que supones el conductor da con el pitón derecho, porque ves fugazmente que sostiene el volante con la rodilla, fuma con una mano y habla por el móvil con la otra. 0 esos cadáveres de perros abandonados en la carretera por irresponsables hijos de puta que se los regalaron a sus hijos cuando cachorrillos, y ahora no saben qué hacer con ellos.

Es curioso, en gente tan insolidaria como somos los de aquí, el fuerte instinto gregario que, en la carretera; os hace parar a 'todos a tomar café en el mismo restaurante o repostar en la misma gasolinera, mientras medio kilómetro más allá hay establecimientos absolutamente vacíos. 0 que produce un fenómeno circulatorio único en Europa: el carril derecho de la autovía por completo vacío, y todos los coches en rigurosa fila, parachoques pegado a parachoques, por el carril de la izquierda. El día que les cuento, la cosa iba incluso más allá: autovía de tres carriles, el central y el izquierdo -precisamente los destinados a adelantar-, abarrotados en dos compactas filas; y el derecho, precisamente el destinado a vehículos lentos, limpio como patena de cura minucioso, o sea, ni un solo coche; tal vez porque en este país de soplapollas todos tenemos demasiada categoría como para considerar lento nuestro vehículo. Dándose, además, el singular fenómeno de que, cuando algún espontáneo se le ocurre pasar a ese carril lento y desierto y circular por él adelantando a los otros que van a treinta por hora, todavía hay quienes desde los carriles central e izquierdo se molestan, dan las luces o tocan el claxon a ese listillo que se cuela por el carril lento, vaya morro, que es lento como su propio nombre indica, en vez de joderse en las colas de la derecha, las colas rápidas, como todo hijo de vecino.

Y una curiosa anécdota personal. Ya rematando el viaje, fuera de la autovía, de noche y en una carretera de dos direcciones, un conductor muerto de sueño o con una trompa considerable trazaba peligrosas eses ante mi parabrisas, invadiendo en cada curva el carril contrario. Temiendo que fuera a dormirse o desmayarse, o achocar con alguien, cada vez le daba el arriba firmante brevísimas ráfagas con la luz larga, para prevenirlo. Por fin se detuvo el julai en el arcén, y creí que recapacitaba por fin su lastimoso estado. Pero no. Se limitó a dejarme pasar y luego, sin dejar de hacer las mismas eses, empezó a darme él a mí furiosos destellos con sus luces largas, como venganza. La venganza del Coyote. Por suerte el sinuoso hijoputa debía ir tan cocido o dormido, tan incapaz en cualquier caso de seguir una línea recta, que no acertaba nunca a deslumbrarme con sus faros. Y allá atrás se quedó el hombre, entre eses y ráfagas, zaca, zaca, flas, fías, junto al quitamiedos de un barranco en el que espero de todo corazón se encuentre ahora.

3 de mayo de 1998


domingo, 26 de abril de 1998

Cuestión de cojones

Hace tiempo que mi madre no me da la bronca por abusar del lenguaje soez en esta página, y empiezo a preocuparme. O ella envejece y se acostumbra, o estoy perdiendo facultades y volviéndome lingüísticamente correcto. Por fortuna, todavía llegan cartas de algún lector o lectora inasequibles al desaliento, afeándome mi poca vergüenza. E incluso Nacho Iglesias, el baranda de esta barraca, recibe periódicas sugerencias para que en El Semanal me echen a la calle de una puta vez. La última es de un señor de Oviedo, por la letra jubilado y por el membrete notario, que me afea el uso, e incluso el abuso, de la palabra cojones, e incluso sugiere la posibilidad de que yo saque tanto a colación el asunto por algún trauma personal relacionado con mi propia virilidad o, subraya el amable comunicante, mi ausencia de ella. "A ver si es maricón", concluye, por si no he captado los circunloquios preliminares.

En fin. Al margen de que yo pueda resultar más o menos maricón, la antedicha carta me viene al pelo para traerles a colación un impreso anónimo que hace tiempo circula por ahí- algún lector ha tenido el detalle de mandármelo-,y que, bajo el título Riqueza del castellano, enumera una exhaustiva relación de las diversas acepciones que en nuestra lengua, la de Quevedo y Cervantes, tienen los atributos masculinos. Y me van a perdonar el notario de Oviedo y mi madre, pero no me resisto a glosar el asunto y poner los cojones en su sitio.

Por ejemplo: según confirma con acierto singular el mencionado folleto, el sentido cojones varía según el numeral que le acompaña. La unidad significa algo caro o costoso (eso vale un cojón), dos pueden sugerir arrojo o valentía (con dos cojones), tres significar desprecio (me importa tres cojones), y un número elevado suele apuntar dificultad extrema (conseguirlo me costó veinte pares de cojones). Del mismo modo, basta un verbo para darle variedad a los significados. Verbigracia: tener puede referirse a valentía (esa tía tiene cojones), pero también censura, admiración o sorpresa (¡tiene cojones!); expresión que, en su variante ¡manda huevos!, hizo recientemente popular, en sesión de las Cortes, mi paisano y compañero de maristas Federico Trillo.

Siguiendo con los verbos, acompañado de poner puede significar reto o aplomo (puso los cojones encima de la mesa), y el verbo tocar implica molestia, hastío o indiferencia (me toca los cojones), vagancia (se toca los cojones), e incluso desafío (anda y tócame los cojones). El término es también acepción de lentitud (viene arrastrando los cojones). Y en cuanto a amenaza, su uso es frecuente (te voy a volar los cojones) e incluso se recurre a ello para describir agresión física (fue y le pateó los cojones).

Los prefijos y sufijos también son importantes de cojones. Por ejemplo, a-significa miedo (acojonado), des-implica regocijo (descojonarse), y -udo implica calidad o perfección (cojonudo). También las preposiciones matizan lo suyo: de alude a éxito (nos fue de cojones) o intensidad (hace un frío de cojones), hasta define ciertos límites (hasta los cojones) y por alude a intransigencia (por cojones). También se recurren a ellos como lugar de origen para definir cierto tipo de actitudes intrínsecamente españolas y como origen de voluntad inapelable (porque me sale de los cojones). En cuanto al color, textura o el tamaño del asunto, los significados son ricos y diversos como la vida misma. Un color violeta define bajas temperaturas (se me quedaron los cojones morados de frío). Posición y tamaño son decisivos, tanto para precisar pachorra o tranquilidad (se pisa los cojones) como coherencia (lleva los cojones en su sitio). Sin que falten referencias cultas o históricas (tiene los cojones como el caballo de Espartero).

Así que ya me dirá usted, señor notario. A ver cuando Shakespeare, o Joyce, o la madre que los parió, en esa jerga onomatopéyica y septentrional que usaban los pastores para llamar a las ovejas, y los piratas para repartirse el botín contando con los dedos, fueron capaces de utilizar, con todo su Oxford, la palabra equivalente con tanta variedad, y tanta riqueza, y tanta prosapia como la usa hasta el más analfabeto de nuestros paisanos. Tres mil años de griego, latín, árabe y castellano respaldan el asunto. Lo que, se mire por donde se mire, es un respaldo lingüístico de cojones.

26 de abril de 1998

domingo, 19 de abril de 1998

El fantasma de Sunderland

El Paraná baja sucio al atardecer, arrastrando maleza y fango, y los barcos fondeados proa a la corriente, en mitad del río, encienden sus primeras luces ante Rosario. Desde mi mesa, junto a la fachada del viejo bar Sunderland -minutas a todas horas, exchange of money- miro cómo desde la orilla y los muelles abandonados suben la cuesta, lentamente, los fantasmas cansados de marineros muertos que nunca abandonaron este lugar. Los cascos oxidados de sus vapores y barcazas se pudren desde hace un siglo en otras aguas o en el fondo el río, entre móviles bajos de arena que ninguna carta señala, y ellos no tienen otra cosa que hacer, otra justificación para continuar existiendo, que venir cada noche al Sunderland, como antaño, a beberse esa primera cerveza que tiembla en el vaso, entre sus manos inciertas de malaria, hasta que la tercera o cuarta caña termina por templar les un poco el pulso. En alguna parte suenan un acordeón y un tango, y la voz de un hombre que también está muerto hace mucho tiempo se lamenta de que el mundo siga andando y de que la boca que era suya ya no lo bese más. Y los marineros que hablan sin pronunciarlas lejanas lenguas y llevan exóticos tatuajes, beben en silencio junto a sombras de mujeres que sonríen y esperan.

Tengo una fotografía del viejo Sunderland a principios de siglo, cuando aún figuraba en la muestra pintada bajo el alero, junto al rótulo del bar-restaurante, el nombre de Severino Gal, el español que abrió el primer boliche, casa de comidas y almacén cuando aún se llegaba hasta aquí a caballo y en carreta, por veredas y entre fogatas que los vecinos encendían en atardeceres como éste. En la foto están sus amigos con canotiers de paja, chalecos, y en mangas de camisa blanca, y las mujeres cuyos espectros me observan ahora desde la penumbra aparecen en la imagen setenta u ochenta años atrás, aún vivas, jóvenes y bellas, cruzada una pierna y la falda sobre el tobillo, con jarras de cerveza en las manos. A Severino Gal le gustaban los amigos, los automóviles y los abrazos; y en las paredes del local, junto a las puertas que en otro tiempo llevaban a los private room y que hoy se abren sobre el vacío de ninguna parte, fotos amarillentas evocan, brazos cruzados y sonrisa irónica, a su fantasma sediento.

