lunes, 25 de agosto de 1997

El faro de la nao

Cuando la luz del faro aparece por proa, hay un levante suave, de ocho a doce nudos; y el velero, amurado a babor, se desliza en la oscuridad con el único ruido del agua que corre por los costados del casco. La luz está donde debe estar: donde calculaste ayer que estaría, mientras trazabas rumbo, bordos y abatimiento. Y cuando con los prismáticos en la cara y el cronómetro en la mano cuentas los destellos, sonríes para tus adentros. Es el faro del cabo de la Nao. Luego bajas a la camareta y, sobre la carta náutica, confirmas la posición y trazas el nuevo rumbo. Y al subir otra vez a cubierta el faro sigue ahí; un poco más cerca, con su presencia en la oscuridad que indica tierra, peligro, mantente lejos, cuidado. Buena travesía y buena suerte, compañero.

Tienes en la cabeza, de tanto mirar la carta preparando la arribada, los perfiles de tierra, los veriles de profundidad, la gama de azules, la escala de millas en latitud y en longitud. Y apoyado en la regala húmeda, esperando que amanezca, piensas en los hombres que durante siglos navegaron, observaron, anotaron esa y otras costas. Gentes de mar y de ciencia que lenta, minuciosamente, marcaron cada escollo en una carta, cada peligro con una baliza, cada ruta o punta de tierra con un faro, una luz. Fueron siglos de intuiciones, de trabajos. Así, poco a poco, en el mar y tierra adentro, el hombre convirtió paisajes hostiles en lugares habitados, más seguros y cómodos. Eliminó obstáculos, construyó faros, puertos, canales, carreteras. Pobló el paisaje de luces, y de vida, venciendo la batalla de su piel desnuda.

Piensas en todo eso mientras el faro va desplazándose lentamente hacia la aleta de estribor, y sientes gratitud por quienes hicieron posible que estés aquí, mirando la luz del faro y vivo, en vez de hecho astillas contra los rompientes. Pero luego, aún con ese pensamiento, recuerdas la mancha de petróleo del día anterior, larga de una milla, que tu roda estuvo cortando durante largo rato con una suavidad densa, siniestra, porque a un capitán desaprensivo le trajo cuenta limpiar tanques o achicar sentinas en alta mar. Y recuerdas ese pesquero de hace cinco días en treinta metros de sonda, barriendo toda vida con las redes tan pegadas a tierra que ya sólo le faltaba llevarse las lapas de las piedras. O identificas otras luces que empiezas a adivinar como bloques inmensos de pisos, cemento, urbanizaciones, cloacas vertiendo toneladas de suciedad a las playas y al mar. Paisajes, ecosistemas rotos para siempre.

Y malditos seamos, te dices. Después de siglos luchando por sobrevivir a la naturaleza, el hombre ha logrado imponer sus reglas. Ya es el más fuerte. Donde antes costaba décadas acarrear piedras, trazar caminos, ahora dinamita, arrasa, remueve la tierra con máquinas poderosas y la rehace con estéril cemento. Todo es demasiado fácil: absurdas colmenas de hormigón, playas artificiales, autopistas, ciudades desaforadas, campos devastados y estériles. Ya no hacemos caminos para ir a sitios, sino autovías para llegar lo más pronto posible; y arrancamos los árboles para que los cretinos con mucha prisa no se rompan los cuernos en ellos. No satisfecho con haber vencido a la Naturaleza, el hombre la humilla. La destruye y la adapta a sus más ridículas pretensiones.

Piensas en todo eso allí, diez millas al sudeste del cabo de la Nao. Pero de pronto se agita el mar, y una manada de delfines se pone a nadar junto a tu proa, con los reflejos del faro y de la luna en sus lomos al cortar la superficie del agua; las crías, más pequeñas, acompasando su movimiento al de las madres. Y tú les gritas: "Buena suerte", y piensas que a lo mejor no todo está aún perdido, y ni siquiera la maldad y la estupidez y la ceguera bastan para destruir todas las cosas hermosas. Y luego, rompiendo el alba, casi entre dos luces, te cruzas de vuelta encontrada con otra vela que navega fanales apagados, a menos de un cable, silueta oscura indefinida entre mar y cielo. Y cuando pasa a tu altura, en ese velero desconocido brilla la luz de una linterna, una, dos, tres veces. Y tú respondes con otros tres destellos idénticos mientras la silueta del velero se aleja en la oscuridad, hacia la línea clara que empieza a insinuarse en el horizonte. Allí donde todavía están a salvo los delfines y los hombres que sueñan con ser libres.

24 de agosto de 1997

lunes, 18 de agosto de 1997

El mensaje y la botella

El otro día me pusieron a caer de un burro. Andaba el arriba firmante que ya es raro liado por un amigo en uno de esos cursos de verano que organizan las universidades, y el redactor de un periódico se mosqueó porque no quise hacer declaraciones, ni ruedas de prensa, ni fotos, ni nada. Dije lo que digo siempre; que no tenía nada nuevo que contar salvo mi conferencia, a la que sugería asistir. Que aparte de eso, lo que tengo que decir lo digo cada semana en esta página. Y que cuando hay novedad en algo, un libro, una película, con mucho gusto dedico algún tiempo a hablar de ello, y luego me callo hasta la siguiente ocasión. La gente suele entenderlo. Pero esta vez, sintiéndose desdeñado, uno de los redactores se despachó en una quejosa, columnita, lamentando, decía, que se me haya subido no sé qué a la cabeza y ya no conceda entrevistas a mis antiguos compañeros.

Pues lo siento por el doliente, pero me reafirmo en la cosa; por mucho que, a base de cursos de verano, y de conferencias, y de bolos varios, y de acudir a la tele, y de valer lo mismo para un cocido que para un estofado, algunos escritores españoles hayan mal acostumbrado a la gente en eso de largar a troche y moche. Ya sé que para algunos darle a la tecla es un acto trascendente, un arte sublime que se toman muy a pecho. Pero resulta que, entre tanto arte y tanta posturita, algunos prójimos se pasan más tiempo dando doctrina por ahí, desde cómo hacer una novela hasta definir con dos cojones las corrientes narrativas mundiales de cara al próximo milenio, en vez de limitarse a cumplir con su obligación, la principal: sentarse a escribir cosas. Que no sé a otros; pero a mí, pardiez, me lleva bastante trabajo. Y me deja poco tiempo para tournées artísticas, y ninguna gana de sentar cátedra mareando la perdiz.

Tampoco entiendo muy bien esas ansias de los lectores por conocer y de los periodistas por entrevistar. A los escritores no habría que conocerlos más que por sus folios, so pena de descubrir la verdad: que somos tan humanos como cualquiera, o sea, una pandilla de fantasmas, de bocazas, de pedantes, de autosuficientes, de envidiosos, de niños góticos, de gilipollas que se creen tocados por la gracia divina; y que justo quienes más se las marcan de no mirar al tendido y de que pasan de público y cifras de ventas, pierden literalmente el culo por firmar autógrafos y vender más libros que nadie. El arriba firmante, faltaría más, también participa de algunos de esos aspectos de la cosa; pero no voy a ser tan capullo como para darles a ustedes pistas. Para eso están los libros de cada cual.

Que me perdonen si quieren los presuntos algunos son buenos amigos pero estoy hasta la gola de ver a escritores haciendo el chorra en la tele y en las entrevistas y en las universidades de verano, sentando cátedra sobre aquello de lo que no tienen no tenemos ni la más puta idea; en vez de hablar, si no hay otro remedio, de lo que uno escribe. Y si me apuran, ni siquiera de eso habría que hablar. Porque a un autor debe conocérsele no por lo que larga, que eso lo hace cualquier cagatintas, sino por lo que escribe. Por su obra. Por el mensaje en la botella que lanza al mar para que manos amigas o enemigas lo descifren, lo rechacen o lo incorporen a sus vidas. Les juro por mis muertos más frescos que vistos en corto, de cerca y sin páginas interpuestas, los de la tecla somos tan vulgares y miserables como cualquiera. A mí el Thomas Mann egocéntrico, frío y lleno de ángulos oscuros, o el Stendhal que sufría por ser gordito y poco galán y no seducir a mujeres hermosas, me habrían decepcionado muchísimo en persona. Lo que me importa de ellos surge cuando subo con Hans Castorp a la Montaña Mágica y escucho a madame Chauchat cerrar la vidriera de un portazo, o recorro junto a Fabrizio del Dongo el campo de batalla de Waterloo. Y para eso no necesito entrevistas en los periódicos, ni leches en vinagre. Me voy al libro, lo abro y leo. Y punto.

Se quejaba el otro día mi primo Marías, el inglés que tenía todas las almas tan blancas, del escaso eco que tuvo en la prensa española la concesión del merecidísimo premio Impac que los irlandeses imagino que sobrios le endilgaron hace unas semanas. Bueno, pues qué más da. Tampoco pasa nada, y quizá hasta sea mejor así. Lo que importa, vecino, amigo, es que tus libros están en las librerías, que la gente va y los lee. Ese es tu premio y ese es tu territorio. Lo demás debería refanfinflártela, colega.

17 de agosto de 1997

domingo, 10 de agosto de 1997

Oye, ministro

Estos días el arriba firmante anda a vueltas con el guión de una serie para la tele, un asunto que mi compadre Sancho Gracia quiere producir sobre la España de 1898. Y como eso del cine y Ros guiones es cosa de especialistas, Sancho ha fichado a dos machacas, los hermanos Olivares -más conocidos por los hermanos Dalton-, para que le den forma técnica al asunto. Los Dalton son jóvenes, brillantes y nos llevamos muy bien. Pero el otro día, mientras revisaba uno de los diálogos desarrollados por ellos, me detuve con el lápiz en alto. En la escena, que transcurre a la salida de un consejo de ministros de hace un siglo, los periodistas interpelan a un ministro de Marina llamándolo: «Ministro, ministro».

Comenté el asunto con los Dalton, aclarándoles que los políticos españoles no siempre han tenido las maneras de la chusma que tenemos ahora, y que ese compadreo de: oye, ministro, oye, presidente, es una cosa reciente y más bien de aquí, desde que periodistas y políticos se van a la cama -a veces literalmente- juntos. Y que al único que no tutea nadie es a don Manuel Fraga, porque no se deja. Y añadí que si en el siglo pasado, incluso en buena parte de éste, un periodista se hubiese dirigido así a un ministro, habría sido puesto de patitas en la calle. Y que aún hoy en la vecina Francia todo el mundo se dirige al ministro como «monsieur le ministre». Por no hablar del presidente de la República. Allí ésas son cosas a respetar porque, respetándolas, la gente se respeta también a sí misma. No como en España, que todos somos contertulios, y nos tuteamos, y nos sacudimos unos a otros la chorra con toda la naturalidad y toda la ordinariez de que somos capaces. Que es mucha.

Lo grave no es que los Dalton lo entendieran, porque son chicos listos y lo cazaron en cuanto abrí la boca. Lo grave es el reflejo automático que les hizo escribir como harto natural una zafiedad que sólo es posible aquí y ahora, en España. Somos el único país de Europa donde entras en un restaurante con tu legitima y el camarero pregunta «¿qué vais a tomar?», el cliente te dice «dame el Marca», la dependienta aconseja «pruébatelo», el mendigo sugiere «colabora, colega», y el niño vestido de rapero dice «dime la hora, subnormal» o se refiere al cura de su parroquia como Paco. Toda España es un inmenso tuteo; hasta el punto de que algunos, que fuimos cuidadosamente educados por nuestros papas para hablarle de usted a todo el mundo yo, hasta cuando insulto-, nos sentimos bichos raros cuando gente con canas presuntamente respetables dice: «pero no me hables de usted, hombre, que me haces muy viejo», el mozo de hotel al que das propina lo agradece con un «gracias, Reverte», o después que el taxista ha preguntado «¿dónde te llevo?» tú vas y contestas, muy serio, tras un «buenos días» que nadie responde: «Pues me va a llevar usted, por favor, a la calle Leganitos».