Un incendio no podía faltar en la historia. En 1989 el Sunderland se quemó por completo, como tiene que suceder en esos extraños rituales, inevitables, de algunos lugares cuya magia consiste en ser fieles a sí mismos y a lo que significan. Pero ciertos sueños se niegan a morir, o tal vez es que hay hombres que se niegan a traicionar ciertos sueños. De cualquier modo, en 1992 un argentino italiano y un argentino español lo compraron y reconstruyeron ladrillo a ladrillo. Y ahora, en sus mesas de la orilla del río y en el interior, entre el olor de puchero español, picada argentina y pasta italiana, vitrinas con antiguos porrones y botellas de la fábrica Pujol y Suñol, y botellas de agua mineral Cristal para las damas, el viajero puede acodarse en una barra de estaño que en otro tiempo cobijó a los guapos sonrientes y acuchilladores del barrio Refinerías, pedir un aperitivo Lusera, una ensalada de molleja, un bife o una empanada, y mezclar memoria y presente, amigos, amores y fantasmas entre la música de un piano aporreado por Fito Páez, el aroma del último cigarro que Osvaldo Soriano fumó antes de morir, o la voz guasona y cálida del negro Fontanarrosa, que te cuenta el último partido del Rosario Central. Se puede consultar el horario de trenes que hace muchos años dejaron de salir de la Estación Córdoba, o folletos con el día de llegada improbable de barcos que nunca llegaron y que ahora descansan en el fondo de mares lejanos. Se puede recibir como regalo un soldadito de plomo que pelea con espada y daga, pintado minuciosa y pacientemente por Reinaldo Sietecase, o pararse ante un viejo almanaque en el que uno puede borrar, si se lo propone, el día en que perdió aquel sueño, aquel amor, aquel amigo. Se puede sacar del bolsillo, lenta y solemnemente, plegada en cuatro dobleces, una fotocopia de la partida de nacimiento de Ernesto Guevara de la Serna, más conocido como Che Guevara, nacido aquí, en Rosario, el14 de junio de 1928. Se puede desplegar esa hoja sobre la mesa, ponerla junto a la vieja foto del Sunderland, mirar una vez más hacia el río, y brindar con todos los fantasmas que en este atardecer acompañan al silencio.

19 de abril de 1998

domingo, 12 de abril de 1998

Márquez

Desde hace treinta años patea el mundo con una cámara de televisión y un par de cojones. Hace cuatro le dediqué Territorio Comanche, y ahora el Club Internacional de Prensa acaba de premiar su trabajo; así que hoy me van a permitir ustedes que también le dedique esta página. Se llama José Luis Márquez León y está a pique de cumplir cincuenta tacos. Entre la gente del oficio su nombre es toda una leyenda. En aquel libro lo describí como rubio, duro y bajito; y Carmelo Gómez, que lo encarnó en el cine, supo imitar su tono de voz áspero y desgarrado, su valor profesional y frío, su hosquedad y sus silencios. Después de la última campaña de los Balcanes, Márquez estuvo haciendo reportajes escalofriantes en aquella merienda de negros que fue Liberia, y luego vino un tiempo en dique seco, en Madrid, hasta que Eva, su mujer, y sus dos hijas, hartas de tenerlo todo el día gruñendo por casa, le dijeron que o se iba a otra guerra o ellas pedían el divorcio. Así que firmó por tres años en la corresponsalía de Oriente Medio, como quien se alista en la Legión. Y allí sigue, con base en Israel, contándoles a ustedes las intimadas en los telediarios. El año pasado le abrieron la cabeza de una pedrada, y lo telefoneé para reírme un rato. Estás viejo, cacho cabrón, le dije. Antes te disparaban y nada, y ahora un niñato te descalabra con medio ladrillo. Jubílate ya.

Me mando a mamarla, claro. A Parla. La cicatriz del coco se le ha sumado a las otras – Vietnam, Eritrea, etcétera-, y sigue cámara al hombro, carrera va y carrera viene, entre palestinos, israelíes, Líbano e Irak, sabiendo perfectamente que el día en que se detenga, que se pare y se mire al espejo y reflexione sobre esas cicatrices, y las arrugas nuevas que se van sumando a las viejas, y el cansancio resignado y escéptico que desborda sus ojos azules, todo lo que lo mantiene vivo y en pie habrá terminado: y entonces no tendrá más remedio que resignarse a envejecer como todo el mundo, recordando en silencio. Porque Márquez es de ese tipo de hombres y mujeres capaces de recordar en silencio, junto a un amigo o con la única compañía de una botella de algo adecuado a la circunstancia. Su biografía bastaría para llenar varias vidas: en la profesión se le considera uno de los tres o cuatro mejores cámaras de guerra del mundo, y yo he visto a los compañeros, fulanos de las más importantes televisiones internacionales, tratarlo con envidia y respeto. Fue el único cámara presente en la matanza de Tiannamen, y escapó de allí escondido bajo un montón de cadáveres apilados en un camión. Filmó los misiles de crucero norteamericanos segundos antes de impactar sobre Bagdad, y son suyas – Petrinja, Vukovar, Sarajevo las mejores imágenes de la guerra de los Balcanes. La famosa secuencia en que las balas trazadoras serbias pasan entre las piernas de Márquez y le aciertan a un soldado croata que está en el suelo con un lanzagranadas dio la vuelta al mundo. Y la historia de su maldito puente yugoslavo es ya legendaria en el oficio, y mítica en las facultades de periodismo.

He dicho también alguna vez que si Márquez hubiera sido anglosajón, sólo por lo que hizo en China, el Golfo o Yugoslavia, ahora estaría ganando una fortuna como cámara de la CNN o la BBC. Pero tuvo la desgracia de ser español y trabajar en este país, teniendo como jefes a capataces mediocres y envidiosos, a directores sectarios como María Antonio Iglesias y Jordi García Candau (Diccionario de la RAE: “Sectario: secuaz, fanático e intransigente, de un partido o una idea”) y a productores miserables, capaces hasta de regatear una botella de Whisky para su cumpleaños. Tan mezquinos todos que, cuando dediqué a Márquez Territorio Comanche, ante la imposibilidad de meterme mano a mí pasaron una temporada vengándose en él, encomendándole las tareas más humillantes y rutinarias –llegaron a tenerlo de guardia permanente ante los juzgados de Madrid-, a él, que había hecho a TVE ganar tantas veces una fortuna, jugándose durante años los huevos y la vida por cuarenta mil cochinos duros al mes.

Así que me alegro de ese premio, y de que ahora lo dejen seguir trabajando en lo único que sabe hacer y ha hecho toda su puta vida. Y le dedico esta página porque me sale del morro, y porque sé que la tribu, Manu Leguineche, Alfonso Rojo, Gerva Sánchez, Miguel de la Cuadra y cuantos tienen el privilegio de haberlo conocido en Sarajevo o en el culo del mundo, se alegran tanto como yo. Así que enhorabuena, hermano. Y buena caza.

12 de abril de 1998.

domingo, 5 de abril de 1998

El abrigo de visón

Alguna vez he escrito de mis compadres los viejos choros, artistas capaces de quitarle herraduras a un caballo al galope, maestros de lo suyo, espléndidos buscavidas de aquella España cutre que ya sólo es posible revisitar en las viejas películas de Pepe Isbert, Manolo Morán y Tony Leblanc. Esas películas divertidas, geniales, que ninguna televisión de este puñetero país emite nunca, porque a los imbéciles de sus programadores les resulta más fácil inundarnos de telemierda norteamericana.

Esta mañana me llamó por teléfono uno de esos amigos: Antonio Carnera, hoy ancianete y jubilado, que en otro tiempo perteneció a esa ilustre cofradía de trileros, piqueros y timadores que hasta hace treinta o cuarenta años fue aristocracia barriobajera en puertos y estaciones de ferrocarril. Antonio y el arriba firmante hemos estado charlando un rato de viejos tiempos, de la pensión de jubilado que nunca tuvo, de amigos y conocidos comunes como Amalia la Verderona, maestra de piqueros y tomadores del dos, de Ángel, mi famoso choro de La ley de la calle, o del legendario Muelas, creador del timo del telémetro y autor inmortal de la venta a un pringao del tranvía 1001, que es el más extraordinario hito de la historia del timo en España.
Al final hemos quedado en vernos y tomar unas cañas. Y aunque hace ya un par de horas que colgué el teléfono, todavía sonrío al recordar el acento madrileño y chuleta de Antonio, su viejo orgullo profesional cuando le tiro de la húmeda y le hago que largue, y recuerde. Dentro de unos días, cuando nos tomemos unas cañas en cualquier mostrador de zinc o mármol, le haré contarme despacio y por enésima vez su mayor logro profesional, su obra maestra: el timo del abrigo de visón. Antonio, que de joven tenía una planta estupenda, con clase, recurría a ese registro cuando quería correrse por el morro una juerga. La última vez fue en el año 59, en Madrid, después de haber tocado con éxito el mismo palo en provincias. Primero alquiló una suite en el Palace, donde se dio una buena zampa; y luego, bien maqueado y engominado, se fue a Pasapoga en busca de la torda más espectacular que hubiera a tiro. A los tres boleros, un bayon y dos mambos empezó a enseñar billetes y a decir eso de qué hace una mujer como tú en un sitio como éste, bombón, a ti te tenía yo como a una reina. Y para demostrarlo, te voy a regalar mañana un abrigo de visón. Que no, que sí, que tú me tomas el pelo, chato, que yo hablo en serio, mi vida, que ésa es la fetén y a mí me salen las lechugas por las orejas, y ese cuerpazo, amén de otras cosas, está pidiendo un visón pero ya mismo. Total: al día siguiente, cita con la gachí, aún algo incrédula, en la mejor peletería. Pruébate éste. Y éste. Nos llevamos ése, el más caro. La jai, por supuesto, alucinando en colores. Y a la hora de pagar, Manolo desenfunda arte y labia: vaya, qué contrariedad, se me han terminado los cheques, es igual, llévemelo a las seis de la tarde al Palace, habitación tal. Y se va con la torda.

Luego, fase crucial: oye, prenda, son las dos, vamos al hotel si te parece, comemos caviar y champán y esperamos el abrigo. Chachi. Y claro, a la suite. Y allí, esperando el visón, piscolabis de lujo y polvazo inmenso y gratis -«de esos que uno se cae de la cama, colega»--con la mejor hembra de Pasapoga. Y a las cinco y media en punto, Antonio se levanta. Oye, perdona, mi vida, bajo un minuto a la caja del hotel a sacar metálico, que traerán el visón de un momento a otro. El resto se lo imaginan ustedes: ese Antonio que se viste. Ese Antonio que baja y cruza el vestíbulo. Ese Antonio que sale a la calle como si fuera a por tabaco. Ese Antonio que no vuelve. Y a las seis, puntual como un clavo, llega el peletero con el visón, y sube al cuarto; y le abre la jaca, que ya se va mosqueando, y se monta el pifostio. Y en esas aparece el cajero del Palace sin nadie que le pague una cuenta que te cagas, incluida la suite, y el caviar, y el champán, y las flores que Antonio -que es un romántico- le regaló a la gachí.