Todo eso, que parece anecdótico, no lo es. Supone un síntoma evidente de la degradación del respeto entre los españoles, del escaso aprecio en que nos tenemos a nosotros y a nuestras instituciones, y de la peligrosa facilidad con que confundimos cordialidad y grosería. No hay que remontarse a la España de mi amigo el capitán Alatriste, cuando tratar a alguien no ya de tú, sino de vos en lugar de vuestra merced podía terminar a estocadas. Mi generación ha conocido hijos que llamaban a los padres de usted, y mi abuelo utilizó hasta su muerte ese tratamiento con algunos de sus mejores amigos. Lo que no es tan extraordinario, si tenemos en cuenta que en Francia, sin irse muy lejos, varios matrimonios conocidos míos se hablan entre sí de usted con la más natural cordialidad del mundo.

En fin. Volviendo a la España de ahora, mucho me temo que, por más que nos empeñemos, ni todos somos compadres ni vamos a serlo en nuestra puñetera vida; por mucho que finjamos -que esa es otra- darnos palmaditas en la espalda y nos tuteemos como si hubiésemos frecuentado la misma casa de putas. Así que conmigo no cuenten: seguiré llamando de usted a quien me dé la gana, y eligiendo cuidadosamente los amigos a quienes tuteo. Y más en este país de soplapollas donde lo único que falta por normalizar es "oye, rey"; que suena más moderno, y menos formal, y más campechano que el copón de Bullas. Pero todo se andará, y ese día me nacionalizaré mejicano. Allí todavía te pegan un tiro hablándote de usted.

10 de agosto de 1997

domingo, 3 de agosto de 1997

Plano corto, plano general

Hay gente que da bien en las fotos, o en las películas; pero cuando la cámara, que a menudo no perdona, se acerca demasiado, termina por hacerles una mala jugada. Por eso algunas actrices y bellezas oficiales, celosas de sus patas de gallo, no permiten que el implacable objetivo se acerque nunca más de la cuenta, o exigen que éste tenga una indefinición, un flu o como diablos se llame, que difumine la cosa.

Pensaba en eso hace un par de semanas, cuando la tele y España entera eran una enorme manifestación; un esclarecedor plano general. Incluso el arriba firmante -que no es por cierto un entusiasta del vamos chicos y los mecheritos- quedó patidifuso ante aquella formidable demostración de amor a la paz y a la vida. Estuve clavado ante la pantalla del televisor, incapaz de moverme. Las imágenes eran estremecedoras: manos alzadas blancas, limpias de sangre. Gritos que no eran consignas de bocadillo y autobús, sino dolor sincero y esperanza. Ondas humanas que transmitían el escalofrío frente al horror impuesto por los estúpidos analfabetos que escriben órdenes de ejecución en hojas cuadriculadas de bloc, llenas de faltas de ortografía. Gente que se daba mutuamente el calor de no sentirse sola, de mirar a uno y otro lado y ver rostros hermanos, pensamientos amigos. Era magnífico.

De vez en cuando, el realizador del directo pasaba de los planos generales a planos medios y cortos. Había madres que sostenían en brazos a sus cachorros, viejecitas, chicos jóvenes, parejas de novios, amas de casa. Algunos lloraban, otros mostraban su indignación, o su fe en que las cosas empiecen a cambiar de una vez. También había una larga fila de políticos de amplio espectro, hombro con hombro, sosteniendo una larga pancarta. Y fue entonces cuando empecé a ver más de lo que en ese momento deseaba ver. Tópeme con el rostro abotargado, aún con resaca de una borrachera de poder que le duró trece años, de un ex presidente con más morro que un oso hormiguero. Muy cerca andaba otro cuya máxima aportación personal a la política es, hasta la fecha, la frase: "vayase, sornzalez". Había también un bolchevique honrado y bocazas, al que se le paró el reloj cuando Franco era cabo. Y otro que miraba a la miraba a la muchedumbre muy serio, como intentando establecer mentalmente si los que se manifestaban eran ellos o eran nosotros; con cara de olvidar que quien lleva la tira de tiempo gobernando en el País Vasco no es la perversa España que se queda con el arte y les deja a ellos las bombas, sino su partido, él y Santa Ambigüedad bendita. Y que hay polvos cobardes que arrastran sucios lodos.

Yo veía todo aquello alrededor de la pancarta, y pardiez que hubiera dado un brazo por ver otra cosa. Y lo peor es que, después, la cámara empezó a pasearse muy en corto por la gente que llenaba las calles y las plazas. Y yo, tal vez aún bajo la impresión de los fulanos de la pancarta, no pude evitar que dos señoras que lloraban abrazadas, con la cámara demorándoseles en apabullante primer plano, me recordaran muchísimo a otras dos a las que había visto un par de días antes derramando idénticas lágrimas en el programa de Isabel Gemio, a la que, por cierto, le decían: "Dios te bendiga, bonita". Luego, detrás de un hombre y una mujer jóvenes que levantaban en alto a dos niños, vi a unas jovencitas tipo Spice muertas de risa, que se lo estaban pasando en grande con aquella movida tan solidaria y tan chupi, oyes. Y entre los que gritaban "hijos de puta" encontré rostros de jóvenes graves e indignados, y también, a mi pesar, alguna cara de animal y banderita con la gallina, que podía perfectamente haberse aplicado el mismo epíteto. Y la agresividad con que dos respetables caballeros manifestaban su rechazo a la violencia, era la misma con la que, media hora más tarde, podían estar insultándose de coche a coche en un semáforo, linchando a un vecino o dándose de bofetadas en la puerta de un ayuntamiento por una subida de sueldo o un trasvase.

Qué quieren que les diga. Aquella tarde, los fulanos de la pancarta y el realizador de la tele hicieron imposible la inocencia con que yo estaba tan feliz, solidario y mirando. O a lo mejor no tienen ellos la culpa, y lo que de verdad ocurre es que los españoles sólo damos lo mejor de nosotros mismos en plano general. Y que el primerísimo plano sólo lo superamos con dignidad en los cuadros de Goya.

3 de agosto de 1997

domingo, 27 de julio de 1997

Bona nit, lehendakari

Pues no me da la gana. Siento comunicar a quien corresponda que, por mucho beneplácito oficial y mucha agua bendita que medie en el asunto, pienso seguir escribiendo La Coruña como me salga de los cojones. O sea, La Coruña con el artículo determinado la, que es como se escriben los artículos determinados femeninos de singular en castellano, o español, que es la lengua en la que habitualmente me expreso y escribo. Y eso, se pongan en la postura que se pongan, activa o pasiva, los reales palanganeros de la Academia, a quienes no sé cómo no se les cae la ilustrísima cara de vergüenza. Por supuesto, al escribir La Coruña lo haré con el máximo respeto a quien habla y escribe otras lenguas -posiblemente más hermosas, pero que me son menos familiares-, y cuando hable en gallego diré sin reparo alguno A Coruña, del mismo modo que cuando hablo en italiano digo Milano, y no Milán, y cuando hablo en flamenco -que eso, la verdad, lo hablo más bien poco- digo Antwerpen y no digo Amberes.

A veces me pregunto si en este país somos conscientes de la cantidad de gilipolleces con que perdemos el tiempo cada día, y de lo estúpido que resulta ese afán, por parte de unos, de afirmar lo obvio sin miedo a caer en el esperpento y el ridículo, y de otros por no ser considerados, bajo ningún concepto, social o políticamente incorrectos, o sea, menos liberales, menos demócratas, menos tolerantes, menos tal y cual que el vecino. Y de ese modo, la alianza del se van a enterar, por una parte, con el no vayan a creer que yo, por la otra, nos tiene a todos metidos hasta el cuello en un continuo más difícil todavía que deja por los suelos el sentido común y la decencia.

Hemos llegado a un punto en el que, por ejemplo, pocos periodistas de parla castellana se atreven a conectar con un corresponsal periférico sin matizar: «Y ahora vamos a ver qué tiempo hace en Euzkadi, egunon, Fulanito» por si las palabras País Vasco y Buenos Días suenan poco correctas y alguien lo acusa de españolista e intolerante (a lo que Fulanito, desde el otro lado del hilo, responde «egunon» o lo añade espontáneamente, por la cuenta que le trae). En las vigentes normas de estilo del periodismo y la política, San Sebastián debe ser siempre Donosti, a Lérida no podemos referimos sino como Lleida, y si uno pronuncia o escribe Gerona en lugar de Girona o prescinde de los títulos «president» o «lehendakari» en vez de sus naturales equivalentes en lengua castellana, va literalmente de culo. Y no me vengan con que el asunto surge de forma espontánea y así, dicharachera y campechana, porque todavía recuerdo bien cuando, hace ya diez o doce años, en los telediarios recibíamos órdenes expresas para decir siempre «Generalitat» y «Barcelona, bona nit», a fin de que en Cataluña vieran que TVE también era más demócrata que la hostia.

Así que me niego a sumarme a esa banda de capullos. Tómenlo como quieran, y quien no lo comprenda que se vaya a hacer puñetas. Esto no supone desprecio a otras lenguas, sino respeto a la mía, con la que además, tecla a tecla, me gano la vida. Y cuando un imbécil, hablando en castellano, dice «ahora conectamos con Torino», o con Alacant, o acepta la alteración de la L en un artículo determinado -sin creer en ello, que es lo más grave, sino sólo por demagogia barata y por qué no vayan a pensar que no es tolerante y no es san Apapucio bendito-, esa lengua castellana, o española, que es mi medio de expresión y de comunicación, mi vehículo de cultura y mi orgullo histórico, se ve tan agredida como antaño —que ahora ya no- lo estuvieron otras lenguas minoritarias, tan respetables por cierto como ella. Así que lo siento, pero no lo trago. Bastante hay ya con la contaminación del inglés, la jerga informática y la pobreza expresiva a que nos están condenando ya no una, sino varias generaciones de políticos desaprensivos y analfabetos, de académicos pichafrías y de mangantes aficionados a subirse a los trenes baratos.

Hubo un guiri nacido en Flandes, un tal Carlos Quinto, emperador de España y de Alemania, que hallándose una vez en Roma ante el papa, y recriminado por un embajador al oírlo dirigirse al pontífice en español -aunque hablaba el latín, el italiano, el alemán y el flamenco respondió: «No espere de mi otras palabras que de mi lengua española, que es tan noble que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana».

Pues eso.

27 de julio de 1997

domingo, 20 de julio de 1997

Somos feos

Somos feos de cojones. Lamento comunicárselo a ustedes así, a quemarropa; pero el arriba firmante ha llegado a esa conclusión científica tras larga y minuciosa observación del entorno. En estos meses veraniegos, sobre todo, la cruda realidad viene y te golpea por el morro, sin apelación posible. Y resulta paradójico: eso ocurre precisamente ahora, en estos tiempos en que todo cristo dedica más tiempo a estar guapo, se gasta una cantidad larga de viruta en el asunto, y luego se pasea -nos paseamos- por ahí con la certeza absoluta de que la moda, el diseño, el ejercicio físico, el danone con bífidos multiactivos, la leche desnatada y las rebajas de El Corte Inglés, nos han dejado una apariencia que te vas de vareta, Manolín.

Pero no. Dense una vuelta ojo avizor y saquen conclusiones; lo que será facilísimo, por otra parte, si se encuentran en una localidad cercana a una playa a última hora de la tarde, cuando montan los mercadillos, y la gente se sienta en las terrazas a tomarse algo. La calle es un muestrario dantesco de pantorrillas peludas, sandalias infames, camisetas de tirantes bajo las que asoma la pelambrera racial, bodis -o como carajo se escriba que embuten ombligos rollizos, pantalones ceñidos en torno a ancas descomunales, camisetas fofas con exóticas referencias, zapatillas multicolor fosforito con airbag, bañadores de pata larga que lo mismo valen para la playa que para rascarse los huevos mientras cenas en un restaurante, y otros horrores varios.

Sobre los bañadores masculinos, el otro día, viendo pasar al personal, esclarecí por fin un misterio que hace tiempo atormentaba mis noches de insomnio: por qué ahora son de pata larga y llevan bolsillos. Y la razón es tan simple que sólo a un estúpido como yo podía haberse mantenido oculta tanto tiempo: un bañador de pata larga y bolsillos es una prenda polivalente y multiuso, con la que te ahorras pantalones y bañador. Te lo pones por la mañana, desayunas y vas a comprar el periódico, llevas el coche al taller, vas a la playa, te bañas, te secas con él puesto, vas a comer -sin quitártelo, duermes la siesta, sales a pasear por la tarde, y hasta puedes dormir con él. Es, en suma, una prenda cómoda y deportiva, con un no sé qué de informal, y con la ventaja de que no tienes que ir lavándolo, porque se lava cada día en la playa, y si lo combinas con el sabio uso de un par de camisetas -cuando te pones una cuelgas la otra en algún sitio para que se airee un poco- tienes -el guardarropa resuelto para todo el mes de vacaciones. Y ya puedes salir a pasear tranquilo con la familia, ella con las mollas bien prietas -a ver si se ha creído la Schiffer que es la única que puede marcar chichas-, la niña con sandalias color butano de un palmo de suela, un piercing en el ombligo y otro en una teta, el niño disfrazado de telecomedia americana, y tú completando el conjunto con una camiseta de tirantes malva de Arman¡, riñonera, pantorrillas y axilas hirsutas, gafas de sol aerodinámicas y sandalias de suela anatómico-forense.

Antes era sólo en las localidades playeras; pero ahora te puedes encontrar a la familia Colorín en cualquier parte, en la plaza Mayor de Madrid, en la catedral de Burgos o en un restaurante de Neguri. Y hay veces que me cruzo con un crío pequeñajo, de esos que apetece acariciarles la cabeza, y sonríes y tal. Lo que pasa es que luego levantas la vista, ves a los padres que andan cerca, y te dices desazonado que, dentro de pocos años -ya apunta detalles y maneras, si te fijas-, la criaturita será como ellos. Y se te esfuma la ternura de golpe. Y te preguntas, misántropo como eres para cierto tipo de cosas, si no sería más piadoso exterminarlos en agraz ahora que son cachorrillos, antes de que crezcan y se reproduzcan, y empeoren el aspecto del cotarro que, a estas alturas, ya anda bastante jodido.

Quién me iba a decir a mí -o témpora!, o mores!- que iba a terminar añorando, con cuarenta y seis tacos, no ya los zapatos veraniegos de rejilla, el pantalón de raya fina, el panamá de paja y la honesta camisa blanca de manga corta de mi abuelo, sino la racial y tripona silueta de ese otro ibérico varón que éramos antaño, con pelo a lo Manolo Escobar, zapatos de puntera, la maricona colgando de la muñeca, y aquella hoy ya discreta pelambre morena asomando por la camisa desabotonada a medias, entre la que relucía una gruesa cadena de oro con la Virgen del Carmen.

20 de julio de 1997

domingo, 13 de julio de 1997

Tostadas de nata

Cuando el arriba firmante era jovencito, la leche sabía a leche y además daba nata. Ponías un litro a hervir, y al enfriarse un poco había una capa de color amarillento suave, que luego, puesta sobre una tostada y con algo de azúcar, se convertía en uno de los más deliciosos bocados que probé jamás. Los críos salíamos a jugar a la puerta de casa con nuestra tostada de nata, que te dejaba una marca blanca en torno al labio superior. Recuerdo aquel sabor tibio y dulce en mi boca como recuerdo mi primer libro o el calor del cuello de mi madre.

También recuerdo manzanas que sabían a manzana, y que comías con cuidado, cortando el pedacito donde estaba el gusano para dejarlo aparte, y disfrutando del resto. O cerezas, rojas o no, que sabían a cerezas, y al romperse en la boca te llenaban de un líquido dulce y agradable, que se mezclaba con el frescor del agua en que las habías lavado. Y peras con cicatrices en la piel, pero dulces y sabrosas. Y tomates que veías crecer en las cañas de las tomateras y que a veces, desafiando la ira de los dueños, arrebatabas con los otros chicos en rápidas y audaces almogavarías, para disfrutar luego del botín, mordiendo aquella pulpa roja y deliciosa bajo los acantilados desde los que veías pasar barcos en el horizonte. O sandías magníficas cuyas cortezas y pepitas quedaban luego flotando en la suave resaca de la orilla del mar, y que asocio con los pies desnudos y morenos de la primera niña -yo tenía ocho años y ella se llamaba Flori- a la que, por primera vez, paseando por una playa, sentí a mi lado como una presencia distinta, de mujer.

También la carne tenía grasa. No me refiero a la de Flori ni a la mía -éramos críos flacos, morenos y mediterráneos- sino a la otra más prosaica, la de comer. Supongo que recuerdan aquellos filetes que echabas a una sartén, y en vez de encogerse a la mitad con un sospechoso humeo de agua hervida, chisporroteaban alegremente sin apenas necesidad de aceite, y cuyas vetas blancas los mayores no te dejaban separar con el cuchillo y dejar en el borde del plato porque, decían, la grasa también alimenta. Aquella grasa me costó muchas collejas de mis padres y mis abuelos, pero les aseguro que la echo de menos. O igual lo que en realidad echo de menos es tener padres y abuelos que dieran collejas, y estar en edad de recibirlas.

Ahora ni la leche tiene nata, ni la carne tiene grasa; y las cerezas, y las sandías y los tomates saben igual: a pepino. Y ya no se compran en tiendas donde escuchabas el chasquido del hacha del carnicero, ni en fruterías llenas de aromas singulares, sino empaquetados en plástico, filetes de carne sospechosamente blanca y sin una sola veta de grasa, fruta reluciente y perfecta como si acabara de ser encerada, enormes peras y manzanas sin mácula en la piel. Pero, si de probar todo eso con los ojos vendados se tratara, nos veríamos en serias dificultades para diferenciar un sabor de otro.

Muchas veces he repetido en esta página que, al cabo, todos tenemos lo que nos merecemos: hijos, tele, gobiernos, cine y, también, comida. Los proveedores no hacen, supongo, sino satisfacer los gustos del personal, en eso como en muchas otras cosas. A fin de cuentas nadie cría terneras o recolecta peras por filantropía, sino para ganarse la vida, y a ser posible conseguir mucha pasta. Así que, bueno. Pero de cualquier modo, y nostalgias de nata y Floris aparte, a mí todo eso de la fruta impoluta y la carne sin vetas me mosquea mucho. A saber cómo lo consiguen, me digo. Y al final, prefieres no saber nada y comer de lo que hay, sin meterte en intríngulis. Hay excesos de conocimiento que cortan la digestión.

Porque, oye. Queremos leche pasteurizada, desnatada y aséptica. Preferimos fruta gorda, reluciente y encerada, filetes sin grasa y cosas así. Pues bueno. Ahí están, y que aprovechen. A fin-de cuentas, eso debe ir aparejado con los tiempos y con los propios consumidores; pues con la gente pasa lo mismo. El mundo está lleno de individuos e individuas relucientes como una de tales manzanas, tan sin grasa como esos filetes de plástico, y que tampoco saben a nada. Miras en torno, pruebas aquí y allá, y terminas comprobando que casi todo, manzanas, filetes, personas, tiene el mismo sabor, irreconocible y anodino. Quizá eso sea el progreso. Una tentadora sandía de reluciente corteza encerada y pulpa roja que sabe a pepino.

13 de julio de 1997

domingo, 6 de julio de 1997

Gilicomedias y otros filmes

El pasado fin de semana tuve el vídeo al rojo vivo, calzándome cuatro películas de bandera: El tesoro de Sierra Madre, de John Huston, Casino, de Scorsese, Código del hampa, de Don Sie-gel, y El mundo en sus manos, de Raoul Walsh. Después, de aquello, borracho de cine y de felicidad, me fui a dormir. Y al levantarme al día siguiente todavía me duraba la cara de gilipollas. Qué bien se queda uno, pensé, después de empaparse de buen cine, y de buenas historias contadas por gente que sabe hacer las cosas con oficio, con talento, y con el simple móvil de tener algo que contar y contarlo en corto y por derecho, sin marear la perdiz. No dejaba de dar vueltas a la infinita tolerancia del viejo minero encarnado por Walter Huston, o a Lee Marvin haciendo de criminal obsesionado por la pasividad de su víctima. Y para hablar de las goletas del Hombre de Boston y el Portugués ciñendo a rabiar, borda con borda, en su épica carrera a mar abierto. 0 los tropecientos mil millones de dólares que el amigo Scorsese tuvo que fumigarse para conseguir esa dura e intensa película sobre Las Vegas, donde Niro, Pesci y la Stone están, como dicen ahora los de Pijolandia, que se salen.

Y, mientras le miraba el careto a todo ese personal, el arriba firmante se preguntaba lo que hubiéramos hecho en España con los cuatrifoscientos kilos que Scorsese se pulió en su casino de Las Vegas. Cuánta gilicomedia fastuosa y cuánta obra maestra definitiva que aburre a las ovejas, y cuánto intenso thriller cutre habrianse podido marcar, voto a tal unos cuantos fulanos que conozco porque aquí, chavales, nos conocemos todos, con el aplauso de ciertos señalados compadres de la crítica cinematográfica. Los mismos críticos, casualmente, que a menudo coescriben los guiones y luego ponen estupendo el producto. Los mismos cuyo nombre naturalmente, sin que ellos sepan nada van esgrimiendo por ahí unos productores que yo me sé a la hora de recabar pasta para sus películas, garantizando tratamiento cuatro estrellas en las páginas de espectáculos de tal o cual periódico, revista o suplemento. O a ver si se creen ustedes que cuando de pronto en este país nos meten con calzador, a coro y hasta en la sopa, una solemne soplapollez de película, el evento es casual. Aquí, lo último casual fue que el Cid dejara embarazada a doña Jimena justo antes de irse a la mili.

Hay otro cine decente, honrado, eficaz. Un cine hecho por gente que ama su oficio, no para que le digan muy bueno lo tuyo en los cotarros de diseño, sino porque esa es la pasión que les revuelve el corazón y las tripas, y están dispuestos a jugarse la mujer, la pasta y lo que sea con tal de realizar los sueños que tienen en la cabeza. Gente humilde que no está en los circuitos de mangantes y no se come una rosca, guionistas con talento a quien nadie hace caso porque en este país cualquier director y cualquier productor se creen perfectamente capaces de inventar una historia; directores jóvenes y no tan jóvenes que aprendieron a hacer cine donde se aprende, en las pantallas de cine y leyendo, no en la onanista contemplación de su ombligo. Productores que se zambullen a cuerpo limpio, a menudo con su dinero y no el de los otros. Francotiradores que lo hacen reconciliarse a uno, de vez en cuando, con las palabras cine y España, cuando vienen juntas.

De cualquier modo, a fin de cuentas, cada público tiene también el cine que se merece. En Francia, los gabachos acuden a los estrenos a ver la última de Tavemier, o de Depardieu, como antes seguían a la Girardot, Lelouch, TrufTaut, o Gerard Philippe. Apoyan a sus directores, a sus actores y sus películas. Aunque, claro. Allí, cuando tienen viruta hacen La reina Margot, Cyrano o Capitán Conan, y después la gente aguanta en largas colas bajo la lluvia para entrar y verlas. Aquí despilfarran en lo que todos sabemos; pero cuando alguien se juega el pescuezo y consigue algo digno, entonces no recauda un puto duro de taquilla, porque el bacalao de la promoción lo cortan las distribuidoras gringas, con la complicidad de los golfos a sueldo y de los palanganeros que se lo hacen gratis. Y como somos una panda de imbéciles, nos vamos al cine de al lado, a ver, por ejemplo, La sombra del diablo. Que lleva no sé cuantos meses en cines de toda España, y es un plomazo y una mierda como el sombrero de un picador. Pero sale Brad Pitt.