Eso, se pongan como se pongan los mojigatos y las feministas galopantes, es arte, se mire por donde se mire. Arte de verdad, de la vieja escuela; filigrana imposible sin mucho morro, aplomo y talento. Y oírselo contar al artista, imaginen. Por eso ya disfruto de antemano el momento en que Antonio Carnera, con la cuarta cerveza a la mitad, encienda un Ducados, me mire con su temple de viejo jugador de mus, y cuente por enésima vez aquello de: «Y en mitad del mambo, la apalanco así y digo: una mujer con ese cuerpo merece que la tengan como a una reina».

5 de abril de 1998

domingo, 29 de marzo de 1998

Reivindicación del gomorrita

Alguien tiene que decirlo, así que hoy lo digo. Ya está bien de tantos siglos de olvido partidista, y tanta injusticia. Ya está bien de tanta manipulación falaz de la Biblia y de la Historia, de tanto manguita que se lleva la fama mientras otros cardan la lana. Si de café se trata, que haya café para todos.

Esta introducción, o proemio, viene al hilo de un hecho bíblico: Cuando Yahvé, o sea, Dios, decide desencadenar su operación Tormenta del Desierto y bombardea las ciudades de la Pentápolis (Génesis XIX, 24), se pasa por la piedra de amolar y sin contemplaciones a Sodoma y Gomorra, entre otras, con el balance de sólo tres supervivientes y una estatua de sal. Lo hace, supongo recuerdan ustedes, porque tanto los sodomitas como los gomorritas habían incumplido los acuerdos en vigor, y no facilitaron la labor ni trataron bien – de hecho quisieron literalmente sodomizar (XIX, 4)- a los dos observadores internacionales que, con la cobertura diplomática de ángeles, viajaron allí para echarle un vistazo al putiferio.

Desde entonces, y a eso es a lo que voy, el nombre de Sodoma se hizo famoso, legendario, y los naturales de esa ciudad recibieron un trato de favor en la Historia y en la sociedad. Los sodomitas se hicieron inmortales. Su fama cruzó fronteras, llenó libros y bibliotecas, definió tipos sociales, motivó estudios, tratados, películas y demás. El diccionario Espasa, por ejemplo, entre pitos y flautas les dedica nueve páginas de pormenores en letra apretada, incluyendo un mapa del Mar Muerto con la localización geográfica exacta de la ciudad donde tanto hilo le dieron a la cometa. Y a ese nombre de tan ilustre y secular prosapia se han asociado sin reparo personajes extraordinarios como Alcibíades, Sócrates, Miguel Angel, Shakespeare, Safo, Oscar Wilde o García Lorca. De hecho, la presencia de sodomitas es hoy decisiva y numerosa en el mundo moderno de la cultura, la ciencia y la política. Incluso el término se hace extensivo a muchas actividades no directamente relacionadas con la cosa en sí. Por ejemplo –el Espasa también distingue entre activa y pasiva-, para definir la política exterior española respecto a Cuba y a la administración Clinton.

¿Y qué pasa con Gomorra?, pregunto. ¿Qué pasa con esa ciudad que, teniendo según la Biblia los mismos méritos que Sodoma, vio injustamente oscurecidos nombre y fama?... ¿Qué pasa con los gomorritas, tan marginados que su nombre no significa nada ni se utilizó nunca para maldita la cosa, hasta el punto de que el citado Espasa se limita a decir: ‘Gomorra: Véase Sodoma’?...Convendrán ustedes conmigo en que estamos ante un flagrante caso de ninguneo y ante una auténtica canallada histórica. Porque digo yo que algún derecho tendrían los de Gomorra, y algún pecado nefando interesante cometerían también, habida cuenta de lo que les cayó encima cuando Yahvé les dio las suyas y las de un bombero. Y si lo del llamado vicio de sodomía lo tenemos más o menos claro – ‘Concúbito entre personas de un mismo sexo, o contra el orden natural’- y la Iglesia y la ciencia clasifican a sus entusiastas como ‘invertidos puros’, ‘pseudo invertidos’, ‘unisexuales dimorfos’ y ‘poli sexuales’, e incluso meten la masturbación en el ajo, la verdad es que me pica muchísimo la curiosidad saber en qué consistió el vicio de gomorría, y qué es lo que uno siente cuando gomorriza, o bien cuando lo gomorrizan a uno. O a una, porque lo mismo va y resulta que el de Gomorra era un pecado chachi, todoterreno, de esos que lo mismo valen para un cocido que para un estofado. Y nosotros aquí, monótonos y de piñón fijo, en la inopia.

Así que pueden considerar esto un manifiesto. En nombre de los marginados y los parias de la tierra, reivindico el nombre de Gomorra. El gomorrita posee, estoy seguro, mal que le pese a los ortodoxos y a la opresión bíblico-centralista de Sodoma, una conciencia nacional histórica, una mala fama personal e irrenunciable, sin duda un RH y una lengua propia –el gomorrés- que deben ser recuperados y puestos en claro con una campaña adecuada del tipo: Gomorra is different, o Gomorra, ven y alucina, o Gomorra: tan cerca y tan lejos. En estos tiempos en que hasta Sangonera la Verde pide representación propia en el parlamento europeo, ya es hora de que la nación gomorrita deje de ser compañero de viaje y don nadie de sodomitas ni de luceros del alba. Gomorra fue un hecho diferencial e histórico indiscutible. Y Lot, un listillo, un vendido y un cipayo.

29 de marzo de 1998

domingo, 22 de marzo de 1998

El asesinato de Blasco Ibáñez

Tuve la desgracia de ver Blasco Ibáñez, de Luis García Berlanga, cuando la emitieron el otro día en TVE. Y digo que tuve la desgracia, porque hasta aquel momento infausto yo habría derramado sin vacilar mi sangre por Berlanga, ese abuelo desvergonzado, iconoclasta y maravilloso del cine español, autor, entre otras cosas, de obras maestras –los capullos de bobalias y diseños varios las llaman obras imprescindibles- como lo son Bienvenido mister Marshall o la extraordinaria trilogía de la Escopeta nacional. Pero a partir de ahora, y con todo el respeto que le sigo teniendo al director más importante de nuestro cine –un Blasco no borra un Plácido-, lo de la sangre me lo voy a pensar despacito y dos veces.

La serie sobre la vida del novelista levantó polémica. En Valencia, donde Blasco es San Vicente Blasco, sentó como una patada en la boca del estómago su proyección por Canal 9. Luego, en la nacional, los unos porque TVE la daba sin promoción previa, a oscuras y con alevosía –Blasco no era precisamente de los que vota al Pepé-, y los otros, incluida la nieta del autor de Cañas y barro, diciendo que la película es mala y un insulto a la familia, y que vaya vergüenza que se exhiba por ahí. A la disputa le pusieron guinda ciertos columnistas, prestigiosos de su oficio, de la cosa cultural, asegurando que la serie era automáticamente cojonuda por el mero hecho de ser de Berlanga, y que a quien no le hubiera gustado es que no sabía de cine, ni de televisión, ni de nada, y además era un fascista.

Y lo siento mucho, pero no trago. Una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa. Y al arriba firmante, que como ya he dicho adora a Berlanga, la película sobre Blasco Ibáñez, le parece mala. Y aún diría más: me parece muy mala, imperdonablemente mala en cualquier director y en cualquier televisión, pero mucho más teniendo detrás de la cámara al mejor director de cine español. Que el tono gamberro, desmitificador y de parodia, como dicen los defensores de la serie, haya sido la intención del trabajo, no justifica casi nada. Mal se puede desmitificar algo que sólo es un mito en Valencia, porque en el resto de España y en la mayor parte del mundo, ni Blasco Ibáñez es un mito, ni sus novelas las leen, ni de él se acuerda nadie. Y en segundo lugar, el supuesto tono golfo tampoco justifica unos diálogos infames, irreales, que nada tienen que ver con el modo de hablar de la época en que se sitúan. Unos diálogos anacrónicos, donde además todo el mundo utiliza unos tacos –tiene gracia que yo venga a subrayar eso-que nadie pronunciaba entonces, y menos las señoras. Unos diálogos que cobran todavía más irrealidad puestos en boca de algunos actores tan rematadamente malos y poco creíbles que no consigo explicarme dónde están aquellos magníficos secundarios del Estudio Uno, y el teatro, y el cine de toda la vida, barridos ahora por tiñalpas improvisados, sin oficio ni trazas de tenerlo. Eso, por encima. Porque si entramos en honduras, entonces tendrían que explicarme ese Galdós ridículo, o esa Emilia Pardo Bazán grosera y ninfómana, o esa Chita a quién Ana Obregón –que resulta de lo más digno en cuanto a interpretaciones de la película-, encarna con una ordinariez increíble en la que fue mundana y sofisticada amante de Blasco Ibáñez. Y en cuanto al propio novelista, la divertida caricatura personal que de él hacen Berlanga y el actor Ramón Langa poco se adentra, fuera de la peripecia folklórica, en la personalidad literaria y el trabajo del que fue novelista español internacionalmente más famoso de su tiempo; un escritor profesional que se hizo multimillonario con sus novelas y a quien en tres horas de proyección apenas vemos escribir, y siempre así, de pasada, apoyado en cualquier parte, con un lápiz y un papel, zis zas, improvisando.

Pero claro, ese no era el objetivo, dicen los palmeros del maestro. El asunto era romper moldes y toda la parafernalia, así que las objeciones dan igual. Y puede ser, en efecto, que mi sentido del humor y mi gusto por las desmitificaciones y los moldes rotos no estén a la altura de una ópera magna. Pero también es casualidad que, para una vez que alguien se ocupa de llevar a la televisión algo relacionado con la palabra cultura, el resultado sea una frivolidad y un esperpento. ¿Imaginan a los franceses haciendo eso con Hugo, Zola o Balzac, o a los ingleses aplicando mismo tratamiento a Graves, a Greene o a Conrad?.

22 de marzo de 1998

domingo, 15 de marzo de 1998

Un chucho mejicano

La historia me la contó hace unos días Sealtiel Alatriste, que además de ser mi editor centroamericano y de prestarme su apellido para cierto espadachín del XVII, es amigo mío. Estábamos Sealtiel y el arriba firmante en una cantina de México D.F., con una botella de Herradura Reposado y unos mariachis cantando ‘Mujeres divinas’, que siempre nos pone nostálgicos; la misma canción que a don Ibrahim –ese compadre de la Niña Puñales y del Potro Mantelete- le despertaba en Sevilla añoranza de su juventud caribeña, portales de Veracruz y playas de Acapulco, el reloj de Hemingway, María Bonita y toda la parafernalia. Estábamos allí, les decía, ya con el nivel del tequila por debajo de la línea de flotación de la botella, y Sealtiel se puso a contarme cosas. Y entre ellas, la vida de Sami.

Sami es un perro callejero que vagabundea por la colonia del Valle de la capital mejicana, donde vive Sealtiel. Cuando luego, interesado por su historia, quise verlo, comprobé que se trata de un esmirriado chucho blanco con manchas negras, a medio camino entre un zorrillo y un pastor alemán, con un toque chusma. No es de esos canes que ladran a la gente, ni se acerca a olisquear a las señoras dejándoles manchas húmedas en el trasero, ni se aferra a la pierna de un transeúnte e intenta violarla dale que te pego, como hacen otros. Tampoco guarda las formas por educación, o timidez. Se trata de un perro misántropo y poco sociable, que no se hace ilusiones y se resigna a levantar la pata de vez en cuando para marcar su territorio que sabe perfectamente no le pertenecerá en su puta vida. Tal vez por eso –me informó Sealtiel- Sami, que es chucho pacífico, mostró siempre una radical conciencia de clase al pelearse exclusivamente, echándole huevos al asunto, con todos y cada uno de los perros de raza del barrio, grandes y bien alimentados, a los que sus dueños sacaban a pasear. Y claro. Un danés grande como un castillo le sacó un ojo.

Los vecinos se dieron cuenta por casualidad, pues Sami no se quejaba. Anduvo por la colonia tuerto y callado hasta que una vecina se dio cuenta, y compadeciéndose de él recolectó algunas decenas de pesos para llevarlo en su coche al veterinario. Y ahí Sami estuvo puritito charro y valiente, muy a la altura de las circunstancias: no mordió a nadie, ni orinó donde no debía, y ni siquiera dijo ándale, o híjole, o guau, que es lo menos que un perro mejicano puede decir en tales casos. Silencioso y estoico, fue devuelto a la calle vendado, cosido y curado, como si volviera con Villa de la toma de Zacatecas. Y los vecinos, impresionados por las maneras del chucho, empezaron a interesarse por él, a cooperar en su restablecimiento con huesos y medicinas. Gente que sólo se conocía de vista, que no se había dirigido nunca la palabra antes, se paraba en la calle a preguntar por Sami; y, como consecuencia, a interesarse los unos por los otros. La cosa se acentuó cuando a Sami lo atropelló un coche. Un equipo de emergencia compuesto por la dueña de la librería de la esquina, un señor a quien llaman ‘el licenciado’ –todos los vecinos ignoran su nombre-y la escritora Verónica Murguía, que también vive allí, lo envolvieron en una colchoneta y lo llevaron al veterinario; donde un par de vecinos más acudieron a interesarse por su estado, y antes de que entrara a cirugía le dieron una apresurada sesión de transmisión de energía positiva llamada reiki, ante el asombro de los veterinarios. Y se quedaron todos afuera, fumando, esperando, mientras a Sami lo operaban a vida o muerte.

Salió de ésa. Perdió la cola, tiene la pelvis hecha cisco y cojea. Lo he visto, y les aseguro que es una mierda de chucho; pero sigue vivo, come, defeca trabajosamente en las aceras, pasea su melancólica figura de veterano marginado, tuerto y lleno de cicatrices, por las calles de la colonia del Valle, y cuando suena la alarma de algún coche se pone a ladrar acompañándola, como si de ese modo quisiera pagar su deuda con el vecindario. Pero el número de gente que se detiene a hablar de él ha aumentado. Sus copropietarios se han convertido en una especie de cofradía extravagante, sentimental, que en una ciudad áspera y dura como es el D.F., donde cada cual va a su avío y no hay quien de noche circule a pie por miedo a un asalto o a un mal encuentro, se detienen a hablar, sonríen, se saludan, se interesan unos por la vida de los otros. Ese es el milagro de Sami: los hizo a todos mejores, y lo saben. El chucho.

15 de marzo 1998

domingo, 8 de marzo de 1998

El viejo profesor

No hay un soplo de brisa. Llueve silenciosamente sobre las playas de San Juan, y los cañones del antiguo fuerte español apunta hacia el mar Caribe como centinelas melancólicos de hierro y oxido, aún a la espera de una imposible incursión de filisteos, ingleses cabroncetes o herejes holandeses. Bajo el cañizo que nos protege de la lluvia, el viejo profesor don Ricardo Alegría mira la bandera de las barras y estrellas que cuelga del mástil:

No imagina cuánto nos ha costado a los puertorriqueños que usted y yo estemos hoy aquí hablando español.

Después sonríe, cómplice, bajo el bigote gris. Junto a nosotros, un matrimonio de turistas gringos se filma mutuamente en vídeo. Recién salida ella de una teleserie norteamericana. Pantalón corto él, camisa hawaiana, gorra de béisbol, con la avispada jeta de un rumiante de Arkansas: todo un intelectual.

- Cada uno - murmuró- tiene la lengua que se merece.

- Qué pena que su gobierno no entienda eso.

- No es mi Gobierno, profesor. Yo, ni dios ni amo.

Acabamos de salir de la Universidad, donde centenares de muchachos ávidos de español nos han asediado a preguntas y comentarios durante horas. Y es que hay que joderse. Uno se mete en un avión, cruza miles de millas de océano Atlántico, y llega a lugares donde todavía se conserva la memoria de la lengua, de la cultura trimilenaria que nace en la Biblia, en Gracia, y en Roma, se mezcla con el Islam y florece en la latinidad medieval, en el Renacimiento y los siglos de Oro, y luego viaja a América para el mestizaje con lo indígena y lo africano. O sea, que uno viaja al quinto coño y se encuentra con que en el Caribe conservan lo hispano con más celo y respeto que en la propia España. Quevedo, Cervantes, Lope, Moratín, Galdós, Valle, Clarín, siguen vivos y admirados, mientras nosotros copiamos teleseries de mierda yanquis o perdemos el culo y la memoria con la idea de Europa, volviendo la espalda a esa América que debería ser aliada natural, cómplice y hermana. Sustituyendo irresponsablemente una cultura rica y mestiza por una cultura -por llamarla de algún modo-elemental, de diseño. Una cultura técnica y bárbara.

- Tal vez con esto del 98.... -apunta sin demasiada esperanza el viejo profesor.

Me río bajito, entre dientes, con muy malaleche. El 98, respondo, sólo va a servir para el presidente Aznar y sus mariachis le hagan otra solemne succión a los Estados Unidos, a quienes con esta moda de la construcción europea políticamente correcta, son hasta capaces de pedir perdón por no haber capitulado en el acto cuando la guerra de hace un siglo. No hay más que fijarse en Cuba, donde se te cae la cara de vergüenza, pues ni Franco cayó tan bajo como para poner en manos de Washington la propia política hispanoamericana. Además -añado-, hablar a estas alturas del español como algo importante, aunque sea como vinculo con Hispanoamérica, podría alterar el pulso de los cínicos caciques vascos y los mercantiles catalanes que el Pepé necesita para seguir haciendo ale hop en el alambre. Así que mucho me temo, profesor, que a mi gobierno como usted lo llama, el español que allí decimos castellano- se la trae bastante floja.

- ¿Y la oposición?

Mi carcajada hace volver a cara al gringo y a su foca en versión Barbi. Luego me aplico a explicarle al profesor las diversas acepciones que en España tienen la combinación de las palabras analfabeto y gilipollas.

- Como decirle -termino- que un ex ministro de Educación y de Cultura es ahora secretario general de la OTAN... Y sin embargo -mueve la cabeza el viejo profesor- la nuestra es una lengua hermosa. La más hermosa del mundo, la más rica, la que hace posible los más perfectos versos, la mejor prosa que los hombres hablaron o escribieron jamás. Una lengua hija de treinta siglos, intensa y diversa, junto a la que la usada por Shakespeare no es sino un balbuceo elemental de pueblos bárbaros. Una lengua vehículo intenso de placer, cultura y memoria; identidad imprescindible que en Puerto Rico, y en Cuba, y en el resto de América, cien años después, sigue siendo símbolo de independencia frente al gigante bastardo del norte. Pero ya ven. Y es que a fin de cuentas, y en efecto, cada uno tiene la lengua que se merece.

8 de marzo de 1998

domingo, 1 de marzo de 1998

Siempre al oeste

Mil millones de mil rayos. No sé ustedes, pero el arriba firmante se ha emborrachado muchas veces con el capitán Haddock, y el whisky Loch Lomond carece de secretos para mí. Salté en paracaídas sobre la Isla Misteriosa con la bandera verde de la FEIC entre los brazos, crucé innumerables vecesla frontera entre Syldavia y Borduria, navegué en el Karabotuljan, el Ramona, el Speedol Star, el Auroray el Sirius, busqué el tesoro de Rackham el Rojo-ya saben, siempre al oeste- y caminé sobre la Luna mientras Hernández y Fernández, con el pelo de colorines, hacían de payasos en el circo de Hiparco.