6 de julio de 1997

domingo, 29 de junio de 1997

Cartas que nunca repondí

Durante mucho tiempo contesté a cuantas cartas recibía. Una vez al mes me sentaba con la correspondencia que llega a El Semanal, y procuraba dedicar diez minutos y un sello de correos a cada lector que consideraba oportuno contarme algo. Los tres primeros años respondí a casi todos, salvo a quienes me mentaban a la madre y los muertos más frescos. Esas últimas cartas eran mis favoritas; amén de ser las más divertidas, con ellas podía ahorrarme tanto los diez minutos como el sello.

Desde hace unos meses, eso ha dejado de ser posible. Por alguna extraña razón, la correspondencia que llega a El Semanal se ha multiplicado de modo monstruoso, y ni dedicándole un día a la semana puedo dejarla resuelta. Seguiré haciendo lo que pueda, claro. Pero desde ahora sé que es imposible atenderla toda, y que la mayor parte de esas cartas quedará sin respuesta. Necesitaría una secretaria para contestarlas por mí; pero así ya no merece la pena. Una carta de manos mercenarias no es lo mismo que una carta de pata negra. Por eso recurro hoy a esta página para esa lamentable justificación personal. Y para aclarar también que, a pesar de todo, sigo leyendo con suma atención cada carta que me llega. Es mucho lo que aprendes, y lo que te diviertes, y lo que terminas por ver que antes no veías, en esa especie de espejo que es el lector amigo, enemigo, entusiasta, decepcionado, cálido, tierno, furioso, cuando te devuelve el mensaje que lanzaste en la botella.

Muchas cosas he aprendido de todas esas cartas. Por ejemplo, la absoluta falta de sentido del humor de unos pocos lectores. Mencioné una vez, por ejemplo, a la mujer como muñeca hinchable de sábado sabadete para Homer Simpson, y media docena de damas me escribieron a vuelta de correo recriminándome mi machismo y prepotencia al compararlas con muñecas hinchables. Otra nota corriente es la suspicacia corporativista de ciertos colectivos. Conté, verbigracia, que cierto taxista de Barajas era un pirata, y veinte taxistas escribieron poniéndome como hoja de perejil por insultar al honrado gremio del taxi. Y para qué les voy a contar la de militares a quienes mancillé la honra cuando describí la concreta variedad alcohólica del miles gloriosus. Eso, sin olvidar a los muchos que aseguran que me voy a condenar por blasfemo -ahí coinciden con mi madre-, o al señor de Pamplona que me preguntó sin rodeos si yo era maricón de vicio o de nacimiento, cuando hablé de homosexuales en Parejas venecianas. Aunque de todas esas cartas, mi favorita es la que recibí tras aludir despectivamente a alguien como un soplador de vidrio por no llamarlo directamente soplapollas. Porque un soplador de vidrio de los de verdad, de los que soplan vidrio, escribió una seria, dolorida y larga carta, explicándome muy al detalle los pormenores de su digno oficio.

También conservo cartas, muchas, inteligentes, tiernas, amistosas y cálidas. Como la de Jesús Arrieta, a quien no respondí nunca, sesenta y siete años, pensionista y ex mecánico, que me escribió una de las páginas más bellas sobre el amor a su hermosa lengua vasca, contándome cómo se consiguió, con mucho esfuerzo y sacrificio, poner en marcha la ikastola de Azcoitia. O la de otro jubilado, Gumersindo Fernández, gallego, humilde y dignísimo ex sargento de Marina de la ley de los veinte años que me dedica el cacho cabrón más cariñoso que recibí nunca al amonestarme, con razón, por usar despectivamente la expresión sargentos chusqueros. O la de Eva, que no se rinde y libra su pequeña guerra privada en la modesta escuela extremeña donde cada día le gana una batalla a la estupidez y la ignorancia. O Josean, a quien hace poco le nació un hijo que él quisiera ver crecer en un país donde nadie torture a otro. O don José Manuel, el viejo cura de Algorta, que me tranquilizó con toda la ternura del mundo asegurándome que no hay problema: que Dios es viejo, tolerante, y habla en cualquier idioma.

A todos ellos, y a otros muchos como ellos, no les respondí todavía, y tal vez no pueda hacerlo nunca. Pero es de justicia hacerles saber que sus cartas llegan a su destino. Y que cuando tengo un rato libre, sentado entre libros y silencio, abro con cuidado y respeto cada uno de esos sobres que me traen sus palabras, sus pensamientos, el rumor de sus sueños y la amistosa resaca de sus vidas.

29 de junio de 1997

domingo, 22 de junio de 1997

El centinela del Café Gijón

Nunca fue a la escuela, pero sabe latín. Lleva un cuarto de siglo viendo la comedia humana desde su tenderete de tabaco del café Gijón, junto a la entrada y frente al teléfono. Ha vendido cigarrillos, lotería y cerillas a todo el mundillo literario y a todo el puterío del rompeolas de las Españas, y eso le dejó algún punto de vista sobre el género humano y sobre la intelectualidad que, hombre tranquilo, sólo comenta con los íntimos en tono quedo; con esa calma senequista que es su imagen de fábrica. En el viejo café de Madrid, Alfonso es una institución y es una leyenda; y no todos tienen derecho a su apretón de manos o su medía sonrisa. Ni siquiera a su tabaco. Parece un viejo banderillero cosido a cornadas, un subalterno aplomado, maltrecho, con mucha brega, cuando se mueve despacio para atender el teléfono, o venderte un Bic. Ha visto todo y de todos, y reconoce a un chorizo, a una lumi o a un político apenas cruzan la puerta. Y cuando alguien en una mesa cercana farolea y jiña alto, entonces Alfonso lo mira de lado y sonríe apenas, casi imperceptible, por encima de las páginas del ABC que hojea sentado entre sus Marlboros y sus décimos. Es silencioso, estoico y sabio. Con más mili que el caballo de Prim.

Nadie tuvo que explicarle nunca lo que es ganarse la vida. Su padre, militante de la FAI, se fue voluntario a defender la República; y la familia Alfonso, madre y dos hermanos- anduvo siguiéndolo como pudo por los caminos y los campos de batalla. «Como los revolucionarios mejicanos», evoca con melancolía. Luego su madre lo embarcó para Rusia, pero el Cervera interceptó su barco en alta mar, ahorrándole otra guerra y aprender el ruso. Al padre anarquista se lo tragó la derrota, desaparecido en combate o fusilado, y Alfonso recaló en Madrid, donde la madre prefirió que no fuese a la escuela antes que apuntarlo en Falange. Así que aprendió a leer y escribir de noche, cuando ella volvía, agotada, de lavar a mano sábanas de hotel. Siempre le habló con orgullo de su padre. Tanto que todavía hoy, cuando menciona a ese libertario de veintinueve años al que apenas conoció, el cerillero del café Gijón entorna un poco los ojos y asiente con la cabeza, despacio, antes de murmurar, absorto: «Con dos cojones».

Ha pasado hambre, y sabe qué es cenar en Navidad un boniato cocido para toda la familia. Fue colillero, albañil, camarero y otras cosas hasta que encontró el Gijón. Tiene sesenta y cuatro años, y no se jubila del todo porque la vida está muy perra, porque le gusta vender tabaco y porque, matiza humildemente, no le sale de los huevos. Le gusta comer bacalao, poco los toros, y menos el fútbol. De joven hubiera querido parecerse a Gary Cooper, y su actriz favorita era Esther Williams, aquella fuertota que siempre estaba nadando. Nunca habla de política, ni de literatura, ni de ninguna otra cosa en voz alta; pero los íntimos saben que para Alfonso la literatura murió de muerte natural en este país de gilipollas, y que los políticos son chusma incompatible con las palabras tierra y libertad.

Es guasón, escéptico y prudente, aunque a veces se tira de espontáneo a la tertulia -tienen mesa contigua- de Raúl del Pozo, el maestro Vicent, Alexandre, cervino y el Algarrobo. No tiene sueños imposibles, ni milongas. Yo creo que ni sueña. Acude cada día a abrir su tenderete y eso le da sobrado trabajo, diversión y sabiduría. Con frecuencia, sentado ante mi mesa mientras leo o trabajo un poco, paso un rato observándolo, inmóvil con su chaqueta azul de faena, impasible centinela del café legendario. Le gusta que entren mujeres guapas, y cuando detecta a alguna, su mirada la sigue un brevísimo instante y luego se cruza con la mía, antes de fijarse de nuevo en el infinito insinuando la media sonrisa cómplice. Somos viejos amigos. A veces, cuando hay poca gente, hablamos de las cosas de la vida. Atiende mi correo y llamadas telefónicas; y a cambio, cuando se ausenta un rato, he llegado a despacharle a algún cliente, dejando el dinero sobre su taburete. Cada semana, desde hace años, jugamos juntos uno de sus billetes de lotería, aunque mediante un peculiar sistema: yo le compro el décimo, y si toca vamos a medias. El día que nos salga y se jubile de verdad, encargaré una placa de bronce para que la pongan en su rincón: «Aquí vendió tabaco y vio pasar la vida Alfonso. Cerillero y anarquista».

22 de junio de 1997

domingo, 15 de junio de 1997

Más papel; es la guerra

Pues nada. Que llega el domingo, y la noche anterior he amarrado junto al Tío Nico y frente al Pasión después de andar allá dentro tres o cuatro días peleándome con el lebeche, con más rizos en las velas que guardias civiles en la foto del Lute, sin leer un periódico, ni oir la radio, ni ver al padre Apeles en la tele ni ver la tele misma, osea, marciano total. Y aterrizo el domingo, como digo, y meto el octavo volumen del las aventuras del amigo Jack Aubrey y el Doctor Maturin en el cofre del tesoro -esta vez vuelven a navegar en la Surprise, y abordan una fragata turca-, y arrancho la camareta y también le doy un manguerazo a la cubierta. Y luego me lo doy, que llevo mugre y sal hasta en el DNI, y me afeito el careto donde, por cierto, cada vez tengo más canas en la barba. Y como la semana que viene me toca ganarme el jornal, quiero decir darle a la tecla doce horas diarias incluida esta página, después de desayunar un Colacao me voy al kiosko de mi amigo Navarro a ver si me pongo al día y me entero de si España sigue donde estaba, y quién trinca ahora, y que catorceavo nuevo cargo de responsabilidad acaban de adjudicarle a mi siempre entrañable don Javier Solana, alias Centinela de Occidente II.

Y empieza el número. Porque Navarro, que es un profesional concienzudo del papel impreso, se empeña en que solo me lleve ABC, El Mundo, El País, La Vanguardia y La Verdad, sino también las toneladas de colorín que cada domingo incluyen los antedichos. Y heme allí con una pinta increíble de dominguero ilustrado, que sólo me falta el chándal, por mitad de la calle con los brazos llenos de papel, kilos y kilos, preguntándome cuantas hectáreas de bosque habrán desforestado para amenizarme la cosa dominical. Y abro a ver el chiste de Forges y se me cae un folleto multicolor sobre las excelencias de no se qué 4x4. Y me agacho a cogerlo, y con el movimiento, además de las tapas para encuadernar la Historia Imprescindible de las Civilizaciones -esta semana le toca el turno a la apasionante cultura tolteca-, se me cae también, saliendo a traición de entre las páginas de los diarios, un fascículo sobre informática, una publicidad sobre adosados en Marbella, las ofertas de primavera del Corte Inglés y una invitación para hacerme socio de Albañiles sin Fronteras.