Cuando me eché una mochila al hombro, mi primer viaje fue, como Tintin, a bordo de un petrolero y rumbo al País del Oro negro. Y todo aquello tuvo tanto que ver con mi vida que años más tarde, cuando murió Georges Remi, Hergé, mis jefes del diario Pueblo me preguntaron si no me importaba cambiar durante unos días Beirut por Moulinsart, y publicaron una doble página en la que yo contaba cómo fui a darles el pésame a mis viejos amigos, y junto a una mesa llena de telegramas de condolencia -Abdallah, Alcázar, Serafín Latón, Oliveira de Figueira- había charlado largo rato con un abatido y envejecido Tintin, antes de mamarme a conciencia con el viejo capitán Haddock, mientras en el tocadiscos sonaba el aria de las joyas en una antigua grabación de Bianca Castaflore. Del mismo modo que el mundo se divide en stendhalianos y flaubertianos, también se divide en tintinófilos y asterixófilos. Y a mí, que amo a Matilde de la Mole mientras que Enma Bovary me parece una perfecta gilipollas, a la hora de situarme ante un álbum ilustrado puedo disfrutar mucho con las aventuras del galo irreductible; pero nada tiene eso que ver con el inmenso placer que sentí siempre al pasarlas páginas de un Tintín. Recuerdo que valían sesenta pesetas, y que ahorraba esa suma a base de cumpleaños, santos y aguinaldos navideños como un Scrooge cualquiera -todos mis tintines los compré yo salvo el primero, que fue El cetro de Ottokar- para ir a la librería Escarabajal, en Cartagena, y salir de ella con uno de aquellos álbumes en las manos, contenido el aliento, gozando del tacto de sus tapas duras de cartón, el lomo de tela, los magníficos colores de las siempre espléndidas portadas. Y luego, a solas, con invariable ritual, abría sus páginas y respiraba el olor a buen papel, a tinta fresca bien impresa, antes de zambullirme en su gozosa lectura. De aquellos momentos magníficos han transcurrido casi treinta y cinco años, y todavía, al abrir un Tintín, puedo sentir ese aroma que ya siempre, a partir de entonces, asocié con la aventura y con la vida. Con Los tres mosqueteros, El talismán, Las aventuras de Guillermo, La leyenda del Cid, el cine de John Ford y los tebeos de Hazañas Bélicas, aquellos tintines formatearon para siempre el disquete de mi infancia.

Ahora, la biografía que sobre Hergé escribió Pierre Assouline ha sido publicada en España. Assoulinees franchute, un buen tipo, excelente crítico y biógrafo de Simenon, Kahnveiler y Gallimard; un fulano bigotudo e inteligente, contagiado desde siempre por el virus de la literatura, que entiende como un lugar amplio y hospitalario, donde sólo son extranjeros los imbéciles y los hombres de mala fe. Conmigo siempre fue acogedor y generoso; y desde hace años debo a la revista Lire, que él dirige, más cordialidad, franqueza y simpatía desprovista de reticencias y complejos que a la mayor parte de los críticos literarios españoles que conozco. Así que celebro tener un pretexto justificado y honorable para corresponder de algún modo, contándoles a ustedes que Hergé, el denso libro de Assouline-426 páginas en la edición española- es un extraordinario recorrido por la biografía del autor de Tintin, una minuciosa investigación a base de archivos privados y centenares de testimonios, donde se nos desvelan todos los mecanismos y procesos de creación de los personajes y las 23 historias de la serie. Y es, también, una fascinante panoplia de claves sobre el autor: el Georges Remi que se inició en el periodismo, que estuvo fascinado por China, que fue acusado de colaborar con los nazis, y que siguió trabajando, internacionalmente reconocido, hasta su muerte. Un Hergé contradictorio y genial, capaz de crear un mundo imaginario con historia y geografía propias, dotarlo de una sociedad con códigos y rituales, y poblar ese universo maravilloso con personajes inolvidables, para eterno goce de lectores de 7 a 77 años. Por los bigotes de Pleksy-Gladz. Amén.

1 de marzo de 1998

domingo, 22 de febrero de 1998

El grito de Lucía

Me pide Lucía que grite por ella, pues no puede hacerlo por sí misma, o no la oirán por mucho que lo intente. Imagino que el problema de Lucía es que España va bien, como dicen mis primos. Y como por ir bien se entiende aquí que los bancos ganen viruta, que quienes cotizan en bolsa sigan haciéndolo sin sobresaltos, y que toda la mugre quede barnizada bajo una apariencia de estabilidad, modernidad y diseño, pues resulta que respecto a Lucía y a los que son como ella y a los que están todavía peor, que son unos cuantos millones largos, hay mucha gente interesada en que ni se les vea, ni se les note, ni traspasen.

Tampoco vayan ustedes a creer que Lucía es una moza especialmente marginada, o que tiene algún síndrome incurable y raro. Todo lo contrario. Podría considerarse privilegiada porque tiene veintitrés años, es guapa y está sana, y además pudo estudiar dos años de Administrativo y tres de Informática de empresas antes de enviar currículums a todo cristo y conseguir, por fin, un contrato de seis meses que estipulaba cuarenta horas semanales, quince días de vacaciones y65.000 pesetas al mes. Luego, en la práctica, el asunto se convirtió en once horas diarias, sábados de 9 a 3, y tres domingos de otras once horas al mes con el fastuoso plus de 5.000 pesetas por domingo. Lo que suma, si no me falla la aritmética, más de setenta horas semanales por ochenta talegos al mes. Y, redondeando picos, sitúa la hijoputez en unas trescientas pesetas por hora: la tercera parte de lo que gana una asistenta.

Aun así, Lucía sigue teniendo suerte. Su jefe no es de los que le pellizcan el culo o le manosean las tetas al cruzarse en el pasillo, ni de los que dejan caer eso de que las cosas podrían ir mejor si fueras menos arisca, nena. Tampoco le ha propuesto acompañarlo como secretaria en algún viaje de trabajo que incluya fin de semana; eso sí, sin obligar a nadie ni forzar las cosas, dándole perfecta y libre opción a elegir entre tragar o irse al paro. Pero nada de eso. El jefe de Lucía es hombre respetable y considerado, así que se limita a decirle que sonría a los clientes, que se vista sexy pero no mucho, que ordene con más cuidado los libros y las revistas y los vídeos y las delikatessen, y que recuerde barrer después de cerrar. Incluso le ha recomendado baños de no sé qué para esas varices que a Lucia están empezando a salirle en las piernas por estar de pie detrás del mostrador o la caja. En cuanto a la contractura muscular de la espalda, que se le ha vuelto crónica a fuerza de subir y bajar cajones, las 18.000 pesetas de la extra de Navidad le han servido para pagarse un masajista.

Y de ese modo Lucía comparte trabajo y contratos basura con Reme y con Luis y con Rosa, conscientes todos ellos de que basta colgar un cartel en la puerta para que centenares de Lucías, Remes, Luises y Rosas acudan a toda leche a cubrir el puesto de trabajo que el primero de ellos deje vacante por un mal gesto con el jefe, por sonreír de más o sonreír de menos, por hartarse un día y subirse encima de la pila de los vídeos y mandarlo todo a tomar por saco y decirle a la clienta pelmaza que el Diez Minutos de esta semana ni ha llegado ni va a llegar en su puta vida, cacho foca; y al jefe, que puede coger todas las delikatessen del mostrador refrigerado y metérselas despacito por el culo, incluido el fuagrás del Perigord, y con él los sesenta y cinco talegos mas quince de plus que paga, y digo pagar por decir algo, a cambio de romperse los cuernos 277 horas al mes.

Y como resulta que ni Lucía, ni Reme, ni Luis ni Rosa pueden darse el gustazo, pegar el grito que llevan atravesado en la garganta; y como, por otra parte, al arriba firmante el jefe de ellos cuatro, y los jefes de su jefe, y los jefes de los jefes de su jefe me importan un testículo de pato y yo si puedo darme el gusto sin que me pongan en la calle y me dejen en el paro, pues hoy he decidido complacer a Lucía y gritar por ella que España va bien, por los cojones. Y que un paraíso económico que se basa en la explotación miserable de los jóvenes, en la ley del cacique más analfabeto y truhán, en los resultados de cincuenta empresas y doscientos bancos mientras la sordidez se esconde para que no se vea, no es un Estado de bienestar por mucho que lo pintemos de bonito y reluzca de lejos y le pongamos mucho diseño, mucho mire usted y mucha corbata. O sea: que si ésa es la España a que se refieren cuando dicen que va bien, entonces España es una puñetera mierda. Lucía dixit. Yo lo firmo. Y vale.

22 de febrero de 1998

domingo, 15 de febrero de 1998

La carrera de la eriza


Pues me van ustedes a disculpar, pero metí la gamba. ¿Se acuerdan de aquel erizo del que les hablé hace unas semanas, el que cruzaba la autovía a toda leche entre los coches, tiquitiquití, con dos cojones? Bueno pues no. Quiero decir que no era erizo, sino eriza. Descubrimiento que debo a algunas cartas de lectoras femeninamente correctas interrogándome sobre si desde el coche tuve oportunidad de verle los huevos al bicho.

Debo confesar que no. Sé que debí hacerlo; que mi obligación era parar y mirarle la bisectriz antes de hacer tan frívolas afirmaciones. Pero qué quieren que les diga. Yo iba con cierta gana de llegar, y además la autovía no era sitio para dar marcha atrás (imagínense a un picoleto diciéndome hola buenas libreta en mano, y yo contándole algo sobre los cojoncillos de un erizo). Así que, lo confieso, no paré. Lo supuse al vuelo, y punto. Luego, las cartas poniendo el dedo en la llaga me han hecho reflexionar y ver la luz. Y ahora estoy en condiciones de entonar el mea culpa afirmando que, en efecto, el erizo en cuestión podía ser tanto macho como hembra. Y que eso de que en la madriguera lo esperaban su eriza y sus ericitos supone una arriesgada, abyecta y machista suposición por mi parte.

La verdad es que yo solito nunca habría caído en ello, sobre todo porque a la hora de hablar de un erizo, pues bueno; tal vez me salió de forma automática la asociación con el sexo masculino. Por más que -me apresuro a matizar- los valores a plantear en la reflexión originada por el asunto sean perfectamente extensibles a lo femenino. Aunque la verdad es que me parece una gilipollez andar matizando si el erizo en cuestión era macho con valores compartibles por las hembras o viceversa, o si era un erizo homosexual y quien lo esperaba en su madriguera era otro erizo con tatuajes. Puestos a ser rigurosos, incluso podía tratarse de un erizo solitario, que cruzase la autovía de vuelta de comprarse el Penthouse y el Private en el kiosco de la gasolinera, y tuviese la madriguera llena de púas viejas sin lavar y restos de insectos y hierbajos y cosas -he averiguado también que son omnívoros- sin recoger y sin nada. Pero no sé si eso habría templado la ira epistolar de las antedichas damas, pues tal vez atribuir actitudes de descuido hogareño exclusivamente a los erizos machos sea caer en el mismo pecado sexista. Así que no sé. A mí, la verdad, me pareció un erizo normal, de infantería. Un erizo con libro de familia.

De cualquier modo, y tras esas indagaciones a las que antes aludía, hoy les ofrezco por fin la auténtica verdad sobre el erináceo: era un erizo hembra, o sea, vale, una eriza todavía de buen ver, ligeramente ancha de caderas, de carácter emotivo, activo y secundario, que había cruzado la autovía para buscar algo que comer porque el vago y el imbécil de su marido estaba en la madriguera tumbado a la bartola, sin seguro de paro y sin nada, viendo la tele con un topo amigo suyo - ese sí he comprobado que era topo, y no topa- y hechos los dos unos cerdos de tanto fútbol y tanta cerveza. Y la eriza, que estaba de su marido y del amigote hasta los ovarios, tuvo que cruzar la carretera para agenciarse, de cara a la cena, unas trufas chachis que crecen junto al arcén del otro lado. Y volvía con la mala leche que pueden ustedes imaginar cuando estuve a punto de atropellarla, por eso corría tanto, y también corría porque había puesto unos saltamontes en el horno y se le iban a quemar si no espabilaba. Y he sabido que por fin, cuando llegó a la madriguera blasfemando en arameo, les echó una bronca de narices al erizo y al gorrón del topo, mangutas, que sois unos mangutas, que si no fuera por mí en esta madriguera no se comía caliente, yo por ahí que casi me esclafa en la carretera un hijoputa con ruedas, y vosotros aquí viendo el fúmbol. Y todavía, luego, cuando se piró el topo de los cojones, después de cenar, el marido empezó a poner ojitos y a ponerse tierno, ábrete de púas, corazón. Y la eriza le dijo que de púas se va a abrir tu puñetera madre, cacho capullo, que tienes más morro que un oso hormiguero. Que encima no has sido capaz ni de preñarme en ocho años, tontolhaba. Así que por mí como si te la picotea el búho de guardia. Y luego, cuando el erizo se fue a dormir muy mosqueado, farfullando como el mierdecilla que era, la eriza estuvo un rato leyendo a Stendhal, y luego salió a la puerta de la madriguera a fumarse un cigarrillo mirando las estrellas. Un día, pensó, me lo voy a hacer con el topo. Para fastidiar a este imbécil.

15 de febrero de 1998

domingo, 8 de febrero de 1998

Regreso a Vukovar

La noticia me habría pasado inadvertida de no ser por un tercio de columnita en página par de un diario: Croacia recupera Vukovar. Imagino que a la mayor parte de ustedes Vukovar le importa un carajo. Pero hace años, en el 91, el arriba firmante estuvo contándoles por la tele un montón de cosas de esa pequeña localidad de Eslavonia oriental, fronteriza entre Croacia y Serbia. Tiempos duros aquellos, cuando los serbios eran el chulo del barrio y tenían tanques y aviones y tenían de todo, y Europa miraba hacia otro lado y les dejaba pegarles fuego a los Balcanes con toda impunidad, y mi admirado don Javier Solana, entonces ministro de Exteriores, salía en cada telediario con espléndida sonrisa, diciendo estamos trabajando para detener esto, mientras su mediación, como la de los mierdas de sus colegas de la CEE, consistía en darles palmaditas en la espalda a Milosevic, Karadzic y a quienes ahora, lanzada a moro muerto, llaman criminales de guerra. Ustedes a lo mejor no se acuerdan, y al actual secretario general de la OTAN tampoco le conviene acordarse. Pero yo me acuerdo muy bien, porque estaba allí.

¿Saben ustedes lo que pasó en Vukovar? Pues que mientras don Javier Solana y Europa les hacían a los serbios un francés con todas sus letras, éstos cercaron la ciudad y la cañonearon. Y luego empezaron a lanzar ataques feroces con aviación y con tanques contra los defensores, armados apenas con escopetas de caza y algunas armas de fortuna. Todo eso se lo contábamos a ustedes en los telediarios Márquez, mi cámara de TVE, Jadranka, nuestra intérprete, y el arriba firmante, que nos pasamos aquel verano y aquel otoño corriendo como liebres delante de los tanques serbios por toda la Krajina y toda la puñetera Eslavonia oriental, entrando y saliendo de Vukovar por un caminillo que había a través de los maizales, y nos abrimos de allí por los pelos, con los últimos heridos que aún podían andar, antes de que el cerrojo se cerrara para siempre. Luego se luchó casa por casa, y cuando por fin llegaron al centro de la ciudad, al hospital, los serbios los sacaron a todos y los mataron por el morro, uno tras otro. No hubo prisioneros en edad de combatir; a todos se los pasaron por la piedra fueron a dar en fosas comunes. Eso hicieron en Rado, que era un pequeñito y rubio y se fumaba siempre el tabaco de Márquez. También con Mate el gordito y con Mirko el bosnio, que era callado y elegante y un experto en golpes de mano nocturnos. A Sexymbol no llegaron a tiempo de asesinarlo, porque pisó antes una mina en los maizales, pro sí a su hermano Ivo. Los mataron a todos cuando se quedaron sin municiones y se rindieron. A todos incluido el comandante Grüber, que tenía veinticuatro años y era mi amigo; tanto que un día organizó un contraataque para ganar trescientos metros y que pudiéramos filmar los tanques serbios de cerca, y los filmamos, y costó un muerto y cinco heridos que aquella noche Vukovar abriera el telediario. Al final, cuando Grüber ya estaba en el sótano del hospital con un pie arrancado y metralla en los pulmones, los serbios lo sacaron fuera con los otros heridos y le pegaron un tiro en la cabeza.

Todo eso me ha venido a la memoria ante la pequeña noticia del diario. El recuerdo de aquellas noches en las trincheras, en los sótanos o entre las ruinas de Vukovar. Las largas conversaciones en las que sólo veías del otro la brasa semi oculta de un cigarrillo. El miedo, el coraje, la desesperación, la esperanza. Y el último adiós, aquel amanecer gris en que nos arrastramos por los maizales sin mirar atrás, sintiendo en nuestras espaldas los ojos de todos aquellos jóvenes que iban a morir porque no llevaban un carnet de prensa y un pasaporte en el bolsillo, y porque el ministro Solana y sus colegas no tenían ninguna prisa. Una enfermera superviviente nos contó más tarde que los últimos del grupo de Grüber –una veintena de muchachos entre los dieciocho y los veinticinco años- pelearon, ya con los serbios dentro del último reducto, hasta que no hubo munición que disparar. Que vendieron cara su piel y que no quedó nadie. Por eso, tras ver hoy el nombre de Vukovar en el diario, me serví un coñac, fui al vídeo y puse durante un rato algunas imágenes hechas por Márquez. Ahí están de nuevo Grüber y los otros. Les he dado hacia atrás y hacia delante a las cintas, viendo cómo sonríen, sueñan, fuman, combaten, hablan de la vida, del futuro. He congelado sus rostros muchas veces, recordando. He pasado la mañana bebiendo coñac con un grupo de chicos muertos.

8 de febrero de 1998

domingo, 1 de febrero de 1998

La aventura es la aventura

Resulta que a los del París-Dakar o como se llame ahora, en Mali o en no sé dónde, unos guerrilleros armados hasta los dientes les choraron el otro día un camión de esos con ruedas grandes y muchas pegatinas de los que hacen el rallye, y a otro coche que no paró le soltaron una sarta de tiros que no lo escabecharon de milagro. Y luego los del turbante se abrieron con el botín, el camión y lo que llevaba dentro, y dejaron a los intrépidos conductores allí, al solanero, con cara de esto no puede haberme ocurrido a mí. Y hasta hoy.

No me digan que no mola. Los Carlos Sainz de turno, que no sé cómo se llamaban ni me importa, allí con el volante y los monos y los cascos y toda la parafernalia de Pijolandia -un año hasta fue Carolina de Mónaco-, tirándose el folio de las dunas y tal, curva a la izquierda, Borja Luis, o Marcel-François, o como carajo te llames, y ahora en quinta por toda la pista hasta el Oasis de Kufra según pasamos el audi a la derecha. Iban así, imagino, muy atentos al cronómetro Breitling y a los ratings y a las prestaciones y al tacómetro, con ese gesto duro y audaz de aventurero de pastel que ponen quienes tienen hasta el pinchazo programado por cuenta de la organización y el GPS. Iban así, decía -y a ver si lo digo de una puta vez-, y en esas va el copiloto y le apunta a su consorte: oye, mira, Jean-Pierre, voilá unos aborígenes que nos saludan al borde de la pista, procura no echarles mucho polvo ni atropellarlos como al negro de hace tres días, que éste es un rallye racialmente correcto, o sea. Y el conductor, que va a lo suyo y lleva un retraso crono de una hora, dieciséis segundos y tres décimas, está a punto de decir anda y que se jodan y meter la directa cuando el copiloto comenta qué curioso, oyes, fíjate en los moros, o los bantúes, o lo que sean ésos, que nos hacen señales de parar, y llevan algo al hombro, como si nos fueran a hacer una foto, o tomarnos un vídeo. Hay que ver qué cariñosos y entrañables son estos negros de color, tan muertos de hambre y escuálidos y aún les queda simpatía para acercarse a saludarnos cuando pasamos a toda hostia, que te dan ganas de parar y regalarles un llavero de nuestro Capulling Racing Team. Y el caso es que eso que llevan al hombro es una cámara de vídeo algo rara, ¿no te parece? Así, tan larga y verde. Y qué tontería, no te lo vas a creer pero yo diría que más que grabarnos con ella, nos apuntan. Hay que ver lo que son los espejismos del desierto, Jean-Pierre. Te vas a reír cuando te lo diga. ¿Pues no parece que nos están apuntando con un bazooka? Je, je. Y el caso es que yo diría que parece... Joder. Para, para, para, para, cojones. Esos hijo putas tienen un bazooka.