Me pongo a recogerlo todo, malhumorado; pues mientras que los libros los leo sentado, los periódicos prefiero ojearlos de pie en los semáforos antes de tirarlos a las papeleras -mis domingos son un rosario de papeleras atiborradas de papel y de Jóvenes Aunque Sobradamente Gilipollas, y no tan jóvenes, a punto de atropellarme con el 16 válvulas mientras hojeo-; y no hay nada más desagradable que abrir las páginas de un diario en mitad de un paso de peatones y que te caiga a los pies el quincuagésimonono -chúpate esa, Solana- de la guía de Internet para usuarios megatorpes.

Total. Que consigo recuperarlo todo menos el fascículo sobre informática, que ha caído encima de una cagada de perro y lo va a recuperar su padre. Y ahora es la entrega semanal de la Guía de Pequeños Burdeles con Encanto la que intenta despistárseme. Logro sujetarla con el codo y a punto de perder el control de la situación, corro a depositar mi carga en la mesa de un bar próximo. Allí pido un café y empiezo, que esa es otra, a quitar celofanes. Y cuando tengo ya kilo y medio de celofán hecho un gurruño encima de la mesa, llega el camarero con el café y lo aplasto bien -el celofán- en una pelota para que ocupe menos espacio, Pero el maldito, una vez apretado, tiene cierta ruin tendencia a expandirse de nuevo. De modo que, cuando voy a coger la taza de café, como en esas películas de la masa viscosa asesina, el celofán se ha vuelto a adueñar del cotarro; así que se me lía la mano con el puto celofán y tiro el café encima de la Guía Fabulosa de la España Salvaje, prologada por S.A.R. el Príncipe de Asturias. Lloro la sensible pérdida. Pido otro café. Me entero, por la Enciclopedia Fundamental del Siglo XXI, fascículo duodécimo -cómo lo ves, Centinela- de que Carlos Marx también era socialista, como ese don Felipe González que anda ahora por ahí hablando de ética. "Hay que joderse", dice el camarero, que está leyendo los fascículos por encima de mi hombro con el café en la bandeja. No me atrevo a preguntarle si se refiere a González, al despliegue dominical o al celofán maldito.

15 de junio de 1997

domingo, 8 de junio de 1997

El último que apague la luz

Algún jefe de la Benemérita anda cabreado porque, según encuesta realizada entre los agentes de Picolandia en Cataluña, un altísimo porcentaje de números y númeras del Cuerpo está dispuesto a colgar el tricornio y pedir su ingreso en los mozos de escuadra, la policía autonómica que a finales de año asumirá las competencias de tráfico de la Guardia Civil. Cierto viejo amigo, un teniente coronel picoleto que hace tiempo me marcaba a los mafiosos ingleses en la Costa del Sol para que yo los reventara en el telediario, me comentaba el asunto muy abatido, el pobre, hablando de traición. Y yo le decía no, mi Tecol, de traición nasti de plasti. Lo que pasa es que el tinglado de la antigua farsa se está yendo definitivamente al carajo. Y cada cual echa a nadar como puede. Y puestos a que esto se parta sin remedio, la gente, y es natural, intenta quedarse en los mejores pedazos. Porque a estas alturas, hasta el picolín menos agudo entiende la diferencia entre ser guardia civil en la España que va a quedar, y mosso de esquadra en la Cataluña que se están montando. Y es que uno puede ser benemérito, pero no gilipollas.

A ver si llamamos a las cosas por su nombre. En este país de demagogos, de minorías que gobiernan con cuatro votos y mucho apaño, y de desaprensivos que dicen representar al pueblo, lo que algunos nunca podremos perdonar al Partido Socialista Obrero Español es qué con su soberbia, su cobardía y su desmedido afán por trincar, hiciera posible el aterrizaje de una derecha, débil para más inri, que por asegurarse una o dos legislaturas es capaz de vender hasta el rosario de su madre. Y España, tras haber sido saqueada y sodomizada por aquella presunta izquierda ilustrada -una cuerda de señoritos y mangantes de amplio espectro a quienes estalló su propia chulería en mitad de las pelotas-, en este momento es un país sometido al saqueo de las derechas, tanto la de los morigerados meapilas que ejercen nominalmente el poder central, como la derecha catalana y la derecha vasca. Porque, por mucho que nos pinten la burra de verde con el Guernica y con Felipe V, esto no es más que un pasteleo de compadres de derechas, un enjuague de golfos insolidarios, de políticos que huyen hacia adelante, de trileros dispuestos a desmantelar el Estado en beneficio de los mercachifles de siempre. Y la tela, la viruta para la canonización de San Chantaje y San Monipodio, la siguen poniendo los de siempre: la ciudadanía de segunda, sangrada de impuestos para pagarles las motos y los despliegues y las inmersiones lingüísticas a otros más guapos, más listos, o con fueros de más nivel, Maribel.

Otra cosa es que deba o no ser así. Otra cosa es que España, que se hizo con mucho sufrimiento, esfuerzo y sangre, nunca llegara a cuajar como Estado fuerte, entre varias razones porque desde los Reyes Católicos a Felipe IV, digan lo que digan los manipuladores de la Historia, aquí nadie tuvo hígados para aplicar el centralismo a rajatabla que otros monarcas europeos impusieron sin escrúpulos y sin cortarse un pelo. Otra cosa es que ese Estado fuerte y solidario resulte incompatible con la naturaleza cainita y navajera de nuestro paisanaje; y que el torpe remedo de 1939, que terminó haciendo sospechosa y aborrecible la palabra patria, deba acabar como una federación de taifas europeas, una presunta monarquía plurinacional, o una casa de putas donde el tonto se calce a la más fea. Pero mira. Igual es mejor que vayamos asumiendo de una vez que ésta es la España que deseamos y nos merecemos. Una España donde la televisión, los gobernantes, los hijos y hasta la pinta que tenemos, realmente hemos ido ganándolos a pulso. Y una vez asumido todo eso, pues bueno. Quienes podamos nos acogeremos a los privilegios fiscales, laborales o de lo que sean, de las zonas afortunadas. Y quienes no, pues a fastidiarse. A buscamos la vida, o a hacer guerrilla urbana para desahogamos y ajustar cuentas con quienes nos llevaron a esto. O mandarlo todo a tomar por saco, emigrando a cualquier sitio donde no haya necesidad de presenciar a diario este espectáculo lamentable.

Quizá sea ése el futuro que nos espera. Y hasta puede que sea mejor así: las cartas sobre la mesa y cada uno montándoselo a su aire. Pero entonces que nos lo digan alto y claro y lo rematen de una vez, en vez de tanto pacto, y tanto tapujo, y tanto pedir sosiego. Y tanto tomamos por tontos del culo.

8 de junio de 1997

domingo, 1 de junio de 1997

Aquellos viejos hoteles

Cada cual tiene su forma de ganarse el pan, y la mía incluyó la necesidad de vivir en hoteles durante la mitad de mi vida. Entrabas en tu habitación de Buenos Aires, Nairobi o Beirut, sacabas el cepillo de dientes y un par de libros de la mochila, y aquello se convertía en la propia casa. En ese tiempo hubo hoteles de toda categoría y pelaje: ultramodernos delirios de plástico y cemento, covachas infames, tristes fonduchos de estación o aeropuerto, pensiones, hostales, tétricos muebles de cinco mil y la cama aparte. También hubo hoteles agujereados a bombazos, donde extendías el saco de dormir en el cuarto de baño o en el pasillo porque parecían más seguros que la cama. Y hubo otros lugares razonables, con alfombras en el vestíbulo y porteros vestidos de almirantes: hoteles históricos donde habían dormido Stendhal, Hemingway, Nijinsky o Greta Garbo, y donde entraba de jovencito con mis tejanos, mis dos camisas sin planchar y mi bolsa de lona al hombro, con una mezcla de ensueño, timidez y respeto.

De todas mis viviendas provisionales, las favoritas fueron siempre los viejos hoteles; aquellos donde el eco de los pasos entre corredores, espejos y cuadros, traía rumores de las vidas que llenaron sus habitaciones y salones. Siempre que pude elegí alojamientos venerables que conocía de los libros o el cine; y una vez allí, leía sobre quienes los inscribieron en la Literatura o en la Historia. Con el tiempo, a fuerza de frecuentarlos, conocí también a algunos empleados supervivientes de décadas mejores. Viejos conserjes como Walter, el ex Waffen SS que llamé Grüber en El club Dumas, o tronados pianistas como Emilio Attilli terminaron, entre propias conversaciones y a veces alguna copa, refiriéndome anécdotas, confidencias y nostalgias. Contándome cómo fueron los últimos años de los grandes hoteles internacionales, cuando bastaba un gesto para verse atendido según los cánones, y todo era muy distinto a como es ahora: clientes chusma que, en vez de comportarse a tono con el lugar donde se encuentran, a menudo prefieren rebajarlo al nivel de su propia ordinariez, adecuándolo a las bermudas de colorines o al chándal, prendas emblemáticas del vocinglero ganado que protagoniza la actividad turística contemporánea.

Admito, y no es la primera vez, que todo el mundo -incluso los japoneses y, si me apuran, los norteamericanos- tiene derecho a viajar y a la cultura, suponiendo que viajar pueda todavía considerarse cultura. Y también a ejercitar masivamente ese derecho, ahora que hay estupendas ofertas para patearse el mundo por cuatro duros y con pago en veinte años, a plazos, si se hace en manadas de doscientos individuos cada vez. Mas convendrán conmigo en que asomarse a una ventana del hotel Daniel de Venecia y encontrar los canales literalmente atestados por miles de japoneses en góndola, o vivir en el Crillon de París rodeado de fulanos de Arkansas que hablan por la nariz, llevan gorras de béisbol y preguntan dónde está la fontana de Trevi, le quita el encanto a cualquier cosa; por mucho que Richard Wagner haya pernoctado allí, Hemingway se emborrachara en el bar, Oscar Wilde desvirgara a su primer efebo en la habitación 329, o Claudia Schiffer te esté esperando -a ver si mi vecino Marías, con todas sus novias, es capaz de tirarse faroles como ése- con una botella de Viuda Cliquot bien fría en la suite imperial.

En realidad, aunque parezca que todavía están ahí, esos hoteles maravillosos ya no existen. Se han transformado en decorados vacíos, vulgares abrevaderos, pensiones con desayuno incluido para paquetes turísticos internacionales, y el mundo que antaño contenían no es sino una grotesca y tumultuosa caricatura. Un ejemplo: mientras escribo estas líneas intentando mantener actitudes elegantes en el salón de uno de los más históricos y en otro tiempo exclusivos hoteles de Roma -mi editor italiano me mima como a un hijo-, unos treinta japoneses que entraron a hacerse fotos guardan ahora cola para utilizar por el morro los lavabos mientras charlan y charlan en su respetable lengua. Arigato san. Hai. Como se aburren, algunos se vuelven a mirarme sonrientes, me saludan, se sientan alrededor y uno incluso me ha hecho una foto. Por su parte, el camarero y el recepcionista simulan que no los ven. A fin de cuentas, el camarero es albanés y el recepcionista yugoslavo; la decadencia de Occidente les importa un huevo de pato.