Les juro a ustedes que habría pagado por verlo. O por estar allí con mi turbante, mis pies descalzos, mi RPG-7 o mi Kaláshnikov al hombro, y el cuchillo entre los dientes haciéndome relucir la sonrisa. Salam Aleikum, chavales. Jambo. El racing team de los huevos saliendo de la curva, los de color soltándole cebollazos, y Jean-Pierre y su primo jiñándose por la pata abajo mientras los sacan del camión. Hola míster, efendi, bwana, ¿cómo lo llevas? Pongo en tu conocimiento que eres el tercer héroe de la ruta que cae hoy. ¿No querías aventura? Pues aquí tienes aventura gratis, colega. Y fuera de programa, que lleva más morbo. A ver las llaves del 6x6 treinta y seis, y el casco, y la cartera, y el Rolex ese que llevas en la muñeca. Y dad gracias que os dejamos la cantimplora, y también que ya hemos sodomizado hace un rato a un motorista japonés de la Honda y venimos aliviados; que si no, pareja, íbamos a poneros mirando a La Meca para que os fuerais del rallye con un souvenir. O a ver si creéis, tontos del culo, que podéis venir cada año a pasarnos por el morro los camiones, y los coches y las motos y los helicópteros, a marcar tecnología y paquete jugando a Beau Geste con todos los riesgos cubiertos, y radio, y apoyo logístico, y vehículos de súper lujo, y cascos de kevlar presurizado, y monos de goretex sanforizado que valen un huevo de la cara; que con sólo lo que cuesta uno de esos guantes que lleváis para que no os salgan ampollas al cambiar de marchas podría vivir aquí una familia durante año y medio. Y encima, en los finales de etapa, todavía queréis haceros fotos con nosotros para contarle después a la peña lo exótica y lo típica y lo aventurera que es toda esta gilipollez. Así que gracias por el camión y lo demás, so tiñalpas. Esto es solidaridad con el Tercer Mundo, y no lo del 0,7 por ciento. Iros por la sombra, y hasta el año que viene.

1 de febrero de 1998

domingo, 25 de enero de 1998

El maestro de gramática

La sangre chorreaba por los imbornales de la fragata inglesa. Habíamos estado una hora larga cañoneándonos penol a peno, y mis hombres subieron al abordaje poco inclinados a mostrarse clementes, o piadosos. No en vano habían visto, durante años, arder naves más allá de Orión y ponerse el sol en la Puerta de Tannhäuser. La fragata se llamaba Venganza de la reina Ana y ahora se balanceaba en la marejada, la jarcia hecha trizas, con el cabo de Palos perfilándose en la bruma una milla al sur-suroeste. Debía de tener a borde pasajeras, prostitutas o esposas de oficiales, porque cuando mi gente remató el trabajo oí desde el combés gritos de mujer.

Yo fui a lo mío. Del camarote del capitán me llevé dos cartuchos de monedas de oro, un sextante Plath y el cuaderno de bitácora. Luego, en la bodega, le eché un vistazo a lo que mi tercero y la dotación de presa iban a llevarse cuando gobernaran el barco hasta Cartagena. La carga no estaba mal, pero lo que me llamó la atención fue un grueso legajo que encontré manuscrito compuesto por muy diversos e interesantes textos, cultos, bárbaros, iconoclastas, divertidos e inteligentes, de cuya autoría no se daba información alguna, sacados a la luz –según lo escrito en la cubierta-, en Murcia, en el año de gracia de 1997, a 927 días del fin del segundo milenio. El título figuraba en la primera página, con tinta algo corrida por el agua de mar: Espejos de una biblioteca (KR Editorial).

Me llevé el manuscrito –mis hombres lo habrían usado para limpiarse el culo- y tras leerlo de cabo a rabo me fui a la banda de barlovento del alcázar, allí donde nadie viene a molestarme, y pasé mi cuarto de guardia, entre vistazo y vistazo al viento y las velas, reflexionando sobre la extraordinaria inteligencia y la profunda lucidez contenida en las páginas que acababa de leer. Después, todavía con una sonrisa cómplice en la boca se lo entregué a José Perona, a quien mis hombres llaman el doctor, aunque él suele titularse maestro de Gramática. Cuentan que en otro tiempo fue doctor que enseñaba en alguna de las universidades del rey nuestro señor, pero la resaca de la vida lo arrastró un día hasta los puertos y el mar; y cuando se enroló a bordo lo hizo aceptando las condiciones de reparto de botín que rigen el corso, aunque renunciando al dinero y conformándose en cada abordaje con una de cada tres violaciones de inglesas y una pinta de ron. El doctor, o el maestro de Gramática, como prefiere que le llamen, es un tipo singular, poco sociable, que se emborrachaba a solas con ginebra Bols en las noches tranquilas de luna llena o lee libros, infinidad de ellos, entre los cabos adujados a proa; y que cuando izamos la bandera de combate y disparamos el primer cañonazo dice en griego o en latín cosas extrañas como “que huelan lo que prueben” o algo así. Fue arponero en el Pequod, ama a Francia, odia a la Pérfida Albión, desprecia a los zafios que no fueron educados en la altivez del suicidio, y es capaz, en mitad del zafarrancho y los astillazos, de filosofar o contarnos cosas de un conocido suyo, un tal Lebrija, con quien debe de tener algún asunto a medias.

El caso es que le entregué el manuscrito al doctor o maestro de Gramática José Perona, para que hiciera con él lo que gustase. Y en ese momento hubo algo en la mirada que me dirigió por encima de los lentes, una especie de sonrisa casi imperceptible, amistosa y socarrona al tiempo, que me dio mucho que pensar. Y por un momento –ya sé que es absurdo, pero así fue- tuve la certeza de que el manuscrito no le era en absoluto desconocido, sino que su gesto, más que de recibir algo, se parecía mucho a una recuperación. En ese momento el vigía anunció una vela lejana por la amura de babor, así que me ocupé en otras cosas como ordenar más trapo y emprender la caza, que por la popa es siempre caza larga. Luego vinieron otros asaltos, otros mares, otros botines, otras borracheras y otros latines entre pinta y pinta de ron. Pero todavía, cuando recuerdo aquella fragata inglesa y el manuscrito hallado en su bodega, recuerdo la indefinible y sabia sonrisa del doctor, y aquella mirada que me dirigió por encima de los lentes –en uno de los cuales, por cierto, había una huella digital de sangre inglesa-. Por eso me pregunto si no fue él mismo quien, aprovechando la confusión del abordaje, puso el manuscrito en la bodega de la fragata. Para que yo lo encontrara allí.

25 de enero de 1998

domingo, 18 de enero de 1998

Vidas lavadas

Pues resulta que estás comprándote unos tejanos y vas y le dices al dependiente de toda la vida que dónde carajo están los de siempre, esos que ya vienen lavados pero son azul oscuro, porque sólo encuentras pantalones decolorados, tan lavados de origen que todos son azul clarito, desvaído, sosos, y en cuanto los pases un par de veces por la vida y por la lavadora se van a quedar hechos una mierda. Y el dependiente te dice que ya no hay. Y tú replicas que cómo cojones no va a haber si los ha habido siempre; tejanos, o sea, vaqueros, o sea, blue-jeans, que dicen algunos chorras. Iguales que esos que tiene ahí expuestos pero azul oscuro, como su propio nombre indica. Blú. Bluyins.
Pero el dependiente va y se rila de risa. Es que no te enteras, chaval. No te enteras porque los compras de año en año y eres un abuelo y un antiguo. Ahora la moda son los tejanos descoloridos, o sea, lavadísimos; y la marca y modelo que usas desde siempre, porque eres más de piñón fijo que un teniente chusquero de la Benemérita, ya no se fabrica sino muy así, como los ves Televés, porque si los hacen de un azul que parezca poco lavado, la gente es tan gilipollas que va y no los compra.

- Me estás vacilando, Paco.

- Te juro que no.

Y yo, que siempre me tiro el folio con eso de estar mirando, pero en realidad sólo miro la parte que me interesa ver, y del resto no me entero, echo un vistazo alrededor y compruebo que sí, anda, que mi primo tiene razón, que todos los fulanos y fulanas que llevan tejanos los usan muy lavados, muy descoloridos, y apenas se ven azules de verdad, nunca mejor dicho, azules de pata negra. Entonces, indignado, le digo al dependiente que no es lo mismo; que un pantalón tejano como il faut debe ser de origen oscuro, tener un sólo lavado suave de fábrica para que luego no encoja, o no tener ninguno, e ir envejeciendo contigo, poco a poco.

- Esa concepción romántica de la indumentaria –me dice el dependiente, que leyó a Juan Benet-está obsoleta.

Obsoletas mis narices, respondo. Porque de otras cosas no tengo ni puta idea; pero de pantalones tejanos, colega, puedo escribir un libro que se llame Los tejanos y la madre que los parió. Me he pasado la vida dentro de unos tejanos, de acá para allá. He arrastrado tejanos por los suelos y los asfaltos espachurrados y los cristales y los escombros de todos los países donde había hijo putas con escopeta. Los he lavado hasta con jabón de tocador en cuartos de baño de hoteles de medio mundo. He desgastado sus rodilleras y fondillos rozándolos sobre la cubierta de un velero, y los he sentido secarse sobre mi cintura y mis piernas, endurecidos por la sal del agua de mar. Los más viejos entre la media docena que poseo tienen más mili que el Guerrero del Antifaz, están llenos de remiendos, y de zurcidos, y casi blancos de guerras y de sol y de mar y de salitre, y la navaja marinera con llave de grilletes que llevo en ellos se me cuela por los agujeros de los bolsillos. Ese par en concreto se me cae tan a pedazos, de puro cochambroso, que es precisamente el que me pongo siempre al llegar a puerto, cuando bajo a cenar a tierra. Y aunque voy hecho un guarro y sin afeitar, me repeino todo para atrás con la raya alta, me pongo un polo azul limpio que también tiene más lavados que una sábana de hotel, unas zapatillas de tenis blancas y una chaqueta de marino que tengo con dos filas de botones dorados: mi chaqueta estupenda de Lord Jim, que uso para joder a mis cuñados, que son capitanes y marinos mercantes de verdad, de toda la vida.