1 de junio de 1997

domingo, 25 de mayo de 1997

Revistas para la nena

A ciertas revistas de las llamadas juveniles, dedicadas sobre todo a chicas quinceañeras, les ha dado un toque de atención la autoridad competente, o sea, el Defensor del Menor, indicándoles que ya está bien de introducir en sus páginas pornografía encubierta para menores. Eso me parece de perlas, sobre todo a ver si terminan ya esas secciones en plan te invitamos a contarnos tu experiencia, cuéntanos tú misma cómo fue, etcétera, donde, entre una entrevista con Keanu Reeves y un reportaje sobre el tipo de bragas que hay que usar para parecerse a las Spice Girls, una supuesta Mariloli, o Vanesa, o como se llame, va y te cuenta con profusión de afotos cómo hay que hacérselo con el novio para que se quede tope guay y no te la pegue con tu mejor amiga; o cómo aquel día inolvidable Elisabet se enrolló con el chico que le gustaba, y éste, con mucha delicadeza y ternura aunque también era su primera vez, la hizo sentir un orgasmo de flipe. Sin olvidar, por supuesto, el preservativo que toda chica moderna y madura debe llevar en el bolso cuando sale de marcha un sábado por la noche.

A mí, francamente, eso de que no metan carnaza de contrabando en revistas que son leídas por menores me parece muy bien; sobre todo porque nadie cuenta que quienes escriben esas espontáneas confesiones y consejos entre coleguillas no suelen ser precisamente jovencitos, sino curtidos periodistos/as cuarentones que se ganan el jornal como pueden, y que lo mismo narran la primera experiencia sexual de Toñi con su maromo que te aconsejan sobre la manera de ligarte al chico que te gusta de la pandilla o el modo de conseguir que Nick, de los Backstreet Boys, te firme un autógrafo en una teta y alucines mogollón, tronca. Y a eso último es a lo que voy. Porque resulta que, orgasmos aparte, ese tipo de revistas contiene otra pornografía mucho más inmoral y abyecta; pero ésa no parece importarles tanto a quienes ponen el grito en el cielo ante la explicitez -o como cono se diga- del intercambio carnal.

A mí, la verdad, me parece mucho más grave que una revista para niñas entre los trece y los diecipocos años sugiera imitar a la fabulosa Geri, de las Spice, por su simpatía, su estilo sencillo y su ropa deportiva, o proponga realizar el sueño de tu vida ganando un concurso cuyo premio es pasar un día junto a Mark Owen, o te diga las marcas de ropa imprescindibles si quieres ser modelo, o te invite a compartir las profundas inquietudes culturales de No Doubt, o te cuente lo que según Damon, de los Blur, deberían hacer las chicas españolas para resultar más atractivas, o que un pretendido reportaje suministre consejos para engañar a tus padres y vestirte con ropa sexy en casa de una amiga antes de ir de copas, o te dé superideas fabulosas para que ese chico tímido se arranque de una vez, o para cortar con él e irte con su mejor amigo sin herirlo demasiado, etcétera. Y, bueno. Qué quieren que les diga. Todo eso me parece, aparte de una sarta de estupideces, una canallada como la copa de un pino.

Vayan y échenles un vistazo detenido a cualquiera de esas revistas que tienen sus hijas sobre la mesilla de noche, y verán cómo más de un progenitor se rila por la pata abajo. Sin ir más lejos, la revista para jovencitas más cara y considerada líder de sector entre las niñas pijas -revista cuyo nombre no cito aquí porque no me da la gana-, tenía estos titulares en su número de abril: Sexo. Ir o no ir al huerto (ellas te lo cuentan). Blur... están que se salen. Superideas para cambiar de look. Buscamos la modelo para chica de portada. Especial Spice Girls. Vístete igual; te transformamos en una de ellas. Y la guinda: Todo lo que tienes que hacer antes de los 20 (pillarte un cogorzón, pirarte de casa, fumar un cigarrillo, hacer pellas, copiar, enamorarte, engañarle, enrollarte con un tío que no te gusta, estar toda una noche de marcha, etcétera, etcétera)... ¿Cómo lo ven? Personalmente, y con ese panorama, me parece una descomunal chorrada que al Defensor del Menor y a las asociaciones de papis y al sursumcorda les preocupe más lo otro, o sea, que les digan a las chicas cómo conseguir un orgasmo con sus deditos cuando el mozo no sabe, no contesta. Porque hay cosas mucho más inmorales que el sexo. Y puestos a elegir, menos debe preocupar que la hija de uno se lo pase bien en la cama que verla convertirse en una perfecta gilipollas.

25 de mayo de 1997

domingo, 18 de mayo de 1997

Una lección de historia

Hace un par de años escribí en esta misma página que la visita a un antiguo campo de batalla puede ser mala o buena, según quién te guíe por él. Y que si dejamos a un lado la demagogia patriotera barata y la otra demagogia estúpida que se niega a aceptar que la Historia y la condición humana están llenas de tantas luces como ángulos en sombra, un lugar así puede convertirse, para las generaciones jóvenes, en una excelente escuela de lucidez y tolerancia. Lamentaba también en ese comentario que, mientras en otros lugares de Europa y América uno encuentra a menudo grupos de escolares recorriendo esos lugares históricos, en España no ocurra otro tanto. Aquí, generaciones de oportunistas con sotana, charreteras, escaño en el Parlamento o salón del trono en un palacio real, han conseguido, con su manipulación y su infamia, que los españoles nos avergoncemos de nuestro pasado. Nombres como Las Navas de Tolosa, el Jarama, los Arapiles o el cabo Trafalgar, no son más que paisajes comunes entre muchos cientos de sitios olvidados. Y con ellos hemos perdido, también, las lecciones a veces hermosas y siempre terribles que quienes allí yacen nos dejaron al pelear en nombre de un deber, un ideal, o simplemente porque no tenían más remedio y era obligado estar en ese sitio y no en otra parte.

Tal era mi queja: el olvido y la orfandad suicida a que condenamos nuestra memoria. Pero, tras la publicación de aquello, recibí una puntualización del ayuntamiento de un pueblecito extremeño. Aquí no hemos olvidado, decían. El lugar se llama la Albuera. Y allí, en efecto, el 16 de mayo de 1811 y en plena guerra de la Independencia, 30.000 españoles, ingleses y portugueses, mandados por los generales Beresford y Castaños, avanzaron entre la lluvia y la niebla para situarse ante 20.000 franceses que, dirigidos por el mariscal Soult, pretendían socorrer Badajoz. El combate, durísimo, se prolongó durante cinco horas. Una brigada británica fue aniquilada, siéndole capturadas tres banderas, toda su artillería, 600 prisioneros y sus jefes y oficiales. La división española del mariscal Zayas, registrando incluso las cartucheras de los muertos, mantuvo la línea frente a los asaltos en masa de las columnas francesas, su artillería y la caballería polaca. Y cuando llegó la tarde, Soult se replegaba hacia Sevilla, en el campo de batalla quedaban 10.000 hombres muertos o heridos, y el agua de lluvia corría por los arroyos de Chicapierna y Valdesevilla, roja de sangre.

De todo eso el viernes hizo exactamente ciento ochenta y un años. Y el ayuntamiento de la Albuera, en cuya plaza hay un monumento en recuerdo de aquel día, y en cuyas lomas —que aún se llaman Las Baterías— hay un monolito donde los artilleros angloespañoles situaron sus cañones en la batalla, conmemora cada año el aniversario de aquella jornada en la que hubo, como en toda empresa humana, mucha crueldad e insania, pero también abnegación, sentido del deber y amor a la tierra de cada cual. A través de su concejalía de Cultura, el pueblo de la Albuera, a cuyo 6 de mayo de 1811 dedicó Lord Byron un poema —en las filas, tal como lucharon / yacían igual que mieses en el campo...—, ha editado, incluso, un bello memorial de la batalla en inglés y español, con fotos de los lugares, un excelente relato histórico de Julio Cienfuegos, y un magnífico mapa de la época con el que es posible recorrer el escenario reconstruyendo la distribución de las tropas y los avatares del combate.

De ese modo, el pueblo de la Albuera, que aquel día funesto quedó reducido a escombros por el cañoneo, ha sabido convertir tal fecha en una lección de Historia, reconciliación y tolerancia. Allí, los escolares aprenden que las guerras las declaran los reyes y los gobernantes pero las sufren los pueblos; y que sobre los huesos de los caídos construyen sus negocios políticos, mercachifles, nacionalistas barateros y patriotas de boquilla. Pero aprenden también que, a pesar de eso, incluso aunque siempre ganen los mismos y todo siga igual, a veces no hay más remedio que ponerse en pie y pelear. No por esa estupidez, abrevadero de miserables, que algunos empaquetan en himnos y banderas y llaman Patria. Tampoco para imponer nada, y ni siquiera para vencer. Sólo por demostrar que nadie pisotea impunemente una idea, un sueño o el humilde rincón de tierra en que has nacido.

18 de mayo de 1997

domingo, 11 de mayo de 1997

Miles gloriosus

Pues me van ustedes a perdonar o no, pero al arriba firmante no le sorprende lo más mínimo que un sargento español hasta arriba de pacharán le descerrajara un tiro a un recluta en la barra de un bar cuartelero. Pese a todo lo que ha llovido, la especie pelo en pecho y ole mis huevos, o sea, los psicópatas con galones que adoran jugar con las pistolitas, y con escopetas, y apuntarte a ti y apuntarse ellos, y se pasean por los cuarteles y por la vida como si acabasen de asaltar heroicamente una trinchera enemiga, trinchera que por cierto no han visto ni de lejos en su puta vida, no sólo dista de extinguirse sino que sigue gozando de buena salud. Cualquiera a quien su trabajo o su desgracia lo haya llevado a conocer bares de cuartel sabe de casos semejantes, protagonizados por bocazas, fantasmas, pistoleros, borrachos contumaces y retrasados varios que, por alguna extraña razón, parecen convencidos de que uniforme y pistola consagran su hombría, y permiten la exteriorización impune de sus frustraciones, sus complejos o su mala leche.

Hay en España, y sería injusto decir lo contrario, militares profesionales y rigurosos. Alguno de ellos, incluso, cree oportuno honrarme con su amistad. Pero junto a ellos subsisten los residuos de una deprimente variedad castrense que, a falta de guerras y cosas así en que ocuparse, vive enganchada a la barra del bar. Nada tengo, pardiez, contra quien decide mamarse a conciencia. Cada cual es cada cual. Pero cuando de tu autocontrol o tu pistola dependen las vidas de centenares de chicos arrebatados a sus familias para esa injusta gilipollez en que se ha convertido el servicio militar obligatorio, la cosa ya no es una actividad personal, ni inocente. Una vez conocí a cierto general, con mando sobre miles de hombres, a quien cuando salía de casa por la mañana sólo le faltaba meterse bajo el brazo, en vez de bastón de mando, la botella de Johnnie Walker. Y en El Aaiún, en el año 75, estaba yo en un bar de lumis cuando a un capitán se le ocurrió destrozar a tiros las botellas al otro lado del mostrador, hasta que sus compañeros le quitaron el cubalibre y el fusko. Y cualquiera que haya hecho la mili en España conoce bien cada cuartel tiene al menos un ejemplar de muestra a ese suboficial vociferante, analfabeto y borde, adicto al agua de fuego, con vocación de instructor de marines, que se cree Rambo y jura hacer de ti un hombre aunque revientes. Y en efecto, a menudo consigue eso. Que revientes.