O sea. Que mis tejanos son mis tejanos, porque me los he currado yo. Y exijo que los puñeteros fabricantes me dejen seguir haciéndolo. Vivimos en un tiempo en que, como ocurre con todos aquellos otros tejanos des coloridos y falsos, hasta la memoria nos la convierten en mercancía postiza, de diseño, artificialmente envejecida, empaquetada como un producto. Y así vivimos entre falsas pátinas, falsos bronces, falsas pieles, falsos pantalones tejanos. Somos tan capullos y tan cómodos que la vida también pretendemos comprarla hecha, vivida por otros, servida en una pantalla de televisión o un escaparate, antes que pateárnosla nosotros mismos. Pero unos pantalones tejanos raídos, como Dios manda, no están al alcance de cualquiera. Hace falta toda una vida para vivirlos y gastarlos, y ahí es donde está la gracia del asunto. Ninguna vida viene ya lavada de fábrica.

18 de enero de 1998

domingo, 11 de enero de 1998

El bar de Dani

Durante buena parte de mi vida, los bares y los cafés fueron refugio, oficina, centro de operaciones y hasta hotel en lugares donde no había hotel, o éste se había convertido en lugar insalubre, lleno de sobresaltos y agujeros. Con esto quiero decirles que he coleccionado bares por un tubo, bares de aeropuerto, de barrio, de carreteras, sitios elegantes y antros cutres. Y no por afición a darle al frasco, sino porque veintiún años con una mochila al hombro, con el desarraigo y la incomodidad que eso implica, y la necesidad de un lugar de reflexión y calma donde escribir una crónica, organizar una transmisión, disponer de un teléfono que funcione para decir hola buenas, Mariloli, ponme con el redactor jefe, son motivos suficientes para que uno desarrolle el instinto de adoptar esos bares o esos cafés que, a los cinco minutos, una vez te has instalado dentro y pides algo,, y pones las notas o el libro sobre la mesa mientras ordenas ideas, se convierten con pasmosa facilidad en lugares tan confortables como tu propia casa de toda la vida. Eso ayuda mucho. Y consuela. Y un montón de cosas más.

El bar, sobre todo, tiene una ventaja adicional. A diferencia del café, que es más favorable a la parcela individual, el bar, como su propio nombre indica, cuenta con una barra común. Y una barra de bar es siempre punto de encuentro, sobre todo si al otro lado hay un camarero o un propietario como Dios manda. Una barra de bar es un sitio donde, entre vaso y vaso, y a poco que se descuide, la gente pone, voluntariamente o sin darse cuenta, su vida sobre el mostrador. Por eso es tan fácil allí hacer amigos, a poco que se cuente con las dosis mínimas de curiosidad, sociabilidad y buena fe. A menudo, en especial al principio, cuando era más jovencito y viajaba a solateras, cuando llegaba a una ciudad desconocida y a veces hostil lo primero que hacía era irme a un bar y pegar allí la hebra con el camarero, que en cinco minutos me ponía al corriente. En días de desconcierto y soledad, entraba en una cantina de Managua, un cafetín de Beirut o Estambul, una tasca cochambrosa de Luanda, y a la media hora, a medida que iba enrollándome con camareros y parroquianos, ya era de allí de toda la vida. Mientras encontré en mi camino un bar abierto, nunca estuve solo.

Ahora hago otro tipo de vida, pero conservo el viejo instinto. El otro día llegué a una ciudad que apenas conocía, y paseando a mi aire por el casco viejo entré en un bar que no había pisado en mi vida. Allí había una barra y un dueño que se llama Dani, adora los álbumes de Tintín y sueña con leer libros hermosos y fotografiar cada mañana a quienes pasan por delante de su puerta, igual que Harvey Keitel en Smoke. Y había una camarera pelirroja y guapa que se llama Isabel y tiene una linda cicatriz horizontal en la frente. Y había un cliente, un tipo chiquitillo y duro que responde por Primitivo, que a los quince minutos y dos cañas me autorizó a llamarlo Primi, y me contó que acababa de conseguir unos reclinatorios de iglesia y ya había vendido tres. Y yo me pasé dos horas en ese bar y luego volví por la tarde a llevarle a Dani el Alatriste que le había prometido. Y allí seguía Primi, y un matrimonio joven con crío en un carrito, y algunos más. Y al día siguiente Dani y los otros, que leen poco porque no tienen tiempo, y hasta Primi, que no lee nada, fueron a la presentación de un libro mío y se llevaron a toda la peña. Y luego, cuando nos desembarazamos del protocolo de corbata y la parafernalia, nos fuimos al bar de Dani con el Califa, con su amigo el fotógrafo, con Encarna y con los otros; y el Califa me contó cómo lo dejó su novia y él se quedó hecho una mierda, pero a la quinta copa pude convencerlo de que esas cosas, colega, van incluidas en el precio de la vida. Y todos estuvimos contando chistes uno detrás de otro y descojonándonos horas y horas; y cuando yo conté el del cazador y el oso maricón, y luego el de la rata que va con un murciélago del brazo y le dice a otra rata que sí, que su novio es feo pero es piloto, el Califa, que cuenta unos chistes que te vas de vareta, se lo apuntó en un papel y luego juró que me seria fiel hasta la muerte. Y Primi me contó su vida, que tiene una novela, o varias. Y Encarna escenificó tres veces el chiste de la ninfómana. Y todos agarramos una castaña de cojones. Y Dani me regaló un Tintín de madera que había en un estante, y debajo escribió: de tus amigos. Y pocas veces se han escrito verdades como ésa.

11 de enero de 1998

domingo, 4 de enero de 1998

Nos va la marcha

Hay que ver cómo pasa el tiempo. Hace ya un mes que fumigaron La sonrisa del Pelícano. Saben ustedes que a veces esta página la tecleo con semanas de antelación, así que no me extrañaría que ya hubiese un programa parecido en alguna otra parte. Pero no es de eso de lo que quiero hablarles; sino de un par de cosas que, con todo aquel trajín y la clausura fulminante del tinglado pelicano se me quedaron en el gaznate. Sobre todo ante el herju maravilloso de que los barandas de Antena 3 descubrieran de pronto lo infame del engendro, después de haber contratado al fulano que hacía. Exactamente el mismo programa en otra tele, y tenerlo meses dándole palmaditas en la espalda, encantados con los índices de audiencia. Porque si en aquel asunto alguien no engañó nunca a nadie y fue consecuente hasta el final -consecuente con su propia mierda, pero consecuente- fue el amigo Pepe Navarro. Y nunca habría Jurado porque millones de individuos e individuas, haciendo uso legítimo de su mando a distancia, permanecieron anclados frente a esa bazofia mientras los jefes de la tele, con ojos de dólar como los del tío Gilito, le daban, cling, cling, a la caja registradora.

A ver si esta vez consigo decirlo con tacto: estoy hasta arriba, harto, o sea, hasta los mismísimos cojones, de tanta demagogia y tanto llanto de cocodrilo y, tanta asociación de espectadores en pro de una televisión educativa, culta y rigurosa que luego, cuando se hace, nadie ve. Cierto es que los directivos de las cadenas, estatales o privadas, son una panda de golfos probados a quienes importa más presentar una saneada cuenta de beneficios motivada por, la audiencia y la publicidad que ésta arrastra- que cualquier tipo de avance moral o educativo. Cierto es que existe otra nutrida cofradía de fulanos y fulanas, ya destarados y con mucho morro como Pepe Navarro, ya del género blandengue, tierno y llorón como Paco Lobatón, Isabel Gemio y Jesús Puente, capaces de echarle jeta al asunto y hacerse un cóctel a base de niñas de Alcásser, huerfanita que busca a su abuela y parejas separadas que vuelven a encontrarse gracias a la magia de la tele. Una peña, dicho sea de paso, que me parece aún más inmoral que el pelicano de mi otro primo, parque Navarro tenía el cinismo de no engañar a nadie; mientras que el gimoteo presuntamente solidario de éstos, explotan la inocencia o la incultura de infelices y pobre gente, suena más falso que un duro de plomo. Pero no es menos cierto que a todo ese personal son los espectadores, aplaudiendo como borregos o plantados con la boca abierta ante la tele, quienes le dan de comer.

Es como lo de las nevadas. Cierto es que en este putiferio nacional un día van y se bloquean diez aeropuertos, o las autovías de media España, y miles de familias pasan la noche en las carreteras por imprevisión, descoordinación y chapuza generalizada de Aeropuertos Españoles, Renfe, Tráfico y Protección Civil; y aquí se lava las manos hasta el ángel de la guarda que estaba -de turno esa noche, y nadie es responsable de nada, y ni dimite nadie ni cesan a nadie, y hasta la próxima, o sea, hasta luego Lucas. Pero no es menos cierto que cuando aparece la niebla o empieza a nevar, o lo que caiga, hay cinco millones de gilipollas que por nada del mundo estamos dispuestos a quedarnos en casa un puente de la Constitución, o a coger un tren, sino que seguimos numantinamente resueltos a viajar todos-en coche a la misma hora por la misma carretera, pararnos a cenar en el mismo restaurante y repostar en la misma gasolinera. Y sabiendo perfectamente lo que nos espera, porque conocemos cómo funcionan los servicios públicos en España, metemos a la parienta, a la suegra y a los niños en el tequi y salimos caiga quien caiga, con un par de huevos y ese audaz impulso, tan español, de vamos a intentarlo y si cuela, cuela, que tan buen resultado dio a Cortés, Pizarro y a otros en viejos tiempos, pero que ahora nos lleva directamente al arcén helado de la nacional IV durante doce horas mientras los picoletos se cachondean, con razón, y tú blasfemas en arameo.

Y es que en el fondo todo es lo mismo: la tele, la carretera, la cola del cine. España tañí. Pasarnos la vida piándolas y luego nos abalanzamos a meterla pata en el mismo charco. Somos un país de hipócritas y de bocazas, de irresponsables y de tontos del culo. Por eso tenemos la tele, y la vida, y las carreteras que nos ganamos a pulso. Así que a joderse y disfrutarlas.

4 de enero de 1998