Toda esa chusma garbancera, pasada y cutre, ese talante de prepotencia machista cuartelera empapada en alcohol, podía tener cierta justificación en otro tiempo: cuando el militar español, por razones de oficio y coyuntura histórica, era un individuo propenso a palmar en escabechinas periódicas. Su carácter de nonimal defensor de la sociedad le daba cierto prestigio, privilegios y desahogos de los que sin duda abusaba; pero que luego compensaba haciéndose acuchillar por los franchutes en Rocroi o por los turcos en Lepanto. Toda esa parafernalia del viva la muerte y para cojones los míos, tan socorrida, podía ser más o menos aceptable, pues siempre era mejor que uno de esos animales fuese a que lo hicieran filetes que ir uno mismo. Así que se les toleraba; y cuando se mamaban mucho pormenorizando cómo iban a comerse al enemigo sin pelar, tú decías bueno, vale, estupendo, les pagabas la copa y te quitabas de en medio por si las moscas. Pero en este país, lamento recordarlo, en los dos últimos siglos debemos al miles gloriosus más desgracias que beneficios, y más asonadas y represiones que victorias y jolgorio. Así que, a estas alturas de la España imperial, los Rambos tragafuegos pueden irse a mamarla a Parla. Porque esos chusqueros y esos espadones bocazas ya no están a medio camino entre Pavía y el Barranco del Lobo, sino que vienen de cocerse en el bar después de ver por la tele El sargento de hierro, y se creen, encima, que son Clint Eastwood. Y que a semejantes tiñalpas les den poder de vida y muerte, con borrachera y pistola incluida, sobre chicos de dieciocho años que están allí a la fuerza, hechos polvo en los estudios, en el trabajo y a menudo en la vida, y sin humor para aguantar el sadismo, las frustraciones, las tajadas de jumilla o las batallitas del sargento Cebolleta. Eso, se mire como se mire, no tiene perdón de Dios.

11 de mayo de 1997

domingo, 4 de mayo de 1997

Quins pecats tens?

Tengo en un libro una foto de unos cuantos obispos hacia el año cuarenta, saliendo de una misa o un tedeum o algo por el estilo, todos con el brazo en alto, muy serios, en plan saludo vencedor de las hordas rojas y demás. No sé si los obispos eran catalanes, que a lo mejor hasta lo eran; pero de lo que estoy seguro es de que, cuando la foto, ninguno de ellos estaba exigiendo a nadie que la única lengua oficial que se hablara en Cataluña fuese el catalán, como hicieron no hace mucho en uno de esos comunicados que los obispos, catalanes o no, suelen difundir cuando el panorama táctico aconseja una de cal y otra de arena.

No es difícil comprenderlo. Cada uno tiene sus puntos de vista y su memoria personal, sus filias, fobias, intereses y sueños en la cabeza. Y comparto el desprecio de muchos catalanes, sean obispos o no, por esa España demagógica, folletinesca y cutre, que durante varios siglos se nos estuvo metiendo con calzador. Una España que mi viejo amigo y compadre Raúl del Pozo define, gráfica y acertadamente, como una matrona con un laurel en la mano, un león a los pies, una bandera roja y gualda y un rey reinando sobre un país de abanicos a las cinco de la tarde.

Uno comprende todo eso. Y comprende también que, desaparecidos el viejo argumento de la opresión centralista, los virreyes castellanos y los culatazos de la Benemérita, la lengua sea a veces la única bandera que queda para convocar a la gente a toque de corneta, so pena de que se dispersen las ovejas y se desbarate el negocio. Todo eso es, tal vez, legítimo. El problema surge cuando, con los obispos haciendo de palmeros finos y ante el rechinar de dientes de un Gobierno agarrado por las pelotas, se procura no ya establecer el bilingüismo, sino borrar del mapa el castellano, o el español, o como carajo se diga. Y los obispos, que igual se apuntan a un cocido que a un estofado, bendicen ahora esa represión lingüística como antes bendecían la otra, los piquetes de fusilamiento o a los generalísimos bajo palio: sin el menor pudor, la menor memoria ni la más mínima vergüenza, en vez de dedicarse a salvar almas, que es lo suyo.

Porque los obispos, sean catalanes o malgaches, lo que tienen que hacer es cuidar la diócesis y el latín, que es una lengua preciosa y con mucha solera eclesiástica, y dejarse de fornicar la marrana. Y ese comunicado exigiendo que sólo se hable catalán en su cotarro me plantea graves dudas que, a falta de director espiritual próximo, me atrevo a plantear aquí, por si alguien es capaz de serenar mi atribulado ánimo.

Supongamos que yo, notorio pecador, descreído y castellanohablante, estoy un día de paso en Cataluña. Y como soy torpe y de pocas luces -amén de mis repugnantes resabios españolistas- resulta que, aparte el francés y algo de inglés, de lenguas peninsulares sólo hablo la que don Xabier Arzallus llamaría, o llama, la lengua de Franco: o sea, ese instrumento abyecto de represión y vileza que tanto daño ha hecho al mundo. Y puestos a imaginar, imaginemos que llega mi última hora, y que Dios, en su infinita bondad, me llama al seno de Abraham en tierra catalana. Y yo, debatiéndome en los estertores de la agonía, veo de pronto la luz y reclamo a gritos confesión, confesión, traedme un cura, voto a tal. Y mis amigos y deudos corren raudos en busca de alguien que me garantice el tránsito. Y acude un párroco. Y entonces, oh desdesdicha, cuando abro la boca para aliviar mi alma pecadora, resulta que el dómine, que se llama Manolo Sánchez pero, por la cuenta que le trae, habla un catalán de la hostia y no sabe decir en español más que buenas tardes y hasta luego Lucas, me pregunta: «Quins pecats tens, fill meu?». yo le digo: mande, páter? Y él me responde: «Penedeixes, pecador?». Y yo, que aunque moribundo no estoy para coñas, ya no pido a gritos confesión, confesión, sino traducción, traducción; y luego intento confesarme por señas pero mis pecados son innúmeros -alcohol, palabrotas, mujeres malas- y no nos da tiempo. Así que al final agarro al dómine por la estola, le mentó a todos sus muertos en la lengua de Cervantes y luego a san Apapucio, el copón de Bullas y el Chápiro Verde, y muero inconfeso y blasfemando en arameo. Y me condeno por no hablar catalán, que tiene cojones.

4 de mayo de 1997

domingo, 27 de abril de 1997

Una mujer de bandera

Era grande, morena y guapa. Se llamaba Eva y se había comido a pulso tres años en Carabanchel. Tenía un aspecto estupendo, y de no empeñarse en ir como una choriza, muy a lo taleguero, habría podido pasar por lo que mi abuelo llamaba una mujer de bandera. Conocí a Eva y a sus amigas cuando unos colegas y el arriba firmante aún hacíamos La ley de la calle: aquel programa de radio de los viernes por la noche a base de presidiarios, y yonquis, y lumis, que estuvo cinco años en antena hasta que unos individuos llamados Diego Carcedo y Jordi García Candau se lo cargaron de la forma miserable en que solían cargarse en RTVE todo lo que no podían controlar.

Eva y sus troncas nos habían estado oyendo desde el talego, mandaban cartas pidiendo discos dedicados, y cuando salieron iban a visitarnos cada viernes por la noche, sumándose a la variopinta tertulia que allí teníamos montada con lo mejor de cada casa: Ángel, el ex boxeador, manguta y rey del trile; Manolo, el pasma simpático; Ruth, la puta filósofa y marchosa; y Juan, mi choro favorito, el ex yonqui pequeño, bravo, pulcro y rubio, que montaba unos jaris tremendos cuando discutía con algún oyente, y con quien estuve a punto de acuchillarme una noche, en directo.

Había otros invitados eventuales: amigos salidos del talego que iban a seguir el programa, taxistas, chuloputas, chaperas y varios etcéteras más. Éramos una basca curiosa, y nos íbamos por ahí después, de madrugada, y nos echaban de los tugurios cuando Juan se liaba canutos enormes como trompetas y había que decirle: oye, colega, córtate un poco, o sea. Eva era asidua con su amiga Elvira, que tenía el bicho -el sida-, y un novio, Luis, el mensaka honrado y tranquilo que la abrigaba con su chupa de cuero a la salida de los bares para evitar que cogiera un catarro que podía dejarla lista de papeles. Como Elvira, Eva tenía a la espalda una historia nada original: familia humilde, pocos estudios, un trabajo precario abandonado para irse con un tiñalpa que la metió de cabeza en la mierda, el jaco y el infierno. Se había desintoxicado en los tres años de talego y era una mujer sana, espléndida. Siempre bromeábamos con la promesa de que yo iba a invitarla con champaña a una cena en un restaurante muy caro de Madrid, y ese día ella cambiaría los téjanos ajustados, las silenciosas y la camiseta negra de heavy metal por un vestido elegante y unos zapatos de tacón alto, prendas que no había usado, decía, en su puta vida. Una vez me habló de su padre, al que quería mucho aunque la había echado de casa cuando empezó a robarle dinero para la heroína. Y cuando cumplí cuarenta brejes, ella y sus amigas me llevaron una tarta al programa, y me cantaron cumpleaños feliz, y esa noche con Juan, Ángel, Ruth y los otros, nos fuimos de copas y agarramos una castaña, con pajarraca y estiba incluidas, que tembló el misterio. Hasta el punto de que no fuimos al talego porque a los policías les sonaba mi careto y porque Manolo -de algo tenía que servir que fuera madero- tiró de milagrosa y nos avaló ante la autoridad.

Un día Eva desapareció de nuestras vidas. Alguien dijo que de nuevo coqueteaba con el jaco, que tenía problemas. Y pasó el tiempo. No volví a saber de ella hasta hace cosa de mes y medio, cuando me la crucé en la plaza Tirso de Molina de Madrid. La reconocí por su estatura, y porque conservaba algo de su antigua belleza. Pero ya no era una mujer de bandera, sino flaca y como con diez años más encima. Y sus ojos, que antes eran negros y grandes, miraban al vacío, apagados, mientras discutía con un fulano con pinta infame, de hecho polvo. Ella le decía: vale, tío, pero luego no digas que no te lo dije. Le repetía eso una y otra vez muy para allá, con voz adormilada e ida, y le agarraba torpe un brazo; y el otro se lo sacudía con muy mala leche y levantaba la mano para abofetearla, sin terminar el gesto. Y yo pasé a medio metro, y por un momento no supe si calzarle una hostia al fulano y buscarme la ruina, o decirle algo a ella, o yo qué sé. Y entonces Eva deslizó su mirada sobre mí, o sea, me miró un momento con los ojos vacíos, sin verme, sin reconocerme para nada; y luego fijó la mirada turbia en el jambo y de nuevo volvió a decirle no digas que no te lo dije, tío. Y yo seguí calle abajo, pensando en aquella botella de champaña que nunca llegamos a beber. Y en aquel vestido y aquellos tacones que Eva no se había puesto nunca, decía, en su puta vida.

27 de abril de 1997

domingo, 20 de abril de 1997

Soldadito español

Total. Que compro los periódicos y me encuentro en primera página el afoto de don José María Aznar subido encima de un tanque, con una guerrera de camuflaje y una gorra de lo mismo, con esa sonrisa que Dios le ha dado, y que le sientan, guerrera, gorra y sonrisa, igualito que a un Cristo una chupa de cuero y una recortá. Y lo miro y me pregunto de qué diablos se estará riendo mi primo allí en el tanque, rodeado de milites gloriosos que no salen en la foto pero que sin duda andarían cerca riéndole la cosa, ele la grasia y el garbo castrense, presidente, qué alférez de complemento se perdió el mundo, oyes, con esa gorra y ese tanque y esa apostura marcial que te sientan de cojones.

Yo, fíjense ustedes, antes de gobernar lo primero que le pido a un presidente es que no haga el ridículo, tirándose el folio con una gorra que encima no es de su talla; más que nada porque luego los americanos, y los alemanes, y todos los que andan por ahí dándonos por saco en la OTAN y en la CEE y hasta en las colas de las taquillas de Disneylandia, nos pierden todavía más el respeto y luego se dan con el codo y se despelotan de risa cuando nos ponemos chulos para exigir que el cabo cuartel del mando de la OTAN en la península Ibérica sea de nacionalidad española, o exigimos contrapartidas a cambio de prestar apoyo logístico y lumis de los puticlubs de Torrejón para que la aviación norteamericana bombardee Cuba más desahogada si cabe.

Porque pase que al Papa lo fotografíen con penacho de plumas de jefe sioux cuando viaja al lugar pertinente. Eso forma parte de su oficio, pues también los sioux van al cielo, o a los grandes cazaderos, o a donde carajo vayan cuando palman en gracia de Manitú. O que a un presidente mejicano cualquiera los narcos de la zona lo nombren charro del año y le saquen fotos con sombrero y mariachis. Todo eso está justificado, y forma parte del negocio de cada cual. Pero en cuanto a don José María Aznar, lo de la gorra cuartelera no tiene justificación alguna, salvo una de peloteo y demagogia filocastrense por completo fuera de lugar en un país donde las fuerzas armadas se encuentran en un estado de desmantelamiento y miseria nunca igualado desde el día siguiente a la batalla de Guadalete: lo que me parecería de perlas si fuera política de Gobierno, pero sólo es incompetencia y dejadez, en un país cuyo ejecutivo dice que va a reconvertir su ejército a profesional pero no destina un duro para ello, salvo para pintarla en ferias internacionales balcánicas, mientras insumisos y objetores siguen teniendo problemas que no resuelve nadie. Un país empeñado en alinearse con la OTAN y con la madre que la parió, de cara a un eventual enemigo de vaya usted a saber, cuando quien de verdad un día puede ponernos los pavos a la sombra se desayuna diciendo Al-lah il-lahlah ua Muhammad rasul Alian. Y cuando ésos vengan a decir hola buenas donde yo me sé, nuestros aliados de la OTAN, el mando estratégico europeo y el copón de Bullas, donde, eso sí, andamos integradísimos de organigrama, estarán todos mirando hacia otra parte o habrán ido a comprar tabaco.

Además, con gorra o sin gorra, me gustaría que alguien explicara, cuando se habla de dotar y modernizar y adecuar nuestras fuerzas armadas, qué es lo que se entiende por nuestras, qué se entiende por fuerzas armadas, y qué es lo que, llegado el caso, tendrían que defender en esta especie de casa de putas en la que hemos convertido la corrala. Verbigracia: si un día los chinos desembarcan en Salou, habría que ir aclarando desde ya mismo si la defensa territorial corresponderá a las fuerzas armadas españolas, o nacionales, o como se llamen, y si coordinará Washington, o Lisboa, o si, como dicen en mi tierra, cada perro va a tener que lamerse su pijo. Es decir, si el asunto será competencia del MOTRACAT (Mando operativo Transferido Catalán), del Tambor del Bruch o de los MACHECHAS (Maquis de Chetniks Chamegos) que para entonces se hayan echado al monte porque estén hasta los huevos. Tampoco estaría de más saber si el EJAGUDA (Ejercito Autónomo de Gudaris) y la división acorazada Nafarroa se iban a poner de parte de nosotros -suponiendo que Salou aún fuéramos nosotros-, o de ellos, o sea, de los chinos: esos chicos que tampoco se expresan en la lengua de Franco.

Y mientras tanto, Aznar haciéndose fotos con la gorra. Ande y tóqueme la flor, corneta.

20 de abril de 1997

domingo, 13 de abril de 1997

Esto es un chollo

Éramos pocos y parió la abuela. Ahora resulta que Ducruet, el defenestrado chulo de Estefanía de Mónaco, tiene intención de honrarnos con su presencia de modo estable, engrosando así las filas de quienes viven aquí por el morro, a base de revistas del corazón y alterne en fiestas y demás eventos pasto de telegilis, quemedices y papel couche Por lo visto, el fulano planea dejarse caer por aquí con frecuencia, a fin de trincar periódicamente la pasta que discotecas, firmas de modas y empresas varias suelen invertir en jetas famosas. De modo que, conociendo el país y al individuo, mucho me temo que vamos a tener Ducruet para rato. Y la verdad. No sé qué carajo tiene España, que todo caradura pasa por aquí termina abonándose a perpetuidad, y ya no te lo despegas ni con agua hirviendo. Lo mismo da que sea un cantinero de Cuba, Cuba, que un gaucho melancólico, una buscavidas oriental, un aristócrata rumano, una cabaretera franchute o un chuloputas de Rotterdam. El sistema es infalible: llegas, te enrollas con alguien que salga en la tele, el Diez Minutos o el Hola, y luego puedes vivir del cuento el resto de tus días, haciéndote profesor de golf o golfeando, prestando tu careto a la presentación de una estilográfica o una línea de sostenes, cantando en la tele o cepillándote a un torero jovencito, de esos que tragan lo que les echen. Todo eso, con la posibilidad añadida de convertir en famosos a aquellos con quienes compartas orgasmos y portadas. Y, además, de sacarles viruta hasta que ellos empiecen a sacártela a tí.

Así que vayan amarrándose los machos. Porque no tardará en producirse el consabido efecto en cadena: Ducruet, que era un tiñalpa total hasta que la lumbrera intelectual monegasca se encaprichó de él y se lo llevó a casa para pagarle los trajes y los rallyes, saldrá de aquí a nada en alguna revista apalancado con una prójima, que con algo de suerte para el negocio será casada, o divorciada, o tendrá algún vástago en disputa judicial, y además -eso ya sería el colmo de lo perfecto- actriz, tontadelculo y famosa. En cualquier caso, si no lo es todavía, la referida gachí se hará famosa de rebote, y acto seguido la contratarán como modelo para un pase en alguna parte, o en la presentación de un nuevo perfume, o lo que sea. Entre síes y noes se hablará de boda; y mientras tanto el ex de la prójima, que con suerte hasta nos sale conde e italiano -allí hay condes a mogollón, todos dispuestos a narrar su conmovedora lucha por recuperar a su hijo-, se hará también famoso. A su vez, la antedicha individua y el aristócrata cisalpino transmitirán el testigo de la fama a sus respectivas y sucesivas parejas; y Nieves Herrero, Ángel Casas e Isabel Gemio, entre otros, se disputarán las apariciones de todos ellos en la tele, aderezándolas, de vez en cuando, con visitas tipo comando de la prenda aquella, Fifí, Fili, Fulani -o como se llame- Houteman, que nos permitirá recordar los orígenes de la cosa, narrando por enésima vez cómo Ducruet la sorprendió en su ingenua y tierna candidez el día que se la calzó culo al aire en la famosa piscina. Piscina que, por cierto, le salió al ex madero por un huevo de la cara.

Por fin todos ellos, Ducruet, la Houteman, el conde de turno y sus respectivos etcéteras, o sea, la gran familia con sus derivados y apéndices y consecuencias, podrán venirse todos también a vivir a España y a salir en las fotos dándose codazos junto a Mar Flores, Antonia dell'Atte, Sofía Mazagatos, Juncal Rivero, Rociíto y su picoleto, Marlene Mourreau, Rafi Camino y toda la parafernalia. Y de vez en cuando podrán liarse algunos de ellos entre sí amén de con terceros, incorporando siempre nuevos personajes hasta el infinito. y ellas podrán seguir posando en las fiestas con una pierna ligeramente flexionada ante la otra, y asistiendo en Marbella a entrañables fiestas de solidaridad con los niños bosnios o ruandeses, y el conde Lequío seguirá siendo casualmente sorprendido por los fotógrafos con todas y cada una de ellas dentro de ese Mercedes que empiezo a sospechar cómo consigue pagar, el consumado artista. Igual ahora anda preocupado por la competencia, creyendo que con Ducruet de por medio va a tocar a menos. Pero puede estar tranquilo. En este país de gilipollas hay chollo para todos.

13 de abril de 1997

domingo, 6 de abril de 1997

Mis mendigos favoritos

Llovía en la esquina de la Rué de Buci, a tiro de piedra del Sena, y el fulano se acercaba a los transeúntes tan educado y correcto que éstos se detenían, creyendo que iba a preguntar por una calle o algo así. Era un tipo con barba gris y chaquetón mojado por la lluvia; y estuvo allí una hora larga sin conseguir más que unas pocas monedas. Luego entró en el café donde yo estaba sentado, y pidió un coñac. Imaginé que era para quitarse el frío; pero cuando se calzó la tercera copa sin respirar comprendí que su mendicidad estaba estrechamente vinculada al agua de fuego. En ningún momento lo había visto hacer un mal gesto a quienes le negaban la limosna. Discreto. Correcto. Este mendigo gabacho, concluí con respeto, es un profesional.

Y qué distintos somos según latitudes, me dije, incluso a la hora de pedir. Ya en 1599 decía Mateo Alemán que hasta en su manera de limosnear son diferentes los pueblos: «Los alemanes cantando en tropa, los franceses rezando, los flamencos reverenciando, los portugueses llorando, los toscanos con arengas, los castellanos con fueros, haciéndose mal requisitos, respondones y mal sufridos»... Y la verdad es que, en lo que a españoles se refiere, tampoco en eso han cambiado mucho las cosas desde aquellas Ordenanzas Mendicativas del Guzmán de Alfarache, el talante orgulloso y la insolencia de los picaros y mendigos del Lazarillo de Tormes o El Buscón de Quevedo. Recuerdo que una noche, paseando por Murcia con mi amigo el profesor y crítico Pepe Belmonte, nos abordó un joven de aspecto desastrado que parecía un sonámbulo:

- Dame algo, colega, que estoy tieso. Me lo dijo tal cual, sin apelar a la compasión, ni a la caridad, ni a ninguna milonga pampera. Tú podrías ser yo y viceversa, decían su tono y su gesto. Le di veinte duros y me miró muy fijo entre las greñas. Luego me dio la mano y, con una voz de hecho polvo total, dijo:

-¡Dales caña, colega!... ¡Dales caña y que se jodan!

Nunca supe a quiénes se refería. Pero era tanta su pasión, su rencor, que yo también deseé de corazón que se jodieran todos ellos, fueran quienes fuesen. Qué quieren ustedes. No se trata de solidaridad social. Quizá son resabios de nuestra literatura picaresca, o simple curiosidad simpática. Porque debo confesar que colecciono mendigos desde hace años. Me refiero a sus vidas, dichos y actitudes. Al modo de las marquesonas de antaño, aquellas que el gran Serafín inmortalizó en La Codorniz, yo también tengo mis pobres favoritos. Como Said, que pasó todo el invierno acurrucado ante el aparcamiento de la plaza Mayor de Madrid. Said es un moro rifeño, pero se instala rodeado de estampas de la Virgen y del Sagrado Corazón y nunca abre la boca. Si le dan algo, vale; y si no, también. Cuando estaba en el talego, Said era oyente de La ley de la calle y eso crea vínculos; así que de vez en cuando deja sus estampas en el rincón y nos metemos en un bar a charlar un rato tomando un café. Otro de mis favoritos es un individuo de mediana edad, gaditano, tranquilo, que pone la gorra en el suelo, se apoya en la pared con las manos en los bolsillos, e, impasible, dice a todo el que pasa por delante: «Echa algo ahí, pisha». Otros amenazan directamente, como cierto habitual de la calle Princesa de Madrid, que acorrala a la gente contra la pared, y a quien no le da lo pone de vuelta y media. Más de un transeúnte le ha partido la boca, que lleva siempre llena de puntos y de mercromina; pero no cambia de método, el tío. En Cartagena hay uno jovencito que antes de pedirte cinco duros te pregunta siempre por la familia. Y en la plaza Conde de Barajas de Madrid se busca la vida otro que, cada vez que le das algo, comenta: «Ya falta menos para el Mercedes».

Pero de todos ellos, mi debilidad es un gorrilla de esos que te señalan las plazas de aparcamiento libres en el centro de Sevilla. Lo conocí un día que nos acababa de indicar un hueco para estacionar el coche de mi compadre el escritor Juan Eslava Galán, quien buscaba inútilmente en sus bolsillos una moneda para darle. Ni él ni yo llevábamos nada suelto, y el fulano, muy flaco, chupaillo y lleno de tatuajes, nos miró y, alzando una mano, sentenció, sereno y muy digno:

-Si no tenéis, tampoco pasa ná.

Y le dio a Juan una magnánima palmadita en el hombro.

6 de abril de 1997